Juan Fuentes (Canarias, 1965) ha publicado el libro de poemas Tiempo volar (Piedra y Cielo Ediciones, Canarias, 2015).

1

Primero apareció una sola, displicente, entre los automóviles, mientras nosotros hablábamos distraídos en la acera. Enseguida llegaron las otras, negras todas como la primera, indiferentes. Apenas interrumpíamos su paso, pero como si temiesen rozarnos o, simplemente, por no querer saber nada de nosotros, la que apareció primero, decidida a evitarnos, se encaramó al estrecho murete del jardín que discurría paralelo a la acera. La imitaron las otras, todas en fila. Aun así pasaron muy cerca de nosotros, pero más altas y negras, y más egipcias. Sus ojos, aunque no nos miraban, sus amarillos ojos de serpiente o de tal vez gato, quedaron a la altura de los nuestros y su indiferencia contrastó entonces con nuestro asombro. Nos quedamos como hipnotizados, sin decir nada, viendo a aquella panzuda falange de diez cabras avanzar acompasada como si nada por el bordillo del jardín, hasta hacerlo sonar tal si fuera un seco y repentino tambor, bajo sus percutientes, flacas patas agrestes.

2

No eran las cabras calizas que vieran Andrés y Melchor en Fuerteventura o las que tú mismo entreviste en Teno Alto, un día de neblinas escocesas, triscando entre la treviña y las piedras aquellas que te parecieron primigenios huesos, desenterrados por la pezuña erosiva del tiempo. Huesos lacrados con silencio de liquen, como lo estaban en los bancales, también las piedras que conformaban los muros, blanquecinas y redondeadas tal si fueran los innúmeros, aún no clasificados cráneos en las estanterías de un museo futuro.

3

Tampoco se parecían a las cabras que pasaban en rebaño, de tardecita, cuando éramos chicos, por el Camino Nuevo, que por ser nuevo estuvo sin asfaltar muchos años, como las demás calles de nuestra infancia. Cabras en tropel, apremiadas por los ladridos de diligentes canes y por los silbidos y voces de oscurecidos pastores. Siempre intentábamos contarlas, pero era imposible. Sus cuerpos repegados, entreverándose, confundiéndose en el cuerpo mayor que era el rebaño, pasaban deprisa como una ola de sombra. Nos distraíamos en la identificación del macho cabrío, o nos quedábamos mirando las ubres repletas, que con el trote se derramaban y otras hasta sangraban. Nunca contamos cien, aunque nunca pudimos contarlas todas. El cómputo siempre quedaba interrumpido por otra cosa. Unas veces el balido de las crías o el entrechocar de los cuernos, otras las pelambreras de polvo que levantaban a su paso. En verano, levantaban una nube de polvo tan grande que obligaba a las madres a cerrar las ventanas. Luego, sobre la tierra rojiza de la calle, quedaba el también incontable reguero de excrementos, como inopinadas canicas esparcidas o como negras estrellas humeantes de una recién creada constelación.

4

Vivíamos en un barrio en el que, por ser nuevo, todavía no había muerto nadie. El primero fue un niño que se llamaba Ricardo. Los mayores nos dijeron, y parecían convencidos, que en el cielo estaría mejor. Todos fuimos al entierrito y en el cementerio abrieron la caja de terciopelo blanco. Fue la primera vez que yo vi a alguien muerto, y la última que todos vimos el rostro de Ricardito. Desfilamos ante él para despedirnos. Algunos besaron su frente. Yo no me atreví, pero como si lo hubiera hecho, porque hasta que fui bastante mayor, tuve siempre una pesadilla en la que acababa sintiendo, en los labios, el frío lívido de la muerte. Tardamos días en comprender, si es que llegamos a comprenderlo, que ya nunca más veríamos a Ricardito. Su hermano, que era con quien realmente jugábamos, porque Ricardito era aún demasiado pequeño para estar en la calle, se pasaba los días yendo por las casas para enseñar la esquela recortada del periódico, donde aparecía su hermano y los nombres de todos los de la familia, y donde también se decía que el niño Ricardo había subido al cielo. Por empezar a saber lo que era, empecé a tenerle miedo a la muerte. Tenía miedo de la propia desaparición y, a veces, era Ricardito en el sueño el que me besaba a mí y yo el que estaba metido en aquella caja blanca, vestido como si fuera a hacer la primera comunión. Luego me echaban un montón de cal por encima y, al tiempo que despertaba horrorizado, tapaban la caja.

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