Biografía de lo cotidiano.
Una aproximación a la narrativa de Ezequiel Pérez Plasencia

Benito Romero (Tenerife, 1983) ha colaborado en el suplemento El perseguidor (La Opinion de Tenerife) y en las revistas Fogal y Psicosis. Ha publicado La lentidud desecha (Ediciones Idea, 2012). El texto que reproducimos a continuación fue leído el 20 de octubre de 2015 en el marco del II Encuentro de joven crítica canaria, celebrado en el Ateneo de La Laguna (Tenerife)

I

No voy a negar que existe un punto extrañamente excitante en el hecho de tener que hablar de un escritor tan próximo en el espacio y en el tiempo al que, sin embargo, sólo empecé a leer después de muerto. Dicha excitación, lejos de responder al estímulo de una siniestra necesidad necrófila, hunde sus raíces en una motivación mucho más sencilla y, sin duda, menos morbosa que la anterior: en que el acercamiento entre un lector y un escritor sea eso y únicamente eso, un acercamiento entre un lector y un escritor, sin otro tipo de intereses añadidos que enturbien la armonía de tan idílica asociación. A primera vista puede parecer un planteamiento de Perogrullo, pero no lo es tanto si atendemos a la letra pequeña oculta: que el lector conozca al autor por su obra y no por su presencia física, por su persona, algo muy frecuente en Canarias, territorio donde flota la agridulce sensación de que para poder hablar con autoridad de un escritor contemporáneo tienes que haberle estrechado la mano o haberte bebido previamente con él unos gin-tonics. Y con esta particular toma de contacto lo único que se consigue, por lo que llevo visto, es que uno se disuelva en las espesuras, no siempre sugestivas, de la anécdota personal, sin entrar a valorar el fondo del asunto, que no es otro que la obra escrita. Una obra que en muchas ocasiones es leída por compromiso y a la que sólo se termina invocando para volcar sobre ella un buen puñado de adulaciones facilonas saturadas de lugares comunes igualmente facilones.

Decía Julio Cortázar, en uno de sus habituales diagnósticos rebosantes de lucidez, que los libros no pertenecen a quien los que escribe sino a quien los lee, lo que supone un atentado anarquista en toda regla contra las interpretaciones canónicas que aspiran a acariciar, mediante el dogmatismo, cierto estatus de pureza estética. El problema de intentar llevar a cabo en Canarias ese noble ejercicio ―o juego― de reconstrucción literaria que propone Cortázar, partiendo de esos suculentos restos del naufragio que forman la obra escrita, es que el listillo de turno intente deslegitimarnos porque no hemos conocido al autor que él si ha conocido y hayamos cometido la profanación de entrar en contacto con su mundo a partir de sus escritos. Y, sin embargo, la misma gente que se sirve del argumento de la autoridad del trato personal, opina después, con una alegría desbordante, sobre los autores muertos y lejanos en el tiempo y en el espacio con una familiaridad que asusta. De alguna manera se echa de menos que no estén presentes esos mismos autores cuando quienes sientan cátedra sobre los escritores que han tratado opinan sobre aquellos que no han tratado; es posible que se reprodujera la famosa escena de la cola del cine que aparece en la película Annie Hall, en l que un supuesto especialista en la obra de Marshall McLuhan es puesto entredicho por el propio Marshall McLuhan.

II

En la madrugada del 25 de febrero de 2011, consultando el blog cultural El escobillón, me enteré del fallecimiento de un escritor canario del que nunca había oído hablar: Ezequiel Pérez Plasencia. Al igual que otros escritores españoles contemporáneos (pienso, por ejemplo, en Francisco Casavella, Leopoldo Alas o Félix Romeo), Ezequiel murió joven: a los 53 años. Ironía cruel del destino: también en esto tuvo mala suerte, ya que, como dejó escrito, «la verdadera vida comienza a los 40 y concluye a los 65, no más. Ésa es mi teoría y esperanza de vida. No pretendo otra cosa. Entre 40 y 65 el ser puede dar lo mejor de sí a la sociedad»1.

El sentido obituario escritor por Eduardo García Rojas venía acompañado de una elegante foto en blanco y negro de Ezequiel, que retenía solemne un cigarrillo entre sus dedos y sostenía una mirada entre melancólica y desconfiada, portadora silenciosa de intensas heridas existenciales. Lo primero que pensé al ver esta fotografía del personaje, con sus rasgos genuinamente árabes, es que más que un escritor parecía un secundario sacado de la película El expreso de medianoche. En los días siguientes, en pleno aluvión de recordatorios al difunto, mi querido y admirado Juan Claudio Acinas me insistió, con esa manera tan suya que tiene de insistir en un encargo, en que debía leer a Ezequiel. Aunque tomé nota de la recomendación, decidí dejarla aparcada por el momento.

Con el transcurso de los meses la figura de Ezequiel fue convirtiéndose en una moderada obsesión. Aunque no sea sospechoso de militar en la mística, tengo el convencimiento de que son determinados libros, determinados autores, aquellos que para nosotros consiguen brillar con luz propia en medio de la multitud gris y amorfa de las letras, los que terminan llamando al lector, y no al revés. Y qué duda cabe que Ezequiel me estaba llamando cada vez con mayor insistencia.

El 20 de mayo de ese mismo año de 2011 asistí, en el Ateneo de La Laguna, al homenaje que se organizó para honrar la memoria de Ezequiel. El salón de actos se encontraba inusitadamente concurrido, destacando la presencia de un buen puñado de rostros conocidos del mundillo intelectual. De todas las intervenciones centradas en perfilar la figura, ya mítica, del malogrado Ezequiel, la que más me convenció fue la del periodista Alfonso González Jerez, quien dejó para el recuerdo no pocas reflexiones de exquisito contenido y brillante ejecución: «Para Ezequiel Pérez Plasencia ―decía Gonzalez Jérez― la literatura, el acto de escribir, era una vía de autoconocimiento, una defensa ante las ofensas de la vida, dicho pavesianamente, y un compromiso moral que se resolvía en una expresión que buscaba la belleza de lo exacto, de lo preciso, de lo inevitable, de lo imaginado desde el infierno para comprenderlo mejor, denunciarlo y no quedar reducido a cenizas insignificantes»2.

Durante el turno de preguntas, el público asistente al acto, compuesto casi en su totalidad por familiares y amigos del escritor fallecido, se quejó con amargura de la poca atención que la obra de Ezequiel mereció en vida, haciéndose especial hincapié en su pésima edición, algo que disgustaba incluso al propio Ezequiel, una reacción perfectamente comprensible al venir de alguien que se dejó las cejas trabajando como meticuloso corrector «en los periódicos tinerfeños, despiojando los disparates y estupideces de un periodismo de baja intensidad y sospechosa ignorancia». Sobre este sensible punto de la edición de sus obras, Ignacio Borgoñós es tajante al considerar que sin duda Ezequiel hubiese sido un gran escritor de haber contado con un editor que estuviese a la altura de las circunstancias3. En todo caso, González Jerez intentó apaciguar los encendidos ánimos del ambiente reclamando con entrañable vehemencia la publicación de las obras completas de Ezequiel tal y como Ezequiel hubiese deseado: limpias de bochornosas erratas y con una presentación esmerada, sin sombras que invocasen el nefasto espíritu de lo desmañado. Aunque salí del acto con el convencimiento de que Ezequiel fue maltratado en vida, también pensé ―acaso con romántica esperanza― que su figura se restablecería con el paso del tiempo. Debo decir con enfado que, a día de hoy, la petición lanzada al viento por González Jerez sigue durmiendo el sueño de los justos.

Después, y debido a esos misteriosos azares de la noche, terminé en un bar lagunero, que ya no existe, hablando con la amiga de una vecina de la infancia que resultó ser la hija del denostado editor de Ezequiel. El animoso fluir de las copas hizo que le confesara a esta chica lo mucho que se quejó el público del acto al que asistí sobre lo mal que se editó a Ezequiel. Ella, muy seria, casi indignada, tras apurar de un tirón la media botella de cerveza retenida por sus manos sudorosas, me dijo que al menos su padre se esforzó por editar a Ezequiel, tarea que nadie más estaba dispuesto a llevar a cabo. Añadió que tenía perfecta constancia del ignominioso silencio editorial que Ezequiel sufrió en vida, dado que en su casa era considerado como uno más de la familia. Ya en la despedida, la hija del editor ―ahora voluntarioso― de Ezequiel ofreció regalarme uno de los libros del escritor fallecido, Decena de un cronopio. Agradecido, acepté el generoso obsequio, que interpreté como la confirmación definitiva de que dicho autor estaba destinado a entrar en mi mundo.

Y, en efecto, así fue. Durante los siguientes meses leí a Ezequiel Pérez Plasencia de la misma manera con la que Octavio Paz define su lectura juvenil de Ortega y Gasset, es decir, como «un placer físico, como nadar o caminar por un bosque»4. Leerlo no suponía ningún suplicio, al contrario. Su literatura, en la que se combina hábilmente el estilo periodístico con la narración novelesca y unos diálogos ágiles y precisos, me maravilló desde el primer momento. Es cierto que sus libros se encuentran plagados de erratas ortográficas, pero en absoluto entorpecen la armonía del conjunto, porque detrás de esos llamativos desaciertos resiste el escritor maduro atrincherado en el oficio de la prosa, aunque imagino que para una persona como Ezequiel, obsesionado por convertir la vida, su vida, en literatura, y la literatura en su estilo de vida, las erratas suponían un impedimento para alcanzar esa firme voluntad de estilo, es decir, para consolidar esa vía de autoconocimiento ante las ofensas de la vida a la que se refería González Jerez. Y es que, frente a una realidad de perros y ratas en la que se consideraba socialmente fracasado, el único camino ―con todos sus esfuerzos y limitaciones― que la angustiada sensibilidad de Ezequiel encontró para redimirse, para construir una identidad fuerte con la que por fin fuese tomado en serio, era el de convertirse en escritor. Sólo de este modo la herida existencial que lo perseguía halló una forma de cura. Dada la relación tan pasional e íntima que Ezequiel estableció con la escritura, no debe extrañar que terminase incorporando esas erratas ajenas que lo acompañaron desde el principio a su biografía, convirtiendo su peso traumático en un elemento más de la literatura que nos legó.

III

La obra de Ezequiel Pérez Plasencia es breve, siete libros aparecidos en el espacio de veinte años, y consta de los siguientes títulos: los relatos El teléfono y otros cuentos y La ilusión de los vencidos, los microrelatos La voz del vacío, la selección de artículos Los caminadelado, el libro de viajes El regreso de Calvert Casey, el relato Decena de un cronopio y la novela El orden del día. He decidido centrar mi intervención en los tres últimos porque, del total de su producción, me parecen sus obras mayores, las mejor trabajadas, las que presentan de forma individual una estructura más sólida y en las que se percibe una clara interconexión dentro del particular estilo autobiográfico ya perfectamente depurado por Ezequiel. De hecho, aunque me he referido a ellas como un libro de viajes, un relato y una novela, no deja de ser ésta una catalogación un tanto caprichosa, puesto que el único género que predomina en estos títulos es la voz del propio Ezequiel; y aquí podría aplicarse aquella malhumorada sentencia expresada por Guillermo Cabrera Infante ante la pregunta de un periodista: «Yo escribo libros, no géneros».

Y sí, ciertamente el yo es el verdadero protagonista de las obras seleccionadas, un yo cultivado con anterioridad por importantes autores de la literatura moderna, como Marcel Proust, Henry Miller, Josep Pla o el propio Cabrera Infante. Ezequiel se apoya en una oportuna cita de Chéjov para justificar esta exposición biográfica tan vinculada a su identidad personal: «El arte tiene de especial y de bueno que en él no se puede mentir»5. Una cita sin duda arriesgada, dado que históricamente se ha sostenido que el arte es una representación o, como diría el posmoderno Baudrillard, un simulacro. Frente a este posicionamiento estético, el objetivo de Ezequiel no pasa por abrazar las viejas tesis platónicas sintetizadas por Oscar Wilde en la frase «Es la vida la que imita al arte, y no al revés». Su propósito sería, en todo caso, tratar de encontrar en el ejercicio de la escritura, honestamente autobiográfica, una especie de salvación laica que ve imposible de concretar en el seno de una realidad cruel, hipócrita y con excesiva facilidad propensa a la marginalización.

El regreso de Calvert Casey, publicado en 1999, es un extraño libro de viajes en el que Ezequiel narra dos visitas a La Habana realizadas en julio de 1994 y mayo de 1997, además de varias escenas que tienen lugar en la capital de Tenerife (no en vano el subtítulo del libro es Viaje interior en barrios de La Habana y Santa Cruz de Tenerife). Se trata de un libro extraño en un doble sentido: en primer lugar, porque no sigue un orden cronológico estricto (a lo largo de sus páginas los saltos temporales son constantes); en segundo lugar, porque en él se entremezclan de forma lúdica diversos géneros literarios, desde el microcuento al reportaje, pasando por el aforismo, el diario y la entrevista.

A pesar de que Ezequiel aclara en el prólogo que la voluntad de El regreso de Calvert Casey (por cierto, magnífico título) no es otra que anotar «algunas afinidades y diferencias entre dos pueblos, dos islas, la evolución de sus realidades culturales y sociales, los trechos que median entre los discursos oficiales o mediáticos y las voces de la calle, tan silenciadas o manipuladas»6, y a pesar de que el espíritu cubano se encuentra muy presente a lo largo de todo el libro, en realidad, y siguiendo con el modelo impuesto por el Romanticismo, el viaje que se emprende en El regreso de Calvert Casey es más interior que exterior, puesto que se trata de un viaje que no persigue la fotografía turística, sino el rastreo de la propia identidad (según el paso marcado por Novalis, la Naturaleza que se busca en el exterior ya se encuentra en el interior). Por tanto, ese mundo exterior (en este caso las calles habaneras y santacruceras) es un pretexto del que se sirve para Ezequiel para desarrollar el yo, su yo, un yo retratado con resignada ironía y que asoma a la menor oportunidad el colmillo sarcástico y afilado ante una realidad tediosa que únicamente resulta atractiva cuando se transmuta en una de las crónicas descritas por nuestro narrador.

En El regreso de Calvert Casey, queda configurado, pues, el personaje que Ezequiel ya nunca abandonará: el del perdedor con personalidad compleja que se esfuerza por no ser devorado en un mundo de víboras, un arquetipo que tanto y tan bien ha explotado la cultura estadounidense, desde La muerte de un viajante de Arthur Miller a El camino de Jack Keruac, sin olvidar El buscavidas de Robert Rossen. El yo literario de Ezequiel es un adicto al tabaco (en concreto al Kruger), a la lectura de los periódicos ―a pesar de que en su opinión supongan una continua patada al Diccionario y al Manual de estilo― y a la cita de una serie de autores recurrentes: Bernhard, Onetti, Roth, Chéjov, Sabato o Camus. El amor anárquico, torrencial y obsesivo por los libros que Ezequiel intruduce en sus propios textos creativos sólo lo encuentro presente en otro autor canario: Bruno Mesa. Hablando de sí mismo como lector, Ezequiel afirma: «Consciente o inconscientemente ―dice― los lectores solemos buscar retazos de nosotros mismos en las páginas que desciframos y nos sentimos gratificados por los autores que consiguen establecer esa complicidad»7.

Como ya he apuntado, en El regreso de Calvert Casey se confunden dos realidades insulares: la de las calles de La Habana y Santa Cruz. Esa construcción circular del viaje es descrita mediante una mirada reflexiva y, sobre todo, lacónica, ya que Ezequiel no es propenso ni a la descripción, ni a la floritura, ni a analizar con voluntad germánica la psicología de los personajes. Como buen tímido, Ezequiel da cabida a los testimonios de otros. Esto explica, por ejemplo, la presencia importante que en El regreso de Calvert Casey tiene el escritor Antón Arrufat, quien visitó la isla de Tenerife en 1998, o el escritor y guionista Senel Paz, autor del cuento que inspiró la película Fresa y chocolate, que habla sobre el odio y el enfrentamiento que la política ha provocado en los escritores cubanos de toda una generación (pienso en el caso concreto de Jesús Díaz, quien abrazó la Revolución hasta 1989 y que, tras separarse de ella, fue denostado tanto por los intelectuales procastristas como por los anticastristas).

Por otro lado, El regreso de Calvert Casey incluye textos deliciosos, como «Aviso a progresistas», en el que deja constancia de la honda impresión que produce entrar en contacto por primera vez con la realidad cubana (depresión incluida), o «Trascendencia de los paqueticos», en el que se describe, con precisa intensidad, el carácter salvador que significa llevar a Cuba una maleta con cosas compradas en una tienda de todo a 100 para mitigar penurias.

Decena de un cronopio, aparecido en 2000, fue galardonado el año anterior con el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo por un jurado integrado, entre otros, por Jorge Edwards, Augusto Monterroso, Juan Villoro y Emilio Sánchez Ortiz. En este breve relato (apenas cuarenta páginas), Ezequiel describe su encierro voluntario de diez días (del 1 al 10 de julio de 1998) en un psiquiátrico para someterse a una cura por alcoholismo y depresión. De nuevo estamos ante un libro que carece de argumento porque, como ya se ha indicado, Ezequiel no es un escritor de argumentos (ni falta que le hacen). Decena de un cronopio simplemente recoge las notas que el narrador va apuntando a lo largo de esos diez días de estancia. Dado el contexto alucinado en el que se desarrolla el relato, podría recordar a otros títulos tormentosos del género de los hospitales, como Alguien voló sobre el nido del cuco o Los renglones torcidos de Dios, pero nada más lejos de la realidad. Si bien el narrador evoca con más intensidad que en El regreso de Calvert Casey el fantasma de la autodestrucción ―aunque sigue anclado en la ironía resignada―, lo cierto es que las páginas de Decena de un cronopio aparecen despojadas de morbo y escabrosidad. Al contrario, resultan muy agradables de leer por la sencillez, la humildad y la sensibilidad con la que la prosa lacónica de Ezequiel se recrea en los pequeños detalles diarios del hospital psiquiátrico: cafés, cigarrillos, locos, lecturas, noticias de periódicos, etc. Una rutina aparentemente gris y que aquí adquiere, sorprendentemente, el brío propio de un relato de aventuras.

Por otro lado, el humanismo se haya muy presente en Decena de un cronopio, de forma significativa en la tierna y sincera relación que el narrador entabla con Verónica, una de las pacientes del centro. Verónica, una atractiva pelirroja de treinta y cinco años y con cuatro hijos, representa, como sostiene el propio Ezequiel, un nuevo amor imposible. Las descripciones de los encuentros que ambos mantienen en la cafetería o en el patio (donde beber café y pasear no es sólo beber café y pasear) tienen el tratamiento propio del adolescente que se enamora por primera vez, ya que se analiza cada palabra y cada gesto con una contenida elegancia erótica, tal y como se refleja en el siguiente fragmento: «Te gusta que te roce, que te toque, te gusta tocarla y rozarla, te excitan esos impulsos espontáneos y recíprocos, diríase inocentes. Se sincera y te sinceras, te cuenta y le cuentas»8.

El orden del día, aparecido en 2008, es la única novela (aunque en realidad de novela tiene poco) que publicó Ezequiel, además de su libro más extenso (doscientas setenta páginas). Construida a base de anécdotas, viñetas, reflexiones y recuerdos, así como de comentarios a vuelapluma de sus lecturas y de las noticias más relevantes del momento en que se desarrolla la acción, El orden del día está considerada como el personal ajuste de cuentas que Ezequiel emprendió contra las abundantes miserias del mundillo periodístico (conviene no olvidar que la profesión de Ezequiel era la de corrector de los periódicos tinerfeños).

Ambientado en los años 2002 y 2003, El orden del día narra, en principio, la precariedad de un periodista de provincias situado siempre al borde del abismo. Este periodista, bajito, disléxico, tartamudo, fumador empedernido, de escasas dotes seductoras y al que le cuesta que lo tomen en serio, se reincorpora a su periódico tras pasar cinco meses de baja; aunque una vez reincorporado anuncia que deja el trabajo para dedicarse a escribir la novela escondida en sus entrañas. Entretanto realiza un somero repaso por algunos de los episodios de su vida, un curioso recordatorio que arranca con su entrada en la Universidad de La Laguna en 1974, es decir durante los últimos coletazos del franquismo, la época en la que Félix Francisco Casanova y Javier Fernández Quesada se convirtieron para siempre en gloriosos mitos locales. Sobre ese contexto, escribe el narrador: «Químicas era un nido de rojos, con 17 años entré en los comités de curso, organizaciones de estudiantes antifascistas, luego en un seminario de marxismo, una precélula de una organización revolucionaria y comunista, luego en una célula […]. Nos reuníamos en el campus de la universidad, aulas desocupadas, sótanos, librerías, pisos francos, obras en construcción»9.

De manera que el estudiante de aquellos años tan politizados se enfrentó a las pesadas lecturas marxistas, de suculento contenido teórico pero que a la larga terminaban deformando la escritura debido a su estilo farragoso. Sin embargo, lo que más le importaba no era la transformación social del mundo ―que también―, sino romper con su timidez y el complejo que le producía una tartamudez que lo condenaron irremediablemente a la marginación, de la que se queja con ostentosa aflicción: «no es que ligara poco, sino que no ligaba en absoluto […] ¡Ah, si me hubieran querido a los quince, a los diecisiete, a los veinte, a los veintitrés o a los veinticinco años!»10. Ya en El regreso de Calvert Casey recalca que fue en esta época cuando comprendió que en el marco de la competición sexual no existen los camaradas ideológicos (aunque sean de extrema izquierda), pues «los marxistas-leninistas no estaban horros de la hijoputez»11, frase con la que resume las crueles ridiculizaciones a las que era sometido delante de las chicas, y eso a pesar de que, todavía, «algunas salían de la Universidad sin desflorar»12.

El orden del día se narra un nuevo ingreso voluntario del narrador en una institución psiquiátrica, también a causa de su alcoholismo y depresión. A diferencia de lo que sucedía en Decena de un cronopio, esta nueva crónica del descenso a los infiernos resulta más extensa y Ezequiel la comienza lamentándose de su reincidencia: «¿No habías quedado ―escribe― en que jamás volverías a un lugar como éste, o lo olvidaste? Eso puedo asegurarlo, dijiste, y lo dejaste escrito y bien impreso para que lo leyera todo el mundo»13. A lo largo de este capítulo («¿Qué hacer en el pabellón nº 2?») se constata que el psiquiátrico es el verdadero universo de Ezequiel, el lugar donde su yo literario se mueve como pez en el agua, al lado de enfermos mentales, cargado de libros, fumando compulsivamente, intercambiando cigarrillos y conversaciones y enamorándose como un quinceañero de pacientes, enfermeras y doctoras. Da la impresión de que sólo en medio del caricaturesco escenario de inadaptados que representa el psiquiátrico, la identidad de Ezequiel lograba brillar con fuerza, puesto que no tropezaba con la incomprensión generalizada de un prójimo propenso a catalogarlo como un tipo raro y sin remedio.

Tras la experiencia en el psiquiátrico, el narrador de El orden del día decide dejar Santa Cruz y trasladarse a Cartagena en medio del excitado contexto de rabia e indignación que sacudía al país por la invasión de las tropas estadounidenses en Irak. Como ha comentado Eduardo García Rojas, en la anodina Cartagena, donde Ezequiel pasó los últimos años de su vida, y a pesar de las constantes penurias económicas de las que nunca logró liberarse, el autor consiguió reconstruirse como persona, introducirse en el mundillo intelectual y destacar con su voz14.

La lectura de El orden del día resulta, en ocasiones, demasiado hermética debido a sus numerosas referencias localistas ―a las que tan proclive es la literatura canaria― y a los constantes juegos metabiográficos que Ezequiel establece y que pueden pasar inadvertidos para quien desconozca al personaje. En cualquier caso, con sus aciertos y sus irregularidades, queda claro que El orden del día es el libro que a Ezequiel Pérez Plasencia le apetecía escribir. Y, lo más importante, en El orden del día –del mismo modo que sucede en El regreso de Calvert Casey y en Decena de un cronopio– se percibe una voz literaria auténtica, ajena a los rígidos lugares comunes que marca la tiránica ley del mercado editorial.

IV

Llegados a este punto, no quisiera finalizar mi intervención sin hacer referencia al especial tratamiento que la figura de la mujer recibe en la obra de Ezequiel Pérez Plasencia. Para empezar, tanto El regreso de Calvert Casey como Decena de un cronopio y El orden del día están dedicados a mujeres, lo que ya da una idea de la enorme importancia que posee el sexo femenino para su autor («Da la impresión de que escribes siempre desde y para las mujeres», expresa, dichoso, en El orden del día 15). Aunque es público y notorio lo difícil que se le resulaba establecer relaciones con ellas, el tratamiento que Ezequiel hace de la mujer es sumamente cordial y afectuoso, y se encuentra desprovisto de cualquier mácula de resentimiento. Muy al contrario, la actitud que predomina al centrarse en ella es de constante agradecimiento: «Telefoneé a tres mujeres ―escribe―: desde hacía algún tiempo yo necesitaba contar sobre todo con mujeres, profundas y comprensivas, para compartir lo esencial, tanto las pequeñas alegrías como los pequeños y grandes dolores; la cháchara y compañía de los hombres me aburre»16. Becarias, camareras, dependientas de librerías, enfermeras, pacientes y doctoras son las mujeres que pueblan el universo literario de Ezequiel. Y, por encima de todas ellas, destaca de manera particular la presencia de la madre, una madre que, como no podía ser de otro modo, es sobreprotectora con el hijo, al que intuye débil, y con el que establece una estrecha relación sin llegar, eso sí, a caer en los siniestros niveles de la película Psicosis.

  1. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, El orden del día, Editorial Benchomo, Tenerife, 2008, p. 238. ↩︎
  2. GONZÁLEZ JEREZ, Alfonso, «Un escritor en defensa propia», intervención en el acto de homenaje Malditos y benditos. El tránsito existencial y literario de Ezequiel Pérez Plasencia organizado por la Fundación Pedro García Cabrera y el Ateneo de La Laguna el viernes 20 de mayo de 2011. Disponible en el blog Hasta el amanecer. ↩︎
  3. BORGOÑÓS, Ignacio, «Tres textos sobre Ezequiel Pérez Plasencia». Disponible en el blog Narradores canarios actuales. ↩︎
  4. PAZ, Octavio, Hombres en su siglo, Seix Barral, Barcelona, 1984, p. 107. ↩︎
  5. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, El orden del día, cit., p 129. ↩︎
  6. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, El regreso de Calvert Casey, Editorial Benchomo, Tenerife, 1999, p. 11. ↩︎
  7. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, idib., p. 21. ↩︎
  8. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, Decena de un cronopio, Editorial Benchomo, Tenerife, 2000, p. 19. ↩︎
  9. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, El orden del día, cit., pp. 31 y 32. ↩︎
  10. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, ibid., p. 33 y 22. ↩︎
  11. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, El regreso de Calvert Casey, cit., p. 41. ↩︎
  12. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, Decena de un cronopio, cit., p. 39. ↩︎
  13. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, El orden del día, cit., p. 131. ↩︎
  14. DÍAZ, Rafael-José, «Recuerdo de Ezequiel Pérez Plasencia. Entrevista a Eduardo García Rojas». Disponible en el blog Narradores canarios actuales. ↩︎
  15. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, El orden del día, cit., p. 197. ↩︎
  16. PÉREZ PLASENCIA, Ezequiel, El regreso de Calvert Casey, cit., p. 14. ↩︎
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