(Traducción de Virginia López Recio)
Úrsula Foskolou nació en Atenas en 1986. Escribe relatos y colabora con muchas revistas literarias, haciendo también traducciones del español, inglés y francés. Trabaja como diseñadora gráfica.
Bajo la gran higuera nos sentamos en sillas de hierro, aquellas de nuestros abuelos de los años sesenta. Con sus adornos sofisticados, pintadas de blanco y con un cojín de florecillas con cremallera al lado. Quiero decir de «hierro forjado», pero titubeo. En el jardín no hay césped, tan solo algunas hierbas secas por aquí y por allá y otras que no sé cómo se llaman. Por la tierra circulan hormigas, las veo andar entre nosotros, tal vez también pulgas, puede que cucarachas. Las chicas llevan zapatos abiertos, chanclas, sandalias; miramos para abajo continuamente y se nos pone el vello de punta. Me ofrecen cerveza en vaso de plástico. Al rato lo lleno de nuevo, yo sola. Sirven rabanillos y pepino caliente cortado en tiras largas.
—Es Light ―me dice la señora Keti—. Lo he cogido para ti, venga.
Veo en el cartón de zumo que a un lado dice life en vez de light, pero me da vergüenza decirlo. Le doy las gracias y lleno un tercio del vaso. Sé que no me lo voy a beber, pero ella me acaricia el pelo y se aleja contenta. Los chicos que están a mi lado beben refrescos y eructan. El hermano de Irini, que es mayor, está con la bici en el amplio jardín.
La cerveza me ha puesto un velo ante los ojos. Las luces parecen más intensas que antes y de vez en cuando tengo dificultad para ver las siluetas. Todos nosotros estamos molestos en el «hierro forjado», nos movemos continuamente, arreglamos los cojines. Mi propia silla tiene en el respaldo algunas pequeñas flores, gusanos enrollados que se me meten de forma violenta en la columna cuando me apoyo. Me he subido mucho la falda por el calor y me siento con las piernas cruzadas, aunque lo que quiero realmente es abrir las piernas para que se me seque el sudor. Hablan a mi alrededor, tienen títulos universitarios, doctorados, el hermano de Irini está casado y tiene un niño, otros no viven ya aquí. Somos mayores, serios. Nos sentamos todos en un círculo imaginario, veo que extienden las piernas hacia el centro. Muevo las mías con nerviosismo y no tengo ganas de conversar.
En un rato vamos a jugar en la casa a «beso, atrevido o verdad». Se han chivado y todos tenemos prisa en servirnos la comida en el plato. Damos vueltas alrededor de la fuente que tiene los pinchitos de pollo, nos quedamos mirando las banderillas multicolores sobre las empanadillas, evitamos todos de forma estratégica la ensalada fría de macarrones y nata líquida. En la habitación de Irini han apagado las luces. Los padres se quedarán fuera y nosotros nos besaremos en la oscuridad. No he tenido tiempo de comerme toda la comida, pero me tiran de la mano. Estará también Pablo en el juego. Tiemblo un poquitín del entusiasmo. Tenemos trece años; yo hasta agosto no los cumplo.
Lleno de nuevo mi vaso y creo que por la puerta pequeña del patio entra Pablo. Entorno los ojos para asegurarme. Lleva camisa y corbata, pero ha engordado y le falta un poco de pelo. Todo el patio huele a perfume de hombre que me recuerda a mi padre. Se topan todos con él, los abraza con una sonrisa. No me muevo de mi asiento, aunque esté molesta por el «hierro forjado». Mastico un rabanillo y su sabor picante me quema la lengua. Mis gafas se han empañado por algún motivo, me las quito y me las limpio con el borde de la falda. No he comido nada, excepto el rabanillo y empiezo a sentírmelo en las extremidades que me tiemblan suavemente. Me sorprendo al observar a aquella compañera de clase que se fue pronto a Inglaterra. Se ha traído a su novio, pareja antipática y bella.
—Sacaremos números ―salta Olga.
Cambiamos de juego, el padre de Irini merodea fuera de la habitación y nos da vergüenza. Las luces están aún apagadas y el jardín parece hermoso desde la ventana. El césped está cuidado, algunos rosales a un lado, muchas margaritas por la parte de atrás y las madres alrededor de la mesa recogen platos, pican y ríen. Soy la última, porque me quedo atontada mirando. Pero por algún motivo siento que los pies me tiemblan y sudo. Alrededor de mí Olga, Irini, Pablo y los otros chicos que gritan.
Mi vaso de cerveza está lleno de nuevo. Suena una música peculiar, ahora oímos jazz y hacemos como que nos gusta. Hablamos sobre temas serios y lo sabemos todo. Han venido, me han preguntado también a mí, los he echado rápido y luego me he levantado. Me siento ahora más cerca del bar. No comento nada, «todo bien». Reviento de calor, abro las piernas y no me importa, que miren. Por momentos todos se giran hacia mi lado, dejan sus doctorados vagar por el aire. Los veo volar y quedar luego como halos sobre las cabezas de sus propietarios. Están todos perfectos en la oscuridad de la noche. La trompeta —la de Dizzy Gillespie— los despierta del letargo.
Me mareo y salgo afuera. Es que no he comido. Si me hubiera bebido el zumo, ahora estaría bien. Corro hacia mi madre.
—Me mareo ―esto lo digo cuando tengo hipoglucemia. Me da un terrón de azúcar y todos nos miran.
—Quiero que nos vayamos ―le susurro, porque me ha dado vergüenza y he perdido la oportunidad de que me bese Pablo―. Nos despedimos aprisa y entramos en el coche.
—Un brindis, un brindis ―grita Mery, la delegada de la clase, que dentro de poco será fiscal―. Vuelvo la cabeza como rechazando, pero aun así su mirada se queda fija en mí. Lleva un vestido asimétrico multicolor, sandalias de tacón alto y está peinada como para una boda.
—Tú tienes que hacerlo, la escritora ―dice sin creérselo y se acerca a mí.
Quiero pegarle, pero estoy borracha y me mareo. Sin prisa me levanto sacudiéndome la falda, vacío el resto de cerveza en la tierra seca y el vaso lo lleno de zumo de naranja me lo bebo de un tirón. Los miro a todos, uno a uno.
—Hierro forjado ―digo, y me voy.