El poeta Richard Leigh (1649-1728) suele ser considerado, por razones cronológicas, uno de los últimos representantes de la «escuela metafísica» inglesa del siglo XVII. Su obra lírica se recoge en Poems upon Several Occasions and to Several Persons, volumen publicado en 1675. Es autor asimismo de The Transposer Rehearsed, or the Fifth Act of Mr. Baye’s Play; being a Post-script to the Animadversions on the Preface to Bishop Bramhall’s Vindication, así como de un panfleto, editado en 1673, en el que ataca la Conquista de Granada de Dryden (A Censure of the Rota in Mr. Dryden’s Conquest of Granada).
El texto inglés de «Sleeping on Her Couch» —uno de los más célebres poemas de Richard Leigh— es el ofrecido en la antología The Metaphysical Poets, editada por Helen Gardner para Penguin Books (1985). La traducción castellana del poema forma parte de una extensa antología de los poetas metafísicos ingleses del siglo XVII en la que el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna viene trabajando desde hace varios años.—
Sleeping On Her Couch
Thus lovely, Sleep did first appear,
E’re yet it was with Death ally’d would;
When the first fair one, like her here,
Lay down, and for a little dy’d.
E’re happy Souls knew how to dye,
And trod the rougher Paths to Bliss
Transported in an Extasie,
They breath’d out such smooth waies, as this.
Her Hand bears gently up her Head,
And like a Pillow, rais’d doth keep;
But softer than her Couch, is spread,
Though that be softer than her Sleep.
Alas! that death-like Sleep, or Night,
Should power have to close those Eyes;
Which once vy’d with the fairest Light,
Or what gay Colours, thence did rise.
Ah! that lost Beams, thus long have shin’d,
To them, with Darkness over-spread,
Unseen, as Day breaks, to the Blind,
Or the Sun rises, to the Dead.
That Sun, in all his Eastern Pride,
Did never see a Shape so rare,
Nor Night, within its black Arms hide
A silent Beauty, half so fair.
Dormida en su diván
Así al principio vino amable el Sueño,
Antes de que se aliara con la Muerte;
La primera beldad, como ella aquí,
Se recostó muriendo brevemente.
Aun antes de saber morir las almas
Y de seguir más ásperos caminos
A la gracia, llevadas en un éxtasis,
De esta forma tan suave respiraban.
La mano sirve de gentil soporte
Y, almohada, sostiene su cabeza,
Mano abierta, más blanda que el diván,
Más blanda todavía que su sueño.
Que la noche, que el sueño como muerte
La fuercen a cerrar aquellos ojos
Que una vez compitieron con la luz
E irradiaron tan vívidos colores…
Lástima de fulgor que se ha perdido
Para aquellos que viven en tinieblas,
Aurora no visible para el ciego,
Día que no amanece para el muerto.
El sol que nace en su oriental orgullo
No vio jamás tan singular figura,
Ni la noche ocultó en sus negros brazos
Belleza más callada, más hermosa.