Herberto Hélder (Madeira, Portugal, 1930), además de eminente traductor y prosista, es uno de los poetas portugueses más insólitos de los últimos tiempos. Sus primeros libros, publicados desde finales de la década de 1950, se encuadran en una sensibilidad creativa muy próxima al pos-surrealismo, si bien, con posterioridad, el poeta fue acercando su lenguaje a la estética del concretismo. Su obra se halla reunida en Poesía Toda que, sometida a un proceso de autocrítico radical, reúne en cada edición menos poemas. De escasas apariciones públicas ―no en vano ha dicho: «Pero si a pesar de todo se ha de escribir, escríbase siempre para estar solo»―, Hélder jamás concede entrevistas y vive apartado de los círculos literarios. En 1994 le fue concedido el prestigioso Premio Fernando Pessoa, que rechazó. Actualmente vive en Cascais entregado a la creación de su obra y al estudio de las ciencias ocultas y la alquimia.
Teorema
El rey Don Pedro, el Cruel, está en la ventana, asomado a la plaza donde destaca la estatua municipal del marqués de Sá da Bandeira. Me gusta este rey loco, inocente y brutal. Me postraron de rodillas, con las manos atadas a la espalda, pero alzo la cabeza, giro el pescuezo hacia el lado izquierdo, y veo el rostro violento y melancólico de mi pobre Señor. Bajo la ventana por la que se ha asomado hay otra, de estilo manuelino, una reliquia, delicada obra de piedra que resiste al tiempo. Don Pedro mira distraídamente la plaza vigilada por los soldados. Contempla un momento la monstruosa iglesia del Seminario, retórica de vitrales y nichos, las palomas posadas en la cabeza y en los brazos del marqués, y se detiene en mí, aquí abajo, en mí, que me encuentro arrodillado en medio de un grupo de soldados. El rey me mira con simpatía. He sido condenado por el asesinato de su amante favorita, Doña Inés. Alguien quiso defenderme, alegando que yo era un patriota. Que deseaba salvar el reino de la influencia castellana. Tonterías. No me importa el reino. Maté para salvar el amor del rey. Don Pedro lo sabe. Dice una gracia. Todo el mundo ríe.
―Prepárenme ese conejo, que tengo hambre.
El rey bromea con mi nombre. Mi apellido es Conejo.
¡Lo que este hombre ha hecho por nosotros! Hizo transportar el cadáver de su amante de una punta a otra del país, a hombros del pueblo, entre antorchas y cánticos. Fue un espectáculo siniestro y exultante a través de ciudades, villas y aldehuelas.
Alguien me ordena que me levante y reverencie a mi Señor. Me quedo de pie, frente al edificio. Distingo, a ras de suelo, el letrero de la Barbería Vidigal y al barbero de bigote rubio al que veo en la puerta asistir a mi suplicio. Distingo también la ventana manuelina y al rey enmarcado entre los sillares de los dos edificios cercanos.
―Señor ―digo― te agradezco mi muerte. Y te ofrezco la muerte de Doña Inés. Para que tu amor se salvase esto era necesario.
―Muy bien ―responde el rey―. Arránquenle el corazón por el costado, y tráiganmelo.
De nuevo me arrodillo entre los pies de los verdugos que andan de un lado para otro. Oigo las voces del pueblo, su ingenua excitación. Eligen un lugar en el costado para enterrar el puñal. Me estremezco. El puñal ha entrado en mi carne desgarrándome algunas costillas. Un tajo de arriba abajo, un surco frío a lo largo del cuerpo ―y ya veo mi corazón en las manos del verdugo. Un lacayo del rey espera con una bandeja de plata gastada junto a mi cabeza, y en ella dejan mi corazón humeante. La muchedumbre grita y aplaude; sólo el rostro de Don Pedro está triste, aunque en él brilla una súbita, secreta luz de triunfo. Me doy cuenta de que todo está entrelazado, de que era necesario que las cosas se cumplieran. No tengo miedo. Sé que voy al infierno, puesto que soy un asesino y mi país es católico. Maté por amor al amor ―y eso es propio de un espíritu demoníaco. El rey y su amante son también criaturas infernales. Solamente la mujer del rey, Doña Constanza, pertenece al cielo. Ella habría podido, con su estupidez y su insignificancia, perdonar todas las ofensas. Detesto a la reina.
El criado sube la escalera con la bandeja donde mi corazón parece un molusco sangriento. Don Pedro se vuelve, la bandeja aparece junto al antepecho de la ventana. El rey sonríe. Eleva el corazón con la mano derecha y lo muestra al pueblo. La sangre le chorrea entre los dedos y le baja por las muñecas. Se oyen aplausos. Somos un pueblo bárbaro y puro, y es una gran responsabilidad para alguien encontrarse al mando de un pueblo así. Felizmente el rey está a la altura del cargo, entiende nuestra alma oscura, religiosa, tan cercana a la tierra. Somos también un pueblo lleno de fe. Tenemos fe en la guerra, en la justicia, en la crueldad, en el amor, en la eternidad. Estamos todos locos.
He caído con la mejilla derecha contra el suelo y, moviendo los ojos, todavía puedo ver un pedazo de cielo muy azul sobre los tejados. Una paloma pasa delante de la ventana manuelina. El claxon de un automóvil se expande líricamente en el aire. Estamos a comienzos de junio. Todavía es primavera. La tierra está henchida de enérgica savia. La tierra es eterna. A mi alrededor profieren obscenidades. Alguien sugiere que me corten la verga. Un lacayo va a pedir autorización al rey, pero este rechaza la propuesta.
―Sólo el corazón ―dice. Y lo alza de nuevo, y después lo muerde ferozmente. La multitud delira, lo aclama, me llama asesino, perro, encomienda mi alma al Diablo. Me gustaría poder agradecer a esta gente bárbara y pura sus buenas palabras violentas.
Un hilo de sangre resbala por la quijada de Don Pedro, los maxilares se mueven despacio. El rey se come mi corazón. El barbero ha salido del establecimiento y está ahora en medio de la plaza, con la bata blanca, el bigote rubio, viendo a Don Pedro comerse mi corazón lleno de la inteligencia del amor y de la eternidad. El marqués de Sá da Bandeira lo ignora todo, verde y colonialista, en lo alto del pedestal de granito. Las palomas vuelan a su alrededor, se le posan en la cabeza y en los hombros, y le cagan encima. Don Pedro se retira después de dirigir a la multitud algunas palabras sobre el crimen y la justicia. El pueblo lo aclama una vez más, y se dispersa. Los soldados también se van. Me quedo solo para enfrentarme a la noche que se acerca. Esta noche fue concebida para nosotros, para el rey y para mí. Meditaremos. Los dos somos sabios gracias a nuestros crímenes y al amor común que profesamos a la eternidad. El rey estará insomne en sus aposentos, sabiendo que amará para siempre a mi víctima. Quizá no se le termine ahí la inspiración. Su cuerpo se irá consumiendo por la fuerza de un fuego interior, y la pasión ha de apoderarse de su vida, cada vez más profunda y más pura. Y yo también iré creciendo en mi muerte, iré creciendo dentro del rey que comió mi corazón. Doña Inés se ha adueñado de nuestras almas. Se libera del capullo carnal, se transforma en luz, en llamarada, en fuente viva. Entra en las voces, en los espacios. Nada es tan incorruptible como su muerte. En el crisol del infierno, inmaculados, hemos de permanecer los tres, eternamente. El pueblo sólo tendrá que recibirnos como alimento, de generación en generación. Que nadie tenga piedad. Y a Dios nadie lo ha llamado aquí.
(Traduccción de Th. M.)
Sobre un poema
Un poema crece inseguro
de la confusa de carne, sube
sin palabras aún, sólo ferocidad y gusto,
acaso como sangre o como sombra
de sangre por los canales del ser.
Existe fuera el mundo. Fuera, la espléndida violencia,
los racimos de uvas donde nacen
las raicillas minúsculas del sol.
Fuera, los cuerpos genuinos, inalterables
de nuestro amor,
los ríos y la paz excelsa de las cosas,
o las hojas durmiendo en el silencio,
las semillas a la vera del viento
―el momento dramático de toda posesión.
Y el poema crece tomando todo en su regazo.
Entonces ya ningún poder destruirá al poema.
Insustituible, único,
invade las órbitas, la cara amorfa de las paredes
la miseria de los minutos
la fuerza sostenida de las cosas,
la redonda y libre armonía del mundo.
―Abajo el instrumento perplejo ignora
la espina de misterio.
―El poema se levanta contra el tiempo y la carne.
(Traducción de F. L.)