Nacido en La Habana en 1968, Ernesto Hernández Busto colaboró con la revista Vuelta, dirigida por Octavio Paz, y formó parte del comité de redacción de la revista mexicana Poesía y poética. En 2004 ganó el tercer premio de ensayo Casa de América con su libro Perfiles derechos. Fisonomías del escritor reaccionario. Reside en Barcelona, donde trabaja como editor, periodista y traductor. Sus libros más recientes son Inventario de saldos. Apuntes sobre literatura cubana (2005) y La ruta natural (Vaso Roto, 2015).
Celadón (Marina)
¿Ves ese espolón de nubes bajas?
Son ellas las que engendran el color,
un tono raro, inestable, difuso.
Atrezzo de gaviotas.
Maresía.
Argamasa de esponjas,
moluscos y algas muertas.
Salvación de lo pútrido.
Dos quietas franjas de reflejos grisáceos
(como si alguien vertiera plomo derretido en el agua)
y otra franja radiante,
mercurial,
el lomo de ese monstruo azul cobalto
que emerge, caprichoso,
de un mar de porcelana celadón.
Un color literario
que tiñe el lugar chino donde el cielo
se encuentra con la tierra,
un color que significa “resonancia”
y ningún alfarero consiguió prever nunca,
un color que no es uno sino varios,
cantado por Virgilio y cortesanas
volubles como cintas,
que soñaban con lánguidos pastores
mientras acariciaban su jarrón de jade,
esperma seco del dragón eterno.
Sumergidos en ese color-amuleto,
inmersos en el ritmo sonámbulo del mar,
mi madre y mi hijo dan vueltas de carnero
en el túnel del Tiempo:
vuelven a ser niños.
Jitterbug Waltz
Caramillo de plata, dijo uno,
otro habló de canoas,
y me quedé escuchando un rato más
aquel pedazo de conversación,
seis o siete palabras atrapadas al vuelo,
imágenes urbanas devueltas a su jaula.
Sobre la mesa se apilaban botellas
y dibujos casuales, abstractos como el vals.
Horas después, a punto de cerrar,
la misma pareja aún sobre la pista
embelesados, con ojos brillantes.
Se miraban sin verse,
como si en vez de bailar
estuvieran recordándose.
Alguien llamó
Alguien llamó pidiéndome noticias
y lento de reflejos, encogido,
dije lo que sabía: poca cosa.
Esa noche viniste, sin embargo,
a reprocharme todas mis reservas,
el constante abandono que marcaba
cualquier proyecto nuestro,
la amistad inconclusa,
la boda que no fue,
aquel hijo nonato que bien pudo salvarnos.
Vagábamos por pueblos medievales,
cada uno bebía el lenguaje del otro;
tardes desmenuzadas en la buhardilla
atento al ruido de tu coche en la grava,
Montale y el Corriere.
Al cabo de unas horas, agotado
de no entender bajaba al bar del pueblo
con el pretexto del café o alguna
Dora Markus eslava en minifalda.
Era feliz, supongo, pero un día
me dio miedo la vida, aquel hastío,
todo liso, brillante, emulsionado,
un lustre de infinito en cada cosa
para evitar imaginar qué sigue.
Entramos en el biombo rutinario,
paisaje desmontable, entretejido,
lirios, estanques, nubes, crisantemos,
o la muda eclosión de los cerezos
que hace superflua cualquier otra figura.
Con la mente vacía, en ese estado
de abandono expectante que precede al poema,
miramos nuestra vida, arrepentidos,
vano zigzag dentro del bosque humano
y el aire eléctrico de los remordimientos.
Entonces alguien llama y de repente
veo tu trenza de sangre, veo tu espalda,
veo tu rostro lloroso, enflaquecido,
oigo risas en un rincón nocturno
mientras le rindo cuentas a tu espectro.