Esther Ramón (Madrid, 1970) es poeta, crítica, profesora de escritura creativa y doctora de Teoría de la Literatura y Literatura comparada por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los poemarios Tundra (Igitur 2002), Reses (Trea, Premio Ojo Crítico 2008), Grisú (Trea, 2009), Sales (Amargord, 2011), Caza con hurones (Icaria, 2013) y Desfrío (Varasek, 2015). Algunos de sus poemas se han traducido al inglés, al portugués, al noruego, al sueco, al rumano y al árabe. Ha sido coordinadora de redacción de la revista Minerva, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y co-directora del programa de poesía de Radio Círculo Definición de savia. En la actualidad coordina el taller de poesía La flecha y lo blanco, en la Fundación Centro de Poesía José Hierro, que se desarrolla en el diálogo de la poesía con artes como la pintura, la fotografía, la escultura, el teatro, el cine o la música.
1
Forzar el hecho. Con sopletes. No prende la habitación cerrada, la cáscara vertical de la semilla. Al hombre que quema el germen le crece una barba espesa y negra, en surcos interiores, roturados con minúsculas partículas de hierro. En las mejillas. En los ojos. En los pulmones que respiran al revés, expirando oxígeno.
Le ayudo. Sin querer extiendo la fuerza oculta de mis manos para empuñar el fuego que asola las cosechas, el grano intacto. Sin querer entierro el pan crudo y dividido, lo riego con alcohol, con gasolina y leche. Sin querer manipulo, una a una, las cremalleras de las piedras que repiten, amarillas, la misma sílaba. Quemamos contando hacia atrás: ocho milenios, cinco toneladas, uno y otra vez uno. Encerrado, dividido. En el creciente fértil.
2
Cae nieve en los cestos de la nieve. Hemorragia de lirios bajo tierra. En los cestos de la sangre caen cerezas. Con el barro blanco y rojo, en ese orden, cuerpo que a sí mismo se modela, brazos que se estiran y alargan, como tallos, pero olvidan agrandar la casa. Apagar es incendio adentro. Leguminosas que se abren, ojos germinados. Esa percepción. La boca está manchada, salpicada de hongos, de musgo, de organismos vivos. Pesan los labios, sus moluscos, arden las comisuras, las telas y redes que descosen lo abierto. El animal que hay dentro rasga sus vestidos. Y del centro mismo de la velocidad que alumbra de las conchas astilladas que polinizan el impulso de lo que ya no puede mantenerse quieto y sube por la garganta en el desborde. Hay que haberse muerto para nombrar lo de atrás, lo que se perdió y todavía hinca sus espinas: mis pájaros de sal mi pez lavado. Como si el grito hablara de sus hijos.
3
Mandeln, almond kernels, amandes, prunus dulces, amygdalis communis. Los frutos de la piedra, almendras vivas que respiran su transporte en los barcos de carga, en los furgones. Cortada y vaciada, una almendra que es un barco frágil. Lo miramos desde arriba, lo lanzamos al océano, distinguimos los rostros finamente modelados, los cuerpos hacinados de la migración.
Les escucha, con las manos cerradas, antes de recordar su forma. Luego toma, una a una, sus conchas quebradas, les hace un molde, se adentra en la gruta del tacto con su canto –mi hija amarilla, mi hija roja, mis nietos color cobre–, detrás de la puerta de líquenes, del jardín de encaje, allí donde se alejan los aromas.
Si la huella vuelve a hundirse, se superpone. Si la espiral nos pisa con sus ruedas separadas. Es la misma madera para todos, las mismas olas verdes, el mismo crujido en el vientre de acceso.
4
Serpientes, piel de viento, cuerpolímite que danza. Crecimiento y desbordamiento de la lengua. Buitres y flechas entrando y saliendo del tambor del despertar. Movimientos-palabra que anidan en el hueco de la rotura de una rama. Vaciando los sacos de arena infértil, girados sobre sí, que lo interno se haga externo y lo externo se convierta en esta sal que lamemos sobre la piedra, con la lengua derramada, con los candados abiertos de las letras. Cubos de hielo, golpes de luz, metal de las plumas internas, en el huevo del mundo, huellas que brotan sigilosas del huerto de la adivinación. Se refería al maíz, cómo crecía, de dónde venía. El maíz crecía en el interior de las casas. Nos cubrían sus sábanas, el sudor amarillo, que quemaba. Doscientos metros de altura, pies desnudos, avanzar hacia atrás sobre la cuerda. Destejemos una camisa de papel pintado que no es cuerpo.
5
Flotan sin luz, emergiendo desde el pliegue de la tela, donde se interrumpe el nudo y comienza el movimiento.
Aún curvados, el primer pensamiento es geométrico. Ondas convergentes que saturan un punto. Todo gira y atraviesa, desde la escama que nos repite en el reflejo, el flujo de las especies.
En el inicio, el uno como dos, y el dos como uno solo. Me palpo y recuerdo una compañía única en lo idéntico: el mismo desarrollo, la misma dilatada vibración, la contracción súbita de una célula, que contagia a la otra que contagia a la otra que contagia a la otra que late. Sí, fuimos hermanas en el agua. Y tú me comiste.
6
Un pensamiento se detiene, como una gaviota de pan. La arena crece de golpe, expande los colores de sílice y cuarzo, singulariza cada grano, no caben en el puño abierto en los brazos en los cestos en las venas sobrecargadas. Un nadador, mordido por las flores del agua, se hunde en la vertical de ayuno. (Caída en línea recta, el palo de sal no soluble que marca la reserva de oxígeno del mar). Después vacío. Lo seco que se sumerge en lo mojado, sin contagio. Arroparse con mantas de aire comprimido o masticar cristal, como si amasara los sabores en la puerta del ruido. Aunque no, eso fue, ahora emerjo y respiro el riego, me circundan plantas arborescentes, con vainas en las axilas de las ramas, que disparan con rabia sus semillas. Quizá soy dentro de una de esas plantas, tenazmente inmóvil y ramificada. Apertura brusca, dehiscencia elástica de los frutos internos, mecanismo de explosión inaplazable.
7
Semilla de lino. Una. Aislada. Hundirla y hundirme, agujerear la tierra como si no quedaran más dedos de metal junto a las verjas, rapazmente sacudir el pescado, alejarla del sol y del silencio que la seca, como quien lee futuras ramas o el peso de su centro arrastrando metal hacia la madriguera, imán de invierno injertado en la cardiopatía congénita, la madre que la apartó ya lo sabía, y no es consuelo, es sal sobre el cultivo y un intestino desierto de combate, no puede plantarse en surco antiguo, ese que dice que el arco de sed no admite compañía, que un campo de fuerza te rodea y te aísla, y lo que tocas y te toca se deshace. Esta semilla separada, la que me viste, habla pequeño, se muerde la boca con las palabras: aguardoenagujeroardoaguameausento. Si pudiera sacar los dedos de la tierra rompería esta tela, este tarro de cristal que me fermenta. Si pudiera crecer en sangre, extender más allá las plantaciones. Si las raíces me dejaran correr.