(Traducción y nota de José Luis Gómez Toré)

¿Quién cruza a esta hora el viento y la noche?

A caballo el padre que lleva a su hijo.

Se aprieta el pequeño contra su regazo,

seguro cabalga, sin sentir el frío.

«¿Qué te asusta, hijo, que ocultas tu rostro?»

«El Rey de los Elfos, ¿no ves que se acerca?

¿No ves la corona, la sombra ondulante?»

«Hijo mío, es solo un jirón de niebla.»

«Mi querido niño, ven aquí a mi lado,

los más bellos juegos jugaré contigo,

en mi orilla abundan flores tan hermosas,

mi madre posee dorados vestidos.»

«Padre, padre, escucha, ¿acaso no oyes

al Rey de los Elfos susurrar promesas?»

«Tranquilo, hijo mío, estate tranquilo:

el viento murmura en las hojas secas.»

«Dulce muchacho, ¿no quieres venir?

Ahora mis hijas sin duda te aguardan.

Mis hijas conducen la danza nocturna,

te mecen en brazos y bailan y cantan.»

«Padre mío, mira, en ese lugar,

¿no ves a sus hijas allá en la espesura?»

«Hijo, claro, hijo, ahora lo veo:

los sauces agitan sus frondas oscuras.»

«Te amo. Me hechiza, niño, tu belleza,

aunque te resistas, al fin serás mío.»

«¡Ahora, sí, padre, sus brazos me atrapan!,

¡padre, ay, padre, el Rey Elfo me ha herido!»

El padre, temblando, azuza el caballo.

Se oye en sus brazos al niño gimiendo.

Casi sin aliento entra en la alquería.

Sobre su regazo el niño está muerto.

DER ERLKÖNIG

Wer reitet so spät durch Nacht und Wind?

Es ist der Vater mit seinem Kind;

Er hat den Knaben wohl in dem Arm,

Er faßt ihn sicher, er hält ihn warm.

“Mein Sohn, was birgst du so bang dein Gesicht?”

“Siehst, Vater, du den Erlkönig nicht?

Den Erlenkönig mit Kron und Schweif?”

“Mein Sohn, es ist ein Nebelstreif.”

“Du liebes Kind, komm, geh mit mir!

Gar schöne Spiele spiel’ ich mit dir;

Manch’ bunte Blumen sind an dem Strand,

Meine Mutter hat manch gülden Gewand.”

“Mein Vater, mein Vater, und hörest du nicht,

Was Erlenkönig mir leise verspricht?”

“Sei ruhig, bleibe ruhig, mein Kind;

In dürren Blättern säuselt der Wind.”

“Willst, feiner Knabe, du mit mir gehn?

Meine Töchter sollen dich warten schön;

Meine Töchter führen den nächtlichen Reihn,

Und wiegen und tanzen und singen dich ein.”

“Mein Vater, mein Vater, und siehst du nicht dort

Erlkönigs Töchter am düstern Ort?”

“Mein Sohn, mein Sohn, ich seh es genau:

Es scheinen die alten Weiden so grau.”

“Ich liebe dich, mich reizt deine schöne Gestalt;

Und bist du nicht willig, so brauch ich Gewalt.”

“Mein Vater, mein Vater, jetzt faßt er mich an!

Erlkönig hat mir ein Leids getan!”

Dem Vater grauset’s, er reitet geschwind,

Er hält in Armen das ächzende Kind,

Erreicht den Hof mit Müh’ und Not;

In seinen Armen das Kind war tot.

NOTA

“Der Erlkönig” (literalmente, «El rey de los alisos», si bien el título parece proceder de un error de traducción debido al texto de Herder, que inspiró a Goethe, en torno a una leyenda danesa, por lo que suele preferirse el título que aquí damos) es uno de los poemas más célebres de Goethe, al cual puso música Schubert en uno de sus Lieder. En la presente versión, surgida al hilo de un trabajo poético de Pilar Martín Gila, me ha parecido oportuno recurrir a la asonancia en los versos pares, como un tímido guiño a nuestro Romancero (una tradición de poesía lírico-narrativa afín en cierto modo a la balada, que aquí recrea Goethe). Y ello a pesar de que soy poco amigo de las traducciones rimadas, sobre todo, cuando se trata del trasvase entre dos lenguas tan alejadas entre sí como el español y el alemán. Pero lo cierto es que la rima en el texto original tiene un efecto dramático del que me hubiera costado prescindir. Quizá haga falta también explicar la elección del dodecasílabo en la mayor parte de los versos, cuyo ritmo puede chocar a los oídos contemporáneos, pero que en este caso me parecía que podía servir como un muy imperfecto eco del maravilloso ritmo del poema alemán, en el que el metro constituye también un elemento dramático, que pareciera evocar el galope de un caballo y, al mismo tiempo, se resuelve en una suerte de conjuro hipnótico. Y puestos a confesar traiciones, no puedo dejar de referirme a la «sombra ondulante» de la segunda estrofa, ya que el texto de Goethe no menciona una sombra, sino una «cola» de animal, aunque también puede tratarse de una capa o un manto, pero probablemente el autor juega con ambos sentidos y me parecía que cualquiera de esas posibilidades restaba ambigüedad a la imagen. Más allá de estas licencias, más o menos afortunadas, quiero pensar que, pese a todo, permanece algo del misterio y de la fuerza mítica de unos versos que resucitan viejas creencias en seres sobrenaturales empeñados a arrastrar al niño a Otro Mundo, un tema que encontramos asimismo en el «Romance de la luna luna» de Federico García Lorca.


José Luis Gómez Toré

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