Hasta el momento, los últimos libros del escritor Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) son Detrás de los lápices. Antología poética (2001), El que desordena (2006) y la novela Calle Feria (2006). El texto que ofrecemos a continuación fue leído con motivo de la presentación del libro Canción errónea, de Antonio Gamoneda, que tuvo lugar en Valladolid a mediados de diciembre de 2012.

¿Y si lo coherente es repetirse? Me gustaría comenzar así esta aproximación a Canción errónea, a sus poemas, que ahondan en el mundo y en el lenguaje anteriormente entregados por Antonio Gamoneda, confirmando a ambos. Lo coherente, en efecto, es repetirse. En una sociedad que apuesta por el recambio veloz, por lo inaudito o por el espectáculo de lo nunca supuesto —el «más difícil todavía»— hay quien vuelve a visitar un armario lleno de sombra y sigue extrayendo de ahí insistencias luminosas.

Sucede, en lo que toca a la consideración de la poesía de un autor, que la persecución crítica de su obra se sujeta a un protocolo bien sabido: el protocolo que hace de la evolución de la escritura un factor obligatorio que hay que procurar constatar. El poeta, en efecto, debe evolucionar en su personal itinerario expresivo. Y suele entenderse por evolución algo similar a una superación de etapas anteriores, apertura a otros modos de discurso o adquisición, más o menos modulada, del timbre.

El caso de Antonio Gamoneda es el de quien marca desde el principio un territorio temático y léxico al que siempre va a ser leal. Y esto de manera tal que en Sublevación inmóvil, su primer libro publicado, brota ya de manera seminal lo que va a seguir siendo así desde entonces: una escritura de relaciones subcutáneas que —como ha contado Miguel Casado— «crea estratos y tiende hilos entre sus poemas, opera como un extraño sistema de ecos y sugerencias, de perturbaciones y luces». Es como si aquella primera base de imágenes interiorizadas y de palabras fundadoras trascendiese los límites del libro tomado como unidad distintiva. Cuando leemos en la edición decisiva de 2004 de su poesía completa, y en la sección que él llama «Primeros poemas»: «Mis lágrimas entran en la luz», podemos entender ya que se estaba hablando entonces, en 1947, de una manifestación de la visibilidad que va más allá del hecho físico del llanto. «Mis lágrimas entran en la luz». O sea, ‘el dolor se está haciendo escritura’. Escritura poética. La luz es, pues, el lenguaje. Esta luz.

Si hablamos ya de Canción errónea, quisiera referirme a lo que ha significado la experiencia lectora —mi experiencia, claro— ante un libro así. Nada parecido a una cita a ciegas con lo imprevisible o a esa organización calculada de la sorpresa que en muchas ocasiones hay que esperar de un poeta. Para mí, leer un libro de Antonio Gamoneda fue siempre la llamada a un erizamiento. El lenguaje que salía chorreando vivo todavía de un espacio no compartido con lo acomodaticio me quedaba fosforesciendo en la conciencia lectora, duraba más allá de sí mismo y acompañaba en su resistencia a quien se dejaba atravesar por esas palabras graves pero, a la vez, investidas de una crudeza distinta: la crudeza del desvalimiento. De modo que cuando conocí Canción errónea se me vino otra vez encima toda la poesía anterior del autor. No había desmarque en estos poemas ni siquiera novedades sustanciales sino ratificación —repetición, decíamos de manera gruesa antes— y, de nuevo, compañía. «Se sabe que un poema lo es cuando nos sigue acompañando» así definió alguna vez Gadamer a la poesía. Justamente eso es lo que me ha ocurrido con este último libro de Gamoneda. Leerlo ha sido reavivar aquel erizamiento ante una lengua familiar de la que uno no quiere —no puede— ya alejarse nunca. Y antes, la cosa siempre fue así.

Hay algo más que me ha asaltado con recobrada intensidad ahora, en la lectura de Canción errónea: la persistencia en la inmovilidad. De eso vamos a hablar.

Sublevación inmóvil , aquel libro de 1960, ya parece predecir en ese título contradictorio la ebullición de lo interior, la imposición de un mundo en el que los deseos son también ingrediente mental irresuelto. El poeta es el que actúa pero también el que resiste en la quietud: se subleva y, a la vez, está inmóvil. De estas disociaciones se ha nutrido la poesía de Gamoneda: «Qué hago con las ganas locas / de ser agua en la sed, sed en la fuente», se había preguntado ya en aquellos poemas iniciales. Y más adelante, convertida esta disyuntiva en otra de alcance ontológico: «Soy el que ya comienza a no existir / y el que solloza todavía. / Qué cansancio ser dos inútilmente». Roberto Juarroz había experimentado algo parecido: «Pero ¿quién está adentro, / además de estar yo?». Esta misma zozobra, pero ya no sé si trasladada de la angustia a la mera curiosidad, persiste en Canción errónea como efecto de la desconfiguración de una identidad que no acaba nunca de manifestarse enteriza y que se escabulle en una disgregación irremediable: «¿Soy yo / materia vertebrada y / materia pensativa? No / sé», se lee en este libro. Quien escribe esto se está preguntando por sí mismo. Hay, pues, tres cabos de hilo buscándose: el que lo dice, el que está pesando en el mundo, el que no se encuentra a sí mismo fuera de lo mental interiorizado. Lenguaje, gravedad e inmovilidad. Traspasado a agentes propios del mundo del poeta: música, edad y pensamiento.

En realidad, tanto las menciones a lo que calla como a lo que no se mueve —esos dos modos de negar adicción al mundo excedente— han atravesado siempre por esta poesía: «Un bosque inmóvil, sin espacio…»; «Nada se esconde al gavilán inmóvil», «Subir al agua inmóvil», «hallo espinas inmóviles»… son imágenes —solo algunas de entre tantas— que así lo muestran. El sentido último de esta inmovilidad, eje central de esta presentación, se ha considerado de diferentes modos a través de la escritura de Antonio Gamoneda: inmovilidad como signo de resistencia personal para no ingresar en la inercia de un engranaje social contra el que él se levantó —y recordamos aquí los versos repetitivos y las estructuras inmóviles, enroscadas en sí mismas como mantras, de Blues castellano—; inmovilidad como indicio existencial de exhaustividad —«Siéntate ya a contemplar la muerte»—; inmovilidad como temor a caer en los dominios desplegados del tiempo, a la edad, a su pasaje hasta lo inerte, hasta la última forma de lo inmóvil: la inexistencia.

Y llega Canción errónea. También en el libro aparecen esos signos de un detenimiento: «Ver / el tiempo en su inmovilidad y después / advertir suavemente su desaparición»; «de los pinares inmóviles / surge la musculatura de las cuencas inversas»; «conduces relámpagos a la inmovilidad»; «En las redes violentas, ciudadanos inmóviles / averiguan el interior de sus llagas»; «Ay de ti si retuvieras / en tus nervios silvestres / la claridad inmóvil de un día incesante». No sorprendería que, más allá de las expectativas que el poeta pudiese prever —prever no es un verbo que pueda aplicarse con facilidad al proceso creador de Gamoneda, que actúa más bien, él lo ha dicho, entre imposiciones intuitivas—, Canción errónea sea llevado, en las lecturas que a partir de ahora lleguen, hasta los límites de una ataraxia, de una indolencia pacífica en las cercanías de un cierto quietismo contemplativo. Solo que él, tan poco o nada doctrinario, lo denomina una y otra vez sencillamente así: indiferencia («Han desaparecido los significados y nada estorba ya a la indiferencia», se lee en el poema que inaugura Canción errónea). Esa indiferencia, por fuerza, ha de tener que ver entonces con algo buscado anteriormente por el poeta que proclamaba en Cecilia. «Todo es visión, todo está libre de sentido»; o sea, ‘contemplar’ contra ‘interpretar’: esa es la consecución decisiva y terminal de esta poesía.

Esa ausencia de significaciones queda trascendida en Canción errónea, donde la neutralización entre ‘ser’ y ‘no ser’ —tampoco desconocida para Tàpies, por citar a alguien cercano en espíritu al poeta leonés y que se asoma en la cubierta de la edición de Tusquets— ya no lleva a la perplejidad a quien así la experimenta. Las fórmulas familiares de despreocupación —«no sé», «es igual», «En fin, lo dicho»— parecen solventar en el territorio del desinterés esas cuestiones que surgen en el libro con espesor ontológico: «¿Estoy yo en mí? ¿Qué hago yo en este instante? ¿Estoy / mirando el lauro y las glicinias inmóviles? No / sé. Realmente, / no sé».

Como un tapiz implacable donde se ha derramado a la vez la existencia y su sentido, brotaron pronto en la escritura de Antonio Gamoneda relaciones nudosas que hicieron del discurso —ya hemos podido advertirlo en otras ocasiones— un mural no dominado por secuencias formales sucesivas sino por vinculaciones que entablan un diálogo repentino entre diferentes frecuencias de este discurso global. «Después del conocimiento y el olvido, ¿qué pasión me concierne?» se leía en Descripción de la mentira. La cuestión irá rebotando a través de años y de versos hasta encontrar su respuesta en Arden las pérdidas, donde se lee: «Ahora / mi pasión es la indiferencia». Y, como de costumbre en Antonio Gamoneda, la aparente clausura de aquella pregunta formulada casi treinta años antes y ahora por fin contestada supone a la vez un punto de partida que se cerrará definitivamente —o no: lo definitivo no puede tener cabida en esta escritura suspensa— en Canción errónea. Por ejemplo, en un poema donde todo sucede ante un locus de lo elemental (mar, silencio, temblor de palmeras, arenas volcánicas), resurge la tentación por suponer el hecho de existir de otro modo: «Si este instante se extendiese hasta cubrir mis asuntos y mi pasión fuese realmente la indiferencia y yo permaneciese así, ciego, adivinando el perfume de las adelfas salvajes, quizá descansase de esta extraña tarea: ser / sin voluntad de ser y sin voluntad de no ser, poseído / únicamente por una vibración de palmeras». Pero el poeta de la desconfianza en lo simplemente bello —fácilmente bello, diríamos— no se fía de eso; nunca se fió («No comprendo. Solo / veo belleza. / Desconfío», así se remataba aquel poema de Blues castellano). Y ahora, ante la vista de ese paisaje de extraña primordialidad, el poeta insiste: «Pero mañana las adelfas podrían exhalar el aliento infeccioso»; y entonces, en el tono de ensimismamiento que domina Canción errónea, se concluye: «Quizá mi preferencia sea / que esta noche despojada de estrellas / se resuelva en un tiempo inmóvil». La inmovilidad, sí, siempre como elección, como destino.

Pero la inmovilidad también como fidelidad a un perímetro de palabras y de obsesiones del que él no va a salir porque siguen siendo sus palabras y sus obsesiones. Sus reiteraciones léxicas y fraseos recurrentes, sus idas y venidas a las cámaras de su poesía anterior —hasta el punto de reinstalar con leves variaciones un poema anterior como punto y final de Canción errónea—, la reaparición de presencias —de amigos, de testigos de su vida, de seres queridos— que acompañarán hasta el final al poeta son signos de una conducta que, dice en nota última el autor, «la necesitaba así». La confesión explícita exime de más explicación aquí. Hay poemas alzados con material léxico anterior reunido a duras penas en nuevas piezas como un acto de cercioramiento; así creo yo que hay que leer el que comienza «Creo en la ira. Es invierno. Nieva sin esperanza». La imaginación, ese presunto ingrediente poético, no desliga nunca al poeta de ese mundo en que ha encallado su poesía. Como decía René Char, presente también en Canción errónea: «Mi imaginación no me conduce nunca a la evasión».

En todo caso, esta escasez de léxico, de temática enclavada para siempre en su escritura, de imágenes que parecen perseguir una y otra vez, y sin visos de disolverse, al poeta son correlato de aquel concepto que Gamoneda alzó como eje primordial de su escritura: la pobreza. La pobreza es la manera en que todo comenzó, y que tantas veces él ha recordado, también en su relación con la poesía: con un solo libro, el de su padre, en casa; al final de la travesía, esta pobreza ha pasado por transfusión a su propia escritura —tan compleja y tan veraz— convertida en anemia léxica, en falta de exuberancia, en replegamiento a un mundo de insistencias que siguen siendo su verdad. No hace mucho, charlando en su domicilio leonés a propósito del poeta expresionista Trakl, Gamoneda nos hacía notar su preferencia por él precisamente por ser capaz de alzar su escritura sin rebasar una combinatoria mínima con un exiguo vocabulario personal suficiente. Vi de inmediato en ese parecer una manera replicante de lo que él, con honestidad y sin atender a expectativas y prejuicios espurios —«literarios», diría Gamoneda—, hace con su propia poesía. La escasez es la clave. Sí: mantenerse en esa inmovilidad.

Pero querría terminar de otra manera esta presentación. Esta actitud terminal no va a desvitalizar esta escritura, a pesar de que una voz cansada que dice: «En mí no hay más que cansancio / y un antiguo extravío»; «No merecía la pena / tanto cansancio sin destino» parece renunciar ya a seguir excavando en los intríngulis de la existencia. Uno siempre ha visto, pese a todo esto, amor a la vida en la poesía del autor. Y también algo parecido a una disposición a la excitación de una conciencia. El verbo amar menudea en primera persona en la poesía de Gamoneda. También en Canción errónea está presente: «Yo amo / todo cuanto he creído / viviente en mí». Eso dice. Y también: «Únicamente he aprendido a desconocer y olvidar. Es extraño. / Todavía el amor / habita en el olvido».

Por otra parte, el libro es recorrido por un latido crítico que reafirma las preocupaciones sociales del poeta de siempre: «¿Es esta la tierra? Estaba limpia bajo las estrellas», dice un verso que es una insinuación de sesgo ecológico. Y se sigue luego así: «Por esto y por lo que concierne a la numeración de la tisis, a los tumores industriales y a la metralla en el vientre de los niños asiáticos, hay que hacer algo».

Del mismo modo, la relación directa con el mundo natural infunde «en nuestra inversa esperanza alguna / frescura matinal», dice otro poema de Canción errónea donde se canta como en un bodegón de palabras a las ciruelas, a las manzanas, al vino… «Frutos desnudos en su majestad», así se les designa. «Yo amo esta insurgencia vegetal», proclama el poeta.

Y nosotros, con él, nos agarramos a esa proclamación para seguir creyendo en la vida a pesar de que esta sea, como decía Schopenhauer, «un reino de azares y errores», una canción inmotivada y sin tino pero que, en su bárbara oquedad, es capaz de promover esa adhesión amorosa y dolorosa de la que sigue dando cuenta todavía la poesía leal y exigente y distinta en su previsibilidad de Antonio Gamoneda.

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