La dedicación de Arturo Maccanti (Islas Canarias, 1934-2014) a la escritura poética mantuvo cierta regularidad desde que dio a conocer en 1955 sus primeros poemas en la revista universitaria Nosotros hasta la hora de su muerte, sesenta años más tarde. Valga recordar que el volumen de su poesía completa (Vivir sobre la vida, 2005 y 2010) recoge nueve libros, además de poemas no incluidos en ninguna colección. Por el contrario, no fueron frecuentes las entregas del autor de carácter crítico, memorialístico o de pensamiento poético. De esta actividad más ocasional y dispersa se recuperan hoy aquí seis prosas de variada índole (aparecidas entre 1964 y 1974, es decir, entre sus treinta y sus cuarenta años) en recuerdo de quien hace poco «se ha dado de alimento a la sombra».
La primera de estas prosas, «Una elegía a la sombra del mar», de 1964, era una reseña nada convencional del libro A la sombra del mar, de Manuel Padorno. Maccanti no escribe un comentario crítico sino un texto de temperatura lírica, paralelo al de Padorno, en el que indaga en el sentimiento del mar del hombre insular. Interesa observar que Maccanti comparte la tendencia más realista y existencial de la época, que reconoce un valor histórico a Tomás Morales pero siente más próximos a Alonso Quesada y a Saulo Torón, iniciadores de una tradición viva presente en el sentir de Padorno.
La segunda prosa, «Fecha aniversaria de Miguel Hernández», de 1967, interesa también como testimonio de la tendencia de la época que valoró casi más a Hernández que a los poetas dados a conocer en la década de 1920-30. Maccanti lo había leído con total entrega y devoción y se había identificado con aquel poeta «humanísimo», cuya influencia no quiso evitar ni negar.
La prosa titulada «Antonio», escrita por Maccanti tras la muerte del pintor insular Antonio Padrón, en 1968, contiene un desahogo elegíaco por el amigo, pero también expresa su admiración por la obra de este heredero de las vanguardias de la Escuela «Luján Pérez».
También la siguiente prosa, «Pedro García Cabrera en Tacoronte», de 1969, encierra distintos planos, con alusiones más o menos veladas tanto al ignominioso presente como a las terribles circunstancias históricas padecidas por el superviviente de la Vanguardia insular. Todo ello muestra de nuevo, en estos escritos de Maccanti, un posicionamiento en favor de una estética rehumanizada, pero asimismo el sentimiento de vinculación a la comunidad insular y a la tradición viva nutrida por figuras como Alonso Quesada, Antonio Padrón y García Cabrera.
El texto «Temática coyuntural (Carta a uno)», de 1969, revela un aspecto poco conocido de la personalidad de Maccanti: su lado civil, su lado de ciudadano indignado ante la interminable posguerra. Esta actitud se manifiesta aquí a través de un potente sarcasmo sobre el abstruso lenguaje tecnocrático con que los políticos del Régimen franquista pretendían enmascarar la lamentable situación social de España.
En 1974 Maccanti reseñó una traducción española del poeta italiano Giuseppe Ungaretti, escrito que revelaba no sólo pasión sino saber sobre esta figura mayor de su otro idioma familiar.
UNA ELEGÍA A LA SOMBRA DEL MAR
Ya niños yendo, ya hombres regresando y muriendo, desde mucho tiempo antes de nacer y para después de nuestra muerte, nuestros paisajes continuos y contiguos siempre fueron
esos deslumbradores cielos, encegadores mares.
Tenemos que confesarlo. La Poesía nos duele maravillosamente, nos hiere con una lanza conturbadora, cuando nos encontramos con un libro como este de Manuel Padorno. Nunca —creo— estuvo el mar en mejores manos ni en taller más hermoso, que en las manos y el alma de este poeta nuestro.
Ha sido larga la paciencia hasta tener este ramo de versos ante los ojos. Tan larga, que hubo meses y meses de aquí para allá, días y días de silencio, de soledad, nacimientos y muertes, hasta el olvido. Pero un día se termina para dejar paso a otro, a otro día que nos trajo, ya en la luz del otoño, A la sombra del mar.
Para muchos el mar es una fábula azul, un cuento de hadas, una canción de marineros lejanos. Para nosotros, isleños por la gracia de Dios, el mar adquiere su cabal dimensión, su realidad preciosa, lo que únicamente queremos que sea, él mismo, y sin más, nuestro paño de lágrimas ahora, nuestro motivo de cólera mañana, libertad y servidumbre. No sé quién dijo que lo más próximo que tiene el hombre es él mismo, pero en el hombre de islas no ocurre esto, porque en él hay algo más cercano todavía, que se sitúa en el primer término de su propia personalidad: el mar inmediato, inexorable. Nacemos, vivimos y morimos siempre a la sombra del mar. Vayamos adonde vayamos, allí él. Siempre con su pupila vigilante, sus enormes tentáculos, su imponente presencia.
El mar mi casa, muro
blanco por el que bajo a las orillas.
Y es que tenemos vocación de barranco. Compostura, ademán, gesto de río. Nos puebla el aire, la luz, nada palpable. Pero si un día llueve del cielo algo, el agua o los poemas, no hacemos muralla ni dique ni sujetamos lo imprevisto recién llegado. Dejamos que se nos vaya todo a él, al mar. En él ponemos, tras la fiera sequía, lo que tanto esperábamos. Así se nos ha vuelto el alma cóncava dejando pasar tantas cosas, rodar tantas tristezas, deslizarse nuestros más hondos sueños. No todo se lo traga la tierra, pero el mar sí. Hasta nos endurece el alma deslumbrada con su salitre constante.
Caminamos cerca de él. Lo sabemos y lo sentimos vivo, enemigo rugiente, compañero amoroso, altivo, sosegado, noche y día, obsesionándonos, saqueándonos la alegría, su débil ciudadela. Nunca como Ungaretti:
Morto e anche, vedi il mare.
Il mare,
porque para nosotros el mar no es un objeto únicamente bello, lejanamente poetizable, blanco de vanos esteticismos. No. Aún está por amanecer el día en que lo creamos muerto, precisamente porque sabemos que es algo más que un concepto. Es algo de nosotros mismos, acaso nuestra razón de ser.
Nuestras voces más puras han salido del mar. Ahí Alonso. Aquí Saulo. Nuestra poesía dejó la música sinfónica con ellos. Se hizo terrenal, se hizo sangre de nuestras venas y de nuestro corazón «insomne, loco, en los acantilados». Tomás levantó el oleaje y nos hicimos sonoros los isleños. Pero vino la calma después de la tempestad. Y nos volvimos íntimos, real, soberbiamente humanos. Sentados entre unas peñas, cerca del «mar humilde que duerme en la playa», solitarios, acaso ya en el total abandono de la vida, nos hemos mirado por dentro y contemplado todo lo que el alma acumula, atesora y defiende de su asedio perpetuo.
Perdimos brillo, sí, pero ganamos permanencia. Un día cantamos desde el optimismo, tuvimos un capitán esplendoroso. Él impuso la voz, los que vinieron después la afirmaron. Pero cuando se fue, sólo se llevó su voz, dejándonos nuestro sentimiento, nuestra soledad, nuestra existencia aislada. Por eso hemos hallado el mundo —la isla, el mar, el cielo— intacto para nuestra angustia y nuestra poesía.
A la sombra del mar no es libro para un día solo. Es libro para muchos días en contacto ferviente con nuestra verdad desentrañada, con la realidad de nuestra lucha constante. De cada poema surge un invisible stop que nos detiene, nos hace mirar, reflexionar, descubrirnos a nosotros mismos. Es un libro al que no se debe llegar distraídamente, ni entrar en él así como así, para salir pronto, confiados en que al pasar la última hoja hemos cerrado totalmente el libro. No. Es un largo poema sin término. Abierto queda aunque lo cerremos y dejemos en un rincón oscuro. Después de mucho tiempo arrumbado entre tantos otros, tal vez olvidado, lo tomamos de nuevo entre las manos y nos damos cuenta de que habíamos dejado mucho pendiente por leer. Y otra vez sentimos al concluirlo la impresión de su clamor inacabable.
Es un libro…
Adelántate, Whitman, y dilo tú:
Quien toca a este libro toca a un hombre.
[Diario de Las Palmas, 11 de enero de 1964 (supl. Cartel de las Letras y las Artes).]
FECHA ANIVERSARIA DE MIGUEL HERNÁNDEZ
No sé qué aire se ha levantado esta mañana de primavera y ha puesto al descubierto en mi memoria el recuerdo de Miguel Hernández.
Tal vez no se haya alzado aire alguno y sólo sea porque, como él decía:
los muertos como un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viví algún tiempo en Alicante, y las circunstancias quisieron que la ventana de mi habitación se abriese, justamente, frente a los mismos muros tras los cuales aquel poeta que se llamó Miguel Hernández expirara una fría madrugada de 1942, hace ahora veinticinco años.
Muchas veces, acodado en aquella ventana, se me fue el santo al cielo y, perdido en vagas ensoñaciones, repetía los versos de su «Elegía a Ramón Sijé», o «Fue la primera vez de la alegría», o «Era un hoyo no muy hondo» y tantos otros poemas sabidos con puntos y comas desde años atrás.
Una tarde fui a visitarle al cementerio de Nuestra Señora del Remedio. Palabra que no me gustan estos lugares tan serios y que fue una excepción en mis hábitos normales, pero estar en aquella tierra y hacer un viaje sentimental a aquel lugar hernandino me pareció una oportunidad única, una experiencia largamente codiciada. Era una tarde llena de luz, de esa luz cegadora del agosto levantino, tan brillante en aquellas hermosas tierras. El aire quieto sostenía el vuelo, de palmera a palmera, de los pájaros, y el agua en las acequias ponía su canto apacible, regando las huertas, los jardines.
No pesaban sobre mí ni pensamientos fúnebres, ni temores impuestos por la solemnidad del recinto. Más bien iba alegre, porque no era poco encontrarme ante Miguel Hernández, después de haber recorrido tantos años de espera y esperanza y haber consumido tantos deseos en las islas de donde venía.
Pero, por fin, allí estábamos él y yo. Leí: «Miguel Hernández. Poeta», y dos fechas, relativas a su nacimiento y a su muerte. Pensé, ¿para qué más? Lo verdaderamente importante quedaba escrito sobre la piedra. Todo lo demás hubiese sido vano, superfluo, innecesario. Como Edgar Allan Poe, también él quería ser lo que fue y no más. El pensamiento, así, puede fabricar todo un mundo sin atenerse a indicios ni a premisas. Aquella lápida era toda una biografía. Allí estaban «su profesión y su destino», y en el intervalo señalado por las fechas, la época difícil que le tocó vivir su vida personal, orlada de virtudes y defectos, humanísima.
Tras la piedra yo adivinaba su corazón «ya terciopelo ajado», mientras la gloria del sol se derramaba en las altas crestas de la cercana serranía de Fontcalent.
Por aquel mismo tiempo, y con la misma fiebre, visité Cox. En Cox estaba «la casa de las bodas», y en Cox también vivía Josefina, su viuda.
(El mundo lleno de ti
y nutrido el cementerio
de mí, por todas las cosas
de los dos por todo el pueblo.)
Pero, ¿con qué credenciales me presentaba yo ante la esposa de Miguel? Con los muertos es distinto, basta acercarse en silencio; pero los vivos exigen las palabras, y mis palabras le hubiesen hecho revivir el doloroso pasado, pues la intimidad de los otros es como un mar que no debemos inquietar ni siquiera, como en aquel momento, con la devoción o el respeto entrañable.
Miguel Hernández es un milagro de la Poesía. Es uno de esos raros ejemplares humanos en que los dones de la gracia poética tan contadas veces se dan juntos, tan apretados y extensamente y en muy poco espacio de vida, pues murió en la flor de la misma, a los treinta y dos años, haciendo que «muor giovine colui ch’al ciel é caro». Se entregó a todo con todo lo que era, sin reservas: escribió y vivió con el corazón en la mano y nos dejó una obra llena de hallazgos y perfecciones, un legado de vida intensa envuelto en el ropaje de la Poesía: joya inapreciable de nuestra común herencia literaria, su obra está por encima de vicisitudes históricas y se salva de los modos y las modas del tiempo.
Conviene recordarle este año, en que se ha desempolvado también a Rubén Darío y Valle-Inclán. Miguel Hernández participa como ellos en lo genial imperecedero de nuestra sangre.
[El Eco de Canarias (Las Palmas de Gran Canaria), 9 de abril de 1967 (supl. El Séptimo Día).]
ANTONIO
La muerte de Antonio me ha dejado el corazón como un trapo. No sé dónde ponerme o dónde abandonarme, para llorarlo sin que me vean, sin que me interrumpan. Hay demasiada gente, demasiado mar, entre ese muerto y yo. No sé dónde derrumbarme.
Si triste es morir, no es menos triste la vida de los que, de pronto, nos vemos en la urgencia de recoger en el aire trozos de la amistad, apresando sombras, claveteando recuerdos sobre la tabla herida de la memoria, en un intento último, desesperado, de aprisionar el gesto o la palabra del amigo que se nos va, su bondad repartida, su perfil, su humanidad.
Repentinamente se me ha ido Antonio, cuando todavía nos quedaba tantísimo por hablar, cuando aún estaba en pie la promesa de visitarme y que ahora se ha vuelto un ofrecimiento imposible, todo ya innecesario.
Poco me importa que mis palabras parezcan inútiles o estúpidas. No haré literatura en una circunstancia como ésta, cuando la tierra me quema bajo los pies y el mismo cielo es como de plomo sobre mi cabeza. No voy a pedir cuchillos para zajarme los ojos o abrirme las venas por el dolor de su muerte. El verdadero sufrimiento es mudo y discurre también mudamente por el subsuelo de nuestro ser. No recurriré a nadie para que me devuelva a este árbol caído, a este río desbordado, a este hombre sin retorno que se llamaba Antonio. Pero no puedo evitar esconderme en un rincón de mi cuarto, como si hubiese sido apaleado por un puño invisible. Ni grito, ni me lamento; miro a mi alrededor y compruebo que la vida no ha cambiado, y, sin embargo, os juro, en esta tarde de mayo algo ha muerto también dentro de mí…
La costumbre, en este caso, sería decir que la pintura ha perdido un pincel prodigioso. Que la pintura se ha quedado compuesta y sin novio. Que nuestro arte ha sufrido un desgarrón infinito. Es verdad, pero en este momento todo me parece juego de manos, inoportuno malabarismo, impedir que los árboles dejen ver el bosque, porque lo que hemos de sufrir es la desaparición de un hombre, ni más ni menos. Y cuando del hombre se trata, ya se sabe, lo demás sobra, es tramoya, metáfora, acompañamiento sin importancia. Dejémonos de historias y sutilezas, porque a pesar de su muerte, la poesía, la pintura, la música, seguirán manifestándose. Pero Antonio no. No, porque se ha dado de alimento a la sombra. Se ha vuelto agua subterránea, tiniebla amurallada, olvido.
Como me escribía hace poco tiempo María Rosa Alonso, no tenemos experiencia de la muerte, siempre es algo —decía— que les ocurre a los otros, es ajena. Lo nuestro es vivir, y Antonio en vida fue mi amigo. Uno de los pocos y más profundos amigos que he tenido. Lo mismo en Gáldar, que en Las Palmas, que en esta orilla de Tenerife, a donde el mar me ha traído, mantuvimos una amistad a la que la distancia y la ausencia, por más que limaron y limaron, no hicieron mella alguna.
De tarde en tarde me llegaban noticias suyas. Unas veces era una carta. Otras, a través de un amigo común que me hablaba de él espontáneamente, o porque yo mismo empezaba a preguntar para estar al día de todo «lo vivo lejano». Noticias sueltas, sin ilación, sin antes ni después. Eslabones perdidos de su vida cotidiana, pero que me servían para saberlo erguido y en su sitio, pintando, simplemente viviendo.
También me hacía pequeños encargos, casi con timidez, como no queriendo. Que intentara encontrarle en esta isla lo que él en Gran Canaria había hallado sobre quiromancias y brujerías populares, cuentos de curanderos y herbolarios, echadoras de cartas y zahorinas y cosas por el estilo. Alguna cosa encontré y se la remití, porque en aquel entonces preparaba una vasta exposición sobre el tema, del que ya tenía gran número de cuadros terminados y que tuve ocasión de ver cierto atardecer de oro de hace algunos años.
Muchas veces nos encontramos en recitales. Amaba la poesía. Me daba la impresión de que la amaba y la sentía más que a la misma pintura. Posiblemente escribiera poemas. Nunca he leído nada suyo, pero eso no me demuestra que en la alta soledad de la noche no emborronase alguna cuartilla, tal vez en un afán de completar con la palabra esclarecedora el color y la forma del cuadro recién acabado.
También amaba la tierra, la isla con sus hombres oscuros y callados, sus cielos y sus mares para sembrar y arar esperanzas. Amaba los animales, las cosas simples, el aire con luz y el amanecer. Era bueno sin ñoñerías, seria y continuamente. Era un pedazo de pan lo que hemos enterrado, aunque se haya dicho un millón de veces.
Tenemos que poner su nombre sobre el tapete, escribirlo en las tapas de nuestros libros, en la cabecera de nuestro lecho, en el anverso y reverso de nuestro corazón, para que no caiga del todo sobre su pecho sin aliento la piedra del olvido, él tan cubierto ya por tantas sábanas de tierra.
Tenemos que echarle un cabo de amor para que no se nos hunda en ese pozo sin fondo del tiempo.
Tenemos que darle una mano. Será fácil alcanzar y apretar la suya extendida como siempre, porque hay tan poco jardín de la vida a la muerte…
Tenerife, mayo, 1968.
[Diario de Las Palmas, 15 de mayo de 1968 (supl. Cartel de las Letras y las Artes).]
PEDRO GARCÍA CABRERA EN TACORONTE
El sol se marcha ya por la empinada cuesta de la tarde, cuando llego a la puerta de la casa de Pedro. El campo, todo el campo, es un vivo oro de verdor infinito que rueda, en las fronteras mismas del incipiente crepúsculo, hacia el mar. Ladra algún perro, pero lejos, despidiéndose del largo día sofocante, y el eco ronco del ladrido retumba entre las ramas de los pinos, o se confunde con las primeras notas de los grillos insomnes, que afinan sin prisas sus instrumentos para el gran concierto nocturno, o deja paso, finalmente, a una solitaria e inesperada campanada que, desde la torre de Santa Catalina, atraviesa el aire, acallándolo y superándolo todo, poniendo un temblor meditabundo, irreal y acongojado en el paisaje quieto de la tarde de estío.
Castellana en su castillo de sueños, doña Matilde me invita a entrar. Entro y subo. En el peldaño último
Retratos familiares
cuelgan primeros planos en la sala,
me reciben también y me saludan a su modo, con una voz de silencio y un gesto tranquilo de amistad, que me traen, repentinamente, no sé por qué, a la memoria, el recuerdo de otros míos colgados en una antigua y perdida sala familiar y cuyos rostros apenas sería capaz de revivir. Desde la sala desemboco en la viva presencia, en el limpio rostro amigo de Pedro… y ya todo es un río. Todo es un río de palabras, de manos estrechándose, de manos que cambian el cobre estéril de la ausencia, de un tiempo sin noticias, por la enorme ternura de una amistad sin cercas y sin lindes.
Modula Pedro una voz sin estridencias, suave, una voz de criatura definitivamente humana, sosegada, experta en el sagrado oficio de la vida, ejercitada en la libertad y decantada y enriquecida por años y años de azares y pesares, de amor y poesía.
Él habla y yo le hablo. Va cayendo, más y más, como el barco escorado, la tarde herida sin remedio, la luz de un día que ya ha sido. Hablamos. ¿De qué podemos hablar los poetas? Perdidos ya los jardines y los huertos donde plantábamos las inútiles, efímeras rosas; clausurada la primavera, de la que nunca hemos sabido el origen, pero sí la mortaja; y reducido al mínimo el aire respirable, ¿qué nos ha quedado a los poetas sino el hombre, el puro hombre desnudo y esencial, ese amasijo de huesos y de sueños?
Del hombre, pues, hablamos. Casi la tarde es noche. Y con la misma pasión y con la misma terquedad con que la luz extrema su defensa hasta ser abatida por la sombra, Pedro está hablando. Juvenilmente encendido, este amigo mío veinteañero es como un altavoz que inundara una plaza de pueblo y, por encima de la babel ruidosa de la muchedumbre, dejara oír su palabra rebelde, esclarecedora y profunda. No fue discípulo de nadie y de nadie ha querido ser maestro tampoco. Demasiado libre para tener llaveros entre las manos o para engrasar candados o comprobar cadenas, su voz ha sido siempre la de un pájaro libre cantando en medio de los bosques su estremecida canción, su trino desgarrado. «¿Quién amuralla una voz?»
Me habla también de otros años felices e infelices, siempre presente el hombre, años ya totalmente amarillos y resecos, cuyo recuerdo guarda —como hacíamos con las hojas de las buganvillas y de los álamos, en nuestros libros escolares— en el rico y jugoso libro de su memoria. Pero, con todo, descubro que Pedro no es dado a caer en el pasado; si cae en él, hace como el saltador cuando bascula sobre la palanca: sólo para impulsarse y lanzarse decididamente al agua, digo, al mañana, a la esperanza. He aquí su secreto. Y tampoco son rémora ni lastre los sacos de arena que le van echando los días a la espalda, para hacerle más lento el caminar, porque él sabe, vaya que si lo sabe, que es la envoltura la que se aja con el viento malo, que es la piel o «el oro de la piel» los que ceden al fuego, al látigo o al inexorable transcurrir del tiempo. Los que ayer fueron bellos y ágiles miembros —brazos que rodearon una cintura núbil, pies que rubricaron caminos y ciudades— hoy se nos vuelven torpes y dolientes. Pero la luz no envejece, aunque torvas clepsidras sin desmayo trabajen en su daño. Y con la luz, los ojos de este amigo mío tan viejo como el mundo, pero, a la vez, más joven que las rosas nonatas. Y con la luz y con los ojos, tampoco envejece su palabra recién salida de la aurora, de mar, del nido de las aves, de su caliente y derramado corazón.
«Y de pronto la noche.»
¿De qué podemos hablar los poetas si no nos queda otra canción que el hombre?
No son de torres de marfil, ni de cristal, estas cuatro paredes de mi amigo. No es fábrica blindada ni hermética la estancia donde le hallo. Es atalaya y faro y puente de navío; todo está aquí abierto al presente que discurre, a todo lo que sucede en torno a él: esa trama que llamamos la vida y que es pan o justicia, agua para la sed del pensamiento y grito que acuerdan tantos hombres. No estuvo nunca Pedro entre cuatro paredes. Por no estarlo, por no haberse buscado refugio ni territorios resguardados, todas las tempestades le hallaron a pecho descubierto, a la intemperie, en la llanura a pleno sol, donde el dolor por alzarse más alto, hace posible la fecunda aventura de la poesía. Con pies desnudos está pasando por este sendero de piedras humeantes, y la prueba del fuego no le hace mella en su conciencia clara, ni mancha su inocencia de niño infinito.
Nuevamente, a lo lejos, la campana de Santa Catalina. Pedro me lee versos. Hay un fondo coral de grillos violinistas y está la sombra poblada de otros pequeños ruidos, como de vuelos invisibles. Durante un brevísimo instante parece convertirse la casa de Pedro en una isla rodeada de isla, cercenada de la realidad, que empieza justamente donde termina la orilla ilusoria de los versos. Y comprendo que me sería sumamente fácil, resueltamente posible, no regresar jamás a ningún continente, quedarme por aquí para siempre, todas las tardes recorrer este mismo camino, aprender su entusiasmo y su ternura, porque sé que cuando me vaya de aquí será lo mismo que marcharme de todo, que irme a mis derrotas, a mi cárcel y a mi increíble fatiga de vivir. Yo soy el que ha nacido a principios de siglo. Pedro está todavía por nacer o nace cada día.
Cuando salgo a la calle, ya bajo la noche tacorontera colmada de nardos y heliotropos, me envuelve una gran paz de estrellas, de sombras y de árboles. Camino hacia mi casa, aún latiéndome fuertemente las sienes y ebrio el corazón. Y mientras hago girar la llave y gime de óxido la vieja cerradura, miro la noche antes de entrar y me parece oírle todavía:
Sin la aguda conciencia del poeta
muerden el polvo las palabras.
[El Día (Santa Cruz de Tenerife), 6 de septiembre de 1969.]
TEMÁTICA COYUNTURAL (CARTA A UNO)
Mi estimado amigo:
Me complace verte implicado, intelectual y humanamente, en la misma problemática trascendental que tanto me ocupa y me preocupa. Y no es para menos, créeme, pues desenfocada nuestra realidad por la presión que, sin lugar a dudas ni conjeturas, ejerce un gran cúmulo de exigencias de todo tipo sobre nuestro yo social óptimo y convivencial, se hace preciso, en la actual coyuntura socio económica, el imponderable hallazgo de una incidencia que comporte, centre y puntualice, a través de una incontrastable conciencia histórico política, unos factores de posibilidades opcionales, concurrentes la mayoría de las veces con otros exponentes de más difícil asimilación, y todo conjugado para cualificar, y hasta para individualizar, la problemática mencionada, que informa, finalmente, nuestra existencia operativa.
Bien. Hasta aquí todo está claro. Sin embargo, con ser esto bastante, no es todo, como sería lo deseable, puesto que las estructuras de vida en común —te recuerdo el insoslayable magisterio de la sistematización tecnológica de este momento vivencial a escala general— suponen, digo, al hombre en una ubicación ambiental, cultural y monopolizadora, asistente a una desmembración de toda su energética individual, tan necesaria para un logro cabal de sus aspiraciones de desarrollo positivo. Y no erraría quien de tal modo opinase, pues ello motivaría no ya un desfase de su presente humano actuante, sino, y lo que es peor, cercenaría el afán vocacional a la plenitud de su factibilidad intrínseca, que, es obvio señalar, se enraíza en la misma médula, en el propio engarce comunitario. Piensa, verbigracia, amigo mío, en la selectividad, no exenta de discrecionalidad inoperante, del ser incomunicado en su urbano mutismo alienador, ese ser, no me cansaré de repetírtelo, inmerso en unas estructuraciones arcaizantes, que en su opinión son de una inequívoca hegemonía personal e intransferible.
Aunque te supongo enterado, no estará de más dejar constancia de que las estructuras son las estructuras, y que toda desvinculación inmotivada del medio en que nos vivimos, acarrea capitales pecados, de trascendencia no digo ya socio económica, sino —fíjate en el matiz— económico política, que es donde está la madre de la coyuntura que nos ocupa, y que condiciona, e incluso involucra, estadios más avanzados del peculiar devenir nuestro existencial. Y ahí es nada, amigo mío.
A mayor abundamiento y ya a un nivel experimental muy tecnificado, habría mucha tela que cortar en lo relativo a la importancia sustantiva de un ponderado análisis, serio y eficaz, del sobrevenido desfase demográfico, operado en esta conflictual singladura, de una sociedad altamente motivacional —a la mano tengo estadísticas e informáticas demostrándolo— que nos lleva a la meditación sobre la posibilidad real de equilibrio en nuestro entorno de interrelación humana, muy limitado ya geográfica, económica y adaptacionalmente en todos sus aspectos caracterizables, por no decir potencialmente subestructurados. Por todo ello, convendrás conmigo en que la frase de don José habría que intervenirla quirúrgicamente, dejándola en lo que realmente ha venido a parar: «Yo soy mis circunstancias», porque, en confianza, no me vas a negar que esa individualidad enunciada por el gran maestro generacional ha sucumbido al dogal de unos condicionantes —repito— socio económicos, que le han restado toda razón de ser como categoría indubitada de defensa de unos valores ya en trance de extinción.
Pero hay más, mi buen amigo: en un sentido no ambiguo, sino claro, rotundo y preferencial, la estructuralización, articulada dentro de una contingencia que demanda un hacer escasamente volitivo —creamos por un instante que podemos querer y no querer— trae como consecuencia la masificación anarquizada del ente colectivo, que irresponsabilizará o insensibilizará su conducta frente a lo altruistamente apetecible, siempre a la vista su irrenunciabilidad de raciocinio contradictorio, y sin obviar —no faltaría más— su inscripción en lo operante y no en lo accesorio accidental.
Pero no es mi intención atemorizarte en esta mi primera carta. Sin embargo, si profundizas en cuanto te dejo manifestado, te convencerás de que el mismo Apocalipsis, confrontado con nuestra problemática, acabará por parecerte una inocente fiesta benéfica.
De todo esto te hablaré en otra coyuntura.
Hasta tanto, un cordial saludo y a mandar.
[El Día, 14 de diciembre de 1969 (supl. Tagoror Literario, nº 69).]
DE «VIDA DE UN HOMBRE»
Para el menos observador de los lectores se hace incluso evidente ese afán, me atrevería a decir, doméstico, familiar, casi obsesivo en más de un aspecto, de toda la poesía italiana contemporánea —excluido el paréntesis hermético— por poner de manifiesto patética, verazmente, las trágicas convulsiones sociales y políticas vividas y padecidas por un pueblo, en el fondo pacífico pero exaltado, instintivo pero realista, y no es extraño, en consecuencia, descubrir una especie de nexo de unión, una subterránea afinidad, encubierta lógicamente en la superficie por virtud de los estilos y las circunstancias personales, en toda la creación poética italiana en lo que va de siglo, y esto es válido para todas las manifestaciones de la cultura, de cuyo contexto es la poesía parte vital.
Desde distintos ángulos, si se quiere, mas con el mismo fervor, la obra de un Cardarelli y un Saba tienen más de un punto de identidad en la argumentación y en los modos de tratarla, y lo mismo sucede con la obra de Ungaretti (1888 1970), Montale, Quasimodo, Betocchi o, entre los más jóvenes, Sereni, Pavese, Pasolini. Partiendo de maneras estilísticamente diversas, pero también de un mismo empeño moral y ético, propio de la experiencia acumulada entre deux guerres, y, cómo no, en sus largas, dramáticas posguerras —«E come potevamo noi cantare / con il piede straniero sopra il cuore?…», diría Quasimodo en uno de sus libros—, todos estos poetas se plantean, cada uno desde su nivel temporal e histórico y en el momento de estructurar su obra, la necesidad de desterrar artísticamente las concesiones, los mitos y los excesos de los futuristas, el misticismo vanguardista y despreocupado de un Papini, la orgía sensual de Soffici, las exigencias sentimentales de Sbarbara y el problemático ideario de un Jahier o de un D’Annunzio; era preciso, en una palabra, dejar constancia de toda aquella avalancha de nuevas realidades, de urgencias sociales, surgidas de improviso en un país apenas unificado como nación e inmerso ya en una conflictiva y desorbitada evolución, despojando su cultura de tantos elementos literarios y haciéndola volver al buen camino, a su papel de espejo y testimonio de la propia sociedad de la que naciera. Y es en este clima cambiante, renovador, clarificador, donde aparece la palabra de Ungaretti, que se había afirmado en la vorágine tempestuosa de la Gran Guerra, a la que Italia, tras una agotadora polémica entre interventistas y no interventistas, se lanzó en 1915. Desde La alegría, donde comenzarán a reproducirse, casi por partenogénesis, los gérmenes vivos y resueltos de gran parte del panorama moderno de la poesía europea, arranca finalmente todo el edificio de la lírica posterior de aquel país, que se vio detenida momentáneamente por la irrupción del hermetismo, como decía, y que alcanzó también a Ungaretti no sólo en su obra de creación, sino en sus traducciones, como «De Góngora y Mallarmé», por ejemplo.
De «Vida de un hombre» [1], en edición bilingüe y encabezada por un prólogo de Giovanni Cantieri minucioso y exhaustivo, cuya lectura se hace ineludible para entrar en la poesía de Ungaretti, es una rigurosa y estudiada selección de una más vasta obra ungarettiana, que, bajo esa denominación genérica, abarca los libros La alegría —ya mencionado—, Sentimiento del tiempo, Poesías dispersas, El dolor, La tierra prometida y Un grito y paisajes, y sea por aquél o por éstos, el lector, en los mismos umbrales obtiene ya un primer indicio del qué y el cómo va a ser su poesía.
En efecto, si muchas han sido las definiciones con las que se ha intentado caracterizar a Ungaretti, polémico, batallador, muy contradictorio, exacerbado, incluso irascible cuando en 1959 perdió el Nobel —que se llevó el perfecto ignorado que era Salvador Quasimodo—, digo que si han sido muchas las definiciones, tal vez demasiadas, su poesía, en cambio, vista en profundidad, con la amplitud que exige —o debe exigir— una crítica con perspectiva para ser justa, es un constante y reiterativo discurso sobre el hombre, su existencia, su temporalidad, sus razones de esperanza y de angustia, su muerte, aunque en tal discurso se distingan los sentimientos más varios, los tonos más diversos, las imágenes más dispares en su incontenible mutabilidad. Y es esta mutación tanto más lógica en cuanto que es consecuencia del devenir dinámico, azaroso e imprevisible del individuo al que su tiempo histórico ha colocado en unas coordenadas de fácil recambio, según el criterio y las conveniencias de los sistemas de poder. Ungaretti testifica la soledad, hace constar, con una escritura tersa y lúcida, la incapacidad del hombre para comprenderse a sí mismo y comprender el significado del mundo que le rodea, en qué tentáculos divinos y humanos se halla aprisionado, por qué y para qué ama, muere o envejece, quién le esconde la verdad, a qué va a la guerra y por qué hambrea siempre justicia o pan, de qué sirvió su renuncia y su sacrificio, y dando testimonio de todo ello, Ungaretti es el que acaso ha insistido más, a lo largo de su dilatada vida y su obra poética, en los interrogantes de esa aventura, y lo ha hecho sin encrespamiento, con serenidad y al dictado de una autenticidad que le coloca por encima de cualquier correspondencia «in un’epoca de piccoli uomini».
¿Quién puede hablar, al enfrentarse con esta poesía, de impalpabilidad, de rarificación? Más bien, por el contrario, nos induce continuamente a pensar en una mágica objetivación donde quedan conjugados los elementos de una profunda operación sentimental. La narración poética asume entonces un sentido íntimo y doloroso, y las imágenes se transfiguran a su dictado, excarcelando vastos ámbitos, intermitentes y estremecidos silencios, y allí donde esas imágenes parecen debilitarse y adelgazarse, o pudieran disolver el trazo de la fantasía, el arco tenso del pensamiento les da alcance, tal vez en una admirable síntesis que, sin duda, revela el paciente trabajo formal al que se sujetó el poeta, y no creemos que la interiorización del sentimiento haya tocado muchas veces, en las últimas manifestaciones de la poesía italiana moderna, unas notas tan diáfanas como las conseguidas por Ungaretti en su obra, siendo en este sentido la poética de un Cesare Pavese la que posteriormente alcanzaría parecidas cotas de diafanidad, si bien el poeta de Santo Stefano Belbo respondió a otras muy personales motivaciones a la hora de crear la suya.
«He poblado de nombres el silencio», dirá Ungaretti, intentando resumir de alguna forma todo el contenido, propósito y alcance de su «estar en» la poesía, y al confesar que lo ha hecho, rescata para la poesía total esa parcela de su singular experiencia terrenal, porque, dirá también, «sé todo lo que un hombre puede saber del pasado y del porvenir… Ahora ya conozco mi destino y mi origen … Ya no me queda nada por profanar, nada que soñar … He gozado de todo, he sufrido…». Y esto es suficiente para que nos acerquemos confiadamente a un hombre. Y a un poeta.
[Triunfo (Madrid), 5ª época, nº 618 (3 de agosto de 1974), pp. 47-48.]