EL OTERO
Desde la corona de aquellos terrenos, el paseante se detuvo a contemplar los espacios que habían sido robados al verdor. No lograba ya reconocer, tras tantos años de ausencia, la exacta ubicación de las tierras que aún recordaba bañadas por los días blancos, por los gruesos canales de aguas lentas.
Ahora sí: de repente, vislumbraba el callejón y, al lado, el antiguo cargadero, desde donde los extraños frutos arracimados iniciarían su periplo oceánico para terminar en el país de nieve donde él había visto crecer su vieja, cansada sombra: la misma que ahora, encorvada, otea su lejano lugar de infancia, de nube, de eucalipto.
EL HANGAR
El hangar se encuentra ya vacío. Solo queda el polvo, solo su delicada película como serena cicatriz sobre los restos de los trabajos del pasado. Una pala, una palangana: latas. Espacio oculto al paisaje, espacio de la reclusión del objeto ya solo, recinto de la soledad petrificada.
El hangar y las minúsculas espadas de luz que lo atraviesan, el hangar y la antigua palabra pronunciada por el abuelo en aquel cargadero de plátanos: allí solo la palabra blanca que ha quedado ya oculta, como el resto de los objetos, por una delicada capa de tiempo.
LOS CORDAJES
Los cordajes, las líneas tensas, la retícula que fragmenta el azar de los cielos. Y el espacio como tesela, la tesela única, su vacío y su espera. El cordaje que traza la tela invisible y los restos de aquel canto en la isla del ardor. El cordaje de las pérdidas.
Por todo el invernadero entra y sale el viento, entran y salen las rasgaduras ciegas de los sueños. Aquí se alza la frágil arquitectura de las transparencias fugadas. Los hilos, las cuerdas son las guías hilvanadas del camino entre las fincas.
Hilván de qué sueño, hilván de qué gris vegetal, hilván de qué mapa, hilván de qué eco.
EL ESTANQUE
¿Cuántas veces habías visitado en tu infancia aquel estanque? ¿Qué manos te habían guiado para contemplar a oscuras la luz de la noche en los musgos? ¿Cuánto temor trenzó tu rostro al descender por sus escalas de cemento? ¿Qué orden ha seguido el tiempo para desecar las aguas invisibles que ahora cubren —como estratos de la nada, con fangos de humo y limos de silencio— la pobreza de unos maderos, el temblor de la araña, la sombra danzante de la alpispa y su huella?