(Traducción de Maila Lema y Alejandro Rodríguez-Refojo)

Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960) es poeta, crítico literario y uno de los autores de mayor relevancia dentro de la nueva narrativa polaca. En España ha publicado las novelas Nueve (1999) y El mundo detrás de Dukla (2003), los ensayos Mi Europa (2005) y De camino a Bababag (2008), además del volumen Cuentos de Galitzia (2010).

La verdad es que amo la fealdad de mi país. Es irrepetible. No tiene parangón. Quizás solo sea comparable con la de la población eslovaca de Martin en su salida de la autopista para Bratislava. Pero para eso tiene que ser noviembre y tiene que estar lloviendo, y hay que ir a cuarenta por hora, pegado al coche que circula delante, y mirar a la derecha, donde un absurdo tótem indio anuncia el Harley Davidson Steak Pub. Aparte de eso, lo nuestro no tiene igual. Cuando hablo de esto con los amigos normalmente defiendo esta pobreza óptica, este mareo, esta histeria del paisaje humano. En parte por llevar la contraria, pero sobre todo por propia afición a las cimas de mal gusto que es capaz de alcanzar la creatividad humana, es decir la polaca. Esta creatividad me inspira a un tiempo asombro y admiración.

Somos un pueblo de extremistas. Somos revolucionarios totales. La materia fundamental del comunismo era la grisura. Así es como todo el mundo lo recuerda. Hasta los que nada recuerdan. El comunismo era gris: este mantra ha envenenado las mentes. Así que, nada más liberarnos heroicamente del comunismo, lo primero que hicimos fue lanzarnos a la tienda de pinturas. Y de ahí el aspecto que tiene ahora mi país: como si a un mono le hubieran dado un pincel. Pero en realidad a mí me impone. Este ir cada uno por su lado, este aventurismo, este empeño en alejarse de la norma, de la estética de lo correcto, este apartarse de las recomendaciones de los expertos a veces tan contrario a la lógica. Pues, ¿cómo entender si no, por ejemplo, esos anuncios luminosos que han instalado en una de las carreteras principales del país y de noche parpadean, ya en rojo, ya en verde, cual estresada señalización? ¿Cómo entenderlo?

De alguna manera soy forofo de este embrutecimiento del corazón. Fan de estas fachadas pintadas de amarillo y verde hospital, de estos castillos erigidos al borde de la carretera, de estos restaurantes de madera enormes como barcos y cubiertos por hectáreas de paja, de estos sex-shops rosa en pleno campo, estos talleres de reparación de automóviles de tres pisos con columnas corintias (sí señor, en el acceso oriental de Rzeszów). Me quitan el sentido estos almacenes de duendes coreados por leones, águilas, camellos, cigüeñas e imágenes de la Virgen María, me hipnotiza este espacio en el que lo feudal se mezcla con lo global y la aldea de la abuela sucumbe en las llamas de lo posmoderno. Me embriaga este abismo, estos universos llenos de paisanos de andares pesados y manos encallecidas que vagan entre laberintos rellenos de baratijas chinas de miles de colores y formas para llevárselas y construirse una casa que se parezca a las casas del resto del mundo. Casas construidas a base de plástico dorado o plateado, de cristal falso: un arco iris químico.

Qué maravilla que no nos importe nada más que la satisfacción del propio deseo, que no nos dejemos llevar como borregos por la norma común que alguien se ha inventado. Que somos como los gitanos del pueblo moldavo de Soroki, a los que, cuando se les antojó vivir en el teatro Bolshói, fueron y se lo construyeron. Los caballos del frontispicio los rescataron de un carrusel. Levantaron también una pagoda china y una mansión estilo victoriano, y revistieron de metal todos los tejados, que ahora brillan de tal manera que se divisan perfectamente desde Chisináu, y también desde Kiev.

Por lo mismo adoro este país. Porque tiene el valor, el ímpetu y la fuerza de cumplir su santa voluntad. Porque ningún arquitecto le va a decir a él cómo tiene que ser su país —es decir, el mío—, su vida.

Estuve una vez en América. Me gustó mucho. Todo era como en el cine, pero más. Manhattan, Brooklyn, el Uptown de Chicago, el metro de Chicago en cuyos intercolumnios se van decapando los coches patrulla de los Blues Brothers. Me encantó. Pero me gustó más todavía la horterada americana. Estas grandes extensiones de casas, de uno, dos, todo lo más tres pisos, que se extienden hasta el horizonte. Y todas distintas, cada una a su gusto: rococó, barroco, cornisitas, frisos, ventanas mirador, chimeneas, torrecitas, pilonos, pilastras, balconcitos, tímpanos, plafones, galerías, toda la historia de la arquitectura junto a la enciclopedia de los gustos de los inversores. Todo de material compuesto, de conglomerado, de yeso, de cartón, de mentirijilla y de engañifa. Ladrillo, piedra, un cemento de un tipo de pómez, esteropiano, fachadas de menos de un milímetro… y debajo, la nada. ¿Y por qué lo hacen así? Pues para ponérselo más fácil a los bulldozers. Si en realidad no se trata más que de un campamento, una parada, una pausa temporal, apenas un receso. Pronto habrá que dejarlo todo y seguir adelante, adentrarse más aún en el continente, en lo infinito del espacio americano y allí, en alguna parte, en el desierto, en una llanura, en una pampa, alzar el siguiente refugio. Como una tienda de campaña o, mejor dicho, una cabaña que se abandona, pues una tienda es algo que nos llevamos. Me enamoré de este país nada más verlo. Porque no se come la cabeza, porque a fin de cuentas es energía pura a la que le importa un bledo la forma. Pues sí, por su barbarie me enamoré de América. Y por lo mismo amo a Polonia. Porque le trae al pairo ser hermosa. Porque, Proteo milagroso de un espacio limitado, busca la encarnación adecuada sin encontrarla, y va mudando de piel cual serpiente. Es probable que la forma definitiva no la encuentre nunca. Y va levantando aquí y allá sus horteradas cual la hermosa, enorme y salvaje América. La diferencia es que no construye a base de conglomerado, sino con bloques de verdad. Pues Polonia no tiene adónde ir. No abandonará sus adefesios de hormigón. Se quedará con ellos hasta el fin.

* Este texto se editó como prólogo al libro de Filip Springer Wanna z kolumnadą. Reportaże o polskiej przestrzeni [Un bañera con columnata. Reportajes sobre el paisaje polaco] (Czarne, 2014).

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