Creencias de verano,
Iván Cabrera Cartaya,
VI Premio de Poesía Antonio Gala,
Villa de Alhaurín el Grande, 2012.
Con Creencias de verano, libro ganador de la sexta edición del premio de poesía Antonio Gala, el escritor tinerfeño Iván Cabrera Cartaya nos ofrece lo más reciente de su creación poética. El primer poema de este libro, «Apertura», nos da cuenta de la filiación cultural grecolatina del autor, que marca profundamente toda la obra. Desde sus islas atlánticas de origen, el poeta siente el deseo de viajar hasta los archipiélagos griegos, hasta «las islas blancas», para encontrarse con la cuna de toda la literatura y la civilización occidental:
Aún estoy aquí, pero es como si ya me hubiera ido. He soñado tanto con las islas blancas —desde este incierto tumulto del véspero atlántico— que, a veces, creí que desataría, que levaría el ancla para acercarme a ese destino, a ese principio. […]
Aún es mayo, pero quiero marcharme. A mi alrededor no percibo nada porque estoy soñando bajo otros espacios estelares. Me embriagan, me enajenan los olores, el perfume profundo del bosque de los limoneros.
De este modo, gracias a su imaginación, el poeta consuma un viaje desde el «incierto tumulto del véspero atlántico», desde un confuso anochecer que bien podría simbolizar el Occidente contemporáneo, percibido como un estado de decadencia cultural, hasta una Grecia que guarda la memoria de los tiempos antiguos, de la época auroral en que surgieron los mitos que todavía siguen alimentando nuestra cultura.
En la segunda sección del libro, «Destino y sentido», hallamos un conjunto de poemas a los que sirve de nexo común la conciencia del transcurso irremediable del tiempo y de la mortalidad humana. Así, en «Los días», el poeta rememora o imagina cómo él mismo descubre un cráneo humano en las arenas de una playa. Esta serie de imágenes (la playa, el cráneo y el propio poeta que lo descubre), que opera casi como alegoría, es empleada por el autor para expresar su visión de la historia como un ciclo infinito de destrucción y renacimiento, donde las inquietudes y anhelos fundamentales del hombre se repiten en cada generación, y donde el legado cultural de épocas antiguas, que parecía perderse en el olvido, resucita en el presente bajo nuevas apariencias:
Este cráneo donde anidan
mis sueños, como un pájaro
de cielos imposibles,
es un vaso canópico,
un jarrón chino, un ánfora.
Ese cráneo es una crátera,
una vasija llena
de flores abisales.
También hay ocasión para que el autor reflexione sobre el devenir de su propia existencia. En el poema «Destino», describe su vida como una especie de vuelo, de ascenso espiritual, que culminará una vez haya cumplido su misión como creador y como persona en el cosmos, del mismo modo que las aves, guiadas por su instinto, siguen la trayectoria de su vuelo con perfección asombrosa:
Sé que sigo una línea de fuego,
como las aves en el aire trazan
un triángulo invisible
dictado por su instinto,
y en su esfuerzo producen
la luz que va a faltarles,
cuando no baste el vuelo
para ver el final.
La nostalgia de la Antigüedad aflora de nuevo en el poema «Pensad en Grecia», donde el autor camina por las tierras helénicas, mientras le parece escuchar las voces de la naturaleza y de los dioses antiguos. Recuerda su propia mortalidad, pues sabe que, como sucedió con la civilización griega, su destino como ser humano consiste en la desaparición, y que de todo lo que fue no quedará más que su palabra poética, como único vestigio, como testimonio cargado de belleza de su propia vida, del mismo modo que las ruinas clásicas, alzándose con dignidad pese a su deterioro, nos dan la medida del esplendor del tiempo al que pertenecen:
En los acantilados,
en las colinas surge el sol,
chillan hambrientas las gaviotas
y un mar blanco
deja máscaras en la orilla.
Los dioses han hablado contra ti,
los hados no te son propicios.
Contemplas el tapiz de las estrellas,
escuchas un rumor de pasos
que vienen a tu encuentro:
son voces, son señales.
Son los signos temibles del fulgor,
de la ira, del asedio; pero
tú levantas tus ojos y sabes tu destino.
La tercera parte del libro, «Escrito junto al río», contiene una serie de poemas en los que Andalucía y especialmente la ciudad de Sevilla aparecen como motivo central. El río al que alude el título de esta sección no puede ser otro que el Guadalquivir, ese «gran rey de Andalucía» al que Góngora cantó en su célebre soneto dedicado a Córdoba y cuyas márgenes han presenciado los cambios de una compleja historia. Así, en un paseo por las calles antiguas de Sevilla, el autor se conmueve cuando descubre la calle y la casa donde vivió un poeta al que no menciona expresamente, pero que con toda probabilidad se trata de Luis Cernuda, pues la influencia de la obra cernudiana, rica en imágenes, cuidada en el ritmo y heredera de la mejor tradición clásica española, se deja sentir en toda esta sección del libro. El poema «Tan distante y tan distinto» refleja esta emoción y la reverencia del autor por el magisterio de Cernuda:
Cómo no descubrir
tu rebeldía y una muy profunda
emoción al hallar tu casa,
leyendo el nombre de tu calle,
leyendo tus palabras,
leyendo mientras una música
envolvió mis sentidos
y un aire fresco mi cansancio.
La cuarta sección, «La tierra circular», profundiza en la relación del yo poético con el paisaje insular. Se trata de una relación compleja y no exenta de conflictos, donde la isla puede convertirse tanto en el espacio idóneo para lograr la plenitud vital como en el reflejo de las inquietudes y angustias interiores del poeta. La plenitud vital queda bien reflejada en el poema «Palabras para un bosque antiguo», en el que la subida hasta un bosque «lleno de árboles milenarios» crea las condiciones necesarias para que el autor alcance un estado de analogía (es decir, un estado en que el hombre percibe la verdadera y eterna imagen del mundo, descubriendo una profunda semejanza entre él y su propio yo), que le permite gozar de una felicidad absoluta, más poderosa incluso que la muerte:
Recuerdo
que hablé contra la muerte,
que encontré la belleza
para dejarla
—como una rama verde—
en una mano
que, poco a poco,
se abrió
para borrar mi sombra.
La inquietud y la angustia aparecen en poemas como «Con callado rumor», en el que la caída de la tarde inspira al autor una reflexión tan lúcida como desesperanzada sobre el sentido de su propia existencia. Aquí la imagen de la noche, adoptando su significado más clásico, se convierte en símbolo de confusión, horror y muerte, en oposición a la claridad del día. Una vez que el estado de analogía termina y la sensación de plenitud vital desaparece, el mundo vuelve a presentarse a los ojos del autor como un caos cuyo sentido resulta indescifrable:
La noche
llegó como un caballo mórbido,
llegó
con nombres orientales,
con máscaras
que cubrían su horror
y abrían
el árbol de la sangre, las hojas del dolor,
las frutas de la muerte.
La quinta sección del libro, «Rosa de Eolo», está formada por una serie de poemas amorosos. Aquí la mujer aparece como una auténtica rosa de los vientos que permite al poeta encontrar el norte en la singladura de su vida. La influencia de Safo, a quien Friedrich Schlegel llamó con justicia «la más grande de todas las mujeres griegas», se deja sentir en el intimismo y la suavidad musical de estos textos. Un buen ejemplo se encuentra en el último poema de esta sección, «Ruego», en el que el cuerpo de la mujer amada, que flota sobre las aguas del mar, se convierte en símbolo de la felicidad serena que la experiencia amorosa brinda al autor:
Que una piadosa calma
ahora invada tu cuerpo
tendido sobre el mar
sáfico de la tarde del verano.
La sexta sección, «Poemas para el último verano», como su título sugiere, utiliza la estación estival como motivo central, abundando en dos temas ya tratados en partes anteriores de la obra: el paisaje insular, sobre todo en su vertiente marítima y costera, y la experiencia amorosa. En esta sección podemos apreciar cómo la naturaleza recobra el carácter sagrado que poseía en la Antigüedad, presentándose como un espacio lleno de presencias y fuerzas que la mera razón no puede comprender, hasta el punto de que tal vez el autor convendría con Tales de Mileto en que «todo está lleno de dioses». Esta sacralización del mundo natural puede reconocerse claramente en el poema «Desnudo en sotavento», donde el autor intenta contemplar el mar con los mismos ojos con que lo haría cualquier hombre del mundo grecolatino:
A pesar de lo escrito por Propercio,
el mar sí tiene dioses.
Los dioses
del mar
custodian a los ahogados,
abren y cierran
las cortinas de yodo,
escogen
ramilletes de espuma,
tallan cúpulas de coral
para los templos submarinos.
El poemario se cierra con una sección integrada por un único texto, «Imaginad el sol de verano en los teatros», en el que se renueva el tópico clásico de la vida como obra teatral. En este poema, el mundo se convierte en un teatro griego al aire libre, vacío de público, ante el que el hombre representa una tragedia que solo termina cuando la muerte viene a buscarlo. De este modo finaliza un libro con el que Iván Cabrera Cartaya demuestra, una vez más, su buen hacer como poeta y su capacidad para acoger en su obra los ecos de la tradición y expresarse al mismo tiempo con una voz única y personal.