Leyendo «Notas» de Luis Palmero , de Melchor López (Canarias, 1965), fue publicado en la revista Paradiso (núm. 3 / 1993) con motivo de la edición, ese mismo año, de Escalas, el primero de los títulos que verían la luz en Çifr, una colección de miniaturas editoriales exquisitamente diseñada y dirigida, precisamente, por el pintor Luis Palmero y el escritor Nilo Palenzuela. En cierto modo, y aunque no están incluidas en ningún libro del autor, estas impresiones fragmentarias acerca de los dibujos de Palmero bien podrían constituir una especie de complemento lírico al primer libro de Melchor López, Altos del sol (1995). Tanto las anotaciones del poeta como los ocho dibujos de Luis Palmero eran hasta hoy, veintiún años después de ser publicados, prácticamente inencontrables.
Mínimos elementos: un barco, una casa, el sol… Discriminación de la mirada. Motivos simples. Relevancia de lo irrelevante. Paisaje anotado: un barco, una casa, el sol… otra vez. Notas que el ojo leyendo acomoda en la mirada. Música pintada en la partitura de la página. Crestas corcheas. Decantación de la mirada. Instantáneas no fugaces. Decantadas largo tiempo entre un sol que aparece y otro que se oculta.
Vientos empenachados. Crestas de olas. Brisadas. Contra las rocas alzadas en la página. Amanece y atardece. ¿Amanece o atardece? La cresta de la ola en la quietud blanca de la hoja fijándose. La mirada que fija. La pintura varada.
Tentación casi irreprimible de recortar y recombinar las Notas de Palmero para componer con su mirada mi propio paisaje.
El sol aparece y desaparece en el espacio de la página. Mejor, lo encontramos ya desplazado de una posición a otra. No asistimos a su desplazamiento. Ese desplazamiento sucede en el ojo de la mente del lector. El lector ha de trazar un hilo, un nexo entre las notas del paisaje que hace mostrarse L. Palmero.
Regocijo de la mirada en lo simple. Visión despojada: un barco, una casa, el sol… Habita aquí el imperturbado silencio de siglos. No cabe el escándalo de la ola. Ese silencio nos habla, eso sí, de un rumor inaudible, de una bulla interior. Como después de un cataclismo sordo de islas en el océano sumergiéndose. Silencio adensado. No por acumulación: por mostración neta de lo simple. Ese silencio se alza sobre la deserción de las horas. En la atemporalidad antigua. Bajo nubes detenidas. En ese «para siempre» que fija el paisaje anotado de L. Palmero.
Aquello que más me atrae de las Notas de Palmero es ese salto del ojo de la mente entre un dibujo y otro. Entre los islotes negros. Ese espacio que no se dibuja pero que acontece entre una isla y otra. Ese salto que muestran, que subrayan, los cordajes amarillos de las Rocas Casadas de Futami-Gaura. Cordajes del ojo amarillo de la mente. Bajo la impasibilidad de las nubes.
Esta tarde de Junio veo con mi mirada la mirada de L. Palmero tenderse sobre el barco, la casa, el sol…