(TRADUCCIÓN DE VIRGINIA LÓPEZ RECIO)

El poeta, narrador y ensayista griego Dimitris Angelís (Atenas, 1973) es doctor en Filosofía y actualmente profesor en la Universidad de Creta. Es autor, entre otros títulos, de Sobre la escritura (ensayo, 1998), Filomila (poemas, 1998), Una muerte más (poemas, 2000), Último verano (relatos, 2002), Aguas míticas (poemas, 2003), Estética bizantina (estudio, 2004) y Confirmando la noche (poemas, 2011). Es director de la revista literaria Nea Efthini (Nueva Responsabilidad). Su libro de poemas Aniversario (2008) ha sido premiado por la Academia de Atenas (Premio Porfyras).

SU SOMBRA

Esta tarde la noche no se atreve. La ternura no se atreve. Los árboles no se mueven. Se oye silbar un buque de vapor desde el puerto, allí cerca de los noráis de hierro, muy pronto todo va a cuajar en sombras.

Entiendo al niño que llora. No es por el ruido súbito. Es que nadie se atreve, nadie habla. Hace años que no hay respuesta.

Cerca del atardecer fuimos contados con los dedos y estábamos todos allí. Y los que faltaban estaban también con nosotros, asistiendo al enorme lugar vacío de su ausencia prolongada, cada cual con su particular sombra en nuestras caras, verdadera grieta. En un sitio la sombra mayor, en otro menor, pero nadie se atrevía a confesar su existencia, que su hombro tocaba nuestro hombro y que a escondidas nos hablaba. Excepto ella.

Podías escuchar su risa desde lejos aquella tarde. Su voz solapaba todas las otras conversaciones del grupo: siete mujeres, todas con pelo canoso; una o dos, que eran rubias, seguramente se lo teñían. Ella constituía el centro de atención y, pese a su edad, parecía entre todas la más joven. Tenía el pelo corto, llevaba un pantalón morado y en la cabeza un gran sombrero de paja con una cinta multicolor.

Parece que no se habían metido aún en el mar. Conversaban sobre las recientes obras cinematográficas que habían visto, sobre restaurantes en los que habían cenado, sobre recetas de cocina, se metían unas con otras, todo mezclado, sin ningún orden en absoluto, en una conversación sin principio ni fin que se hacía por la misma conversación, para pasar el rato, para que no fuera ya tarde sino noche, para apagar la luz y dormir con sus sombras. Y entre aquéllas ella, primera en cambiar el rumbo de la conversación, primera en los chistes y las travesuras, como una chiquilla, para que no le ganara ninguna. Sin embargo, también había momentos en los que totalmente de improviso y sin motivo callaba, no mucho, sólo un momento, mantenía los ojos en un punto, un escalofrío parecía agitarle la columna…, para volver poco después más dinámica y más viva al grupo.

Sopló un vientecillo suave. Una mujer se levantó y lentamente se dirigió hacia el agua; una segunda, lo mismo de titubeante, la siguió. Aquélla les echó una mirada de indiferencia: nunca en otro tiempo iba al mar sola, como ahora. Recordó su visita de ayer a la peluquería y sintió una hoja de acero atravesar su corazón de lado a lado: ¿Cómo han pasado ya cinco años? ¿Dónde estaba ella para no darse cuenta?

«¿Qué te ha pasado?», preguntó una amiga, interrumpiendo los peligrosos efluvios de su pensamiento.

«Nada», respondió aquélla sonriendo, e inmediatamente empezó una nueva historia: «En París, una vez, ¿os lo he contado?». El resto la seguía con vivo interés, tenía una manera propia, particular, de narrar y de hacerse agradable.

Poco después tomaron la decisión de que ya era hora de darse un baño. Las que tenían dificultad fueron cogidas de la mano y de los hombros por las otras para levantarse, y todas juntas, como una manada de patos, echando el peso del cuerpo una vez en un pie y otra en el otro, se encaminaron hacia las olas. Aquélla, más ágil, se tiró al agua gritando y con brazadas rápidas se alejó sola mar adentro. Nunca en otro tiempo nadaba sola, nunca de cuanto recordaba en el pasado.

Dos meses antes se había hecho la exhumación y, puesto que tomaba muchos medicamentos, lo habían encontrado intacto: la tierra, cansada de acoger tanto cuerpo, no lo había digerido. Fue para ella una segunda muerte, lo mismo de tremenda que la primera, una repetición inconcebible en su dureza que la había hundido. Y ayer en el cementerio, mirando la pequeña losa en el lugar donde aprisa lo habían vuelto a enterrar, se preguntaba: «Pobrecito mío, ¿cómo cupiste aquí dentro, con lo grande que eras?» No podía imaginárselo en absoluto como manojo de huesos, para ella existía imperecedero y vivo dentro del recuerdo. Y emergía de repente desde sus oscuras aguas cada poco, y ella le hablaba y se le quejaba de que la había dejado sola y desamparada, y debía ahora llamar al fontanero y al electricista para lo más mínimo, cargar con las bolsas de las compras del mercadillo, cuidar el jardín.

Un vientecillo sopló de nuevo arrugando las aguas, todo recuerdos. Nunca en otro tiempo se bañaba sola, lloraba ahora y sus lágrimas se hacían mar allí, lejos de la orilla, allí donde en otro tiempo le sostenía el sombrero para hacer zambullidas y se lo volvía a dar luego—el sol le sentaba mal—, allí donde se metía con ella y la empujaba hacia abajo para hundirla, y se hacía el niño pequeño a la hora a la que se ponía el sol, y ella se enfadaba con él por comportarse así, una persona mayor. Y ahora, cinco años después, el mismo sol se ponía exactamente en la misma playa, y ella estaba sola. Ojalá estuviera aquí para enfadarse con él un poco… ¿Con qué ánimo iría ahora a la casa? ¿Cómo pasaría la noche en la habitación vacía? Como ayer y anteayer, hace ya cinco años completos —pensaba—, y los ojos se le habían enrojecido del llanto, allí mar adentro.

Sus voces ahora se le acercaban. «¿Cómo has llegado tan lejos?», oyó que le decía una voz jadeante muy cerca, casi detrás de su espalda. No sabía contestar, cómo hablar de los cinco años sin la mano compañera, de la casa enmudecida, eterna tempestad y silencio estático, de cómo cada cual vive a la sombra de lo que hacía ayer y de cómo eso no cambia. Cómo decirle a ella que de noche no se atreve a levantarse del colchón, ni a cambiarse de lado, porque la cama cruje y el corazón le va a estallar de miedo, cómo explicarle que empieza a dialogar con el sillón de enfrente sobre el velo oscuro que teje, hace ahora cinco años enteros, esperando a quién. Alguna vez que otra, por supuesto, tiene la compañía de su hijo —cuando no viaja, y viaja casi todo el año—, que le acaricia el pelo y le habla con dulzura. Sin embargo, los momentos de luz, qué pena, duran siempre poco; esto, ¿cómo decírselo? Y después se seca la gente y se hace de nuevo cantera, todo roca y polvo; y te encuentras tú en el centro y rompes piedras. ¿Qué decirle, pues, cuando llegó hasta aquí rompiendo piedras? Sintió ahora a su amiga resoplarle en el cuello, había llegado.

Sin alterarse nada, hundió rápidamente la cabeza en el agua y después se volvió sonriendo hacia el lugar de su amiga.

«Mira, se ha hecho ya de noche», le mostró. «Y ni me he dado cuenta.»

LA FOTOGRAFÍA DE DIOS

Al principio, cuando Adán y Eva se encontraban fuera del Paraíso, no hablaban, viajaban. La voz no les salía de la garganta, ésta se les desollaba, pero incluso si decían una palabra, la más diminuta palabra, sabían desde antes que les sonaría como un pistoletazo, tenían miedo. Habían dicho hasta entonces muchas cosas en su vehemencia —mentiras, acusaciones, palabras envenenadas inútilmente, innecesarias, innecesarias—, era ya suficiente, debían al fin callar. Y era tal su miedo que ni respirar podían; en silencio soportaba el uno la presencia del otro, hasta que una mañana se dieron la espalda y tomó cada cual su camino. No querían verse más, se sentían culpables y traicionados, ¿qué decirse?

Comenzaron pues un largo viaje, uno fue al norte, otro al sur, vagaban por los bosques y las montañas, intentando perdonar y ser perdonados, se retorcían la lengua para articular palabras, para recordar de dónde venían, qué había antes, quiénes eran… Todo desconocido: estaban como los primeros hombres en la luna, aislados dentro de herméticas escafandras, extraños perdidos en el desierto. Se veían las manos y no se las reconocían, andaban con los pies y no los sentían, sentían dolor y aun así no lloraban.

Sin embargo, con el tiempo la lengua empezó a soltárseles, empezaron poco a poco a hablar, a nombrar los árboles, los pájaros, y entonces debieron de sentirse todos lo mismo de extraños al haber empezado a recordar, de manera que los animales salvajes no se metían en absoluto con ellos. Y cuando dejaron de estar completamente inmersos en el olvido, se encontraron una tarde en un claro, uno frente a otro. Por casualidad o a propósito, ninguno podía decirlo. En cualquier caso, sorprendidos ambos del encuentro inesperado, se quedaron a observar: Adán reconoció en Eva una ternura que no había conocido hasta entonces, y Eva veía como protector al hombre que tenía delante. Se quedaron un rato inmóviles hasta que Adán habló primero y, en contra de las previsiones, ninguno se asustó:

«Ven», le dijo, y le extendió la mano, «construiremos una casa al lado del río, cultivaremos los huertos, tendremos hijos para llenar el lugar de voces»; él mismo se extrañó de qué memoria había sacado todas esas palabras nuevas.

Eva miró hacia abajo, no daba la mano, tenía miedo todavía. Empezó luego a hablar serena, con seguridad, como si ya fuera la madre de la primera familia del mundo.

«Construiremos dos casas, no una, y poco a poco nos acercaremos; iré yo, vendrás tú, nos miraremos, no hablaremos al principio, nos miraremos sólo, que nos acostumbremos primero el uno al otro.»

Adán también dirigió la mirada hacia abajo, triste. Sí, no era aún fácil olvidar tantas cosas, tantos recuerdos.

«Pero un día nos entenderemos. Como antes.» Se volvió con esperanza y angustia al mismo tiempo hacia su sitio.

«Sí, Adán, como antes», lo tranquilizó Eva, y con esta primera sonrisa llegó la primavera. El año curaría las heridas, éste fue su acuerdo. Además, por eso también Dios les había dado abundantes años, para que pudieran acostumbrarse más fácilmente el uno al otro, para que pudieran vivir…

Así pasaron muchos meses desde entonces, quizás también años, pero, ¿quién había allí, además, para contarlos? Las dos casas al lado del río, las cuales tenían dos puertas, una frente a otra, cada vez se acercaban más. Construyeron y derribaron, una y otra vez, para estar más cerca el uno del otro; y entre medias llevaban una silla, la ponían en el patio y miraban o hacían sus trabajos allí delante, a la luz, para no perderse.

Hasta que llegó un día en el que las casas no distaban más de dos metros, una zancada, todo lo más. Y ahora Adán está ahí en su casa, preparándose. Abre el armario grande, elige un pantalón con esmero, se lo pone. Escoge también una camisa celeste, se abrocha con cuidado los botones, silba lentamente.

«Sé que a ella le gusta esta camisa; yo, desde luego, preferiría la blanca, pero no te compliques…, que nos sintamos más cerca.» Luego busca las corbatas. La roja de lunares parece muy moderna. No, cogerá aquella a rayas. Marrón, amarilla y una raya verde en medio. Seria, como pega para la ocasión. Le hace un nudo, silba con entusiasmo. Pero, ¿y esta mancha? El rostro se le ensombrece, «¡no es posible!» —grita—, la coge y la arroja desesperado a la cama. Elige una nueva que tal vez al final le gusta más. Es el turno de la chaqueta, oscura, de vestir, y ya está todo preparado.

«Ah, y encender todas las luces» —recuerda—, y llena la casa de hermosura. Está contento, tras la ventana todo le parece distinto, siente el amor de la gente abrazarle, un milagro. Agarra las flores del florero que se encuentra sobre la mesa, e indiferente al agua que va goteando a su paso, empuja la puerta y pasa al frente. Allí lo espera Eva…

Y cuando por la noche abrieron de nuevo la puerta y se sentaron juntos en el jardín, disfrutando después de un tiempo por primera vez de la tranquilidad, Adán se puso a hablar solo con cierta nostalgia:

«Qué descuido también éste de Dios, no darnos una fotografía suya.» Y sólo más tarde, poco antes de quedarse dormido, mirándose la cara en el espejo, volvió a recordar aquellas palabras suyas y, con una sonrisa misteriosa en los labios, apagó la luz.

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