Acercamiento
al corazón de junio
Afírmate, di tu, ahora,
en este mismo instante,
cómo te llamas:
tu nombre y tu secreto.
Álzate y ve, pronúnciate,
junio o verano o cuerpo.
Revélate a nosotros,
mortales o desprevenidos
bañistas y creyentes y sensuales.
Yo te convoco,
pulso las olas,
dejo caer mi cuerpo entre las aguas,
beso a la amante o a la amiga,
me inclino ante tu altar
de coronada sangre y altas flores.
Ven, acércate,
padre, hermano, hijo o dios.
Muéstranos tu verdad
confusa y clara entre hierbajos, polvo,
y los pétalos más hermosos
que jamás florecieron en la tierra.
Sobre las joyas
del verano
Volcado sobre todas las lujurias,
no sabes si el orgullo es amarillo
o simplemente un dios
indiferente
y turbio.
Haces las paces con el mar
que en tu piel se dilata como un idioma nuevo,
tendido, desplegado.
Esta playa es igual
que una luna creciente
que se hubiese contraído
para escuchar el ritmo de los remos.
Tus pensamientos
parecen un susurro de hormigas afanosas
en donar al invierno
todas las joyas del verano.
Y el sol paga en los cuerpos
el precio del amor.
Brisa marina
y los árboles brillantes
A Laura y a Loida
Estás solo y sereno todavía
en una roca sobre el mar metálico.
Nadie te está esperando.
Nadie vendrá a buscarte.
Ya no cuentas las olas,
pero te llaman aún
«el que cuenta las olas».
Los picos de los montes de la costa
se pierden en la flébil
túnica griega de las nubes grises.
Estás solo y sereno todavía,
mientras el grito
de las muchachas ávidas de sal
se confunde en los oídos
con el chillido
de las gaviotas.
Estás solo y sereno todavía,
pero no cesan de llegar mensajes
de amigas o de amantes;
amigas bautizadas con el nombre
de guerreras germánicas:
como Loida, o amantes con el nombre
italiano y sensual
que Petrarca cantó en sus poemas.
Estás solo y sereno todavía,
pues se agotó muy pronto el vino blanco
que te entregó un amigo.
Has bajado ya casi
ebrio de tulipanes africanos
y flores de flamboyán,
hasta esta indómita y voluble
música de olas
que un pescador percute
en el borde rosófago del viento.
Las amigas y amantes
te siguen regalando sus palabras:
unas, para consolidar
una mutua adoración
sin homilías ni liturgias;
otras, porque son convidadas
ahora, en este mismo tiempo,
a odiarte con la minuciosa
pasión con que antes
perfumaron su cuerpo para ti.
Estás solo y sereno todavía,
tendido sobre cuerdas impalpables;
cuerdas que tensan una paz,
una serenidad, la calma
deliciosa y sagrada, altísima
entre las manos delicadas
y atroces del verano.