(Traducción de Francisco León)
El joven escritor Stefano Pradel (Trento, Italia, 1985) se ha interesado por la poesía española contemporánea, ha cultivado las formas breves y el fragmento. Como narrador ha publicado en antologías dos cuentos marcadamente poéticos: Breve viaggio della Bambina Samurai y Fabula della Geisha.
El ramaje cuelga sobre la cerca e invade la acera con sus hojas carnosas. Un perfume dulce se propaga a través del aire como el éter o la nicotina, mientras enjambres de moscas asaltan mumerosas unas frutas esparcidas por el asfalto. Pulpa roja y blanca y rosa como hernias explotadas a través de la corteza verde. Es el verano, dices, el verano que nos arrastra lentamente, mientras el calor se amasa en la boca y deglutimos apatía. Miro hacia arriba en busca de un respiro, pero el cielo se rompe contra el tráfico de agosto. En las ramas lanzadas en el aire como trapecistas sin mañana permanecen algunos higos supervivientes. Extiendo la mano, pero el asfalto me retiene.
(enigma de verano)
Con el crepúsculo la ciudad se había vuelto más estrecha. Las carreteras, poco más que arterias endurecidas por las que la gente se desangraba lenta. Tu mano apretada me impedía fluir con los demás a través de la noche.
Tengo miedo, murmuraste, de que haya pasado demasiado tiempo. Y te observé de aquel modo tan mío que tú no conocías aún. Demasiado tiempo… repetía el eco atrapado bajo los copos de nieve, que al depositarse cautelosos se ahogaban con melancolía, raptando cada palabra.
Acallados por tanto silencio caminamos largo tiempo, hasta el viejo parque. Los troncos ennegrecidos dibujaban figuras rotas contra el cielo. En aquel depósito de desolación sólo el serbal resplandecía bajo la luz húmeda de las farolas.
Es como ir en bicicleta, te dije. Y me mirabas de aquel modo que era el tuyo, y que yo ya conocía. Sonreí. Mis manos penetraron la materia incandescente de la memoria. Las mejillas se te encendieron cuando la primera bola de nieve te golpeó en el abrigo. Durante un segundo nos quedamos paralizados o suspendidos. Entonces tus ojos se echaron a reír.
Al fondo la ciudad se desvaneció devorada por la nieve que caía. Difícilmente podríamos decir que estuvo allí alguna vez.
(enigma en invierno)
Por un momento el cielo se oscurece con nubes errantes. El pañuelo seca la frente al mismo tiempo que la mano fatigada fija el movimiento veloz de las nubes: el último sudor de la estación ya ida se seca en la brisa acerba de las manzanas nuevas. Tan sólo queda el viento para acompañar al segador hasta su casa.
En el umbral ella lo espera perfumada de hierba y primer fuego. Qué hermoso está el cielo hoy, dice, señalando el azul profundo y vasto. Él se vuelve, levanta la mano a lo alto y mira el campo. Sí, responde, monosílabo aplastado en la transparencia de la luz. Y al cruzar la puerta para buscar un vaso de vino, para buscar el olor de la hierba y del primer fuego, en su corazón da las gracias. Da gracias al azul profundo y vasto, y a las nubes errantes, y a la luz que recubre como un espeso velo la oscuridad sin fin del cosmos sobre su cabeza.
(enigma otoño)
Te busco en los espejos mientras complacidos conversan de tu desnudez y la visten con miles de miradas. Tus manos acarician la piel como un metal lustroso en esta luz que te vuelve irrepetible.
Pero demasiadas veces te he visto llorar y sonreír en estos espejos, sufrir y amarme. Demasiadas veces he visto el tiempo corroer nuestros rostros en su imperceptible lentitud, nuestra carne correr hacia su destino último. ¿Cuántas veces has muerto y he muerto yo contigo en estos espejos mudos e indiferentes? Cavé foso tras foso en mis noches insomnes y en ellos oculté a los ojos del mundo lo que hemos sido. Nostalgia, ahora, del futuro inevitable, de los mundos que vendrán y en los que no tendremos morada.
Y me miras y lees en mis ojos el desagrado de los espejos, la melancolía que siempre me envenena, y te entristeces por un segundo. Pero luego sonríes y me lanzas una de tus argucias de enamorada, que admito siempre de buen grado: ¿Me ves gorda?, dices sonriendo.
(lo que los espejos ignoran)
Llegó un hombre del desierto con luz cruel de ojos berberiscos enterrados bajo la tela negra. Sentado en el suelo sobre el polvo de las carreteras, sorbía la sombra amarga de su té. Vienes del desierto, dice la gente del pueblo, tú eres un poeta. Pero la única respuesta dada fue un largo murmullo de sumisión, pues la verdad no estaba ni en el no ni en el sí, sino el no y el sí. Tomó entonces el hombre un puñado de arena y lo dejó caer al suelo. E ilegible fue dibujando la forma de un canto que inmediatamente el viento reclamaba. Después el hombre regresó al desierto llevándose consigo la luz cruel de sus ojos y el recuerdo del té amargo. Y mientras la inagotable luz del horizonte devoraba su figura, una mujer dijo: El poeta vuelve al desierto porque únicamente allí puede combatir a dioses y demonios a cambio de una palabra.
(variación de los escritos sufíes)
El viejo desgranaba las horas del día en la orilla del río, siempre sentado en la misma roca, atentos sus ojos a los movimientos imperceptibles del agua que fluía. Desde el alba al ocaso vivía en la soledad de la alerta y cada noche desaparecía en la oscuridad, destinado a lo ignoto.
Sólo un muchacho, de cuando en cuando, se acercaba para dejarle alimento y un signo de saludo. Y como ocurre a veces, aquel acto ocasional de caridad se transformó en costumbre. Día tras día, el muchacho se volvió cada vez menos niño y el viejo siempre más viejo, y juntos compartieron las horas del almuerzo junto al silencio del río que fluía.
Hasta que un día el anciano se puso en pie y con un gesto cedió su lugar al muchacho, que ya era un hombre. Estás listo. Tu momento ha llagado, dijo. Que el agua no fluya jamás hacia atrás. dijo. Tal vez aquéllas fueron las únicas palabras que pronunció en su toda vida. Después desapareció en el mediodía, destinado a lo ignoto, dejando allí al muchacho para que desgranara las horas del día en la orilla del río, sentado en la misma roca, con los ojos fijos en el agua que fluía.
(el guardián del agua)