Antes de abordar de lleno mi intervención aclararé algunos puntos para que así sea posible una interpretación más o menos precisa de lo que propongo. Al plantearme escribir sobre literatura canaria actual me enfrenté a tres conceptos que, en mi ánimo por la disección, cobraron relevancia por sí mismos. Así, ante estos tres conceptos que aparecieron en mi mente como nodos de una forma, no pude sino recurrir a la descripción de contextos para que esa forma que es ‘literatura canaria actual’ cobrara su propia dimensión. Se impusieron discursos sociológicos y discursos estéticos, imbricados de un lado y otro para abordar las tres preguntas que siguen:
¿Qué es lo actual?
¿Qué es ser canario?
¿Qué es literatura?
Quisiera aclarar que esta contextualización crítica —realizada a través de estos dos tipos de discursos— es la respuesta misma, y no hay objetos directos que vislumbrar. Queda así pues fiada a la capacidad resolutiva de cada uno de nosotros, y a través del sedimento que deja lo sociológico y lo estético en el discurso, la mineralización del concepto de ‘literatura canaria actual’.
¿Qué es lo actual?
No podemos negar que estamos inmersos en la globalización y que esta condición actual del mundo repercute en cada uno de nosotros, transformándonos en sujetos que actúan y construyen su existencia de manera interconectada e interdependiente. Nuestra provisión de carne depende de las exportaciones de carne de Argentina. El precio del combustible de nuestro coche está sujeto a reglas de mercado dictadas en Arabia Saudí. Nuestro trabajo depende de un grupo de inversiones con sede en California. Compartimos nuestras experiencias vitales y nuestras creaciones culturales mediante redes gestionadas en continentes en los que nunca hemos estado. Un panorama así, en el que las fronteras parecen desaparecer y los intereses empresariales rigen sobre el suceder, afecta profundamente a la comprensión del lugar que ocupamos. No podemos negar que pensar el lugar que ocupamos implica abarcar en nuestra mente lugares remotos que nos influyen directamente como occidentales globalizados que somos. Esto, aunque en apariencia implique riqueza y pluralidad para el individuo abierto a la reflexión y el contraste, también tiene una vertiente oscura, cuando no siniestra. Y es que a la complejidad, al universalismo y al acceso libre a la cultura que cabría esperar de un mundo así de amplio, se le suma en grado restante la inmediatez, la mediocridad y la simple idiotez. Fuerzas éstas que al confrontarse con los valores merman su prestancia y, en no pocas ocasiones, los anulan, fallando a favor de la doble hoja de la sociedad de la información: el acceso constante a lo que pasa imposibilita la solidificación de criterios o la reflexión en torno a lo que sucede. No se discierne, se acata la información y se registra, creando marañas de nociones que con el tiempo se vuelven formas de conciencia, maneras falaces de estar en el mundo, relacionarse con los otros y concebir cultura. Citando a Lipovetsky: La sociedad posmoderna es aquella en que reina la indiferencia de masa, donde domina el sentimiento de reiteración y estancamiento, en que la autonomía privada no se discute, donde lo nuevo se acoge como lo antiguo, donde se banaliza la innovación, en la que el futuro no se asimila ya a un progreso ineluctable. (La era del vacío, 1983)
Percibir el presente resulta una tarea tan confusa Advertir como recrear escenarios remotos del pasados. El mapa de la complejidad, la red de sucesos que nuestro cerebro se ve diariamente obligado a confrontar es una venda para nuestra capacidad de atención y conocimiento. Tratar de construir un panorama de lo actual desde la conciencia del cúmulo de información que la actualidad abarca es como poner en pie el esqueleto de un homínido prehistórico. Cada individuo proyecta sobre el plano de lo que está sucediendo sus emociones, sus ideologías, su cultura y, de esta forma, cree entender o al menos cree posicionarse en eso que sucede, cuando en no pocas ocasiones dicho entendimiento es hijo de una inmediatez que nos condena a una comprensión superficial de aquello que nos rodea, y vuelve mediocre, sesgado y refutable nuestro criterio. La proliferación de medios de comunicación que nos dicen lo que sucede y nos revelan lo que debemos pensar según sus intereses hace que una noción cabal no pueda atenerse a un sólo cauce de opinión (y menos un cauce de opinión que es manifestación de una sociedad fundamentada en efectismos de pantalla), sino que debe erigirse como línea tangencial entre doctrinas de poder, resplandores mediáticos y tendencias empresariales. Este conocimiento por medio del contraste exige disponer, sin embargo, de uno de los bienes más preciados por el ser urbanita del siglo xxi : el tiempo. Y la cultura del bienestar nos ha repetido desde hace unas seis décadas que el tiempo posee un valor económico valor, y se transforma en mero ocio cuando no se destina a la producción. Por ello el ser urbanita del siglo xxi decide mantener en su cerebro la noción de actualidad y le dedica el menor tiempo posible, pues saber lo que sucede, crearse una opinión profunda por contraste es sinónimo, en nuestro estado de bienestar, de pérdida de tiempo, ya que lo que no se invierte en producción u ocio carece de repercusión sobre lo que cabe esperar del tiempo de un buen ciudadano: que produzca beneficio económico. La circunstancia es que cuando el ser humano valora su tiempo según el eje trabajo-ocio se olvida de sí mismo, e incurre en la idiotez del que arrumba cualquier reflexión sobre lo que pasa, lo que se es y lo que se espera que sea a la índole de lo aburrido. Construir una opinión del mundo por sí mismo no es útil, nos sugieren desde los medios, a la vez que nos introducen en el buche el alimento informativo masticado y digerido, como si nos dijeran: no pienses lo que pasa, nosotros ya lo hemos pensado por ti. Pero basta permanecer atentos a un número impar de perspectivas sobre la actualidad para comprender que las vías de opinión son la opinión misma. El cauce por el cual fluye la información hace que la información se moldee, se estanque o se reconduzca con respecto a tal cauce, quedando en el lecho de ese río lo que no interesa. Si entendemos por cauce las vías de opinión que predominan en los conglomerados de comunicación, la idea se vuelve sencilla y la imagen cobra su evidencia. En ese contexto la línea ideológica se convierte en o incluso sustituye la información del hecho. El hecho posee el valor que el medio le otorgue y ese valor es directamente proporcional a la búsqueda de beneficios que vienen dictados por las viejas leyes de la oferta y la demanda. Permanecer atento, pues, a ese fluido, si el ciudadano no se adentra en él con un salvavidas crítico, significa hundirse en la maraña de las falsas demandas, los trucos publicitarios y demás estrategias de marketing neoliberal, donde el impulso que lleva al consumo es recompensado mediante la mejor oferta, y bloquea cualquier canal de reflexión que requiera tiempo, rigor y sensatez. Estamos, pues, ante la tiniebla de la actualidad, ante la ceguera de la infoxicación, resultando tan complejo reconstruir los escenarios inmediatos que dictaminan nuestra sociedad como si se tratara de una batalla del siglo xv . De este modo avanzamos por la tiniebla de lo actual, como Edipos guiados por Tiresias de dudosas intenciones. Son, esos Tiresias de dudosas intenciones, los que nos conducen por el entramado de los días, presentándonos una historia que no es precisamente la planteada desde los salones kantianos. Leo el periódico, veo la tele, consulto internet, escucho música de los 80, voy al trabajo… todos esos aspectos hacen de marco, de contexto para que cada individuo que lee en el periódico una noticia sobre un bombardeo, ve en la tele cómo debe emplearse un nuevo tipo de calzado o “consume” un video pornográfico colgado hace siete minutos en Oklahoma, se posicione en la realidad dentro de los ejes de un mundo diseñado por las leyes de la oferta y la demanda. No obstante, detrás del periódico, detrás de la tele y detrás de internet, detrás del vecino que me dice lo que pasó en la isla de enfrente y detrás del funcionario que me informa de un trámite recién implantado, ¿qué hay? Desocultar lo que se sitúa tras las opiniones que guían a las personas en su vida corriente es descorrer el telón y descubrir quiénes son los verdaderos actores de la actualidad. No voy aquí a entretejer conspiraciones, pero sí a destacar que estos actores, las interesadas opiniones de estos actores que vocean lo que pasa y que nos dicen lo que sucede en el panorama social, económico y cultural construyen el presente, son nuestra actualidad. Y dicha actualidad no es real. Se trata de una aglomeración de aspectos, más o menos infoxicados, con los que construimos o, mejor dicho, construyen nuestras experiencias.
Ahora cabe preguntarnos cómo este aparataje que es la actualidad —y no tanto la realidad— condiciona la creación artística. Trataré de observar cómo los frutos negros de la infoxicación: inmediatez, mediocridad e idiotez han contagiado la generación de productos artísticos. Pero antes: ¿Qué es ser canario?
¿Qué es ser canario?
Atribuir un marco antropológico a un constructo mitológico provoca que el primer elemento se contagie por procesos de conjetura y el segundo se revalorice como fuente histórica para determinadas sociedades cerradas; esto tiene como efecto una clara modificación en cuanto a la perspectiva con la que los individuos de esas sociedades cerradas se enfrentan al hecho histórico. Así, el que piensa la historia desde presupuestos relacionados con el pasado legendario, entendiendo ese pasado desde una perspectiva nacional dogmática, acabará insertando en su entendimiento una forma de plantear su mundo como centro absoluto y agraciado, tierra prometida, patria o imperio. Los nacionalismos canarios han sabido instrumentalizar con acierto estas perspectivas y este complejo de sociedad cerrada para así elaborar un ramillete identitario del que emergen nobles salvajes, polutas vírgenes y exóticas playas, es decir, postales cargadas de heroicidad, devoción y belleza; tres de los elementos que el marketing nacionalista necesita como nutriente para captar población dentro de un territorio cuyo sistema educativo, en las últimas décadas, se ha dirigido a crear una mano de obra que repercuta directamente sobre los intereses de las minorías pudientes que dominan el sector de los servicios. De este panorama se puede inferir que un adoctrinamiento por medio de discursos populistas adaptados al bajo nivel de lenguaje de la población tiene más posibilidades de extenderse que una ideología humanista y discursivamente elaborada. Cuarenta años de poder nacionalista, lemas antigodos y baratijas identitarias de toda clase y condición han hecho del ciudadano canario, del votante canario, una persona desinformada, trabajadora y con prejuicios culturales. Sólo así podemos explicarnos que uno de los creadores más solventes del siglo xx en Canarias, Hijo Predilecto de su ciudad, Premio Canarias de Literatura, traductor y, ante todo, poeta, fuese vejado por los sistemas de poder regionales y locales hasta encontrarse, por circunstancias burocráticas de cotización, en la más absoluta pobreza. Marginado por unos señores perdidos en su ascenso meteórico rumbo hacia las cumbres del poder nacional-socialista que nos gobierna, la dignidad que todo ser humano debe hallar durante su vejez, fue arteramente abolida para Arturo Maccanti. En un territorio donde la inmediatez nos hace olvidar el rostro de los corruptos, la mediocridad nos ancla a la basura mediática y la idiotez nos guarece, preguntarnos qué es ser canario puede incluso resultar embarazoso. Ser canario no es sólo una condición geográfica, somos mucho más, nos han dicho desde las plataformas insularistas, atlanticistas, macaronésicas, tricontinentalistas, mientras se fomentaban casi siempre los rupturismos, y se ponía el acento sobre lo aislado de la isla, lo ultraperiférico del ser insular, para de esta forma perpetrar el golpe efectista de la Unión, lo nuestro, lo canario. Mientras tanto, eso que se eleva a la categoría de idiosincrasia no es más que un marco diseñado para mantener el status quo de terratenientes, fumapuros y asalariados. Ser canario es tener una identidad común, nos han dicho y repetido cientos de trasnochadas cacatúas, mientras rapiñaban para que la construcción de esa identidad tuviese lugar fondos, pactos y subvenciones (gracias a las cuales nos han diseñado trajes, fiestas y fuegos de artificio). El canario que sobrevivió a la posguerra fue el canario humilde que tuvo que salir de su territorio mientras portaba consigo la maleta de los recuerdos. El canario que no escapó de la pobreza rumbo a otras patrias, sólo pudo dejarse someter por los potentados, viendo violada su dignidad como ser humano a cambio de un saco de papas. Es de ahí, de los retornados después del hambre y de los hambrientos pisoteados, y luego de los trabajadores del turismo y del derroche, desde donde emergió la sociedad canaria actual, regida aún hoy por la estirpe de potentados que el fascismo implantó en los años de la barbarie y que se traduce en un pacto nacional-socialista como el actual. La industria mediática perfectamente acomodada a la demanda de un ciudadano desinformado, trabajador y con prejuicios culturales es buena muestra de hacia dónde se dirige la atención de la opinión pública, que no está para perder el tiempo cotejando nociones.
¿Qué es literatura?
Como antes referí: el acceso constante a lo que pasa imposibilita la solidificación de criterios y la reflexión en torno a lo que sucede. No se discierne, se acata la información y se archiva en el olvido, creando marañas de nociones que con el tiempo se vuelven formas de conciencia, maneras falaces de estar en el mundo, relacionarse con los otros y concebir la cultura. Suponiendo ahora que la actualidad impide más que facilita el posicionamiento cabal sobre el suceder y afirmando, a su vez, que ser canario es una circunstancia problemática —resultado de tráficos migratorios, abusos sociales, planificaciones identitarias y estancamientos ideológicos—, cabe preguntarse cómo se conciben, en un panorama así, la cultura, el arte y la literatura. Sin ánimo capcioso, considero que poner en relevancia los puntos negros, no tener en cuenta las ventajas y, por un instante, ser crítico desde una perspectiva ácida, permitirá disolver dudas en torno a un concepto que, en positivo, todos tenemos claro: ¿Qué es o qué se entiende por literatura canaria actual? Una respuesta somera podría responder argumentando que literatura canaria actual es la manifestación artística del idioma oficial que se lleva a cabo dentro de este territorio autonómico en el espacio de tiempo que a cada cual le toca vivir. Pero estos tipos de respuestas, en cuyo ánimo sólo se oculta una definición que podría ser reemplazada por otra definición, no son más que bagatelas propias de la sociedad de la información, creación de baúles que esconden baúles que esconden baúles. Definir mediante tácticas eufemísticas y sinonímicas conduce a laberintos que se van bifurcando y alejando cada vez más del origen hasta dar como resultado una idea sesgada y sin pie en lo que cuestionamos. He ahí el reduccionismo de las definiciones. Por eso, la contextualización crítica de los términos para definir es la respuesta misma, y queda en la capacidad resolutiva de cada uno de nosotros la mineralización del concepto. Por este motivo ahora consideraré un contexto crítico y basado en los dos fragmentos anteriores para tratar de poner en pie qué es (actualmente y en Canarias) literatura.
Si bien es cierto que tenemos a nuestra disposición tres herramientas epistemológicas para definir qué es literatura: el procedimiento estructural, el procedimiento funcional y el procedimiento semiótico, yo me remitiré al Círculo de Praga del que surgió el Formalismo Ruso entre 1915 y 1930 para enfocar de manera concisa qué puede entenderse por literatura. Así, desde el hallazgo de la literariedad, en la que la presencia estética del texto prepondera sobre el hecho ideológico gracias a su reevaluación, pueden establecerse los siguientes baremos para saber qué es literatura (aunque en el seno de los procedimientos definitorios existen autores como John M. Ellis que consideran que la pregunta en sí está mal enfocada, pues la literatura se define a través de los textos). Sea como sea, creo que los siguientes puntos son fundamentales para que el entendimiento de este arte pueda tener lugar con la profundidad que exige. Así tenemos que en la literatura se da: el predominio de la función poética sobre la referencial (no se limita a comunicar), la ambigüedad, que permite riqueza de interpretación, y el lenguaje connotativo (y, por tanto, plurisignificativo). De estos tres elementos emerge el magma de figuras literarias, eufonías y correspondencias que diferencian con rotundidad un texto, pongamos por caso, de Luis Alberto de Cuenca de un texto de Wallace Stevens Y ahora, viajemos a nuestro devoto, heroico y bello archipiélago.
Podemos considerar que el nacimiento de la literatura en Canarias tuvo lugar desde la tradición popular: romances y demás elementos líricos de raigambre oral introducidos con los conquistadores. A la vez, las Endechas a la muerte de Guillén Peraza, compuestas en torno a 1447 y por lo tanto primera manifestación literaria del archipiélago, permiten hablar, junto a la presencia posterior de Cairasco de Figueroa y la creación del mito de Doramas, de una microtradición literaria insular de estirpe culta que se fundada desde época tan temprana. Tradición, por tanto, que se remonta al siglo xv y que desde esos presupuestos comienza a funcionar con continuidad, desde una producción literaria que transcurrirá por la mayor parte de las épocas canónicas con mayor o menor virtud y hasta nuestros días. Desde las endechas hasta las vanguardias más revulsivas como el surrealismo, la literatura canaria fue capaz de crear, de autor en autor y a través de los siglos, un marco simbólico para sí misma que con gran pertinencia supieron descubrir intelectuales como Agustín Espinosa o Pedro García Cabrera. El siglo xx , no obstante, parece quebrar esas líneas definitorias de lo que se entiende por tradición dentro de un territorio. Y es que los cambios socioeconómicos que operaron entre 1900 y 2000 fueron tan profundos y complejos que aplicar una óptica lineal como la que podríamos establecer anteriormente significa caer en el abismo cronológico y dejar de lado la identificación de los contextos. Partiendo del asentamiento de las vanguardias durante la república gracias a la conexión Alemania-Francia-Canarias, el corte brutal que produjo la irrupción del franquismo se saldó con la instauración de una literatura costumbrista, religiosa y popular que, entre el 36 y el 76, marcó la creación artística oficial y menoscabó la creatividad independiente (aunque con excepciones como un protopostismo y sobre todo Fetasa), persiguiéndola hasta expulsarla o aniquilarla. Esta interrupción, unida a la pérdida de contacto con el exterior que supuso el hambre y la barbarie, propició que durante la época democrática tuviera lugar un fenómeno crucial: entre las nutritivas publicaciones de asesinados y exiliados emergieron obras de nuevos creadores. Se conforma así pues de este modo un mapa en el que cohabitaban autores creativamente activos cuarenta años atrás y nuevos talentos cuya creación buscó en fuentes exteriores realidades estéticas novedosas, al mismo tiempo que se contemporizaba con las obras de los autores antes prohibidos. El boom de la literatura latinoamericana y su influencia en los narradores canarios de los 80 y 90 es una prueba decisiva de este mapa heterogéneo. Volviendo al laberíntico agujero español, se puede considerar que el varapalo de la barbarie nacionalista quebró los contornos de nuestra literatura, ahogándola dentro de una estética represora que dejaba al margen cualquier divergencia. No está de menos mencionar que entre el 11 de mayo de 1935, cuando se inauguró en Santa Cruz la primera exposición surrealista en España, y los primeros meses de 1937, cuando los bárbaros arrojaron al mar a un joven poeta de 27 años, sólo distan dos años. Y, claro, al igual que de aquellos bárbaros emergieron los populistas que hoy nos gobiernan, de aquella ruptura emergió el ya mencionado cóctel entre la novedad del exterior y la arqueología de lo oprimido. Así pues, nos encontramos ante un panorama literario que coincide en su esquema con lo que supone ser canario. A la literatura oprimida se le sumó, una vez instaurado el régimen democrático, el caudal de la novedad que entraba a raudales por las puertas comerciales de las islas. Lo que acontecía se impuso a lo que había pasado y el escritor residente se situó en lo actual, sacrificando cualquier base histórica para apelar a la ruptura. De este modo las vanguardias canarias fueron guardadas en las vitrinas de las academias y la literatura se ramificó en tendencias dictadas ya no tanto por la exploración personal como por los ejes del mercado y sus sicarios culturales, quienes a través de los medios han recalificado el sentido del término literatura, logrando incluso que esta recalificación atente contra aquello de lo que proviene. El discurso posmoderno mal entendido invalida a muchos creadores para confrontar con sensatez sus textos, condenándolos a contentarse con formas poco elaboradas donde composición, expresión y reflexión quedan anuladas para dar cabida a los efectismos que la inmediatez reclama. Esto en Canarias es especialmente notable debido a dos factores: el mercado editorial y la crítica amiguista. El primero, trabajando al calor de las subvenciones, se ve obligado a presentar cómputos de publicaciones antes de llevarlas a cabo, lo que repercute negativamente en la calidad de las obras editadas, pues el grueso de publicaciones y la escasez de personal cualificado para poner en su lugar autores y obras propicia que las editoriales, en su búsqueda de facturas que justifiquen cómputos, arrojen al mercado obras de dimensiones estéticas mediocres. Aquí se puede observar cómo el discurso posmoderno, que justifica estéticamente cualquier planteamiento acerca de lo real se da la mano con los intereses mercantilistas, en tanto que su capacidad para engendrar opúsculos poco meditados, repletos de baja formación literaria y escasa conciencia artística, alimenta a la máquina de recibir subvenciones. Por otra parte, al permanecer dentro de una sociedad adoctrinada para utilizar paupérrimos registros de lenguaje, la lágrima barata, la pirueta y la paja mental se establecen como elementos fundacionales de una forma de entender la literatura que es presa de su tiempo.
La crítica amiguista, en la que muchos hemos incurrido, es un lastre igual que el amarillismo. Probablemente sea la falta de interés con respecto a la ejecución de una crítica más o menos ortodoxa y el complejo de sociedad cerrada lo que provoca este tipo de sesgo que es incapaz de comprometerse estéticamente con los textos e incurre, por ello, en el camuflaje del comentario de prensa, la presentación oficial o el texto introductorio, como si existiera un irritado cordón umbilical entre críticos y autores que objetivamente no contribuye a la expansión y consolidación del pensamiento libre, independiente y profundo, sino a la recreación constante de un espacio intelectual que se alimenta de espejos. Ese síndrome de críticos convertidos en periodistas de tres al cuarto hace que sea prácticamente imposible canalizar el cauce editorial dentro de un marco sólido que nos permita distinguir el grano de la paja, el capricho adolescente de la obra de arte meditada, o la paja del grano. Es sabido que los elogios desmejoran con la sinceridad y que no es lo mismo (o no debe serlo) una nota de prensa que una crítica. Considero que sólo así, permitiendo que cada creador se sitúe donde le corresponde con respecto a la información estética que su obra posee, podremos ir encajando una realidad cultural que sea capaz de escapar de los patrones negros de la sociedad de la información. De lo contrario, la literatura canaria será devorada por creadores que en su búsqueda de mercado imitan estructuras bestsellerianas, dando a la luz obras que finalmente no cumplen ni con las cuotas esperadas para un libro vendible ni con los paisajes estéticos que la historia de la literatura ha ido generando no tanto para entretener, sino más bien para comprometer. Estos abortos de la inmediatez, la mediocridad y la idiotez, si bien no tienen por qué ser detenidos en su proliferación, sí que deben ser señalados como los subproductos culturales que son, y convenientemente catalogados para un uso puramente frívolo en el que el predominio de la función poética sobre la referencial, la ambigüedad que permite la riqueza de interpretación y el lenguaje connotativo brillan por su ausencia. La misma ausencia que encandila en esa presunta poesía que se gesta en lo coloquial, lo directo y lo comunicativo como reacción sin pies ni cabeza contra lo erudito, lo metafísico y lo hermético. Esta reacción de apariencia rupturista proviene, como siniestro síntoma, de esa enfermedad que hemos visto proliferar en nuestro sistema educativo desde hace ya varias décadas y que se ha saldado con la persecución del empollón, el hiperlúcido y el artista como si fueran verdaderos apestados. Quizás, parafraseando a Benjamin, el carácter destructivo hace su trabajo, pero evita el trabajo creativo. Mientras el creador busca estar solo, el destructor debe rodearse incesantemente de personas, de los testigos de su actuación.