nº8, octubre de 2014

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UNAS PALABRAS DE PIEDRA Y CIELO PARA ARTURO MACCANTI

O unas notas de diafanidad … Con estas palabras podría explicarse ―y creemos que él mismo aceptaría de buen grado este resumen― la obra poética de Arturo Maccanti. Un marchar hacia la claridad, un evolucionar hacia la transparencia, como lo hicieron sus poetas italianos más preciados. No otro fue el designio ―deseado a conciencia― del viejo y niño poeta que nos dejó el pasado septiembre. Uno de los solitarios de la Generación del Mediosiglo, un gorrión modesto de canto y de existencia que, sin quererlo acaso, cantaba y existía en las altas cotas de luz. Seguramente y desafortunadamente, de los canarios del mediosiglo el menos conocido en el panorama lírico nacional. Debido en parte a su propio temperamento, pues Maccanti era hombre ―como diría Gamoneda― de provincias, de lejanías, de anonimato, de retirada reflexión. Era hombre de paseos bajo la llovizna, hombre de cafetín, hombre de este tipo que aún acaricia la corteza de los árboles, que aún pone oído en las viejas paredes para escuchar allá adentro el mensaje de las piedras. Hombre apegado al real curso del tiempo y de la vida. Su fe era la sola palabra poética y nada que no fuera la poesía lo alimentaba más. Viejo porque en él nacía una y otra vez la palabra enraizada, obsesivamente, en la humildad, en la meditación, en el dolor callado. Niño porque Maccanti pertenece a esa rara estirpe de poetas que, con el avance de la edad, van volando cada vez más ligeros y cada vez más alto. En su milagrosa vejez, Maccanti quedó liberado de sí, como una voz que al fin es despejada de todo peso: pura diafanidad.

F. L.

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