(Traducción de Javier Mérida)

Camilo Almeida Pessanha (Coímbra, 1867-Macao 1926) fue el poeta más auténticamente simbolista de Portugal. Se apartó de manera radical de la discursividad neo-romántica de los poetas de su tiempo (Antônio Nobre, Augusto Gil, Afonso Lopes Vieira) y renovó por completo la composición poética de su país, incorporando procedimientos próximos al decadentismo de Verlaine. Su fértil influencia se extiende hasta los modernistas (es decir, los vanguardistas) de Orpheu. Mário de Sá-Carneiro y Fernando Pessoa lo consideran uno de los maestros modernos de la poesía portuguesa. De Segundo amante, Barbara Spaggiari ha dicho: composta em 1887 com apenas vinte anos, revela-se neste sentido uma autêntica mina de fragmentos poéticos, de motivos já consolidados, de intuições duradouras e profundas .

Mi vecina del piso de arriba… Muchas veces, mientras yo, de ensoñación en ensoñación y de cigarro en cigarro, me debatía contra la narcosis de las lecciones de civil, me conmovía aquella melopea:

Quien tiene niños pequeños…

…cuyas notas —oh, oh— caían pesadas, como lágrimas. E, insistente, continuaba oyendo a Sofía, que le canturreaba al pequeñajo mientras sollozaba, y la cuna, que iba alejando pacientemente los mismos compases de encuentro por el piso abuhardillado de ella y el empapelado de mi cuarto.

Siempre me ha cautivado el murmullo de las cunas, como el arrullo de las tórtolas. No sé qué nostalgia difusa me trae desde mi infancia, cuando se yergue en un lucir de esperanza por entre las tempestades o las privaciones domésticas, doliente, modesto, resignado, heroico. Y me agarra más, no sé por qué: también el arrullo de las tórtolas me parece más tierno cuando es un llanto, entre un haz de sol, de arbustos de roble que las lluvias recientes de primavera conservan mojados.

Una tarde, marcaba ella una docena de camisas, trabajo para hasta muy tarde, a poquísimo por prenda. La sirvienta se había despedido, hacía poco, con la comanda de las compras para el día siguiente –diez réis de esto, quince réis de aquello, almuerzo de café, merienda de sardina, cena de borona y agua.

Carlos dormía en la cuna, las uñas color rosa, menudas como rubíes, los repliegues de niño regordete rojos de tan cálidos. De vez en cuando le afluía a los labios, hinchados de leche, un buche con grumos. La madre se distraía enjugándole la boca y la barbilla y se quedaba mirándole a los ojos, cuyo blanco-anaranjado dejaba entrever los párpados medio abiertos.

Había tomado la aguja para proseguir, cuando, por primera vez se dejó penetrar por aquella soledad que la rodeaba. Con Teles había vivido apenas once meses, y de esa locura, nada le había quedado, ni una reliquia, ni una carta, tan sólo un pequeñajo que allí dormía, con la tenue respiración ondulándole, en movimientos iguales, en las alas diáfanas de la naricilla.

En la calle, el silencio monacal de La Alta en vísperas de clase. De la media docena de ventanas que hay en frente, raras las que se mostraban iluminadas, en una luz de aceite, que los ventanales apenas dejaban atravesar. Ni un ruido…

—¡Cómo habían pasado esos once meses con Teles! Y una tarde, en que le esperaba de vuelta de las vacaciones, le dijeron que había muerto, en quince días, tísico.

Ni había llorado ni sufrido, tal vez porque su cerebro era demasiado débil para tamaños dolores, y porque nadie llora al despertar de un sueño.

Y aquello había sido un sueño: ni se acordaba de cómo había sido. Sabía solamente que él era muy guapo, con los ojos grandes y el fuerte bigote negro, alegre, bastante pobre y fino, porque lo decía todo el mundo, que hacía disertaciones y que hacía versos. ¡Cómo pasaron esos once meses! Ni se planteaba el futuro: se vivía de besos…

Después, se había entregado de corazón al hijito y al trabajo. Se extenuaba: el trabajo era entusiasmo, el pequeño era amor; y de ahí que nunca hubiera sentido el disgusto de aquella soledad indefinida. Pero ahora, le dolían los ojos de tanta costura, y las muñecas de almidonar…

—¿Y si tomase a otro amante?

Esta pregunta le relampagueó en lo más íntimo, sin casi ser aprehendida. Carlos se despertó, llorando; y ella —para dormirlo, ¿para alentar alguna tentación vaga?— reemprendió su tarea y su canto, meciendo la cuna despacito, con la punta del pie:

Baja, abuelo

—oh, oh, oh, oh—

De encima de ese tejado,

Deja dormir al niño,

—oh, oh, oh, oh—

El sueñito descansado.

A la mañana siguiente, sin saber por qué, se peinó más temprano, con esmero. Estuvo inquieta todo el día, y por la tardecita se apresuró para acudir a la costura y distraerse junto a la ventana mientras se hacían las horas de encender la luz.

Carlos se había quedado dormido. Las sirvientas de los estudiantes languidecían por los umbrales de las puertas, en posiciones estiradas que les permitiesen a todo el cuerpo la frescura del aire. Media docena de chiquillos, sin color, frutos condenados de un amor promiscuo, irresponsable, alborotaba por la calzada. Por las casas, quietas desde la noche anterior, iba un bullicio de vísperas de festivo, gente que subía y que bajaba con ajetreo, trasponiendo los escalones a oscuras, de a tres o de a cuatro.

A ella le parecían idiotas —porque había oído a Teles, con su frase, cuando lo sobresaltaban aquellas expansiones que olían a tinto y a yodoformo: ¡Arre!, briosos

Pero Sofía, al bajar la vidriera esa tarde, pidió permiso, con una sonrisa, al único que miraba desde la ventana de enfrente…

Era Luís Vila Nova, joven de Lisboa, de quinto grado, que paseaba en tren y hacía uso del Don, gordo, bastante inteligente, levemente cínico. De seis en seis meses, escribía un soneto parnasiano, petulante, vacío, de esa poesía de salón que se lee, pero pasa sin pena ni gloria.

El saludo de Sofía, su petición de permiso, le había hecho pensar. No debía ser difícil; y al lado de casa… Era de aquella ralea de las de La Alta, la de Teles.

Pero gentil. Fue en ese momento cuando le notó los ojos negros, tiernos, y el óvalo del rostro finísimo. Mortificada un poco, del mal comer, tal vez, y, sobre todo, que era muy joven… Los senos no poseían aquella elasticidad tierna de las ramas en crecimiento; debía estar, sin embargo, bien hecha, de cintura flexible, proporcionada. Había de quedarle bien a las carnes aquella madurez precoz. Era mimoso aquello, y nunca había experimentado ese gozo, la piel así, ligeramente añil, como el tenue azul de los lirios blancos, acentuándosele en las órbitas, naturalmente de llorar. Lo que lo traía siempre contrariado, era el vestuario, al final coherente, e incluso elegante, falda negra de un solo pliegue, chal liso de merina y, sobre el chal, cayendo sin pretensión pero correctamente, el pañuelo de seda color sidra.

Al otro día, jueves, fue él quien primero saludó, luego, tras el almuerzo, a las once. Después la lisonjeó —cosas que la hacían sonreír y que él decía con aire inmóvil, desilusionado, mirándola con los párpados bajados, el puro entre los dientes…

Y tuvo ingreso, esa noche. Entró después de oscurecer, el gabán sobre la bata y el gorro, como por accidente, camino de la trampa.

Ella se había preparado y había dispuesto el cuarto para recibirle. Había sacado más horquillas de la pequeña gaveta del tocador, sobre la mesa donde estaba Teles.

Al entrar, se besaron. Él hacía lo mismo con todas las amantes en el primer día; ella adivinaba que debía ser así con todos los amantes. Después se conversó, como de mañana. Todo banal, nada sincero. Las mismas gracias y, al final, unas brutalidades que la humillaban, dichas con los ojos casi cerrados, sin el trabajo de, al menos, sacarse el puro de los dientes.

Lo que más la vejaba era, de vez en cuando, sentados un frente al otro, él sobre el lecho y ella en la silla de costura, verlo comenzar a mirarle en silencio las puntas de las chinelas y, levantando la cabeza poco a poco, sin levantar los párpados, analizarle todo, hasta el cabello, como a un caballo acabado de comprar.

—Y es más, Teles le decía que él era inteligente, que también escribía versos…

Luís Vila Nova, a fin de cuentas, había sufrido una decepción. Le gustaban las mujeres que supieran moverse, que fuesen artistas, decía. Todavía de primera mano, comprendía ese airecillo de beatas: ¡pero Sofía, que había sido de otro y que a él ya casi había provocado, al primer gesto, al segundo día…!

La cogió de la cintura para acostarla. Entonces ella se desprendió y comenzó a desvestirse. Se quedó en camisón, pero se quitó las medias, —una extravagancia que Teles solía exigirle: aquello habían sido risas el primer día, cuando él mismo se las arrancó— que había dejado eso fuera, ¡que era una pordiosera! ¡Cómo habían pasado en torbellino esos once meses! Ahora… podían contarse los segundos.

Y allí, tumbada con el nuevo amante, se olvidaba de él, pensando en el otro…

Estaba linda como nunca: los ojos grandes mirando al techo, más tiernos, de nostalgia; la cabeza en el travesaño bajo, con la línea de la garganta oscilando suave; los pies blancos, nítido el dibujo de las venas azules; y los brazos caídos a lo largo del cuerpo, que se escondía, como en un primer amor vendido, cuanto se lo permitía el largo camisón íntimo, virginal, sin almidón y sin riendas.

Al retirarse, Luís dejó tres monedas de cinco tostões sobre el tocador donde ella guardaba las horquillas. No volvió.

Del otro, al menos, quedó Carlos. De este no habría de quedar sino un disgusto enorme, resabiándola en aquella soledad, hasta entonces inconsciente. Nunca le había dado tiempo de sentirla en su trabajo, en su entusiasmo, en su hijito, en su amor.

Ahí estaba, durmiendo en la cuna, junto a la cama, las uñitas color rosa, menudas como rubíes, el blanco anaranjado de los ojos dejando entreverse a través de los párpados medio abiertos, y la tenue respiración ondulándole en la naricita con movimientos iguales.

En la mesa de estudio de Teles, al pie del tocador, la esperaban las camisas para marcar, la tarea interrumpida de la víspera anterior.

Y desde entonces todas las noches oigo a Sofía, mi vecina del piso de arriba. Dominando los sollozos del pequeñajo y la cadencia de la cuna, me adormece esa melopea cuyas notas caen como lágrimas:

Quien tiene niños pequeños

—oh, oh, oh—

necesita cantarles

¡Cuántas veces las madres cantan

—oh, oh, oh—

con ganas de llorar!

(Coímbra, 1887)

Otros artículos
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.