La misma luz,
siempre otra luz

Jacques Ancet, Puesto que él es este silencio. Prosa para Henri Meschonnic, traducción de Joséphine Cabello y Régulo Hernández, Salto de página, Madrid, 2013.

Son múltiples los ejes de lectura que admite un libro como Puesto que él es este silencio. Hay en él, evidentemente, un tono elegíaco marcado por movimientos textuales sólo aparentemente contradictorios: memoria, presencia, huella, eternidad, desaparición, melancolía, recuerdo, tiempo, inminencia, vacío… Hay, además (quizá fuera mejor decir: sucede en él), la voluntad explícita de construir una arquitectura lingüística para la preservación: un modelo de pensamiento susceptible de fijar la ausencia como rastro, el vacío como legado, la memoria como olvido. Hay, derivado del cruce de caminos entre esas dos percepciones (la elegía que no hace de la presencia sino de la ausencia el centro de su búsqueda, la maquinaria filosófica que permite reconstruir la presencia a partir de todo lo que la presencia no es), un esfuerzo de enorme tensión hacia la construcción de una poética susceptible de contener la totalidad del tiempo, la anulación certera de la muerte (precisamente porque esa anulación acepta la realidad de la muerte en la propia existencia), a través de la levedad de la palabra. Hay, por supuesto, una concepción del proceso cultural, del proceso creativo y del proceso moral (es decir, procesos activos en la configuración del universo poético propio) como un fenómeno basado en el encuentro y en el diálogo con los otros: encuentro y diálogo que, encaminados hacia la conquista del ser, entronizan como formante la relación maestro-discípulo, en un esquema (y la novedad de este hecho en Occidente no limita su pertinencia), que no niega el amor, sino que, muy al contrario, lo convierte en el centro de una relación que establece de ese modo el magisterio como una garantía de libertad e independencia para el alumno. Nos interesa destacar, por último, la aspiración legítima de esa poética para la construcción práctica de una modalidad del afecto que recorra todas las estancias del conocimiento y las atraviese garantizando así la continuidad del mundo a través de la palabra: «Nos decimos que a él lo vuelve a empezar su palabra». Hay, por lo tanto, una confianza en las capacidades del lenguaje para la permanencia, por más que esa permanencia esté determinada, y sea no otra cosa que la permanente transformación del mundo en la unidad de la palabra: «Es lo que regresa en lo que se aleja, lo que se levanta en lo que cae. Lo que está en lo que no está.» (Frases que tanto recuerdan aquellas oraciones de los carmelitas españoles que pretendían desvelar las suaves fluctuaciones de la materia que se transforma para seguir siendo lo mismo).

Ninguno de estos elementos, seleccionados entre otros que también están presentes en el libro: la capacidad evocadora de la palabra, la poesía como lenguaje naciente, el paisaje como forma de la luz, la percepción del tiempo cósmico que se reproduce en el instante; han sido ajenos a la obra poética e intelectual de Jacques Ancet, una de las voces más consolidadas y enriquecedoras del panorama de la lengua francesa actual, a lo largo de su trayectoria. Tanto en libros de poesía como La habitación vacía o La quemadura o en los llamados recitativos (como El silencio de los perros) la influencia de las tradiciones místicas oriental e hispánica ha otorgado a la obra de Ancet una rara libertad para construir desde la ligereza o la levedad un mundo poético que no reniega de lo absoluto, pero que sabe hacerlo descender a las manifestaciones sensoriales más modestas, de tal manera que logra construir en un tejido de signos siempre al borde de la desaparición –la lectura de un poema de Ancet no construye objetos, sino impresiones, no elabora imágenes sino fragmentos— una figura abarcadora y precisa de las conjunciones que componen nuestro universo. «A veces, él era un cielo enorme de esos que llevan hasta el mar. O un gran viento. O ambos: el espacio que él abría y la vida que lo atravesaba. Era una voz perdida en lo desconocido y lo desconocido perdido en una voz.» Poco a poco, a través de pistas, de huellas, de reflejos y de voces la palabra va cobrando fuerza, va obrando su milagro y construyendo para el lector un modo de conocimiento nuevo, de verdadero conocimiento poético, en el que comienzan a disolverse las fronteras o a aparecer otra nuevas, aquellas en las que, al asombro del lenguaje, los contrarios se reúnen y generan una nueva unidad: «La visión en la voz, el pensamiento en la boca.» Es esta fuerza ligera de la palabra poética de Ancet uno de los rasgos que mejor definen una poesía que sabe moverse como pocas en las inmediaciones de lo meditativo, y que no teme dar, en cualquier momento, un paso más allá, hasta decir «lo que no sabe».

Jacques Ancet afronta, en cualquier caso, en Puesto que él es este silencio, una de las más ambiciosas propuestas que plantea la poesía en la actualidad: el objetivo confeso del libro es construir la permanencia del desaparecido escritor y su maestro Henri Meschonnic, pero el objetivo último de ese proyecto no es otro que el de construir, a partir de ese ejercicio de recuerdo y de hacer presente, un lenguaje poético capaz de anular el paso del tiempo a partir de un enfrentamiento con el decir, con la capacidad del lenguaje para nombrar lo que en realidad no puede ser dicho porque no puede ser sabido. La utilización del poema en prosa para una tarea que debe interiorizar la relación entre el tiempo y los tiempos del poema sitúa al poemario en las fronteras expresivas de un recurso poético afinado como pocos para una reflexión que avanza desde lo filosófico hacia lo poético apenas sin transiciones. Durante la lectura cruzamos varias veces el umbral que media entre el tiempo de la memoria («En medio de las frases, de las palabras, en la algarabía, se le oye, no hay duda») y el tiempo del presente, («Siempre. En una mesa, delante de unos libros que no ve. Mira fijamente un punto por encima de él. Pensamos que no reconoce lo que está mirando. Está serio.»), entre el tiempo abstracto («Ninguna sombra queda hoy para verla con él. Cae la lluvia sobre las hojas, apaga cuanto brilla. Está pálido el día, como si velara, con la taza vacía, la mano ausente) y el tiempo concreto («Vemos el mismo sol, pero las manos reposan inmóviles. La boca está entreabierta. Apenas oímos una respiración desordenada. Alguien se marcha. Nos acercamos. Ya no sentimos el calor. Ya no vemos los ojos»). Las prosas tejen su propio tiempo, su nudo alrededor de la realidad, y el lector se sumerge así en un proceso reflexivo que anula las distancias entre presente, pasado y futuro: el tiempo se condensa como una impresión y las palabras apenas sí componen otra cosa que un breve susurro, apenas un sentido esquivo que nos reúne, que nos permite, lector y tiempo unidos, acercarnos a esa forma del lenguaje que nos ofrece otro tiempo: «Nos decimos que nunca acabaremos de enumerar las cosas, de perdernos en el estupor de cada instante […] Nos decimos que entonces tal vez podríamos reunirnos en él, tener sus palabras en la boca y pasar con él de vida en vida, de mundo en mundo.» Es precisamente esta tensión generada entre el tiempo y la palabra, que se construye para hacer de todo el tiempo una única superficie de la memoria en la que el pasado no es diferente del futuro, en el que tiempo y eternidad son casi la misma cosa, la que obliga constantemente a Ancet a recordar que estamos ante un problema de lenguaje, al que se esta forzando a decir aquello que no sabe, que no puede y que no debe decir. El creador insiste así muchas veces en llamar la atención sobre la voluntad del discurso: no estamos ante una palabra pensada, sino ante una palabra dicha, pronunciada, corporizada. De ahí que muchas veces se insista en ese proceso de dicción común, casi de oración: «Nos decimos…», o bien en la palabra como vestigio sensitivo «Decía él:». Esta superación elocutiva del tiempo (pues la palabra dicha se ha dicho para siempre, quedó en un lugar ajeno al olvido y a la destrucción) constituye una sutil, pero muy determinante aportación de esta nueva propuesta de Jacques Ancet, y debe considerarse, plenamente, como una victoria: «Su amor está en nuestros ojos. Vemos el nunca más.»

Ha sido, ya para terminar, el desenfreno posmoderno el que ha permitido balbucear a muchos contemporáneos sobre la independencia poética como el único valor capaz de garantizar la libertad. El poeta de hoy y de mañana no puede, se dice en ese balbuceo muchas veces incomprensible, muchas veces obligado a no pensar demasiado para no contemplar sus propias y significativas ausencias, aceptar ningún magisterio, ninguna compañía, ninguna poética. Se recupera así, debilitándola, una tradición romántica que el propio romanticismo se encargó de desmentir: la originalidad que se contamina al contacto con los otros. Esta pretenciosa originalidad, que pretende zafarse de la tradición y de la ideología, es decir, de todo aquello que no se sabe que se sabe pero que inevitablemente está ahí, construyendo nuestro mundo, prestando a nuestro mundo los asideros que lo mantienen, ignora que originalidad procede de origen: de principio. Jacques Ancet no desdeña aquí el placer del origen y del desvelamiento que forma parte de todo hecho de magisterio. Puesto que él es este silencio es también, así pues, un canto de amor y de respeto hacia aquél que nos iluminó un día con su palabra y con su canto: «De qué manera su voz guiaba la que a veces tenemos. Cómo la volvía más clara, más segura.» Por eso, frente a quienes aspiran a desmantelar el principio de tradición Ancet escribe: «El engreído, el importante, el impotente, el inválido, el imbécil, rechinan a su alrededor. ¡Polémica!, gritan al unísono. ¡Polémica! Perdigones de saliva cubren el espejo en el que va borrándose una imagen. Donde sólo sus rostros se mofan –donde una boca no se calla.»

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