Bodas del tiempo
y de la luz
(Notas sobre la poesía de Andrés Sánchez Robayna)

Aunque nacido en Chicago, en 1952, la infancia y adolescencia de John Noyes Kuehn se fraguan en Gran Canaria. Durante sus estudios de bachillerato en esa isla coincide con otro poeta, Andrés Sánchez Robayna, con el que traba amistad hasta que, con diecinueve años de edad, abandona Canarias para entregarse a una suerte de nomadismo existencial que lo condujo finalmente a Valencia, donde vivió varios años. Obtuvo el premio de poesía Pedro García Cabrera en 2011 con Sin otra luz y guía, libro de poemas en prosa en que el escritor registra las visiones que le depara su regreso a Canarias. También ha publicado A un pueblo sin aurora (1980) y Lógica volcánica (1997).

El maestro de Delfos no dice sí ni no, pero traza los signos.
Heráclito de Éfeso

«Una figura múltiple», una «personalidad poliédrica»[1]. Me atrevo a decir de Andrés Sánchez Robayna lo mismo que él dice de André Breton: es ante todo y sobre todas las cosas un poeta. Añadiría, con licencia unamuniana, que nada menos que todo un poeta, en el que «ninguna de sus páginas quedó al margen de la categoría o la dimensión de lo poético». Una poesía que podemos hallar, igual que en el caso del maestro surrealista, no solamente en sus versos, sino en todo el cuerpo de la obra. Y todo ello sin obviar esta reflexión lapidaria que se inscribe a fuego en uno de sus magníficos diarios: «la poesía como la cara oculta de la luna de la filosofía». La filosofía, entre filos y sofía, recobra aquí un carácter sapiencial.

El poeta bebe en las fuentes de Heráclito, de Parménides. El mundo presocrático, donde logos y mito cabalgan juntos, encuentra aquí una representación dentro del mundo que, poéticamente, habitamos. El maestro de Delfos —presumiblemente el oráculo, inspirado por el dios Apolo— no dice, simplemente, sí o no. De este modo lo expresa Heráclito: el poeta, en este lugar, traza los signos.

La experiencia unitiva: una ficción suprema, con base en el mundo real, según escribe su admirado Wallace Stevens. Una suma poética en la que confluyen Góngora y Mallarmé, Lezama Lima y Valente, la tradición mística y el sol de la filosofía. Juan Ramón Jiménez y Jorge Guillén, sin olvidar al mejor Luis Cernuda. Aquí se conoce, sobre la luz y el paisaje del cuerpo, la «teleología de lo insular», que evoca el barroco y órfico autor cubano.

En el caso de Sánchez Robayna, se adivina un barroco no por exceso y sobreabundancia, sino por condensación. Recuerdo a Ezra Pound: condensare. Con supresión de cualquier elemento no imprescindible en la obra. Una alquimia del verbo, expresa de modo testamentario el prometeico Rimbaud, ladrón de un fuego que todavía nos alumbra. Un fuego que es la luz del sol sobre el mar, el mar de la auténtica poesía, el sol de la contemplación. «Esa calidad del sol en tu país»que diría Cernuda: luz a la vez material y metafísica; luz que, sin dejar de ser luz atlántica, fuera la luz de Grecia. La «solar metafísica» del poeta griego. Luz de Grecia y sus arduos archipiélagos.

Memoria es la palabra: la mnemósine griega. Y de esta memoria nos ha venido el regreso a la infancia y al origen. Como en Wordsworth, creador de un impecable aforismo ya clásico: «poetry is emotion recollected in tranquillity». Una emoción recogida, y también recordada, en el seno de la tranquilidad.

No olvidemos la labor traductora de Sánchez Robayna y su Taller de Traducción Literaria en La Laguna: el propio Wordsworth, Seferis, Keats, los metafísicos ingleses, y tantos otros. Dentro de esa «personalidad poliédrica», que he nombrado al comienzo de estas notas, la tarea traductora es sin duda una parte fundamental de su obra poética.

¿Existe evolución en la obra de Sánchez Robayna? El fundacional estudio de Alejandro Rodríguez-Refojo,Memoria del origen [2], propone una evolución desde la visión del espacio hacia un sentido del tiempo, con notables implicaciones éticas. Ello, siendo tan certero, nos coloca consecuentemente en un dibujo espiral, de círculos concéntricos. Aquí la palabra justa es mito: siguiendo a Valéry, otro de sus maestros, escribe Sánchez Robayna: «mito —podría tal vez decirse, sin alteración esencial de la idea de Valéry— es aquello que no existe ni subsiste más que por la imagen».

Un rostro de la poesía, tal y como se va dibujando, en el sentido platónico: la creación de mitos, como queda expresado en el Fedón, también citado por nuestro poeta. Esta celebración, una poética que nos posee, diría el poeta, contempla la obra como «acto litúrgico». «El poema es una barca mística»[3]. Y —añade nuestro poeta— «el fundamento, la sustancia musical del poema se dirige a los sentidos, como entrada en materia».

Esta concepción de entrada en materia remite a la poética meditativa de su admirado José Ángel Valente. Y a otro maestro, Octavio Paz, que al igual que el poeta canario oficia la creación por terrenos de ensayo y poesía. Arraigado en la tradición hispánica y en el surrealismo, el maestro mexicano puede afirmar: «la experiencia amorosa nos da de una manera fulgurante la contrarios»[4]. Experiencia amorosa que es, asimismo, el poema: la suma de contrarios que son uno, el arco y la lira de Heráclito. Una revelación poética que nos alumbra desde la creación de Octavio Paz, así como desde la obra de Sánchez Robayna, ya en sus inicios; pienso en el poema Día de aire, de 1970:

El sol toma tus ojos que se asoman,
acerca sus colores azarosos
sobre las aguas alumbradas. Mira
la extensa fábula del mar, la aurora.

El joven poeta (que es uno con el poeta maduro) abre los ojos a la luz, como en un despertar. «¡Asombro!»dice un poema clave de Jorge Guillén. Esta entrada en materia, este abrazo al cuerpo de la luz, será definitivo, adoptando la perfección del círculo. «El maestro traza signos», recordando la traducción de Heráclito. ¿De qué modo traza signos el maestro?

Pensamos en el budismo zen, con los trampantojos del koan. «Maestro, ¿qué es el Buda?». Respuesta: «Por la mañana me levanto. Cuando llega la noche me acuesto a dormir». Las contradicciones dejan de percibirse de un modo contradictorio en un presente que sueña lo eterno. Con la magia del ritmo, sendero hacia otras vidas, metáfora. La metáfora o puente que transporta peregrinos al otro lado de la lectura. Puente que nos llama, como el joven Breton de Los pasos perdidosa abandonarlo todo. A abandonarlo todo y lanzarse a los caminos, contra la fetidez profunda de todas las foscas patrias. Y, contra el nuevo totalitarismo, la poesía exige un fatal regreso a las catacumbas. Donde la soledad sea al mismo tiempo comunión.

Sánchez Robayna cita a William Blake, prototipo del anarca profético: «La eternidad está enamorada de las obras del tiempo». Y, con resonancias del poeta y pintor visionario, nombra «las bodas del tiempo y de la luz».

Mira, comienza el año, recomienza
otra vuelta del tiempo, y no puedes saber
qué enlaza, aquí, estas manchas,
la móvil levedad de estas tachas de luz
y los giros del tiempo. Y, sin embargo, el cielo
entrega, se diría, imperceptibles casi,
algo como los signos de unas bodas
del tiempo y de la luz.

Donde Blake habla del matrimonio entre el cielo y el infierno, Sánchez Robayna canta las bodas del tiempo y de la luz. Intuyo que nos movemos un paso más, tras los signos que traza el maestro, en la perfección del círculo. Entre Día de aire y La sombra y la apariencia, último poemario que ha visto la luz, se dibuja un círculo de fuego, cuya creación hemos seguido a través de los versos, los diarios y los ensayos. Nuestro poeta afirma su vocación de crear una obra unitaria en el libro del mundo; piensa en Las flores del malHojas de hierba, Lírica de una Atlántida o La realidad y el deseo. Un título para una obra: En el cuerpo del mundo.

Me causa placer recordar aquí el clásico proverbio latino, repetido por Ortega y Gasset: Nos oculos eruditos habemus. Ciertamente, no conozco a ningún poeta más cercano al mundo de la pintura y las artes plásticas. Como escribe nuestro poeta, «la imagen poética tiende a dirigirse al ojo mental; es lo que Pound llamaba la fanopeia, la capacidad de la poesía para trasladar a la mente una imagen visual. La pintura, en cambio, hace la operación inversa, se dirige a la retina y de ella a la mente. En la unión de estos circuitos, cuando se ofrecen juntos, aparece un tercer lenguaje, que no es simplemente la suma de ambos».

Nos oculos eruditos habemus. Un milagro, creía Baudelaire, que de pronto se nos ha permitido, por conjuro del verso, un retorno a la infancia, a voluntad. Absorción de la luz por los sentidos, y más allá de los sentidos.

La hora de gracia será, aquí, la pérdida, la hermosa pérdida de los sentidos. El «vivir encubierto» de Fray Luis de León que celebra Sánchez Robayna: «… siendo yo de mi natural tan aficionado al vivir encubierto. Una frase que, más allá de sus resonancias epicúreas, tiene una belleza indestructible»[5]. Belleza indestructible: para acceder a ella no pongo en duda que el poeta, como Mallarmé, ha tenido que hacer de la destrucción su Beatriz. Una implacable cura de palabras, la sanación herida del poeta.

Recuerdo ahora una exposición en Las Palmas de Gran Canaria, del año 2012, titulada «Versos». Con el cuadro de José María Sicilia Manuscrito de Jaén, que surge con ocasión de un homenaje a San Juan de la Cruz, nuestro poeta escribe con lápiz sobre papel:

una pintura va a nacer. Es obra
de la mano y la luz, y de lo eterno.

Precisión de la pintura al modo de la poesía, y de la poesía como pintura, por la vía de la contemplación. Nos oculos eruditos habemus.

Fundamental ha sido la cooperación con su amigo Antoni Tàpies en Sobre una confidencia del mar griego. A propósito del llorado pintor catalán, escribe: «la manifestación de lo sagrado es, en esta obra, el otro nombre (la otra letra, la otra escritura) de la presencia. El gesto que la convoca en el signo, en el lienzo, en el objeto, es el mismo […]. Es el gesto que nos sitúa, de súbito, ante esa presencia»[6].

Poeta, pintor de luz meditada. Acaso, como el clásico, su misión sea provocar un descenso hasta los subsuelos de nuestro inconsciente, de los sueños, para ser el Virgilio que nos guíe por la senda. Él mismo nos asegura que «en la casa de la poesía, como en la del Padre, hay muchas moradas».

Andrés Sánchez Robayna se ocupa y se preocupa de que se escriba buena, o mejor aún, gran poesía. Si quien escribe es la tradición, el Viento que sopla donde quiere, da igual quien trace en cada momento los signos. Lo decisivo, en un tiempo de tempestuoso invierno, será que continúe la escritura. Por el amor de una vida encubierta, poesía como experiencia-cumbre.

Recuerdo las palabras de Valente sobre el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz: «es el dinamismo de la infinitud del deseo: teoría de la unión que se consuma en el deseo de una nueva y más acendrada unión»[7].

El horizonte de la poesía quedará así alumbrado, a través de sus ciclos, por nuevas experiencias de una altísima luz. Una vez más:

Mira
la extensa fábula del mar, la aurora.

La Soledad segunda de ese Góngora que jamás abandona nuestro poeta lo ha esbozado con exactitud generosa: en modestia civil real grandeza.

Diciembre y 2012.

[1] Andrés Sánchez Robayna, Deseo, imagen, lugar de la palabra, Barcelona, Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2007, p. 75.

[2] Alejandro Rodríguez-Refojo, Memoria del origen. La trayectoria poética de Andrés Sánchez Robayna, Santa Cruz de Tenerife, Artemisa, 2009.

[3] Andrés Sánchez Robayna, El espejo de tinta (Antología 1970-2010), ed. de José Francisco Ruiz Casanova, Madrid, Cátedra, 2012, p. 311.

[4] Octavio Paz, El arco y la lira, México, F.C.E., 2004.

[5] El espejo de tinta, ed. cit., p. 315.

[6] Deseo, imagen, lugar de la palabra, ed. cit., p. 229.

[7] José Ángel Valente, Variaciones sobre el pájaro y la red, Barcelona, Tusquets Editores, 1991.

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