Tres poemas de
«Creencias de verano»

Acercamiento
al corazón de junio

Afírmate, di tu, ahora,

en este mismo instante,

cómo te llamas:

tu nombre y tu secreto.

Álzate y ve, pronúnciate,

junio o verano o cuerpo.

Revélate a nosotros,

mortales o desprevenidos

bañistas y creyentes y sensuales.

Yo te convoco,

pulso las olas,

dejo caer mi cuerpo entre las aguas,

beso a la amante o a la amiga,

me inclino ante tu altar

de coronada sangre y altas flores.

Ven, acércate,

padre, hermano, hijo o dios.

Muéstranos tu verdad

confusa y clara entre hierbajos, polvo,

y los pétalos más hermosos

que jamás florecieron en la tierra.

Sobre las joyas
del verano

Volcado sobre todas las lujurias,

no sabes si el orgullo es amarillo

o simplemente un dios

indiferente

y turbio.

Haces las paces con el mar

que en tu piel se dilata como un idioma nuevo,

tendido, desplegado.

Esta playa es igual

que una luna creciente

que se hubiese contraído

para escuchar el ritmo de los remos.

Tus pensamientos

parecen un susurro de hormigas afanosas

en donar al invierno

todas las joyas del verano.

Y el sol paga en los cuerpos

el precio del amor.

Brisa marina
y los árboles brillantes

A Laura y a Loida

Estás solo y sereno todavía

en una roca sobre el mar metálico.

Nadie te está esperando.

Nadie vendrá a buscarte.

Ya no cuentas las olas,

pero te llaman aún

«el que cuenta las olas».

Los picos de los montes de la costa

se pierden en la flébil

túnica griega de las nubes grises.

Estás solo y sereno todavía,

mientras el grito

de las muchachas ávidas de sal

se confunde en los oídos

con el chillido

de las gaviotas.

Estás solo y sereno todavía,

pero no cesan de llegar mensajes

de amigas o de amantes;

amigas bautizadas con el nombre

de guerreras germánicas:

como Loida, o amantes con el nombre

italiano y sensual

que Petrarca cantó en sus poemas.

Estás solo y sereno todavía,

pues se agotó muy pronto el vino blanco

que te entregó un amigo.

Has bajado ya casi

ebrio de tulipanes africanos

y flores de flamboyán,

hasta esta indómita y voluble

música de olas

que un pescador percute

en el borde rosófago del viento.

Las amigas y amantes

te siguen regalando sus palabras:

unas, para consolidar

una mutua adoración

sin homilías ni liturgias;

otras, porque son convidadas

ahora, en este mismo tiempo,

a odiarte con la minuciosa

pasión con que antes

perfumaron su cuerpo para ti.

Estás solo y sereno todavía,

tendido sobre cuerdas impalpables;

cuerdas que tensan una paz,

una serenidad, la calma

deliciosa y sagrada, altísima

entre las manos delicadas

y atroces del verano.

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