Jesús Díaz Armas (Tenerife, Canarias, 1963). Licenciado y Doctor en Filología Hispánica con una tesis sobre Vida de San Francisco, del poeta canario fray Andrés de Abreu (1647-1725). Fue profesor de Lengua castellana y literatura en Secundaria entre 1989 y 1999 y, desde entonces, en el departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de La Laguna, donde imparte clases sobre Literatura infantil y juvenil y Didáctica de la Literatura. Es miembro del Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna. Ha publicado traducciones de poesía italiana, entre ellas Vida fiel a la vida, antología poética de Mario Luzi (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), así como ediciones y estudios sobre literatura española del Siglo de Oro y sobre Literatura infantil y juvenil. Recientemente han visto la luz en publicaciones periódicas algunos de sus poemas.
[I]
Él dirigió sus pasos con firmeza hacia la ventanilla 10, sin dejar de felicitarse porque hubiera sido escuchado en algún lugar su ruego de que al número de tique VO63 le tocara precisamente esa mujer de semblante dulce que prometía ser todo lo contrario de la rudeza que aguardaba seguramente a todos sus anónimos coexpectantes de la sala de espera.
Ella se saltó todos los protocolos, ignorando que el certificado A-12 que él estaba presentando había caducado el día antes, miró a su alrededor con disimulo para no ser acusada de heterodoxia funcionarial y estampó su sello en la solicitud de él, con la misma dulzura con la que lo miró después fijamente a los ojos.
Él cometió el error de no saltarse todos los protocolos, y también las mesas y vitrinas, para jurarle que la amaría hasta el fin de sus días por aquel gesto de desafiante rebeldía, y al día siguiente acudió de nuevo a la oficina para presentar una declaración solemne de amor, consignada, como manda el reglamento, en el modelo B-13, que recogió sellándola, sin cometer error administrativo alguno, el señor asténico de la ventanilla 9.
[II]
El día en que todas las mujeres del mundo se tatuaron en el cuerpo sus versos preferidos, los lectores prefirieron la piel a los libros, que dejaron de hacer falta. Los académicos esta vez no estaban preocupados por el nuevo soporte, ya que suponía una vuelta al pergamino y eso les licuefactaba el alma. Pero los servicios bibliotecarios hubieron de intervenir a fin de garantizar el acceso de toda la población a la poesía, que empezó a ganarle sitio a la novela. A pesar de que se les explicaba que la gracia estaba en la condensación, narradores, doctorandos y ensayistas se afanaron en la redacción de versiones rimadas de sus libros. Los editores, luego, estimularon los procesos de lirificación, o poda sistemática de los poemas épicos en que se habían convertido los libros más sesudos a fin de que cupieran en diez espaldas como máximo. Empezó a mirarse mal a los autores de trilogías y algún tetralogista llegó a ser defenestrado. Luego todo fue complicándose. Las consejerías de educación obligaron a los profesores a tatuarse los libros de texto y los manuales universitarios y, cuando habían de revisarse, se contrataba a interinos y se jubilaba a los portadores de conocimientos obsoletos, favoreciéndose así la contratación de mano de obra cualificada por dentro y por fuera, aunque las administraciones tendían a preferir a los candidatos obesos. Los diarios, en cambio, perdieron peso y dejaron de formar la opinión pública, así que la gente ya pudo pensar por sí misma, pues no se encontraba a nadie que quisiera perpetuar en su cuerpo un conocimiento efímero. Por razones humanitarias, especialmente en los climas tropicales, se permitió la libertad de prensa y se prohibió la censura. Fueron justipreciados los obesos y, por tener más cuerpo, preferidos como lectura por las personas de vista fatigada, mientras que eran despedidas las modelos escuchimizadas que no tuvieran al menos una talla jaicu. En las bibliotecas los libros fueron sustituidos por aplicaciones informáticas que permitían el acceso onláin a cada espalda, cada hombro, cada nalga, y el lector iba saltando, enlace tras enlace, como una pulga feliz y ensimismada.
[III]
Empezó dedicándose al mecenazgo casi sin darse cuenta, y cada día profundizó más en ese nuevo y desconcertante estado, él, que siempre vio aquellas prácticas como algo lejano, difuso y confuso, cosas de gente rica. Modesto funcionario, comenzó por soltar pesetas en algunas manos extendidas, aunque sólo en las de aquellos pobres que juraban por los dioses que si pedían era para vino u otros vicios. Luego se dedicó en exclusividad a mantener a Ismael. El despreocupado, el bohemio, el siñornascosto. Pagaba las facturas, le daba alojamiento y comida, satisfacía todos sus caprichos, sus borracheras y viajes y hasta sus muy caros útiles de trabajo, pues añadíase al mal de tener que alimentarlo el de la extraordinaria versatilidad del protegido, que era fotógrafo, artista plástico, escultor, actor, director de teatro y quién sabe cuántas cosas más. Y lo hacía gustoso, consciente de su propia mediocridad y como calentándose a través de la vidriera con las glamurosas luces que vislumbraba en la vida de su alter ego artista.
Ni siquiera le importó percatarse de que la relación minaba su yo primero, que, si bien no era el más genuino, al menos había llegado antes. El construido con tanto esfuerzo a lo largo de los años. La correspondencia era siempre para Ismael, las invitaciones a exposiciones, cenas románticas, veladas artísticas, los mil recados que tenía que contestar en las redes sociales, el número infatigable de sus admiradores, seguidores e interactuantes.
Languidecía. Creía estar viviendo, pero quien lo hacía, y a lo grande, era ese otro excrecente yo, su yo otro y parásito. Un mesievelé siempre alegre, con la sonrisa y la frase irónica y precisa a flor de labio, el encantador de serpientes, el brillante seductor.
Y ello constituía el germen resistente, inatacable, de su problema, pues a este esplendente misterjaid sin maldad, inconsciente y bohemio, no se le podía odiar por más que se intentase. Aunque hubiera mil motivos para ello.
Sebastián, por otro lado, tenía menos motivos que nadie para hacerlo desaparecer. Ismael podía permitirse una vida sin límites justo porque Sebastián deseaba ser él y no podía.
La solución se le aparecía clara en la mente. Pero paralizaba su mano, única duda, quizá irresoluble, el que no hubiera otra forma de matarlo que no incluyese también un suicidio.
[IV]
—Comenzando con mi agradecimiento a los organizadores por haber sido invitado a esta ciudad hermosa a la que me unen tantos lazos y que siempre se caracterizó por la liberalidad y el espíritu avanzado de sus habitantes, debo decir también, antes de entrar en materia, que me siento abrumado por la confianza que se deposita en mí, pues no creo yo que pueda aportar gran cosa a los temas que aquí se tratan. Sin embargo…
Ya a estas alturas, el reverenciado conferenciante se encamina, vacilante, hacia el público, por sentir más su presencia, desorientado ante la accidental miopía que producen los focos, y prosigue. Tiene los cabellos ralos, y largos allí donde se puede. Viste yins y zapatillas deportivas. Y está cansado en igual manera por la edad, por el viaje y por las copas que se ha tomado en el reencuentro con los viejos amigos. El público, postrado y ganado de antemano ante la historia personal que este sublime hombre porta a sus espaldas, asiente en silencio para no perder ni una palabra ni uno solo de sus silencios, y sonríe mudo, y abre los ojos muy abiertos, dispuesto a subrayar con una carcajada la broma a punto de llegar, con un aplauso la frase que ratifique las verdades que el prohombre lleva dentro y con un rumor como de entraña la satisfacción final que sabe va a sentir cuando concluya.
—Y no hallo mejor manera de comenzar esta intervención mía que refiriéndome a la larga conversación que hemos tenido, durante el viaje y después de él, algunos amigos que participaremos también en este oportuno foro: todos ellos, gente de mi generación, marcados por acontecimientos históricos de gran relieve y hondo dramatismo. Personas que no cuentan demasiado, por desgracia, a la hora de tomar decisiones. Personas que han vivido mucho. Y han sabido vivir. Que han entregado cuanto tenían a los proyectos en los que se involucraron. Hablábamos, claro está, de la actual situación, que curiosamente no nos parecía muy lejana ni diversa de aquella que tuvimos que vivir en nuestros tiempos, cuando tampoco, como ocurre ahora, estábamos preparados para lo que venía aunque sí teníamos, no obstante, aquella ilusión y aquella fuerza que nos daba una juventud recién estrenada y restallante.
Y suda ahora el prohombre, a causa de los focos, quizá, o del cansancio. Se le ve viejo. Prematuramente viejo y premeditadamente descuidado. Y quizá algo trastabillante, a pesar del verbo bien construido. Aquí el auditorio imagina que el reencuentro con los amigos se ha acompañado de alguna botella de vino, y el conferenciante lo confirma por sí solo al confesar, después de un inaudible eructo susurrado al micrófono, que se ha comido, se ha bebido y se ha hablado mucho en la sobremesa. Y el público sonríe y aplaude, divertido con la confidencia que hace aún más humana y accesible la figura.
—Y retengo de aquella conversación, sabrosa y larga, la conclusión a la que llegamos, después de comparar lo que ahora ocurre con lo que sucedió entonces, conclusión unánime que me va a servir como preámbulo y también como remate a mi intervención. Analizados los pros y los contras, las estructuras informantes, los condicionamientos y las particularidades de uno y otro momentos, fue mi gran amigo Claudio el que resumió lo que estaba pasando con estas sencillas y premonitorias palabras lapidarias:
Aquí el conferenciante hace una pausa, calculada para medir el efecto de sus palabras y, aunque no pueda ver al público, para sentir al menos su respiración de amansado animal, su presencia y su total atención puestas en él y, antes de rubricarla con un inesperado vómito y un desvanecimiento rotundo, lanza al aire la gran revelación:
—Coño, no me acuerdo.
Y aquí el público, unánime, aplaude a rabiar.