Luis María Marina (Cáceres, 1978) ha publicado hasta hoy tres libros de poemas, Lo que los dioses aman (2008), Continuo mudar (2011) yMateria de las nubes (2014), y un libro de ensayo literario sobre la ciudad de México, Limo y luz. Estampas luminosas de la ciudad de México (2012). Ha traducido al poeta portugués Alberto de Lacerda en El encantamiento (2012). Actualmente vive en Lisboa.
¿Continúa siendo el lema Iberia semper incuriosa suorum, que Ángel Crespo inscribe en el frontón de su Antología de la nueva poesía portuguesa del 61, aplicable hoy al panorama de las letras ibéricas? ¿Hemos conseguido en las cinco décadas trascurridas vencer, o siquiera mitigar, el «mutuo desconocimiento de valores artísticos y literarios» que el manchego identifica en la introducción a dicha antología como rasgo definitorio de las relaciones entre las culturas española y portuguesa? Si entendemos esta interrogación en el sentido a que Crespo la circunscribe («el gran público, por falta de información suficiente, continúa ajeno a las culturas de los respectivos países vecinos»), me temo que, aunque por razones distintas —mal podremos hoy argüir escasez de información como motivo del distanciamiento— y que aquí por falta de espacio (y no sólo de espacio) no nos detendremos a analizar, habremos de llegar a idéntica respuesta: Iberia sigue descuidando a los suyos. Y entendiendo el posesivo en su sentido más amplio, aunque eso, claro está, ya no es problema de literatura comparada, sino harina de otro costal mucho más oneroso.
Sin embargo, entre los que Crespo llama «especialistas», ese desconocimiento no se reproduce, o no lo hace, al menos, con la misma intensidad. El lector español de poesía puede leer en su lengua a casi todos los poetas portugueses mayores del siglo pasado y, en particular, de su segunda mitad —sin ánimo exhaustivo, los Mello Breyner, Sena, Helder, Ramos Rosa, Andrade, Cesariny, Júdice,…— y la crítica española (la de miras lo suficiente amplias para contemplar algo que no sea su propio ombligo —patrio y poético, entiéndase) no tiene empachos en reconocer a la tradición poética del país vecino en el siglo pasado una continuidad en la sucesión de cumbres y una variedad en los tonos y registros de tales cumbres que justifica, como ha hecho cierta crítica del otro lado de la frontera, hablar de un auténtico «siglo de oro de la poesía lusa». En cuanto a la suerte de la poesía española en tierras lusas, dejaremos de lado la libertad con que los ismos —como ha demostrado sobradamente Antonio Sáez Delgado en sus diversos estudios sobre el tema— circularon sin límites por la península y también dejaremos de lado a Machado y a los poetas mayores del 27 (conocidos y leídos en Portugal) para referirnos, enlazando ya con la poesía hodierna, a la interesante, por novedosa, confluencia que, en torno a la llamada «poesía de la experiencia», se produce entre las producciones poéticas finiseculares de los dos países ibéricos.
Sin entrar a discutir si la poesía de la experiencia fue antes a uno u otro lado de la frontera (discusión que poco o nada aportará a nuestros efectos), nos limitaremos a señalar la función de «mediador cultural» que en este punto corresponde, del lado portugués, a Joaquim Manuel Magalhães y, más aún, a sus traducciones de autores españoles adscritos a dicha corriente, recogidas en su mayor parte en la influyente antología en dos volúmenes que dio a las prensas en 1997: Poesia espanhola de agora. La repercusión más que notable que dicha antología alcanzó en la crítica portuguesa, y, lo que es si cabe más importante, entre las voces poéticas que comenzaban a despuntar por aquel entonces, nos habla de una identidad de propósito que se plasmará, en tierras lusas, en un grupo —la «generación del 90»— cuyo programa, antes que cuya nómina, coincide con los definidos en la antología Poetas sem qualidades; poetas que, con o sin cualidades, tendrían claro cuál es su lugar de afirmación poética si tuvieran que elegir entre —siguiendo la gráfica distinción que José Luis García Martín establece— «poesía figurativa» y «poesía abstracta».
El desigual balance de la «Generación del 90» (balance que ha sido sujeto a un amplio debate por la crítica portuguesa, confirmando el carácter polémico de la «poesía de la experiencia» a ambos lados de la frontera) ha dejado paso, en el inicio del nuevo siglo, a una fragmentación de las vías de aproximación a lo poético que pasan por un hartazgo de lo narrativo, y un claro regreso al terreno de lo lírico, entendiendo por tal la subversión del «lenguaje cotidiano», el cultivo demorado de la palabra y el hallazgo, y con el hallazgo la vuelta a los mayores y a la reflexión metapoética (que sustituye el culto, nunca demasiado sincero, de la marginalidad propio de la generación anterior, por lecturas más abiertas, más libres, más fértiles). Vías que se corresponden de manera mucho más clara con lo mejor de la tradición poética lusa de la segunda mitad del XX. Y que se corresponden también, digámoslo ya, del otro lado de la frontera con un eclecticismo que sólo podemos calificar de regenerador y que conforma en España y Portugal un panorama contemporáneo en que, con la sensación de haber roto ciertos desgastantes diques, los poetas (río principal o afluente, sólo ha de decirlo el tiempo) se han ganado, al menos, el derecho a fluir libres, abriendo caminos propios. Los tres aquí seleccionados ofrecen caminos que el lector español descubrirá completamente distintos, y que precisamente por eso simbolizan la variedad de registros que es casi la única característica común de la más reciente poesía lusa.
Jorge Reis-Sá no es hoy ni mucho menos un recién llegado a las lides literarias. Narrador, ensayista, editor (durante casi una década pilotó con Valter Hugo Mãe las ediciones Quasi, primera editorial verdaderamente independiente del país, que desbrozó el camino por el que luego han transitado muchas otras) y, sobre todo, poeta. Su obra, siete poemarios reunidos en 2013 en el volumen Instituto de Antropologia, se caracteriza por la coherencia, por una obstinada fidelidad a la propuesta poética original. Una propuesta que muestra cómo también los caminos de lo discursivo pueden conducir, si bien guiados, a la revelación lírica. Y en Reis-Sá, lo lírico es, con frecuencia, exploración de los caminos de lo sentimental, cubiertos en nuestro tiempo por la frondosa, y más bien vana, vegetación seudo-tecnológica de la posmodernidad —una empresa en la que la poesía de Reis-Sá confluye con uno de los ríos más caudalosos y fértiles de la poesía portuguesa de las últimas décadas, Nuno Júdice (autor, recuérdese, de un libro titulado Teoría General del Sentimiento). El espacio que habita la poesía de Reis-Sá es el del norte de Portugal: un espacio atlántico, rural, de árboles, casas grandes y prolongados silencios capaces de revelar más que cualquier palabra (como en Daniel Faria, a quien Reis-Sá descubrió para le grand public —si es que algo así existe hablando de poesía); el tiempo, aquel transparente de la infancia, devenida flujo de vida que se proyecta sin fin, como la propia poesía, hacia el futuro.
Ya desde su debut poético (en el cambio de siglo, con Un mover de mão, uno de los libros más sólidos escritos desde entonces por cualquiera de los poetas de su generación), Vasco Gato ha ido consolidándose como una de las voces más destacadas dentro del panorama poético luso. Su poesía, recogida hasta ahora en diez poemarios, se inserta con absoluta naturalidad, sin estridencias, dentro de cierto venero de largo recorrido dentro del sistema de afluentes que es la poesía portuguesa de la segunda mitad del XX y que nace de una fuente llamada António Ramos Rosa. Poeta del espacio físico, natural; un espacio que nunca es agresivo con el hombre, y que no es sólo «escenario», sino auténtico protagonista que convive y se relaciona con el poeta. Poeta del amor, motivo poético ridiculizado por la generación que nos precedió y que en Gato aparece paradójicamente sereno, maduro, cuasi cubista, inspirador de poderosas imágenes, siempre controlado (si, con Gide, entendemos que el clasicismo es un romanticismo bien dominado, Gato puede, sin temor, ser llamado un clásico). Poeta, en fin, de la palabra, camino privilegiado de acceso a todo posible conocimiento.
Si el recorrido poético de Vasco Gato a lo largo de la última década puede compararse con el de un río al que van afluyendo cauces que lo hacen cada vez más caudaloso, para hallar una imagen capaz de reflejar la potencia de la aparición de Miguel-Manso en el panorama de la poesía lusa más reciente habríamos de acudir a la de un géiser. Como el géiser, el poema de Miguel-Manso, contenido habitualmente dentro de ciertos límites auto-impuestos —señal indiscutible del artista que domina los recursos de su arte—, se desborda, sin previo aviso, en el bullente juego de palabras, en el feliz hallazgo visual, en la profunda reflexión acerca del sentido del discurso. Herramientas todas ellas que constituyen el repertorio más canónico de esa versión tan poco canónica del surrealismo que es la portuguesa. En una tendencia acentuada en sus libros más recientes (caso del último por ahora, Um lugar a menos) cada poema se afirma como individuo, casi como especie: en la estirpe de las tisanas hatherlynianas, muchos de los contenidos en ese libro son pequeñas joyas en que el ámbar ha crecido en torno a un pensamiento ora aforístico, ora descarnado, ora producto del asombro ante lo cotidiano, y que queda a la luz únicamente tras una observación detallada de las múltiples aristas tejidas por la palabra. Un géiser, pues, siempre dominado por una inteligencia que conserva entre sus manos las riendas del poema, que es tanto como decir del lenguaje.
JORGE REIS-SÁ

Nació en Vila Nova de Famalicão en 1977. Su obra poética esta formada por Por Ser Preciso (2004), Todos os dias (2006), Terra (2007), O Dom (2007), Os Esquilos de Long Island (2008), Bem Bom/Mau Maria (2010), Instituto de Antropologia —poemas reunidos— (2013).
LA BUFANDA
EN LOS MUROS
DE LA FOZ
Sabes, papá, la bufanda en los muros de la Foz cubría los árboles
con su pelo, al viento. La gorra azul, marinera
en los cabellos rubios, susurraba pequeñas frases a las silentes
aguas. Tu sonrisa tan leve enternecía el rostro, esas gafas,
mi cabello en las tardes de sol. O el barco encallado en la arena,
junto al castillo por donde nos paseábamos: yo, tú, mamá; dos
o tres palabras y mi cuerpo que se acercaba a vosotros, junto a la carretera,
en estos muros de la Foz abiertos al mar, que volaba.
LA DEFINICIÓN
DEL AMOR (1)
Antes escribía poemas de amor. Después me dijeron
ya toda la gente lo ha hecho, nada más se puede decir sobre
el amor, el amor ya está en demasiados poemas.
Acepté el consejo y pasé a escribir poemas de muerte.
Escribí muchos poemas sobre mi padre, muerto hace años.
Hasta el día en que me di cuenta de que la muerte es sinónimo del
amor. Y volví a escribir de lo que nada se puede escribir.
BRUCE SPRINGSTEEN
[Secret Garden]
Todos tenemos secretos guardados en el alma. Todos
robamos sellos en el estanco del señor Passos para adornar
la colección que ahora, años después, hemos olvidado. Todos
matamos al periquito cuando, distraídos, lo dejamos
huir de la jaula y dijimos fue Dios quien lo quiso libre,
mamá. Todos tenemos un sitio donde no
permitimos que nadie entre: ni siquiera aquella que más amamos,
por la vergüenza que esos secretos causan. Hay siempre
una historia que no conseguimos recordar y que no
conseguimos olvidar. Demasiadas verdades
guardadas junto a los sellos y al fantasma
del pájaro que todavía hoy nos persigue.
Voy a casa a olvidar que partí.
Veo diariamente la soledad de los otros en la sonrisa
con que se compadecen de la mía. Quizás crean
que así calman la tristeza, ofreciendo
compasión como brindis de una vida miserable.
Sé que soy fuerte por las debilidades que transporto.
Es cierto, no tengo ni un sólo motivo para
respirar, o tal vez lo tenga y lo olvide
cada noche cuando me duermo solo o acompañado.
Dicen que los niños procesan el día pasado
en la guardería durante el sueño que imaginamos tan corto.
Nada más falso. Apenas suman horas
a la escalera que los ha de llevar al cielo, si tienen
la suerte de morir como angelitos. No es sólo
horrible —crecer es, sobre todo, inevitable.
Confieso que he llegado tarde. Hubo victorias,
derrotas y héroes, escrito está en el acta de nacimiento nueve
de abril de mil novecientos setenta y tres.
La Guerra Fría ha acabado, los espías han cambiado
de bando como de besos entre amantes, tengo casi
cuarenta años. Pierdo mi vida en la oficina
de la agencia tributaria, sueño con batallas
sólo en las películas de Hollywood, siempre me quedo
a punto. Se buscan tiempos que busquen
héroes, más que contrato fijo y ocuparse de los abuelos;
más que ligarse a mujeres modernas,
ser un joven empresario hasta los cuarenta
y cinco. Confieso que he llegado tarde, de nada
me valen la guerra y el héroe que en mí arde.
VASCO GATO

Nació en Lisboa en 1978. Ha publicado los poemarios Um Mover de Mão (2000), Imo (2003), Lúcifer (2003),A Prisão e Paixão de Egon Schiele (2005), 47 (2005), Omertà (2007), Cerco Voluntário (2009), Rusga (2010), Napule (2011) y A Fábrica (2012).
un cantar puro
imagino que ha de cubrirnos un cielo
de espuma y que, entre sol y sol,
una nueva lengua nos hará decir
lo que el polvo de nuestra boca postergada
enterró fuera del alcance de la mano posible
donde cenicientos abandonamos la flor.
dices: pon tus dedos en los míos
y crucemos los siglos sin rostro,
borremos de nuestras casas el ruido
del tiempo que ardió sin luz.
sí, crea conmigo ese silencio
que nos desnuda y nos prende
en la lumbre de los árboles frutales.
dime que nos quedan aún versos por escribir,
que existe aún en el mundo un cantar puro.
cuando la noche toca tus muñecas
cuando la noche toca tus muñecas
brotan en ternura las azucenas
y las flores enteras se inclinan
al pecho, al vientre, al calor
de esta vida que brilla hacia el sur.
dame tu mano, dices,
quiero contigo recibir el relámpago
que incendia la tierra en los cereales
y despierta en el corazón las granadas.
busco árboles, pie a pie,
en la sombra de tu palabra
busco el postrero despertar de las estrellas
y me demoro en silencio
en la interrogación de los planetas.
y cuando la noche toca tus muñecas
se abre en mí una vida mayor
y de las ventanas borro las miradas
para quedarme a solas contigo
en el suspiro de la tierra que nos inventa.
el rostro de los hibiscos
sutil visitación esa que
se desprende del íntimo pulsar
de las plantas, en el incierto alejamiento
de la tierra púrpura, fertilidad
exhalada con la llegada de las lluvias
al territorio que en el mundo
fue primero.
el rostro de los hibiscos revela
la intención que aún arde
en el corazón de los dedos
— claramente se entiende
que todas las cosas
fueron tocadas.
¿qué señal dejaremos
para que nos reencuentren
los caballos blancos:
un juramento, una canción,
un niño sembrado?
antes de la palabra
dudo sin fin antes de la palabra
porque un precipicio se abre en ella
y no tiene sentido, vibra apenas.
porque puede ser la muerte
o el nacimiento a un lugar
de colores y hadas y barcos de sol.
porque me duelen las manos
cada vez que intento ceñir
el mundo en trazos redondos cuadrados.
por eso te digo: dudo y muero y nazco.
y corro a la calle con la fuerza de quien
va a anunciar gritar llamar decir.
pero una vez afuera sonrío solo
mientras camino hacia un banco
del jardín, lentamente,
como si por un momento
supiese el nombre de todo
y todo tuviese el mismo nombre.
invocación
por ti he arrojado mi cuerpo al mar
sin buscar que la marea me olvidase
por ti he aprendido cómo las cosas se tocan
cómo el trigo entiende al viento y a la tierra
cómo amanecen los niños sobre las madres
por ti he dormido en el sobresalto de los valles
entre sosiegos mudos y noches espesas
por ti he rozado la gravidez de las nubes
rozado a los hijos sembrados en invierno
rozado a la mujer que espanta el frío
y he imaginado que me oías en la distancia
que me recordabas en medio del mes blanco
cuando en los campos los pétalos escriben
tu nombre cuando la mano anuncia la ternura
que es cuando mis ojos buscan los tuyos
MIGUEL-MANSO

Nació en Santarém en 1979. Obra poética la forma los libros Contra a manhã burra (2008), Quando escreve descalça-se (2008), Santo Subito (2010), Um lugar a menos (2012), Ensinar o caminho ao diabo (2012), Tojo (2013).
ORLANDO PANTERA
I am a professional
y danzamos
lentos y digestivos
pero tratemos antes de pasar
el día a limpio:
el Peugeot 205 rojo disparado en el auto-
radio la playa pequeña la siguiente a Guincho
desierta
tu pecho desnudo mulato
contra las ondas la risa ladrada
de la perra entrando y no entrando
en el mar
las rocas el mejillón la navaja
el regreso lento a tu casa
cilantro agua dulce cazuelas
la lumbre
donde cociste el pan
y que atizaste usando las páginas del listín telefónico
—quemando toda la red fija de Carcavelos—
el pájaro
muerto en la escribanía
el dibujo a medio hacer
después la noche la luna
el alpendre donde ya no se oía el mar
la perra fingía dormir sobre la alfombra suspiraba
en el humo de los cigarros
al fondo del jardín sobre la hierba
dejamos varias cajas de galletas
adaptadas para la fotografía pinhole
abríamos el obturador y el tiempo de
exposición era toda la madrugada
EN LA MUERTE DE LA ABUELA
por si no bastase la humillación pública de morir
se espera del cuerpo que cumpla con indiscutible
pompa el intolerable protocolo de ausentarse
la penosa ejecución circular y nocturna del velorio
la presencia inconveniente de los agentes funerarios
los aderezos luctuosos el obsceno maquillaje
al día siguiente, el inventario de las oraciones, la concisa
ceremonia (no hay mucho que decir, seamos honestos
y hasta insulto parece que se pronuncie el nombre de
Lázaro) se cierra el ataúd, el día se pone bonito
—es casi tan inmoral como que alguien haya traído una
corbata con motivos estampados, una camisa florida—
después, en casa, parece que la voces resuenan como en una
sala a la que hubiesen substraído los muebles y hubiese, por eso,
la extrañeza de una extensión desvestida, desemejante
el abuelo va a buscar en las memorias de la infancia (¿por qué
razón oscura omite los recuerdos de casado?) hay
en su voz algo de paciente melancolía
como si aceptase, con restringente sumisión, que
el tiempo no se detenga nunca, que los años nos empujen
a un agujero en la tierra, nos sujeten a tan ruda descortesía
la prontitud de la muerte, la ligereza del tiempo, la estupidez
de la vida que nunca ha de encontrar cura y razón de sí misma
contra todo eso empuño el poema, anticipo la derrota
LUGAR SANTO
aquella calle, el aluvión de turistas en una
Europa que no nombro
otra calle menos obvia, menos gente
un joven cantante lírico accionaba la voz
en un pequeño patio triste, elevado
el Verano, su claridad, la solidaria
muchacha del sombrero
(que recuerda a tora
que tampoco existió en una terraza sobre el mar)
leve como
cuando aún se podía
ahora escribo y ya se ha ido el tiempo en que
aún íbamos a leer a Al Berto, a amar
cuanto se moviese
nos sentamos sudados en un jardín
escondidos entre el sosiego
contemplamos las estatuas cubiertas de musgo
que habrían de servir, años después,
para terminar este poema
El libro es una ceguera veloz en dirección a la lentitud. Nada, todo, nada otra vez. Depende de la mano que abandona pero antes prohíbe lo que prohíbe la extrañeza. El libro no se define con desembarazo, es una maquinaria compleja. El dedo que apunta al libro no es el libro. Lo que el autor y el lector sí aprenden con el libro: la evidencia de la oscuridad, lo indistinto de la nitidez
Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y antepone la Clepsidra al clap clap. Se construye una cabaña y se gobierna con los paisajes sedimentarios. Para redactar ahí un locus amoenus, bañado por ribera repleta de cabritillas y sobre todo una luz filtrada por las copas. Caligrafiar el clamor de insectos y pájaros, el temblor de las hojas y el remanso sombreado de las piedras.
El error tiene cualidades expresivas. Errar suma. Lo que no yerra concluido está. Alcanzó. Acabó. Lo que no acaba evoluciona aún. Evolucionar es elevarse. Elevación sin ser por la vereda de lo sublime, que es una forma remisa de poner las cosas fuera de nosotros. Sobre nosotros. Progreso, sí, más simultáneo: nosotros, el resultado de nosotros. Evitar el yerro es hacer con descontento. No hacer es no errar, lo que puede ser el mejor de los errores. Con uno menos, no obstante, en la expresividad. Lo humano es viable también porque yerra —saru mo ki kara ochiru— y es ahí donde reside su axiomática inviabilidad
Ama como la rotonda comienza
En la cabeza del abuelo nunca hubo la sospecha deductiva o inductiva de Weimar, o un mínimo deslumbre de Goethe. En la fotografía que sacaste es ya un viejo jubilado que se obstina, impasible y locamente, en repetir los gestos de siempre: la gregaria alquimia alimentar, santo y seña de una antigüedad panificadora. Está desierta la panadería, es de día y la mayor parte del pan se hizo en el tráfago nocturno en que ya no participa. El abuelo está de pie y no mira al fotógrafo. Tiene la mano blanca sobre la mesa enharinada, el mandil claro, la camisa lila empolvada en las mangas. La cara morada, sombreada de un lado —el lado para el que mira sin sonreír. El cabello del mismo color de la mesa, del mandil, de las manos. Fue todo un sueño, abuelo, ni tú ni Goethe, ni yo ni quién