Andrés Sánchez Robayna (Gran Canaria, 1952). Sus libros más recientes son Cuaderno de las islas (2011) y Variaciones sobre el vaso de agua (2015)

I

Juan Ismael
o la metamorfosis

El trovador, de Juan Ismael —una pintura fechada en 1954—, parece reunir algunos de los elementos más definitorios de un trabajo pictórico fundado en la continua metamorfosis de la realidad visible. Mutación, metamorfosis: metáfora.

Un hombre canta con su guitarra bajo el cerrado manto del cielo nocturno. Una constelación que parece descendida hasta el cantor enmarca la escena y la figura. Por otra parte, ¿no es el sol mismo el que parece brillar al fondo, no es la luna lo que brota del puente de la guitarra?

Un extraño ramaje empieza a asomar por la boca del instrumento. La mano misma del instrumentista parece arborizarse. Ya empezamos a verlo: las notas que salen de la voz y de la guitarra se tornan estrellas. La guitarra regresa a su materia, a su madera. Y el propio hombre se transforma en árbol.

En el caso de la obra toda de Juan Ismael —pinturas y dibujos—, ¿no celebramos ante todo esta capacidad para hacer de lo visible una red de infinitas, sutiles, seductoras metamorfosis?

II

Cristino de Vera,
la mirada ante el espejo

Apenas nada, sí, según suele ocurrir en la pintura de Cristino de Vera. Le basta, casi siempre, un paño, un espejo, una vela apagada, un cráneo, una cestilla. Le basta el solo espacio de la meditación.

La taza, o el cuenco, tiene en la pintura de Cristino de Vera no sólo el sentido de la cotidianeidad simple, reducida a su minimum expresivo, sino que se convierte en referencia al puro espacio accipiente.

Concavidad, espacio receptor. Imagen del vacío.

Lo que el espacio —el espacio de la mirada— espera recibir es la gracia, la iluminación. Todo queda a la espera, todo es pura inminencia.

En Dos tazas y espejo, las dos tazas se duplican, como una suma de soledades en el espacio desnudo. Espacio especular. En el espejo, la diagonal de sombra —o de la superficie en la que las dos tazas reposan— coincide con la sombra interior de una de estas. Continuidad mágica, alineación misteriosa.

¿Es la sombra la sola gracia que recibirán, la lección de la sombra?

III

Luis Palmero
y lo desconocido

Esa banda inferior, ¿no es el mar, el mar color naranja? ¿No señala, en rigor, un horizonte?

Una de las series más seductoras —y una de las que más naturalmente se han desprendido de su estricta investigación en la ortogonalidad y el color puro— es la que llevó un día a Luis Palmero a materializar su búsqueda en raras construcciones, en arquitecturas tan simples como cargadas de silencio metafísico. Como un De Chirico subtropical, el pintor se entregó durante largo tiempo a dar cuerpo a luminosos espacios de misterio.

En Sin título (2003) vemos, además, un vano que deja paso a un azul hipnótico, a una interioridad azul. A la derecha, una barra vertical, negra, insinúa otra puerta. Ambas dan paso a lo desconocido.

Y un cielo tutelar. Perspectiva sutil: el punto de fuga remite a la barra o puerta negra, como si esta encerrara en su interior todos los colores, todos los espacios, todos los misterios.

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