Ángel tras el cristal

[…] es nähme einer mich plötzlich ans Herz: ich verginge von meinem stärkeren Dasein.»
(«Si alguien me apretara de pronto contra su corazón: perecería por su más poderosa presencia»)
Rainer Maria Rilke (1875-1926)

Con el simple propósito de anunciarse como mero intermediario, el compositor finés Einojuhani Rautavaara (Helsinki, 1928) nos refiere a través de su obra musical —acunada en el extenso y profundo nido del lenguaje dodecafónico— la voluble amplitud del alma humana, sus intrincados pasadizos y angostos espacios íntimos, aunque también las apacibles estancias donde honrar con sosiego la intensa capacidad de la vivencia, abrazando la aterciopelada y discordante quietud que sólo se concibe de modo sublime en la discreción con que se recibe su destacada labor creadora.

Y es precisamente esa discreción la que, con demostrada solvencia, distinguida personalidad y tenaz proyección han abanderado las artes en Finlandia; país tradicionalmente considerado retraído, sobre el que se tiende a desplegar, siempre con torpe estrépito, una fascinación flotante, como un halo de rancio misterio (la discreción, justamente); objeto frecuente de impertinentes exotismos y de aún más extravagantes mitos, probablemente gestados en el seno de una arrobada admiración por todo lo relacionado con cierto personaje de imprecisa filiación cultural tachado de entrañable y bonachón, o tal vez por las bondades de sus singulares baños de calor, y también, hay que decirlo, por ese indecente morbo que suscita la célebre querencia que al parecer tienen sus habitantes por el suicidio.

Lejos de esos infundados y condescendientes tipismos, residuo aún tóxico de la insistente proclividad etnocéntrica que durante tantos siglos viene siendo piedra angular sobre la que se fundamenta de manera sólida, aunque endeble, el edificio cultural de este mal llamado —también—viejo continente europeo, Einojuhani Rautavaara, sin duda alguna una de las más afamadas personalidades de su país natal, se nos presenta como humilde heredero y atento embajador de esa voluptuosa vocación finlandesa por la callada nitidez, por la solución clara de las formas que da cabida a contenidos de mayor volumen, en la proporcionalidad orgánica que persigue todo ciclo natural: el orden en la dimensión.

Quizás fuera precisamente este concepto el que persiguiera el maestro Jean Sibelius (1865-1957) a través de su inestimable legado sonoro. Su herencia, dentro y fuera del país báltico, tanto para sus contemporáneos como para los que le sucedieron, posibilitó el acceso a ese estado de las cosas a las generaciones de músicos que han proyectado su monolítico lenguaje postromántico, desarrollándolo posteriormente, como a los que se desmarcaron de él en busca de otro tipo de discurso musical que se ajustara más a las necesidades expresivas e ideológicas del momento, sin dejar de resultar por ello menos interesante, dada su marcada singularidad. Estas tendencias, basadas en la concepción y asunción de nuevos caminos por los que transitar, brindaron a Finlandia la institución que honraría para siempre su nombre y personalidad creadora: la Academia Sibelius. Fundada en 1882, se ha establecido hasta nuestros días como refugio y bastión donde cristaliza la bullente, dinámica y particular percepción de la sustancia musical que vincula al pueblo finlandés con el resto del mundo, y que se sitúa en la actualidad entre los más grandes y prestigiosos conservatorios de Europa, con cerca de 1.700 matriculados en las muy diversas y diferentes disciplinas musicales que allí se imparten.

Al igual que la mayoría de los compositores y músicos finlandeses con cierta proyección internacional, Rautavaara también recibiría allí lecciones de composición de la mano de grandes profesores y músicos del momento, adentrándose en la senda voraz de las vanguardias que surgieran a mediados del siglo xx, por las que ya se había sentido seducido durante sus años de estudio —de 1948 a 1952—, bajo la atenta y sabia tutela del maestro Aarre Merikanto, gran conservador y celoso custodio de aquella tradición que terminaría por refomular y situar a Finlandia entre los países que actualmente más han contribuido al asentamiento de nuevas bases para la música clásica contemporánea, sin rechazo de la tradición, pero tampoco solazándose en ella demasiado, dado el carácter inquieto y experimental por el que se han distinguido los creadores de aquel país, ampliándose a todos los campos de la cultura en general y el arte en particular.

Siendo consciente del talento del joven músico, y tal vez para asegurar la consolidación de sus recientes tendencias creativas, algunos años antes de su muerte, el maestro Jean Sibelius proporcionó a Rautavaara, gracias a su honorable recomendación, el acceso a una beca de estudios en la Juilliard School de Nueva York, donde el futuro compositor de Cantus Arcticus (una de sus obras más destacables) continuaría su formación junto a Vincent Persichetti, mentor también, entre otros, de Philip Glass o del pianista Thelonius Monk. Es en Tanglewood (Massachussetts) donde continuaría su formación junto a Aaron Copland y Roger Sessions, ambos destacados compositores y críticos. Allí, la ya bien incubada cáscara que protegiera durante varias décadas el caldo creador del que se nutre toda la obra sonora de Rautavaara, eclosionará hacia una mirada mucho más desapegada de los formalismos que aún la atenazaban, adentrándose con prudente lentitud en la naturaleza espectral del sonido como organismo invisible y de tacto extenso, alejado de toda sucesión organizada y programada de episodios musicales dispuestos sobre la oculta rigidez de una secuencia temporal.

Si bien en gran parte de su obra existen títulos que podrían delatar alguna inclinación hacia la mística o lo místico, Rautavaara revela que en realidad su música viene a menudo de la mano del misterio verbal que, como sellos, encierran los títulos y no la presunta experiencia directa a la que éstos puedan llegar a referirse. De este modo, advertimos la presencia de los ángeles planeando sobre varias composiciones suyas: Angels and Visitations («Ángeles y Visitaciones»), de 1978, composición para orquesta que inaugura su «Serie Angélica», como él mismo la denomina, y cuyo primer impulso inspirador se lo ofreció la lectura de la obra poética de Rainer Maria Rilke. Dicha serie irá aumentando con su Concierto para Contrabajo, Angels of Dusk («Ángeles del Crepúsculo»), de 1980; Playground for Angels («Patio de juego para Ángeles»), de 1981, composición para conjunto de viento metal; y más tarde se incrementaría con su Sinfonía nº 7, subtitulada Angels of Light («Ángeles de la Luz o Ángeles de Luz»), de 1994; también su Concierto para Órgano alberga sonoridades de tinte angélico en su título: Annunciations , («Anunciaciones»), obra compuesta entre 1976 y 1977, aunque no esté encuadrada directamente en dicha «Serie».

Estos «ángeles», como él mismo nos informa, «no tienen su origen en los mitos o en la palabrería religiosa, sino en la convicción de que existen otras realidades más allá de lo que normalmente somos conscientes, formas totalmente diferentes de conciencia». Esta afirmación nos orienta inevitablemente hacia el universo mítico de William Blake, y a su vez, convoca a esas divinidades sobre las que Rilke también proyectara su hacer poético.

En ese mundo impronunciable y penetrante de los sueños, la infancia onírica de Rautavaara se vio a menudo perturbada por la visita de una criatura de gran tamaño, silenciosa y de aspecto grisáceo, investida de un enorme poder, que se le acercaba cada noche, apresándolo con terrible fuerza entre sus brazos firmes, lo que daba paso a una lucha titánica por liberarse del angustioso cautiverio. A menudo exhausto y al cabo de sus fuerzas, despertaba entre gemidos con el temor aún palpitante de una nueva visitación de aquella presencia, que él suponía de naturaleza angélica. «Después de tanto luchar, finalmente, aprendí a rendirme», dice, «a entregarme a aquella criatura, para formar parte de ella».

Tras la revelación, las visitas nocturnas finalizaron, en efecto, pero resultaría concebible pensar que no abandonaron del todo su territorio más íntimo, contribuyendo a una particular sustancia tímbrica, intrincada, enmarañada y difusa, dotando a sus composiciones de un extraño color indefinido, aunque penetrante, que aplica a cada paisaje sonoro formado por sus notas y dictado por una inspiración descubierta a temprana edad: la atenazadora presencia, tal vez, de Dios, o de la misma Muerte, por cuyos parajes también debió discurrir el compositor por causa de una complicada enfermedad, superada con no pocas secuelas, entretejida con cautela en las tramas sonoras de gran parte de su obra más reciente.

Sean ángeles u otra clase de criaturas o entidades, éstas lo son en tanto que dictan en silencio y obtienen respuesta en el idoma musical de manera magistral mediante el entregado talento de un hombre. En la serena humildad de su esmerado ejercicio compositivo, justo en ese presente que discurre en su constante renovación por el territorio privado de su universo sonoro, Rautavaara se ve a sí mismo como un mero canal que nos remite a la existencia de otro mundo situado más allá del que podemos experimentar a través de nuestros sentidos y que no han de limitarse a cinco solamente.

Desde esa parte de la existencia mundana aún sin alumbrar, la obra musical de Einojuhani Rautavaara conjuga en su acto final la apertura hacia la luz con todos los elementos ahora visibles y disponibles para fundar a un nuevo ser humano, que actúe como medio y no como fin del organismo que ya es en sí mismo, como asistente y representante de su propia naturaleza, frágil y transitoria, que tanto lo atenaza; pero también como porción diminuta del universo, el mayor organismo conocido; de esta manera el compositor reaparece como mensajero del instante que todos los seres humanos compartimos en tiempo y forma; como asistente desde una posición estética y, por qué no, ética, que rediseña, redispone y extiende su razón de ser en el mundo.

Tal manera de concebirse como «ángel», en su primaria acepción etimológca como «mensajero», dista mucho de un entendimiento jerárquico y uniformizador de la existencia. En su universo, Rautavaara nos invita al reconocimiento de la fusión, la gravitación y la oscilación del movimiento libre y voluble que existe y persiste en cada vibración del aire, mediante unas texturas sonoras dispuestas de tal modo que habitan y desalojan, al mismo tiempo, la compleja y apasionante arquitectura de cada conciencia sensible, y por ello, creadora.

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