Iván Cabrera Cartaya y Sergio Barreto Hernández,
Para ser recitado al viento sibilante seguido de Sangre de eclipse, Fundación Canaria Mapfre Guanarteme, Colección Canarias en letras, Las Palmas de Gran Canaria, 2013, 79 págs.

¿Qué nos pregunta el texto? ¿Cómo se le responde al texto? Y entre su pregunta y la nuestra, ¿qué respira y se nos queda mirando?

Cuántas veces nos hemos detenido ante un texto —o una figura de arte— y hemos tratado de expresar el vínculo, abierto y sin final aparente, que se establece entre aquello y nosotros, mientras tratamos de referir, casi a la par, lo que acaece dentro de ese espacio, en principio sin límites, de relación.

Qué apuesta, la del texto que nos reta con su pregunta. Y cuántas son las veces que frente a un texto pasamos de largo o bien, si nos detenemos un instante, permanece en efigie, ensimismado y renuente a la más mínima grieta por la que se avivaría el diálogo.

Vienen a cuento estas interrogaciones a propósito del último libro de Iván Cabrera Cartaya, Para ser recitado al viento sibilante (2013). Pero antes viene un encuentro casual que resitúa esta lectura de ahora.

Encontré, hace cosa de dos o tres años, en los Encantes de Barcelona, otro libro del autor, Cariátides (2007). Podía haber sido Arena (2001), Obsidiana (2004), Fragmentos de sentido (2006), Bajo el cielo innumerable (2007), Un sueño de esplendor (2010) o Diálogo en el desierto (2011). En mi diario de libros hallados y perdidos en la intemperie, De rastros y encantes, me he planteado por qué uno de ellos nos llama la atención, ya desde su presencia en el descampado, y nos lo llevamos a casa, que para mí es como decir al lugar de la lectura. Y también he hecho hincapié en cómo la presencia llamativa a menudo se desvanece con una hojeada, como esas gemas que nos atraen desde el fondo de un arrecife y, entre los dedos, no son más que piedras corrientes. Sin tener noticia de los otros libros de Iván Cabrera Cartaya, y aun hoy sin haberlos leído, Cariátides iba a ser el peldaño —precioso peldaño desde el que no cabe el paso atrás— que me condujera a un poema tan hermoso, vivo, inesperado, rebosante de giros y sentidos, como el que compone por fragmentos o intervalos, a la manera de oleadas que celebran la arena, o de nubes que hacen más azules los claros del cielo, Para ser recitado al viento sibilante.

Como lo que puedo llamar mi biblioteca es casi un símil del trajino de cualquier mercado de pulgas que se precie, Cariátides iba pasando de un montón a otro por estancias y corredores, atentando contra los más elementales principios de la archivística. Pero cada vez que lo divisaba, se repetía el reto del libro, su interpelación, de modo que, después de leer un poema o dos, procuraba que el ejemplar no se alejara demasiado. En esas di con estas palabras que conservan en mí toda su potencia: «Leer no es devorar, no es comer con avidez, compulsivamente. Leer es ir muy despacio, esperar, volver y volver. Leer sólo puede ser releer, elegir, sin atragantarse, lo único que pueda justificar y sostener la existencia.»

Me llamó la atención ese «que pueda justificar y sostener la existencia.» Había ahí no una conclusión, una sentencia que se termina en sí misma, sino un verso abierto, un desafío. La poesía de Cabrera Cartaya —la que yo he leído— tiene siempre presencia y potencialidad; es, y se lanza a ser. Eso forma parte de la fascinación que ejerce en el lector, cuyos sentidos nunca podrán aquietarse ante la proliferación, la metamorfosis de las imágenes.

A poco de la primera lectura de Cariátides, me llegó Para ser recitado al viento sibilante. Se trata de un ejemplar que, con motivo del Día de las Letras Canarias y editado en Las Palmas por la Fundación Mapfre Guanarteme, incluye también Sangre de eclipse, diez poemas de Sergio Barreto Hernández. Es una alegría encontrar dos pulsos poéticos singulares en un solo volumen. Pero con el gasto que habrá generado una cartulina de sobrecubierta de tan altísimo gramaje, pienso yo que se podrían haber editado sendos cuadernos, sencillos y bien hechos, al margen, por lo demás, de efemérides y homenajes a terceros; y, sobre todo, con una distribución volcada a hacer asequible la auténtica poesía, no de retratar a la plantilla institucional de turno. Se lo merece el largo poema de Cabrera Cartaya, del que aquí solo doy algunos indicios de lecturas. Se lo merecen los poemas, tan inusuales como potentes, de Barreto Hernández.

Para ser recitado al viento sibilante es un merodeo, un cerco en torno al motivo final, siempre inabordable. Si la lectura de un libro también lo es —y así entraba y salía yo tanto en Cariátides como en este título de ahora—, la voz del poeta es otra mudanza en torno al objeto de su palabra. Por eso mencionaba antes las metamorfosis de las imágenes. En la visión sinfónica del poema, la voz del poeta no puede ser otra cosa, ya desde los inicios, que una espera: «Hace mucho que aguardo en la necesidad […]», escribe Cabrera Cartaya. Y aquí introduce un elemento esencial, que cierra las puertas a la gratuidad expresiva, a la simple enumeración, a las metáforas gastadas, a los recursos previsibles. Pues en Para ser recitado al viento sibilante todo es fruto necesario, diálogo e interrupción del diálogo, espera, encuentro y trasvase.

Con esta dinámica, con este saber de la incompletud y el ansia, el poeta se dispone, se despoja, se deja llamar para acudir al llamado. Y no tardan en irrumpir ese tipo de expresiones que nos hacen emparentar poesía y verdad: «¿Contra quién vivimos?, ¿a quién nos enfrentamos mientras hacemos más transparente el aire? […] Y me hago también diáfano, invisible como lo que más nos incumbe, como lo que amamos más.»

¿No está aquí el latido de la más alta poesía? «Bogan sin rumbo las imágenes confusas de un sueño febril que nos lleva, sin temor, a la deriva.» Pero el poeta que sabe —no el poeta «sabio», culto o listo— de esas verdades de la incertidumbre y la deriva, del desconocimiento y de la bajamar, del cielo nublo y de los eclipses de las cosas, no ignora que hay un mareaje, un rumbo que prosigue para culminar, si no la vida, un libro.

Esto es lo que hace Cabrera Cartaya en Para ser recitado al viento sibilante. Bornear los fragmentos pero singlar el conjunto con una apariencia de plenitud, por más que la voz del poeta se encuentre «devorando los restos de una alegría cansada», como dice al término del libro. Aquí reside la belleza de su decir, la sabiduría incrédula del mismo. «Invité a mi destino a indeterminarse […]», nos llega de pronto a los ojos. «Pues yo vivo destruyendo mis trabajos para que siga siendo innumerable […]», nos llega otra vez a los ojos, que ya no dudan de seguir, como el poeta a quien no lo detiene el horizonte.

«Yo sé que el mar se parece al viento […]», nos dice el poeta. Los elementos que lo rodean, el horizonte, que a veces no concurre, el viento aliado con la alta noche, «esta tierra que se desliza de puntillas hasta el mar […]», el mar y el viento como una misma pregunta hacia la que se dirige el poeta, todos esos elementos van tejiendo el cuerpo de la escritura. Y el viento, el introductor, el que señala, invisible siempre, sin cuerpo que retener, sin embargo deja que sus dones crezcan en las palabras.

Me llama la atención este saber del poeta que recorre todo el libro: «Tú me intuyes: nunca le doy una mano de pintura a las palabras que me llegan desconchadas; sé que el estigma forma parte de su naturaleza, que corregirlas sería como domesticarlas o ponerlas aquí sin haberlas escuchado nunca. Así que no maquillo el dolor: aprendo a gozar de su belleza, aunque nadie la vea. Aprendo a abrazar cosas invisibles y a aceptar la descomposición de las lunas […]»

Pocos libros tan bellos y ciertos hemos leído, en los últimos años, como Para ser recitado al viento sibilante. Si un texto pregunta al lector, significa que se trata de un mapa con vida; aunque la vida esté llena de pulsos distintos y aun el mapa consista en una reubicación —relectura— de telas zurcidas. Por eso hay libros que pasan de largo y otros que nos encaran y se establecen en nuestra propias preguntas. Las formas de la belleza en Para ser recitado al viento sibilante son un consuelo. O al menos ahora siento que lo que se me ha quedado mirando, entre el texto y la lectura, es el consuelo y la belleza, labrados con toda sencillez y dignidad, como la de los materiales que se usan como si fuera por primera vez. Iván Cabrera Cartaya dialoga con el viento, que es el mar, que es su cuerpo, que es la pregunta con la que la verdadera poesía se arroja a lo lejano dejándonos prendidos. Para que el poeta vuelva a empezar.

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