Miguel Pérez Alvarado (Las Palmas de Gran Canaria, 1979) ha publicado los poemarios Teoría de la luz (2001), que recibió el Premio Tomas Morales de poesía, y Levantado templo (2011). Su libro Hilo de tres puntas recoge una serie de conversaciones con el escritor Jorge Rodríguez Padrón. El ensayo que aquí presentamos, centrado en la estancia del poeta Alonso Quesada en Madrid, y la forma en que ésta repercute en su obra, pertenece a Tras la sístole, cuaderno de apuntes en torno al viaje y la escritura, que ya comenzara a ver la luz parcialmente en 2012 con la publicación de En el arar la mar en la colección Léucade.

Después de mucho tiempo deseando abandonar las Islas, Alonso Quesada emprende al fin su viaje a Madrid en 1918, una aventura que quedará marcada sin embargo por el temprano y violento regreso al que, según su propio testimonio, se vio obligado el poeta por una «imperiosa razón crematística». Pero incluso a pesar de la rotundidad de sus palabras, cabe pensar que su vuelta a Canarias no sólo se viese motivada por cuestiones económicas, sino que en ella también pesara significativamente la decepción que le causó el encuentro con el ambiente cultural y social de la capital. En ese sentido nos importa destacar aquí que, a pesar de que el carácter fallido de aquel viaje implicase una frustrante experiencia personal para el escritor, esa misma experiencia puede ser considerada como la llave que, a través del Poema truncado de Madrid, abre en lo literario un espacio de madurez inaudito hasta entonces en nuestra literatura, fraguado especialmente en Los caminos dispersos pero presente en toda la obra escrita por Quesada entre 1918 y 1925, año de su muerte. En concreto, el viaje de ida y vuelta a Madrid aportó a su escritura el quicio desde el que articular toda su obra posterior: la orilla. Una noción que, como no podía ser de otra forma, ya se encontraba presente en su obra anterior, incorporada a su vez en las de isla y aislamiento, pero que no será sino a partir de los poemas que constituyen el «ciclo del regreso» de su segundo poemario y las obras teatrales de La Umbría y Llanura cuando aparezca como clave expresiva de su escritura. Son las fuerzas desencadenadas por aquel viaje las que, operando contra la orilla insular, generan el salto cualitativo que se da en su escritura entre «el velero que no pasa jamás del horizonte» deEl lino de los sueños y la orilla clausurada por los cercos de la noche de Los caminos dispersos. Transformación del horizonte de posible que no se alcanza pero se anhela, en espacio que clausura y deja en suspensión el sentido en espera de un inminente desenlace.

«¡Hasta la orilla nada más! La noche / es como si a la orilla se acercara. / Hoy llego hasta la orilla / y se oscurece, súbito, el sol / sobre las aguas. / ¡No es posible el camino! / He de esperar la silenciosa barca. // Y el pensamiento incómodo labora / en mí y no puedo perdonarte nada; / ¡no puedo perdonarte esta condena / de isla y de mar, Señor…! // Una montaña / negra y una montaña azul, y el tiempo… / ¡Tiempo para contar estrellas en la noche / y quedar noche aún para esperar el alba…!» Alonso Quesada, Los caminos dispersos.

VIAJE DE IDA Y VUELTA

I. En una carta a su amigo Luis Doreste Silva escrita en agosto de 1917 Alonso Quesada reflejaba vivamente el impulso vital desde el que concebía su viaje a la Península: «Iré a Madrid en Abril. En diciembre recojo mis ahorros de siete años que ascenderán a unas mil pesetas y me marcharé un mes o dos a Madrid a saturarme de aires más serios. Necesito ver ferrocarriles, tranvías, automóviles y hombres algo europeos para poder llevar menos angustiosamente los años que me quedan a mi corta —de tan corta será divina— vida.» Ese anhelo de arribar al centro venía acumulándose en el escritor de manera obsesiva, al menos, desde que su encuentro con Unamuno en 1910 aguijoneara su joven inquietud por hacerse con una voz propia siempre en guardia contra los riesgos autocomplacientes del a-isla-miento.

II. Frente al anhelo inicial, su encuentro con la realidad madrileña del momento dio lugar a la devastadora constatación de la omnipresencia con que las contradicciones sociales, políticas y culturales rasgaban al país en aquellos años, avivados los conflictos por el mismo proceso de modernización que por aquel entonces, a unos meses del fin de la contienda bélica mundial, comenzaba a saberse ya resquebrajado, histórica e intelectualmente, en la propia Europa continental. Otra carta enviada a Luis Doreste Silva, de regreso ya Quesada en Las Palmas, deja claro el alcance de dicha decepción: «Traje de allí el grato recuerdo de los amigos. No fue otro mi pensamiento al ir: saludarlos a todos y conocerlos. Vi a Juan Ramón Jiménez también: ¡Una tarde de oro y malva, como sus tardes! Después de estos momentos íntimos, Madrid es tan idiota como este burdel canario, como debe ser todo el planeta.»

III. El Poema truncado de Madrid, publicado en la Revista España dos años después de aquella visita, es la personal narración de aquel «viaje pedante, idiota», como lo describió el propio autor, y sus versos pueden ser leídos, efectivamente, como la voz de un personaje periférico que tocando con su palabra el centro acaba clarificando, paradójicamente, la constatación de su evidente descentramiento. Pero de haberse quedado en eso, Quesada no hubiera sido mucho más que otro intelectual de entre aquellos que, viniendo de fuera, desvelaron lo falso del discurso y el ejercicio del poder político y cultural en aquel régimen pergeñado en el marco de la Restauración Borbónica. A lo sumo, quizás, un caso de gran interés para entender el panorama de alternativas expresivas del momento, veladas hoy a menudo bajo la fulgurante contundencia del esperpento valleinclanesco. De haberse quedado en eso, en fin, el Poema truncado de Madrid sólo podría ser leído como el resultado peculiar de un fracasado viaje de ida.

y IV. Alonso Quesada, sin embargo, no hizo del centro un vacío hueco quedándose allí para horadarlo con su palabra. Quisiéralo o no el escritor, impusiéraselo la falta de pecunio o la falta de agallas para superar su decepción inicial, Quesada regresó y sostuvo toda su obra posterior en el espacio abierto por las peculiares vibraciones que provocó ese regreso, concibiendo a partir de entonces no una escritura que en la periferia se sabe igual de lejana y perdida que en aquel centro, mucho menos convirtiéndose en testimonio de una voz que coloca a partir de ahora su periferia en el lugar del centro. El regreso de Alonso Quesada, y con él la perspectiva que permite leer el Poema truncado de Madrid no como una pieza extraña y suelta en su trayectoria sino en conjunción necesaria con el resto de su obra poética final, inaugura el abandono de la preocupación del poeta por localizar el centro para sustituirla por la pregunta acerca del lugar del propio sentido del centro mismo.

«El placer del texto no es forzosamente un placer de tipo triunfante, heroico, musculoso. No tiene necesidad alguna de hacer contorsiones. Mi placer puede perfectamente adoptar la forma de una deriva. La deriva adviene cada vez que no respeto el todo, y que a fuerza de parecer azacanado aquí y allá a capricho de las ilusiones, seducciones e intimidaciones de lenguaje como un corcho sobre una ola, permanezco inmóvil girando sobre el gozo insoportable que me liga al texto (al mundo). Hay deriva cada vez que el lenguaje social, el sociolecto, me abandona (como se dice, me abandonan las fuerzas). Por eso otro nombre de la deriva sería lo Insoportable —o incluso la Necedad.» Roland Barthes, El placer del texto.

EN EL LENGUAJE ABIERTO A LA DERIVA

I. Habita en toda la obra de Quesada una irresoluble insatisfacción con el lenguaje que la experiencia del viaje madrileño no hizo sino incrementar. manera recurrente, la escritura es empleada para nombrar los rasgos de su desarraigo personal o desvelar, mediante el despliegue de sus mecanismos críticos, las penurias y necedades de la realidad periférica que constriñe su anodino contexto vital. Aunque ese empeño parezca desvelarse insuficiente, una y otra vez el escritor retoma la palabra con la intención de zafarse de las limitaciones que le impone la necesaria obligación de tener que valerse de una lengua heredada: «Y mi alma, tiende sobre el mar dorado / una esperanza de mejores tiempos, / en ese instante en que las cosas todas / por demasiado ciertas nos engañan…»

II. Aunque el Poema truncado de Madrid mantiene y prolonga hacia delante ese hálito de insatisfacción con el lenguaje, en su composición el escritor canario experimentó los primeros pasos hacia una estética nueva que lo convirtió, según palabras de Lázaro Santana, «en la primera muestra que da Quesada de otra escritura distinta de la suya habitual y que excede las tentativas llevadas a cabo en años precedentes». Más concretamente, esa misma lengua, aun sabiéndose dada de antemano, comienza a sentir su potencial transformador renunciando a reflejar la realidad de la crisis social, política y cultural del final de la Restauración, e inaugurando dentro de sí la voluntad de desdoblarse y ser apertura de aquellas posibilidades que la ponen al servicio de su propia deriva.

III. Resulta importante destacar cómo los versos del Poema truncado de Madrid se valen del despliegue del propio discurso de la falsedad para pedir, abriendo un hueco dentro de sí como el ácido sobre la barra de hierro, no un impulso de regeneración bajo el mandato noventayochista, sino un abandono del sentido heredado: «¡Triunfo! ¡Aproximación / hispano-americana! ¡Novela / de Ricardo León…! / ¡Oratoria de Maura! ¡Real orden de Cierva…! ¡Nuevo Gobernador / en Barcelona…! ¡Apoteosis! / Función de gaña en el Español. / ¡La niña boba en la Princesa! / ¡Retrato en ABC de Camprobón! / ¡Excursión cinegética a los Picos de Europa! / ¡Foot-ball! / ¡Los reposteros nobles adornan la Bombilla! / ¡Hace una crítica don Julio Cejador! / ¡Estreno de polainas en la Castellana! / Blasco Ibáñez se vuelve a Nueva York…! / ¡Joselito es la patria! ¡El día vibra…! / ¡En Flandes no se ha puesto el sol!»

y IV. Aunque esta irresoluble insatisfacción desde la que escribe Quesada trasvase al texto una sutil desconfianza en la propia escritura, la permanente fidelidad que mantuvo para con ella, incluso después del decepcionante viaje a Madrid, le permitió ejercitar en el despliegue de esa paradoja condensación fecunda de una tensión creativa: la del ser que al desplegar su voz dice al mismo tiempo la falla que existe entre el palabra-identidad y la insostenibilidad que supone estar atado a la palabra que para nombrarla aumenta esa misma fractura. Abandonado todo centro de gravedad, hecha la palabra una fuerza girando contra los cercos de la orilla.

«El niño dice: ¿Dónde va el camino? / ¡Siempre empieza este camino / sin acabar el comienzo! / Yo le respondo: / Es un camino nuevo, / a cada instante empieza misterioso / sin llegar nunca a ser camino viejo.» Alonso Quesada, Los caminos dispersos.

LA ISLA EN SUSPENSIÓN

I. Entre los apuntes incompletos del Libro de los pasajes y en varios de los textos que componen sus Tesis sobre la historia, Walter Benjamin dedicó repetidos esfuerzos a construir su noción de suspensión de la dialéctica. El carácter fragmentario de la obra última del filósofo berlinés dificulta la clarificación del alcance con el que pretendía cargar dicho concepto, aunque quepa pensar que en el mismo veía Benjamin una piedra de toque para la renovación no sólo del materialismo dialéctico y, por lo tanto, la comprensión misma de la Historia, sino del propio pensamiento filosófico, ya que «propio del pensar es no sólo el movimiento de las ideas, sino también su suspensión. Cuando el pensamiento se detiene de repente en una constelación saturada de tensiones, provoca aquél en ésta una sacudida en virtud de la cual la constelación cristaliza en mónada.» Haciendo un uso más amplio de la noción, Giorgio Agamben ha propuesto entender la suspensión benjaminiana como «una oscilación no resuelta entre un extrañamiento y un nuevo acontecimiento de sentido» a través de la cual «lo universal no se alcanza por medio de un procedimiento inductivo, sino que se produce analógicamente en lo particular en virtud de su parada.»

II. Toda la fuerza generada por el viaje de Quesada a Madrid desemboca en los cercos de la isla donde la acción de la orilla la deja en suspensión. La isla se transforma así en espacio donde se experimenta una cesura rítmica abierta dialécticamente tras el contacto con el centro, lugar desde el que, contra todo pronóstico, no se pide la conquista del significado a través de la constitución de una clara y nueva fuente de sentido. Casi al contrario, la isla, hecha mónada, no sabe sino ofrecerse una y otra vez como el lugar donde se expresa sin remedio la relación de fuerzas traídas ante un vacío que pide ser colmado

III. Se entiende así que el origen de la fuerza expresiva de Los caminos dispersos no pueda ser, como se ha dicho en otras ocasiones, la necesidad de poner de relieve la esencial incomunicación que sirve de fondo para el despliegue de la personalidad humana, sino más bien la expresión del tormento que supone hacer gravitar sobre el individuo (y sobre la sociedad de una época) la transformación del sentido del mundo. El obligado regreso del escritor puede ser leído entonces no tanto como la confirmación de un fracaso personal, sino más bien como el mecanismo de intensificación de una pregunta abierta en el viaje de ida acerca del lugar del progreso, la civilización y, en última instancia, la verdad: «¿En qué lugar está la perspectiva cierta? / ¿En el rincón atlántico / sobre el solemne mar o en los caminos / de estos hombres rápidos / cuya es la hora tan breve / como una diminuta mirada de paso?…»

y IV. La respuesta a esta interrogante adoptó a partir de entonces en la escritura de Quesada la permanente conciencia de un destierro y la forma trágica de un deambular irredento contra los contornos de la isla. Es esta condición la que, quizás sin ser del todo consciente, captó Gabriel Miró cuando apenas unas semanas después del regreso definitivo de su amigo a Las Palmas le escribió confesándole su preocupación por «su destierro en la isla» aunque pocas líneas después el escritor alicantino no pudiera dejar de reconocer «que a esa isla dura y ferreña le debe Vd. una lírica exaltación, un comprenderse, una integración de sí mismo y la fuerza inicial de su arte tan suyo y tan acendrado.»

«[…] esta persona que danza se encierra, de algún modo, en una duración que ella engendra, en una duración eternamente hecha de energía actual, hecha de nada que pueda durar. Es inestable, prodiga lo inestable, pasa por lo imposible, abusa de lo improbable; y a fuerza de negar con su esfuerzo el estado ordinario de las cosas, crea en los espíritus la idea de otro estado, de un estado excepcional —un estado que sería sólo de acción, una permanencia que se haría y se consolidaría por medio de una producción incesante de trabajo, comparable a la vibrante posición de un abejorro o de una esfinge ante el cáliz de flores que explora, y que permanece, cargado de potencia motriz, casi inmóvil, sostenido por el batir increíblemente rápido de sus alas.» Paul Valéry, Filosofía de la danza.

DE UN DEAMBULAR IRREDENTO

I. Si el camino de la redención es el movimiento que lleva al desenlace al fin de una insostenibilidad, su consecuencia directa será la emergencia de una vuelta al origen. Así, el carácter específicamente transformador de la redención consistiría en el hecho de que su acontecer coloque el origen delante y no detrás, sin que ello suponga la anulación de la memoria traída sino, todo lo contrario, su integración en cada nuevo comenzar.

II. Quien gira dentro de la isla da fuerza a los motores que activan la suspensión; se sostiene en la tensión que pide el símbolo redentor. Por eso, la isla en suspensión no está marcada por la quietud ni por la huida, sino por la agitación: no sabe transformar el movimiento traído en hogar, perotampoco reemprender el viaje que lo encauce de nuevo lejos de la orilla. Y sin embargo, espera de ambos y a la vez una resolución que aún no llega y que la hace girar en trompo, en quicio, en falla mientras tanto. Es precisamente en la intuición de esa espiral, antes de iniciar la travesía en barco que le llevara de nuevo a las costas canarias, cuando Alonso Quesada escribió uno de sus más desesperados poemas: «Todo se agolpa en la existencia mía / sin llegar a fundirse. Ahíto de silencio / las divinas palabras se precipitan / en lugar de brotar, por el camino / secreto / que tiene el alma, / hacia la recóndita cripta / del sueño / y de la nada infinita… / ¡Palabras! Yo no sé lo que busco, ni si es de puro amor o de rencor impuro / la llama que ahora siento arder en el alma, / ni si es pensativa / o desesperada / mi razón maldita, / ni si mi ánima es / codiciosa o esquiva. / Sobre el mar que mañana me llevará de nuevo / a las playas remotas / donde retuerce su esterilidad mi vida, / tiendo los brazos, y el sollozo inmenso / del mar agranda mi sollozo humano.»

III. Teatro, narrativa y poesía construidos a partir de entonces sobre la conciencia de que ninguna inminencia garantiza necesariamente desenlace alguno, pero atados al mismo tiempo a la trágica asunción de que el solo hecho de abrir permanentemente cauce a la escritura constituya de por sí la condición de posibilidad para el advenimiento de un nuevo comenzar. El mismo quicio desde el que toda la angustia y la desolación presentes en la última etapa creativa del escritor reclama abrirse desde dentro para leerse transformados constantemente en su más enérgico recurso para la pervivencia de esperanza personal: el sostenimiento de la posibilidad del sentido gracias al carácter comunicable de la desesperación no salvada siempre aún.

y IV. No parece circunstancial para el entendimiento de esta tensión trágica que el escritor haya lugarizado cada uno de los poemas que componen Los caminos dispersos mediante anotaciones que dan su sitio a cada texto, intensificando en el libro la densidad del deambular irredento, Y lo es mucho menos que el primer poema venga a situarse en la «playa», escenario claro de la violencia que imprime la tensión acumulada por el viaje entre el arribar y el próximo partir, y el último de ellos «camino del monte», lejos de esa misma orilla, y permitiendo así alumbrar en estos versos finales una redención posible al fin que abra en el amor el espacio donde fundar y resolver en hogar la tensión acumulada por el viaje, y permita el desenlace de la isla suspensa en aurora nueva que traiga consigo la emergencia del sentido propio que acompaña siempre cada despertar.

«El olor del hogar cercano / —leña y aroma de tu alegre limpieza- / se pone contento. / ¡Contento está el olor! Llega a tus labios / y se hace un punto decolor en ellos. // – ¡Abre la puerta igual que tus brazos! Y la casa tiembla igual que tu pecho. Y ahora es tu aroma de mujer intacta / que alquitara mi amor imperfecto… // ¿Mi corazón será este hogar sencillo? / ¿Lo harán tu mano y tu piedad eterno…?» Alonso Quesada, Los caminos dispersos.

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