Carlos Piera, Apartamentos de alquiler. Obra poética reunida. Madrid, Abada, 2013.
Al acercarnos a la poesía de Carlos Piera (Madrid, 1942), resulta difícil evitar el tópico y no referirse (como se hace, por ejemplo, en la contraportada del libro) a un poeta secreto ni lamentarse de la insuficiente atención que ha recibido tanto por parte de la crítica como de los lectores. Es evidente que estamos ante un autor que merecería ser más leído (y ojalá que esta edición sirva para ello). Como también es cierto que su precaria recepción no tiene nada que ver ni con la calidad indudable de su escritura ni con la falta de una voz propia (más bien al contrario: la singularidad de su voz quizá haya jugado en su contra en un país en el que seguimos atados a los esquemas pedagógicos, de temario de Bachillerato, adictos a las plantillas generacionales). Pero incidir en la presunta rareza de un autor no es a la postre la mejor manera de apreciar los valores intrínsecos de una obra, convertida así a priori en un fruto exótico. De ahí que tal vez convenga acercarse a estos textos por ellos mismos sin la constante convicción de estar degustando una delicatessen para paladares exquisitos.
Probablemente, el lector se sorprenda al constatar que esta suma poética se abre, no como suele ser habitual, con el primer libro publicado, sino con el último, Religio y otros poemas (2005) para ir retrocediendo en el tiempo hasta De lo que viene como si se fuera (1990), Antología para un papagayo (1985) y finalmente Versos (1972) (más el apéndice de una colección de poemas inéditos en libro). Por llamativa que pueda resultar esta ordenación, creo que el hecho de abrir precisamente con Religio, acentúa, pero también matiza, el contraste entre este y el resto de sus poemarios. Si la mayor fluidez con que ahora se teje el discurso, nos puede hace pensar en una ruptura con lo anterior, lo cierto es que no ha desaparecido, solo se ha trasformado, la extrema vigilancia a la que Piera somete su material (exigencia que está presente incluso cuando recurre a la máscara del apunte frívolo y del poema de ocasión). Por otro lado, el tono celebratorio no nos debe hacer olvidar que los seis misterios que constituyen «Religio» vienen acompañados de la sección «Otros poemas», donde vivencias de otro orden amenazan con poner entre paréntesis la experiencia de lo sagrado que el poeta despliega en torno a un enigmático tú femenino.
Sea como sea, el autor de Religio sigue mostrándose, al igual que en los poemarios anteriores, como un poeta doctus que, sin alardes culturalistas, sabe incorporar con elegancia todo el peso de sus lecturas en sus propios versos. Así, mientras que en Religio, la confusión consciente entre el discurso erótico y el religioso se nutre probablemente tanto de la tradición mística como de la trovadoresca, el libro De lo que viene como si se fuera evidencia una de las raíces a mi modo de ver más determinantes en su escritura (junto con la herencia del epigrama) como es el Barroco. No se trata de una mera imitación ni de un impostado neobarroquismo, sino del vínculo que se establece entre un lenguaje sometido a todo tipo de tensiones (sobre todo sintácticas y rítmicas, con el habitual recurso al hipérbaton o al zeugma, así como al encabalgamiento) y una mirada contagiada de tempus fugit, de la precaria realidad de todo (de ahí lo apropiado del título, Apartamentos de alquiler, que, si no me equivoco, tiene tanto que ver con la certeza de estar de paso como con la fugacidad de toda epifanía poética). Pues, como dice precisamente uno de los versos de este libro, «Hay poesía sólo porque hay muerte».
La perpleja mirada de Piera («yo, el tipo de detrás de las ventanas, / quería ser normal») dibuja un yo poético alejado de toda mitificación romántica, lo que resulta coherente con la elección de títulos voluntariamente anodinos (Versos) o de tono burlón (Antología para un papagayo). Sin embargo, ello no supone renunciar al extrañamiento del lenguaje, como en buena medida pretendió cierta poesía que hizo bandera de una palabra (ideológicamente tan sospechosa) como normalidad. La aparente indolencia de esta mirada («Indiferencia, dame/ el nombre exacto de las cosas») vela lo que hay en estos poemas de voluntad de iluminación, de ofrecer «entero el mundo, consonante, diáfano» . Hay aquí un valiente equilibrio de fuerzas entre el lenguaje de todos los días y su distorsión, una distorsión que tal vez no es tal porque nos permite cuestionar la supuesta transparencia de la comunicación diaria. De dicha tensión emerge un peculiar tono de voz que recuerda, en ocasiones, al también inclasificable Aníbal Núñez. La lucidez de esta mirada, lírica y ácida a un tiempo, hace de Piera un poeta al que tener muy en cuenta, sin necesidad de abrir una vez más la lista (¿negra?, ¿de espera?) de los raros, los malditos y los heterodoxos.