El libro de Fabio Montes,
Bruno Mesa, Ediciones La Palma, Madrid, 2010
Aunque todas las evidencias apunten en esa dirección —la vieja argucia literaria de hacer pasar unos poemas propios como ajenos—, el Libro de Fabio Montes no es la obra de un heterónimo de Bruno Mesa, sino una serie de poemas y notas escritos por un discípulo aventajado de Alberto Caeiro. En efecto, los 25 poemas y los pocos apuntes que componen la segunda sección de este libro («Diario sin fechas») se hallan bajo la clara ascendencia del poeta que Fernando Pessoa consideró su maestro. Me atrevería a decir que tanto Pessoa como Montes sintieron, nada más leer los poemas del «guardador de rebaños», el simple e irrenunciable magisterio de este. El uso de estilemas propios de Caeiro («ser feliz es no tener que pensar en la felicidad»), así como el empleo de la paradoja y la contradicción como modos que expresan una concreta forma de mirar y de estar en el mundo, demuestran esa filiación, ese casi hermanamiento.
Quisiera, no obstante, salirme un poco del juego heteronímico para decir que El libro de Fabio Montes supone en la trayectoria de Bruno Mesa, después del Laboratorio (2000) y de Nadie (2002), la realización plena de una poética y una forma de ver la realidad que ya estaban presentes en estos dos libros bajo una capa de tanteos expresivos no siempre logrados, sobre todo en lo que respecta a su primera muestra poética. En el libro que nos ocupa, tales tanteos se han convertido en una palabra plena y de sorprendente sencillez, que se acerca a las cosas con humildad, no vuelta ya hacia sí mismo ni envuelta en los juegos de una inteligencia poética brillante pero quizá especular. En ese camino de realización se me antoja que la constancia en torno a una serie de obsesiones ha constituido para Bruno Mesa un motor importante de transformación poética.
Me interesa aclarar que los poemas y las notas de Fabio Montes giran alrededor de dos ideas-fuerza muy presentes en su maestro, pero igualmente presentes en la tradición literaria a la que aquel pertenece. Antes que eso, quizá convenga señalar que Montes fue, a la luz de su libro, una especie de flâneur que vagó por la Ciudad de los Adelantados intentado «estar en las cosas» y ser con los otros «pero sin los otros», a su manera contradictoria. Su vagar es el vagar de las palabras o la mente: cada paso es un paso sin finalidad que desanda el camino para encontrarse a sí mismo y perderse en el mismo instante en que se alcanza. La sombra de este Mario Montes que fatiga, sin rehuir a los amigos y los desconocidos, el silencio o el tráfago de la pequeña ciudad, se ilumina sólo cuando bebe la sangre de la contradicción, y en ese momento toma cuerpo para hablar. Y es precisamente ese vivir en medio de lo paradójico lo que le permite dar el salto, salir de sí mismo y ser en los otros y en lo otro, un salto que el pensamiento discursivo por sí solo no puede dar.
La mención de la figura del flâneur no es gratuita. Responde a la realidad de la palabra poética de Montes en un sentido que intentaré explicar. En uno de sus Pequeños poemas en prosa, el que lleva por título «Las multitudes», Baudelaire afirma algo que ya Keats había sostenido en una de sus cartas más citadas. Según el romántico inglés «el poeta no tiene personalidad propia, siempre está lleno de alguna cosa, dándole su ser, gracias a una especial capacidad negativa. […] Por último, el poeta es lo menos poético de cuanto existe, porque carece de identidad». El autor de Las flores del mal dice algo parecido: el poeta, cuando se halla en medio de una atareada muchedumbre, «goza del incomparable privilegio de poder ser, a su guisa, él mismo y otro. Como las almas que vagan buscando un cuerpo, entra, cuando quiere, en el personaje de cada uno. Sólo para él, todo está vacío».
Esta es la primera idea-fuerza de El libro de Fabio Montes que quisiera comentar: la capacidad de este poeta para ser otro; no sólo otra persona, sino incluso una cosa, un objeto, aquello que entra en su mirada y lo posee gracias a un estado de pasividad o negatividad del que han hablado escritores, místicos y filósofos. Es posible identificar aquí un motivo central de la tradición poética moderna. Me refiero al cuestionamiento de una concepción unívoca de la relaciones autor-obra, y a una de las formas básicas que reviste tal cuestionamiento: la heteronimia, cuyo correlato social es la crisis de la identidad del sujeto moderno. (La heteronimia es, en este sentido, una estrategia de expresión de los distintos yoes que habitan en nosotros y que no siempre encuentran un lugar en la escritura.)
La «capacidad negativa» de Keats se considera hoy, en efecto, una idea fundamental de la línea de pensamiento que impulsó una revisión crítico-creadora de las ideas tradicionales de autor, de identidad y de personalidad poéticas. Esa línea parte de Rimbaud, pasa por el monólogo dramático de Browning y llega hasta Machado y Pessoa. El «drama en gente» de este último puede verse, desde esta óptica, como un grado extremo y radical de esa capacidad que el autor de Endymion atribuía al poeta. Toda heteronimia que sea tal, y no un uso o moda literarios, lleva implícita por tanto una crítica de la poesía como confesión y supone siempre una subversión de la noción de identidad. Esto es así en el caso de Montes, quien reformula de modo memorable algunos de los tópicos de esa tradición. Parafraseando algunos de sus versos, podemos decir que el poeta no es quien es (es otro), pero también es aquel que es (nadie):
He sido un perro, un cuchillo, una rama quebrada,
un reflejo de luz en el cristal anónimo;
he sido el otro, el que me ignora o busca
al pasar por la calle que nos lleva.
He sido, como todos, esa piedra inútil
y todo el tiempo que esa piedra guarda.
Soy incluso aquel que dicen que soy.
De la misma manera, la realidad no es la que es, y es al mismo tiempo la que es. Aquí es posible detectar otra idea-fuerza vertebradora de la poética de Montes, e igualmente central en la tradición poética moderna. Este elemento, presente de muy diversas formas en poetas tan distintos como Whitman, Paz o Borges, supone la quiebra del principio de no-contradicción en que se apoyan las leyes que rigen lo verdadero y lo falso en el terreno de la lógica tradicional. Como su maestro, Fabio Montes se vale constantemente de la paradoja y la contradicción para decirnos de muchas maneras lo mismo: A=B≠A. El uso de estos recursos retóricos no tiene en absoluto una función decorativa; insisto, es la paradoja la sustancia viva de la escritura de Montes, un modo de ver y estar que le hace decir: «hay una verdad en la gente cuando calla».
La quiebra de la ley de no-contradicción presupone, a mi juicio, una visión o construcción de lo real como exceso, como monstruo incomprensible para la razón, totalidad vacía de la que sólo puede hablarse negando, como dolor vacío también. Esta visión se asemeja a la de la divinidad tal como fue pensada y vivida por la tradición espiritual de occidente a partir de Dionisio Areopagita, visión que tiene en Heráclito el oscuro a uno de sus máximos representantes. Pero ese exceso es vivenciado como absoluta simplicidad en el caso de Montes, hasta el punto de hacernos olvidar el dolor de la existencia, de hacernos pensar si el monstruo existe realmente o es un producto de nuestra razón soñadora. El valor de sus poemas reside en gran medida en esto, en la voz de niño-poeta-sabio que habla a través de ellos:
Soy feliz porque me conviene serlo,
porque en el dolor soy yo
y en la felicidad soy nadie.
No se trata de un más allá de las cosas, sino un más acá de la discursividad de la mente en torno a las cosas y los hechos. «Miro, y las cosas y existen. / Pienso, y solo existo yo.» (Caeiro). También para Fabio Montes es más importante ver que pensar y respirar más importante que ser; más aún, en sus poemas ver y pensar, respirar y ser son ya la misma cosa: «ya no distingo lo que soy de lo que veo.» La conciencia o sobreconciencia no tienen aquí un lugar, como tampoco lo tiene el «diálogo sombrío» de un alma convertida «en su propio espejo» (Baudelaire). Montes —o los poetas que hablan por él: Mesa, Caeiro, Whitman— se acerca al mundo a través de una visión poética que no lleva aparejada ninguna pérdida, sino todo lo contrario, la ganancia de existir.
Esta ganancia, que es también la nuestra, es la que me hace dudar y salir totalmente del juego heteronímico para preguntarme: ¿hasta qué punto la repetición de un lenguaje y un pensamiento poéticos validan una propuesta creativa como la de Fabio Montes? ¿No existe una cercanía muy grande con su maestro, patente en el uso de estilemas y paradojas de cuño caeiroano? Más allá de tales dudas me parece necesario valorar el riesgo asumido por Bruno Mesa, y dejar claro que, desde mi punto de vista, la experiencia de la lectura de El libro de Fabio Montes compensa con creces los prejuicios que acaso subyazgan en mis preguntas finales. Por eso quiero terminar con el poema «Recién nacido», que copio entero como una invitación a abrir las páginas de este libro:
predispuesto en tu tacto
Recién nacido está todo,
para ser pronunciado.
Alcánzalo,
mira que todo aguarda un instante,
que nada permanece
si tú no lo muerdes.
Recién nacido está todo
esperando a que llegues.