Escrito con motivo de la exposición Acuarelas de la isla, de Günther Uecker, que tiene lugar en el convento de Santo Domingo deTeguise (Lanzarote), desde el 17 de Noviembre de 2013 hasta el 11 de mayo de 2014.
Günther Uecker (Wendorf, Mecklenburgo,1930), uno de los principales exponentes del arte europeo de la segunda mitad del siglo XX , el artista que, junto a los fundadores Otto Piene y Heinz Mack, integró el núcleo principal del Grupo Zero, el obsesivo artista de los clavos y el monocromatismo del blanco absoluto ―como Enrico Castellani, Piero Manzoni o nuestro Stipo Pranyko―, el creador de los discos de luz y las espirales cinéticas y, sobre todo, para mí, el autor de «Molino de arena»* ―auténtico mantra visual para encantamiento del espectador―, expone, entre los meses de noviembre y mayo, en la iglesia del convento de Santo Domingo de la villa de Teguise, su serie Acuarelas de la isla, invitado por el MIAC de Lanzarote**.

Prolongada ―aunque casi secreta― es la vinculación del artista con nuestras islas puesto que sabemos que, desde hace más tres décadas, ha residido largas temporadas en La Graciosa. Las acuarelas, ¡300¡, de pequeño formato se disponen en polícromos panales por las paredes desnudas del edificio conventual agrupadas en ocho series, algunas de las cuales parecen aludir a reconocibles motivos canarios o africanos: Luz del desierto al sol (1983), Agua (1992-1993), Aire (1992-1993), Sidi Abdel Rahman (1999), Montañas de fuego (2001), Imágenes escritas (2000), Mar (2000 ) y Nubes del África Occidental ( 2013). Uecker se incorpora, de esta manera, a la microtradición artística de la representación del volcán de las Canarias ―quizá el mayor icono de nuestra imago insular―, que ha contado en el pasado con artistas de la talla de Pierre Alechinsky, Salvo o Ernesto Tatafiore o, más recientemente, de Carlos Schwartz.
El espectador de esta exposición puede asistir en el interior de la nave a la nueva escenificación de una cosmogonía: el agua, el aire, el fuego de la tierra, el fuego del sol… En cualquier momento ―se diría― esos elementos podrían entrar en contacto, en colisión, para originar una nueva isla. Cabe imaginarnos que acaso esto acontezca de noche, con las puertas del templo cerradas, como ocurriera ―¿alguien lo duda?― con las metamorfosis nocturnas de las salinas de Janubio que imaginara Agustín de Espinosa en su Lancelot 28º-7º.
Estamos, sin embargo, ante una cosmogonía atemperada: el pequeño formato y la técnica acuarelística restan mysterium tremendum a esa manifestación de los elementos de la naturaleza. Tremendismo, no viveza o vitalidad. La energeia michauxiana del gesto pictórico confiere una insólita vitalidad a los elementos representados en las acuarelas. Vitalidad cosmogónica. Vivacidad de la mano. La mano que pinta disfruta del goce de su poder creador, parece fascinada con ese pequeño juego demiúrgico, no parece que quisiera ―que pudiera― acabar con el ejercicio de pintar, con esa voluptuosidad creadora: ¡una acuarela más! La mano, infatigable, vuelve tercamente sobre los mismos motivos: serializa como haría un niño, sin manifestar ningún asomo de cansancio; ¡qué lejos la bestia que bosteza: el tedio!
Frente al monocromatismo de la mayor parte de la obra de Uecker, asistimos en esta exposición a una festividad inusitada del color, como en las acuarelas paisajísticas de su compatriota Nolde. Los colores son una eclosión, un brote. Aquí , en La Graciosa, en Canarias , o en la egipcia Sidi al del Rachman, en tierra africana, como Paul Klee en la tunecina Kairuán, Günther Uecker puede repetir : «Yo y el color somos uno».
Sospecho que dentro de la obra de Uecker, estas acuarelas ―que parecen quedar al margen de la poética central del autor de El hombre vulnerado― estarán consideradas por la crítica como obra menor dentro de su trayectoria: prefiero entenderlas como una distensión, una liberación gozosa de la mano frente al resto de la obra poderosamente «tensionada», como si la mano recobrara una alegría infantil, la alegría imposible tras las no cauterizadas heridas psíquicas abiertas en la mente del artista a raíz del horror de la Segunda Guerra Mundial. La alegría recuperada a través del color; en realidad, una verdadera cromoterapia.
El espectador que contemple durante un largo rato las acuarelas ―aunque el método de observación más apropiado sería, tal vez, semejante a una serie de barridos del ojo, como los efectuados por una cámara cinematográfica― puede llegar, además, a entrever un alfabeto de formas, tal como si un nuevo lenguaje ideogramático pugnara por cobrar forma en las figuras pintadas, como si ese lenguaje empezara a definirse en sus signos. Para cada elemento un ideograma correspondiente: un ideograma para el aire, otro para el mar… Ideogramas o virtuosas grafías de un alifato incipiente. Los elementos quieren ser signos. Es su tendencia. Los elementos son una escritura. Y vuelven a hacer legible el mundo interpretado.
Se muestra además en esta exposición un interesantísimo vídeo grabado en la isla de La Graciosa, también con autoría del artista alemán, con el insondable y hermoso título de El asesinato de la madre en los diamantes del desierto. En las sugestivas y enigmáticas imágenes vemos al artista cazando objetos arrojados a la orilla por las olas, ensartándolos con una tosca lanza; lo vemos correr por las desoladas y asoleadas calles de Caleta de Sebo oculto bajo una tela negra, como una aparición, una sombra huidiza; lo vemos arrastrar trabajosamente por la arena ―de rodillas y cargando un madero― una piedra que lleva atada con sogas a su cuerpo, Cristo y Sísifo a la vez, el hombre y el artista; vemos al propio Uecker arrojado a la playa ―vómito de ballena bíblica― como un objeto más ―un jayo, como nombran por estas latitudes a esos objetos traídos por la marea― envuelto , atrapado, entre maromas y palos, un hombre-jayo, como Jonás. Un jayo también como los que ha empleado el artista lanzaroteño Juan Gopar como elementos de composición de sus obras a lo largo de los años.
Vemos en la cúspide de una montaña los destellos crecientes de un espejo, un cristal o un diamante como una imantadora señal misteriosa que nos llamara a qué. ¿A la incandescencia de la mirada?
Fue el propio Juan Gopar el que me contó la razón sobrecogedora del uso obsesivo por parte de Uecker de los clavos como unidad compositiva de numerosísimas obras suyas a lo largo de décadas, esos clavos que suponen su lenguaje más reconocible: siendo niño, Uecker, en los días finales de la segunda Guerra Mundial, ante el avance irrefrenable de las tropas soviéticas que se aproximaban a su hogar, decide , para proteger a su familia, clavetear con maderas todas las puertas y ventanas del inmueble. ¡Estremecedora fábula!
Esos clavos, no se olvide ―lo ha recordado el propio artista― no han tenido como único sentido en su obra la agresión, sino también un sentido protector, como ocurre en la sobrecogedora anécdota infantil que hemos relatado. Clavos que hieren y clavos, también, que protegen.
Nada de esto encontraremos en las acuarelas expuestas ahora en Teguise. Parece que el pintor se hubiera «dado un respiro», o que hubiera encontrado ese respiro, esa respiración, en los colores alveolares ―insulares y continentales― de la luz africana.
NOTAS DEL AUTOR
* La pieza «Molino de arena» está constituida por dos aspas giratorias de madera de las que cuelgan unas cuerdecitas de distintos tamaños con los remates anudados. Con el giro del molino accionado por un motor eléctrico, las cuerdecitas van trazando, labrando, continuos surcos concéntricos sobre un círculo de arena. En el canal youtube se puede ver una estupenda grabación filmada por Christoph Böll.
** Además de la exposición de Günther Uecker ―y también dentro de la 7ª Bienal organizada por el MIAC que dirige María José Alcántara― podemos ver en distintos centros de la isla de Lanzarote obras de artistas de reconocido prestigio como Thomas Struth, Tony Cragg o Jörg Immendorff.