Poemas extraídos del libro de próxima aparición en Visor titulado La fruta de los mudos
EL NIÑO MAGNÉTICO
¡Este chicle del sol! Se me pegó en la ropa.
¡Socorro!
Los árboles se inclinan hacia mí.
Se ha quebrado de pronto la vajilla.
El techo va a ceder y por él entrarán los siete océanos.
Estoy tan asustado después de la comida
que me escondo debajo de la mesa,
pero todo es inútil.
Oigo ya los tambores, cercando la ciudad.
Dicen que hasta los zares me rodean.
Todos vienen a mí.
¿Por qué? Yo no hice nada.
Solamente callé, me tendí en el silencio,
vi las gotas de lluvia, resbalando muy gruesas sobre el gran ventanal
como las pescaderas en un día de nieve.
Puede ser que flotara, no lo sé.
Yo sentí mi vacío
en el centro del pecho y todas las veletas
señalaron de pronto hacia el botón
medio caído de mi camisa.
Tengo miedo del mundo
que ha empezado a girar alrededor
de mis ojos polares.
Asia entera me entró por la nariz
y no pude hacer nada.
Que me encierre el pastor en su obispado
de paredes desnudas y amarillas vidrieras:
hace tiempo que Roma está en mi oído.
Llevadme si queréis en un arcón
a ver a los judíos que viven entre autómatas.
No servirá de nada.
A veces pienso, y se hace tarde,
si algún día saldrá todo de mí,
si un día volverán a su sitio las cosas.
Y entonces me imagino con los ojos cerrados,
soplando desde el fondo de los huesos,
soplando desde atrás.
Pero apenas encuentro un consuelo en creer
que respiro por fin.
Intento hablar entonces y otra vez es inútil
porque todos los pájaros
se estrellan en mi frente
y el pie de Dios ha entrado ya en el Maelstrom.
A LOS HOMBRES
CON CARA
DE PÁJARO
Amigos,
vosotros que una vez tuvisteis alas
y pico y la nariz,
la que ahora tenéis, es un recuerdo
de haber estado allí.
Vosotros que entendéis esta lengua sin nido,
mi lengua del amor y del gorjeo,
habladme de los bosques
donde todos vivimos una vez,
habladme de semillas
y del gran Vaticano mojado de las ramas,
decidme lo que no puedo saber
porque yo lo olvidé y mi cara es de químico.
Amigos que miráis como miran los búhos,
con ojos muy abiertos y asombrados
de nuestro andar de azul rinoceronte
tropezando con todo.
Recuerdo que era así como miraban
los viejos catedráticos
cuando uno les hablaba de Balbec.
Amigos que bajáis cortando el aire
y sin pedir permiso, como el águila,
hundís vuestra nariz en todo postre
y tan llena de nata la sacáis,
decidme, por favor,
si en el cielo hay despensas y avenidas
que se llenan de agua cuando el amor desborda
en un cuerpo terrestre.
Yo soy el ornitólogo del ángel.
Pero nada decís y seguís con lo vuestro,
carpinteros monótonos, picando
el alto tronco de los largos días.
Salud, hermanos serios.
Que un día llegue tanta nariz rítmica
a oler el paraíso.
LOS ALBINOS
Blancos y silenciosos,
oscuros blancos de la gran visión.
Vosotros que tan cerca habéis estado,
¿por qué volvéis así?
Así, tan taciturnos
como quien anda a ciegas, tropezando,
y es todo resplandor.
Tan callados vivís
que vuestros trajes flotan sin vosotros,
vuestra ropa de cuáqueros, manchada
por harina de estrellas.
Tan callados vivís
que una campana quiebra el iceberg
y el paciente ratón roe montañas
y tose Santorini.
Un tiempo quise estar
con vosotros y vine
con mi hatillo a llamar a vuestra puerta.
Escondido en mi gorra yo traía
el libro que los pájaros no acaban de escribir
sobre vuestra odisea
en las salinas de San Juan el solo.
Oh sí, yo quise ser el de benditas canas,
el amigo corriente
en el pueblo de todos los que al fin despertaron,
en estas casas de madera iguales, cercadas por espías:
un girasol por cada ojo abierto.
Pero nada habéis dicho desde entonces.
Y el invierno que vive en vuestra espalda
ha creado Siberia
cuando vais y venís a la cocina.
Mis reyes esquimales que con cada pregunta
solo fruncís el ceño
y por eso sale la luna
enfadada y violenta.
Pero si estornudáis
es verano un instante
y entonces os reís y entonces sí es hermoso
el pediros un poco de pan o algún cepillo
para cuidar las crines del caballo que corre
en la tundra de vuestras cejas.
Oh niños tenebrosos.
Sois tantos y tan blancos que no sé
sentarme en los pupitres tan pequeños de Islandia,
daros clase ni hablaros de aquel trópico
donde fuisteis mulatos,
donde nunca dejabais de cantar.