En los manuales de literatura griega moderna, Tasos Livaditis (Atenas, 1922-1988) se halla bajo el epígrafe de la poesía política. Y en efecto, hasta principios de la década de 1970, la obra de Livaditis está vinculada a la denuncia social y el compromiso político. De 1948 a 1951 fue encarcelado por subversivo. Su poema «Misa para los niños que mueren» fue musicado por Mikis Teodorakis. Livaditis acompañaría al músico en sus giras por el norte de Grecia, recitando en los descansos sus más encendidos poemas. En 1972, alejado ya de la política y a la búsqueda de otras experiencias poéticas, Lavaditis publica Visitante nocturno, libro con el que inicia una fértil etapa lírica de introspección mediante la cual su poesía alcanza cotas de meditación moral.

LA ESPERA

Había un joven demacrado, se sentaba en la acera, era invierno, tenía frío. «¿Qué esperas?», le digo, «Otro siglo», me dice. Y nevaba muy tranquilamente, como sobre una tumba.

DE FIESTAS

Víspera de Navidad, los tres Reyes Magos caminaban todavía. En el salón de la casa paterna la señora Kula había evitado el cataclismo y ahora, envejecida, me impartía como tranquila enfermedad su deplorable francés. Desde entonces, me quedó esta pasión como gloria póstuma, por eso entraba en las tiendas y les narraba tantas calamidades que los días empezaron a envejecer y en otro tiempo ponía bien el mantel, a pesar de que yo no comía más que mis entrañas –además, una vez me encontré con un conocido mío en la calle: «Tengo noticias agradables», me dice, «¿Qué?», le digo, «¿Han resucitado los muertos?». Desde entonces, me dan miedo las palabras. ¡Para qué más frustraciones!

SANTIDAD

Silencioso el calendario en la pared, una fecha y los santos callados, pálidos y libres de pecado, anotados solo con su nombre de pila, como los llamaba su madre. Señor, nadie quería crecer.

CORRESPONDENCIA

Quizás hubiera escrito las cartas más hermosas, ejemplos de estilo y sinceridad, si mi amigo Jacobo hubiera decidido morir. Pero, por desgracia, el infame compañero de piso, vivió años. Así, ¿qué carrera hacer?

Hasta que un día, milagrosamente, murió. Volví corriendo del cementerio, dispuesto a lanzarme a trabajar, pero en cuanto entré en el dormitorio me quedé atónito. Sobre el escritorio encontré una carta de Jacobo, la leí llorando. ¡Era maravillosa! El canalla se me había adelantado. ¿O acaso era yo el muerto?

LAS PUERTAS

Con frecuencia yo pensaba volver a empezar, pero cómo, necesitaba una tarde tranquila o, al menos, un tren a su hora; prefería, por tanto, olvidar o conversar con el barbero, amaba con pasión las antiguas bocacalles, hasta que finalmente su mujer se fue. «No», le aseguraba, «busca bien en la casa, no se ha ido». Porque también yo, cualquiera que fuera la puerta que abriera, me encontraba en mis años infantiles…

EL TIEMPO

Luego habló sobre cierta llave. «!Qué inconcebible es vivir!», dijo. A veces, en un cuarto vecino, una mujer hermosa se empleaba en un espejo. Al final, narró acerca de una playa, un enigma y un niño enfermo y dormido. «Y después, ¿qué pasó?», pregunté. No reparé en que habían pasado ya treinta años.

¿QUÉ HAREMOS EN INVIERNO?

Algunos se paraban junto a la verja, no se veían sus caras, sí sus gestos imprecisos, como si insinuaran también algo más, oh amistades, con cosas oscuras y el viejo abrigo raído de María con sus grandes hilachas como hortensias, la casa a media luz. Las historias más verdaderas son aquellas que no recuerda nadie.

GRANDES ÉPOCAS

Cada vez que anochece, el aire huele a madreselva, como si hubiésemos sido olvidados hace tiempo, los tranvías con un ruido a hierros, tuercen la esquina y se pierden; espejismo, por supuesto, los tranvías hace tiempo que han sido suprimidos. Y los que cruzaron al atardecer encorvados eran hermosos porque habían sido vencidos.

IDEÓLOGO

Naturalmente intentaba ocultar su mano mutilada, así sostenía siempre una bandera.

ESCENAS DE VIDA

Por la ventana abierta se van los días, arañas en las esquinas. Una franja de luna en el suelo, los precavidos ratones aparecen rara vez, una mujer enciende un poco de incienso; cada uno de nosotros tiene una fortuna

secreta por humillaciones olvidadas que algún día recordará. «Este árbol envejeció», decía más tarde el jardinero mientras bajábamos al ahorcado.

DÍAS DE LA SEMANA

Cuando, al final, salí por la puerta, tres guerras habían terminado ya, la breve travesía llevaba a un océano de papel, tornillos, estopas, teléfonos… porque el problema, amigos míos, no es salvar el mundo, sino salvarlo el jueves próximo.

PALABRAS SENCILLAS

Noche casi semejante a las otras: el tedio, la luz exigua, las calles perdidas y, de repente, alguien que te dice «soy pobre», como si estuviera haciéndote una gran promesa.

BREVE RAPSODIA

Había una pequeña estación antigua a la hora del crimen, pero el asesino tardaba luchando contra las dificultades del otoño y, de repente, salía la luna, delatora de los afortunados. Allí pernoctaban los olvidados, mujeres con fechas siniestras, prófugos de otros tiempos –o para evitar la compasión o el reinado de las llaves o los 104 enigmas de sí mismos–, y los que eligieron rápido o el niño que se prostituyó para cantar, (y ahora lo oyen en todas partes), pero cuando suspiraban, los soldados tenían semillas y buen año y los locos billete para todo el viaje o se abría un paraíso para las palabras más pobres, apenas oídas en un pasillo o en las ferias al aire libre, como el movimiento de la madre cuando estiraba los pliegues de su vestido o como los antiguos rapsodas que mantenían sus pesadas barbas para que pareciera un poco Troya.

LA AVENTURA

También podría escribirse alguna vez la conmovedora aventura de una mujer a la que se le cayó la aguja en el suelo, luego se arrodilla y empieza a buscar, así se encuentra con su antigua vida: sueños perdidos, errores, muertos, pero la aguja ha de encontrarse, el vestido entregarse, Cristo crucificarse y la mujer busca, busca hasta volver a encontrar la aguja; entonces se levanta, se sienta agotada en la silla y sigue cosiendo, mientras llora en silencio al comprender, de repente, que no hay retorno…

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