Fermín Herrero (Soria, España, 1963) ha publicado varios libros de poesía, entre los que destacan Anagnórisis, Echarse al monte, Paralaje, Un lugar habitable, Tierras Altas, La lengua de las campanas y Tempero. En 2014 le fue concedido el premio de poesía Jaime Gil de Biedma.

Salgo del bar de barrio donde estaba

leyendo a Auden y resulta que llueve

a cántaros. Me calo. Llevo en la cabeza

los páramos mineros de las Midlands,

embarrados. Me miro las rastrojeras,

perdidas, me arrebujo un poco

y de pronto me quedo inmóvil

como un burro, tiempo

y tiempo, como un burro, aguantando

el chaparrón. Un solo de trompeta.

Para que no se pudra el ánimo.

Entonces me recuerdo, ya

en la casa, desierto, en demasía,

pasando el rato, y eso no. Mejor

anegado como las Midlands, contra

toda consigna, inmóvil. Si no doy

para más, cuando menos sentir

el corazón desordenado, alerta,

inepto como hombre. Y la cabeza

en el agua, sin ganas

siquiera de pensar, más tonto

que ni sé.

Siempre he buscado lo que estaba

lejos y sin moverme apenas

de lugar, hasta ser solo.

Desde el primer silencio,

me imagino, no doy abasto

donde poner los ojos, aunque

nunca encontré un decir que sosegase,

una palabra donde fuera presencia.

Por eso continúo verso a verso

intentándolo: que el poema respire

como con timidez pedía Emily.

Sé que jamás lo lograré, pero

no entro en razón así lo vea

tan claro y con mis propios ojos.

Un páramo de fondo, un cielo alto

que no merezco, un sucederse y nada,

me bastan y me sobran. Y, de entenderlos,

más vale, cuanto antes, olvidarse,

los hechizó la gracia y no hubo más

ni habrá. Un temblor por junto y por entero,

un estremecimiento, leve, es todo;

porque atardece brilla el río, la vida,

lo que cansa. La rama vibra

ligeramente por el peso

del pájaro que de la muerte

hasta la muerte vuela.

Ha visto demasiado como

para creer en nada. No ha de haber

horizonte, se desvanece,

si bien lo claro no se manifiesta

sino en la lejanía, siempre y cuando

se atienda, antes, al vacío

de lo propio, lo muerto, amortizado

para lo vivo. Cuanto negó,

descubre ahora necesario,

medita sus motivos. Tiene

que abrir la puerta, en despoblado;

que sea tierra la palabra busca,

no mundo, que alimente raíces, que nadie

pueda cavarla y entrañada de tiempo,

en la ausencia de Dios y su nostalgia,

se silencie, allí donde las aguas

manantiales. La vida, abrumadora,

lo paraliza; pero es un regalo

que no merece y hay que seguir,

seguir, con el tesón de los insectos.

Ha de ascender a la sazón

de este instante, que es todos

los instantes, como si al fin

no hubiera entendimiento y de este modo

el padecer cesase, con la espera,

la voluntad incluso.

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