Las ventanas tapiadas,
de Alexandru Vona

Antònia Escandell Tur (Ibiza, 1979) es licenciada en Teoría de la literatura y literatura comparada por la Universidad de Barcelona. Entre 2008 y 2011 trabajó como lectora de lengua española en la Universidad Alexandru Ioan Cuza de Iasi (Rumanía), donde, además de dar clases de lengua y literatura, coordinó una revista literaria. Es editora de Brosura. Ensayistas rumanos, una compilación de ensayos para la que tradujo, además, fragmentos de diversos autores. Es miembro fundador del proyecto colectivo Reviradors, una plataforma para traductores literarios. Ha publicado artículos sobre cine, literatura y fotografía. Chris Marker y La Jetée, la fotografía después del cine (Jekyll & Jill, 2013) es el primer libro que publica.

Escribe Sergio Pitol en El arte de la fuga: «Le entusiasma que el Premio Unión Latina, otorgado hace unos cuantos días en Roma, le haya sido dado al rumano Alexandru Vona, a quien conoce bien. Lo ha ganado con una novela única, nos comenta, con la que ha vivido a solas desde 1947 […]. Durante décadas, el novelista vivió con la certeza de que jamás lograría ver publicada su obra. No obstante, siguió cuidándola, afinándola en secreto. Su primera sorpresa debió ser la publicación en 1993 en su idioma; luego, la traducción al francés y ahora el premio que le otorgó por unanimidad un jurado excepcionalmente brillante […].» El Premio Unión Latina le fue otorgado a Vona en 1995. Antes de eso, el libro en cuestión pasó por una suerte de peripecias que de alguna manera había sabido vaticinar Mircea Eliade cuando sentenciaba: «un libro con un extraño destino, un libro embrujado […] que no obstante conocerá el éxito» y que incluso dieron lugar a una leyenda, que hoy se sabe falsa pero que en su día fue ampliamente difundida, sobre una maleta olvidada que habría albergado la novela durante 50 años, después de que Vona la extraviara en su precipitada huida de la Rumanía comunista hacia el exilio francés.

Una maleta polvorienta permanece arrinconada en un desván durante el tiempo que va del nacimiento a la muerte de la República Popular de Rumanía, nacida de los rescoldos de la Segunda Guerra Mundial y muerta un día de Navidad con la ejecución sumaria de Ceaucescu. Contiene una de las obras literarias más importantes de la literatura europea de toda la segunda mitad del siglo XX, al tiempo que es testigo mudo de una de las etapas más atroces de dicho periodo. No es una mala historia, a la manera de la maleta mexicana de Capa, si no fuera porque la realidad de lo que sabemos se nos antoja mucho más fantástica.

Sabemos que Alexandru Vona tenía solo 23 años cuando escribió Ferestrele Zidite durante el inicio de la primavera de 1946. Un joven universitario, en la vivaz Bucarest de aquellos años, tocado por la neurastenia primaveral, exacerbada su sensibilidad postadolescente, se encierra durante algo más de dos semanas en su vieja buhardilla de estudiante y escribe febrilmente hasta que sale una novela. Pero sabemos también que Alexandru Vona nunca existió antes de escribir Ferestrele Zidite. Antes de escribir Ferestrele Zidite, Alexandru Vona era Alberto Enrique Samuel Béjar y Mayor, judío sefardí de ascendencia búlgara cuyos antepasados se remontan a los sefardíes expulsados de la península.

Alberto Enrique había nacido en Bucarest y hablaba ladino. Durante su juventud temió probablemente por su vida a causa de los cruentos pogromos contra los judíos llevados a cabo por el régimen de Antonescu, afín al Eje, y temería aún una vez más durante el bombardeo de Bucarest por parte de las fuerzas aéreas británicas. La primavera en que Alberto Enrique se encierra a escribir Ferestrele Zidite no debió estar marcada por el ritmo acompasado de las sacudidas que las mujeres dan a sus alfombras en los patios comunitarios, ni por el perfume gélido de los primeros tilos, ni por el límpido repiqueteo del deshielo en las cañerías. La primavera de 1946 vendría marcada por el recuerdo en rojo sobre blanco de la derrota tras la Batalla de Rumanía, única de la Segunda Guerra Mundial librada en tierras patrias, y la posterior ejecución de Antonescu en un golpe de estado en el que Mihai I se autoproclamó rey. En 1947 Mihai I fue obligado a abdicar y Samuel Enrique, ya bajo el nombre de Alexandru Vona, huyó a Francia con su mujer, Mira, y su novela. En París entraría en contacto con Paul Celan quien, impresionado tras leer el manuscrito, realiza el primer intento de publicarlo en Francia. Sin éxito. Después vendrá la amistad con Mircea Eliade, pese a las diferencias ideológicas, y con Emil Cioran de quien, aún reconociéndole el inmenso talento, recordaba con cierta amargura la vez en que, habiéndose cruzado por casualidad en París, Cioran se había negado a hablar rumano, aduciendo que al día siguiente tenía una entrevista en la radio y no deseaba que se percibiera su acento.

Vendrían más intentos de publicar Ferestrele Zidite en francés, todos ellos frustrados, vendría la muerte de Mira en accidente de tráfico, vendría la construcción del aeropuerto de Orly —Alexandru Vona era ingeniero, y ejerciendo como tal se ganó la vida en el exilio—, proyectaría nuevos edificios. Derrocada la dictadura de Ceaucescu, Mircea Eliade, que había conservado el manuscrito, le anunció que una editorial rumana estaba interesada en la novela. Era 1993. Después vino el Premio Unión Latina, en 1995, el reconocimiento internacional y la traducción de la obra a más de quince idiomas. A España llegaría en 1998, de la mano de la editorial Debate, bajo el título Las ventanas cegadas, traducida del francés por Alberto Conde. Nunca se reeditó, y hoy en día es imposible encontrar un solo ejemplar de aquella única edición vertida del francés al castellano. El destino de esta novela embrujada se sigue escribiendo. La editorial rumana Est publicó una edición revisada, corregida y dada por definitiva por el autor en el 2001. Albert, como solían llamarle sus amigos, murió en París en el año 2004. Pese a escribir incansablemente desde los 14 años apenas había dejado, después de aquella novela de juventud, un pequeño volumen de poesía en rumano que jamás ha sido traducido a otras lenguas.

He aquí los primeros párrafos de la novela, en una traducción inédita de la edición en rumano publicada por Editura Est.

«Estaba triste, pero no como cada día; para ser más precisos, como siempre al despuntar el día, cuando tan penosamente me desprendo de los seres frágiles y mansos con quienes paso las noches y de ese otro mundo anterior, siempre diferente, donde el detalle más insignificante lo modifica todo. La sonrisa levemente insinuada en el semblante de una joven significa que en algún lugar a mis espaldas se ha abierto una ventana, se siente la sombra de las nubes blancas, el viento se extravía entre las finas ramas de los álamos (todo esto es capaz de provocar la comisura levemente curvada de unos labios húmedos). También está, por supuesto, la pereza de la sangre que debe retomar, tras las vacaciones de la noche, su papel subalterno de mensajera ciega de la vida.

Esta tristeza, que testimonian los niños cuando se levantan llorando, retrocede después lentamente como la marea baja; en la playa del cuerpo quedan solo a veces, como en algunas hondonadas, remansos de un fluido amargo. De modo que hay días en que mi cerebro no soporta el ruido, y entonces echo el cerrojo y dejo pasar el tiempo entre las apacibles paredes. Días en que las manos no pueden hacer nada y las siento temblar poseídas por una agitación inexplicable, hasta tarde en la noche, cuando se duermen extenuadas a mi lado.»

Las ventadas tapiadas , Alexandu Vona. Título original: Ferestrele Zidite. Páginas: 293. Editorial: Editura Est (Samuel Tastet Éditeur, 2001) ISBN 973-98094-8-0. Edición Definitiva, Revisada y Corregida

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