El poeta y ensayista Fernando Gómez Aguilera (San Felices de Buelna, 1962) dirige la Fundación César Manrique (Lanzarote). Ha publicado los libros de poesía La mirada anterior (1995), Libro de la extinción (1999), Oficio de la nada (2001, reeditado en 2004) y Espejo estoy (2004), con el que obtuvo el premio internacional de poesía Ciudad de Las Palmas 2003.
TAZA SOBRE LA MESA
Hoy el alma del día
descansa en la serenidad
de una taza blanca.
Severo instante suspendido.
Con la mano rodeo el paisaje
vacío del pensamiento.
Hay belleza en la levedad,
pequeños oasis inesperados,
frágiles como una vida.
Nace dentro la música
quieta, aire que purifica el camino
y abre puertas obstruidas.
Sobre la mesa, el tiempo
en claro como fina arena
que sosiega y cerca la mar.
Una sencilla taza blanca
espera en silencio, sugiere
que pronto será tarde.
PASEO
Ningún resto de lluvia ni de lodo
en el paseo de avellanos. Tiempo
sin frutos, hojas ligeras y cáscaras
a un lado y otro de nuestros pasos.
A esta hora copiosa, entre el ramaje
la vida es gigante y discreta.
DOBLE VEREDA
Una vereda, para la mirada
y otra, fuera, para el paseo
de las nubes gozosas,
el cielo limpio, por donde caminan
los ojos delicadamente
sostenidos en la promesa
de la ventana. No hay otro mundo.
Con sus dedos transparentes sujeta
un súbito dios de cristal
la mudable balanza de la vida.
La luz vacila desde dentro,
se apaga y se enciende en fueguitos
endurecidos por la herida
que obstruye la realidad.
¿Allí todo sigue teniendo nombre?
En esta orilla la certeza es leve
y medrosa. Sólo las nubes
veloces, hospitalarias, acreditan
la permanencia de cuanto ha existido
mientras pasan, se disgregan y glosan
su reparo: la dicha no perdura.
ESCOLLOS
No son fáciles las cosas sencillas.
Ni distinguirlas, ni apreciarlas,
ni a diario sostenerte en ellas.
Esto último es más difícil aún.
Con frecuencia, suelen confundir mucho,
puedes perder toda una vida.
El aprendizaje es minucioso. Tardas.
Ayuda desconfiar de lo aprendido,
obstinarse en ver desde abajo arriba
y, frente al mar, sin cansancio, decirte:
esta es la íntima senda del viajero.
Ese día, el mundo estrena otro mundo
y te alcanza de lleno su chispazo.
UNA HIERBA COMÚN
No te parecería amor esta hierba
común, una prueba lo suficiente
hermosa, quizá por su intrascendencia,
quizá porque nace y muere sin gloria
ni memoria que alguien ampare y guarde.
La hierba que mis ojos protegen
para ti, mirándola cada día
sin tiempo, junto a la puerta de casa,
entregado al sol, el frío y las nubes,
confundido con pájaros e insectos
como si fuera uno más de ellos.
Esta hierba sencilla, anónima,
que procede de la tierra y la lluvia,
pacientemente perdida en su savia
milenaria, un cofre de húmeda luz.
Ahí dentro, en su delicado y frágil
vigor, sobreviven estirpes
de prados, reses y hombres.
Si quisieras recorrer su secreto,
el desarrollo de su tallo, el mapa
de sus milagrosas raíces,
habitar su modesta inflorescencia,
vivirías por un momento
la fortuna del asombro más limpio.
Y quizás entonces te pareciera
amor esta hierba común que defiendo,
una prueba lo suficiente hermosa
como para tomarla entre tus manos
y apreciar en su crecimiento
la fuerza desnuda de un largo origen,
la frágil maduración de la vida
bajo el cielo altísimo, cuanto he sido.