Reproducimos aquí el texto original que Régulo Hernández escribió para el catálogo de la exposición Jardín cerrado de Karina Beltrán, celebrada en la Galería Magda Lázaro de Santa Cruz de Tenerife en 1998. Dado que los tres dibujos inéditos que K.B. nos ha entregado pertenecen a esa misma serie pictórica, hemos creído oportuno que de nuevo se reproduzca
Vienen de lejos. Vienen de lejos, sí, las minúsculas y misteriosas pinturas de Karina Beltrán. Dibujos, pinturas delicadísimas, como creadas por una voz mínima, sometida —para llegar a tal estado— a un natural pero riguroso proceso de depuración, de despojamiento.
No hay aquí, en estos lugares, ni la grandilocuencia ni el despliegue artificioso de medios, recursos habituales en otras prácticas pictóricas. Auténticos tratados de esencialidad, en los dibujos de Karina Beltrán asistimos al enigmático encuentro del rigor con la magia, de la constructividad con la ensoñación. En efecto, desde hace algún tiempo, Karina Beltrán ha venido ofreciéndonos la gozosa oportunidad de contemplar una obra pictórica sutilísima, en la que, por otra parte, una constante búsqueda interior forma perfecta unidad con la tan necesaria innovación plástica.
Guiados por una «hebra de plata» —como hubiese querido Agnes Martin—, nos adentramos en estos jardines invernales, en estas casas, arque-factos o habitáculos para un sueño pintados en el vacío. De similar forma que en sus anteriores Otros lugares, se nos muestran aquí nuevas construcciones líquidas: albercas, o casas embalsadas, guaridas de una ausencia.

acuarela y tinta sobre papel
Karina Beltrán parece concebir cada uno de sus dibujos como un pequeño templo esencial. Poemas impronunciables, estas láminas y pinturas son el recinto de la transparencia, el refugio de un ser vulnerado. Tal vez María Zambrano hubiese podido haber visto en ellas la morada de los seres a los que tan bello libro dedicó, Los bienaventurados: « Desde el fondo de la soledad y aun más de la desdicha, si es dado que una ventana se abra, se puede, asomándose a ella, ver, pues que andan lejos e intangibles, a los bienaventurados. Siendo los seres perfectamente dichosos solamente en la hondura de la desdicha se hacen presentes, se aparecen».
A los que hemos visitado la anterior muestra de esta artista no nos resulta desconocido su interés por los lugares cerrados, por los umbrales que se adivinan. En este universo de variaciones evanescentes, de fragilidad, y sutileza, nuestra visión parece ser la invitada a un refugio enigmático. No en vano es tan querido por la autora el adagio de Giorgio de Chirico: «¿Y qué voy a amar si no es el enigma?». El aforismo de un pintor metafísico y su lectura actualizada alimentan a estas piezas que vienen a componer una suerte de constelación intocable. ¿A qué desconocida estancia, así pues, nos conducen estos pasadizos oscuros? Tal vez, como en todo gran dibujo, como en todo poema intenso, aquí se nos ofrece la dicha de contemplar un espacio para el exilio, un territorio de la blancura, jardines nunca hollados. Aquella «hebra de plata», transmutada ahora en firme mano de plomo, nos conduce no ya por lo que antes eran miradores, azoteas, sino por jardines cerrados, cajas que vienen a ser continentes de una blanca oscuridad. Hemos sido invitados al espectáculo de una nieve que nuestra mano no podrá tocar. Un jardín cerrado. Un jardín de nieve. Una casa oscura.

acuarela y tinta sobre papel
Fue Mircea Eliade quien nos enseñó a los occidentales las sutiles relaciones de asimilación que se establecen, en muchos textos budistas, entre el Cosmos, la casa y el cuerpo humano. Así, en el ensayo «Romper el tejado de la casa. Simbolismo arquitectónico y fisiología sutil», el escritor rumano nos hace ver cómo el cuerpo parece ser una casa de cuyo interior escapa el alma en el momento de la muerte y «todas esas imágenes equivalentes—cosmos, casa, cuerpo humano— presentan o son susceptibles de recibir una ‘abertura’ haciendo posible el paso a otro mundo». No sé si yerro al tener la idea de que en la obra de Karina Beltrán se da forma a pequeñas construcciones que representan un espacio de transición, un lugar que levita como a la espera de una llamada. Esas aberturas, ventanas y pasadizos acaso vengan a ser el ansiado hueco de la partida. Acaso, también, una invisible presencia allí cobijada aguarde el momento en el que, como San Juan de la Cruz, pueda expresar:
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.