Un hombre
sobre un puente
Un hombre sobre un puente
no cruza a ningún sitio
y un puente entre los otros y los unos
enlaza al enemigo con su doble.
Lo mejor es quedarse quieto.
No ver y no saber
que los que pasan por aquí
vienen de un extremo, cruzan
y llegan al otro extremo
con la cara cansada, la maleta
y una presencia que ha cruzado
y ha sido, un instante,
extranjera de todo.
Por debajo desfilan los barrancos,
los restos de la lluvia y de la nieve,
mas no son los barrancos ni la nieve
y menos es la lluvia la que baja.
Son los hombres que se mueven los que bajan,
los hombres que se empeñan
en continuar sus pasos, los que avanzan
porque una vez alguien les dijo
que lo propio es avanzar.
Esos son los que bajan porque tropiezan,
los que tropiezan porque no se detienen, como yo,
en medio del puente
para comprobar que los puentes
unen lo uno y lo otro
sin más metafísica que el tránsito.
¿La oficina y la casa de la madre,
la estación y los museos,
la autopista y la fábrica
de qué lado, quieto como estoy,
están ahora?
Miro las piedras
que componen el suelo.
Miro el suelo
miro el suelo como conjunto
compuesto de piedras.
Hay un pájaro muerto
y una pregunta que yace en el ojo
cuando veo al mismo pájaro
descender en espirales
y desplomarse.
¿Cuánta distancia existe
entre el pensar que mira
el fondo de las cosas
(el fondo, por ejemplo,
del mirlo que muere en el cielo)
y el simple bajar sin transcendencia?
Hay bulla en el vacío
y una fiesta perpetua en los abismos
a la que todo el mundo está invitado,
pero la gente pasa y ustedes pasan
y no escuchan el ruido de las cosas que caen,
el lamento de falanges y mandíbulas
que roe el corazón de los que esperan.
Hay una fiesta allá abajo
a la que cada cual,
por su propio pie
y su extraña sombra,
sucumbirá.
Yo no conozco a nadie, yo
me quedo aquí,
sin unos y sin otros
en medio del puente,
sin doble ni enemigos
en medio de todo,
calibrando la altura
que dista de la piedra,
el eco del golpe
el eco del golpe
y su silencio.
En el refugio virgen
de este bosque
En el refugio virgen de este bosque
los helechos se expanden
a los lados y hacia el cielo.
Solitario entre piedras
ribeteadas de musgo ceniciento, exhausto
de vuestra preciosa
capacidad de arrojo,
de las reglas promulgadas
para el sacrificio,
la reputación de mis placeres
y los pactos sellados con sangre,
expreso ahora mi nombre
entre los árboles
para ser entendido
por los flujos de savia
y redoblar en los tambores de pétalos,
en las compactas piñas,
en las agujas doradas
y elevarme.
Pero estos árboles
y todo lo que son en su conjunto
(piñas, pétalos y agujas)
no entienden el idioma
que necesita tiempo para hablar.
En el refugio no manchado,
mientras riega su aroma la candela
y el tordillo se posa en los erizos
y prosiguen los helechos expandiéndose,
de mi propio pensamiento y de mi cuerpo
y de todo lo que hay y pesa
sobre él, tras él
y a su alrededor
y a su alrededor soy testigo,
no estoy solo,
no estoy solo, ladra un perro.
La pereza se acerca
La pereza se acerca,
con cuerpo de serpiente, al carpintero,
hace astillas sus manos,
desclava la cruz del templo,
oxida buriles.
El padre, por pereza, niega a sus hijos,
se entrega al miedo, engorda
y charla con mulos ignorantes.
La pereza resta sensatez
a la cordura, quiebra el corazón
de amigos muy antiguos,
custodia la soberbia de los hombres,
guardianes de la nada.
Con pereza no vino a nuestro mundo
y fue instruido por sabios macedonios
el joven Alejandro.
el joven alejandro. Píndaro, con pereza,
nunca hubiera podido escribir el poema
que evitó que su casa fuera demolida.
Pereza no es de buena familia. Se alimenta
del sudor y la sangre de los otros.
En las tierras de Circe
fue pereza y no Ulises la cornuda
y en el Juicio de Osiris es el golpe
que quiebra el equilibrio en la balanza.
La pereza asestó la puñalada de Bruto,
condenó al viejo Sócrates,
permitió que los pueblos adoraran
la palabra de un profeta,
el oro de un becerro,
el vino de un banquete.
Pereza es mal agüero,
muerte en las cartas,
cuchillos afilados.
En el diván del opio
cuando apagan las luces
y las putas muestran sus pezones,
es ella la que incendia el escenario,
arroja al fuego los vestidos,
prende las luces y nos obliga
a lanzar unas monedas.
Porque pereza es sabia
y monstruosa a un mismo tiempo,
edificó el hogar de nuestros vicios
y también el castillo del que odia,
diluyó la memoria del borracho,
no supo distinguir al asesino
no supo distinguir al asesino del valiente.
Con pereza no brotan manantiales.
Con pereza no sangran nuestros cuerpos.
Con pereza los árboles no aguantan.
Pereza es un contrato de por vida
con un oficio oscuro que detestas,
un país de mil demonios,
un pan que se deshace,
un cúmulo de polvo y cucarachas
en un rincón visible de la casa.
Las palabras no valen para nada.
Nuestros gestos se infectan de pesar
y el aire recalienta los metales.
De continuar así
nunca terminaremos la estatua del caballo.
Homero no hablará de ninguno de nosotros
y será la ignorancia
la bandera que marque nuestra patria:
kata ton daimona eaytoy.