Sobre literatura y traducción (Lucubraciones de un diletante)

Nota final de Miguel Martinón

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La tradición, referida a la literatura o a otro fenómeno cultural, viene a ser una demarcación de límites imprecisos dentro de la vastedad del todo que es la Tradición global; un todo que con mucha frecuencia es contemplado no en su inabarcable integridad sino en la perspectiva de uno de sus posibles compartimientos (o de un sector del mismo), o sea, genérico, de época, geográfico, territorial, etc.

Según Pedro Salinas, «la tradición literaria consiste en un tener presente ante la conciencia el pasado literario, sobre el cual pueda actuar libremente el artista aprovechándose de aquel o aquellos impulsos, de los muchos que contiene en su haz la tradición, que mejor le ayuden a la realización de su obra».

Y ese haz, ese haber potencialmente apto para motivar el surgimiento de un proceso de escritura correlativo, está integrado en su base sobre todo por la suma de obras precedentes más o menos paradigmáticas, pero también, en no escasa medida, por el heterogéneo precipitado que el conocimiento de esas obras y las experiencias dimanadas de su frecuentación va asentando sucesivamente en retentivas y páginas. Un precipitado complejo en el que no falta, aparte de los efectos ordinarios de la lectura, un sedimento de ideas, inferencias, valoraciones, acicates, etc., que en ciertos casos puede llevar a que alguien, avezado o bisoño, emprenda una creación congénere que, una vez consumada, incluirá o no muchos o pocos reflejos de la obra inspiradora —si fuere una sola—, pero que en última instancia a ella debe algún impulso determinante.

Desde luego que una tradición literaria, sea esta o aquella, no se circunscribe a un fondo bibliográfico, pero en la presente ocasión importa tenerlo muy en cuenta, tanto por lo que se refiere al aspecto cuantitativo como al cualitativo. Y ello porque del número y, principalmente, de las realidades e incentivos de las piezas de ese corpus depende que él se constituya en foco irradiador de incitamientos a la creación. Por tanto, el testimonio más fehaciente de la fecundidad efectiva de una tradición literaria lo es sin duda la existencia de obras plausibles derivadas de ella en puntos centrales o episódicos, bien por la vía directa de la imitación más o menos velada, a través de influencias patentes o sondables, o, como resultado de los apremios subliminales de la reminiscencia, de las sugestiones, de una conjunción de ideas…

De la producción literaria catalogada debida a los autores regionales que escribieron en las Islas hasta cerca de los últimos años del siglo XIX (más bien corta en número y en frutos granados) no puede decirse que haya sido la base de ideaciones motivadoras de nuevas obras artísticas, y las muy contadas que podrían incluir elementos adjetivos provenientes de ese legado no brillarán por su mérito. De forma que de nuestras primeras cosechas literarias nos queda una herencia en parte yacente,* toda vez que ha sido beneficiada no por practicantes de la literatura de creación en cuanto tales, sino por historiadores, críticos y ensayistas. Han carecido por tanto de las propiedades idóneas para motivar y fomentar los designios orientados a acometer intentos de emulación perfectiva e innovadora. Lo que viene a significar que en cuanto núcleo de una tradición eficiente, nuestro añoso repertorio de textos parece falto de los estímulos que propician los empeños creativos. En nuestro caso tendríamos que hablar por tanto de una tradición que es sólo a medias: objetiva en la parte documental originaria y en su estela de impresiones y juicios; y puramente nominal, o sea, quimérica, en lo que atañe a virtud fecundativa.

2

No sólo por comodidad, la secuencia del quehacer literario en nuestra tierra considerada más arriba se ha limitado al espacio temporal que se indica. De haberse tenido presente lo hecho con posterioridad, el resultado de la revisión sería otro, ya que en el índice de las producciones debidas a poetas y prosistas venidos después abundan las creaciones de valía sobresaliente en distinto grado, si bien, salvo error, ajenas a influjos privativos atribuibles a obras escritas aquí a lo largo de los cinco primeros siglos de la historia del Archipiélago. En general, los reclamos de las pautas y las miras novedosas que han captado el interés de nuestros creadores literarios a partir del modernismo remiten al ámbito de tradiciones no cantonales de Occidente. (Occidente: la marca áurea que señala el placer sedimentario, pletórico e incesable, al que también recurrieron, directamente o —con más frecuencia— mediante lo obtenido por otros, quienes aportaron su cuota a los fondos más antiguos de nuestro patrimonio literario.)

Naturalmente, en esta segunda época que aún transcurre no han faltado los casos en que autores del país influyeran en colegas coterráneos, ni aquellos otros en los que, por parte de terceros, las tentativas de alguna aportación singular derivaran de la entusiasta devoción a un autor extranjero profesada por un epígono insular admirado.

De suerte que a la hora de rastrear vislumbres de linajes en este importante segmento ulterior de la literatura producida en Canarias, lo positivo parece que sea no acudir a un acervo deficitario sino a otros nutridos o fundadamente promisorios que posibiliten los hallazgos pertinentes.

[La Provincia, 1 de julio de 2010 (supl. Cultura).]

* Nota del transcriptor: En Derecho, se entiende por herencia yacente aquella de la que aún no ha tomado posesión el heredero.

Nota

Es bien conocida la atención prestada por el poeta y crítico Manuel González Sosa (1921-2011) a las figuras más relevantes de la poesía insular de los primeros decenios del siglo XX: Tomás Morales, Alonso Quesada y Saulo Torón, a quienes ha quedado vinculado también el nombre de un poeta de dos generaciones anteriores: Domingo Rivero. Con su interés personal por estos poetas participó González Sosa en tareas colectivas y duraderas, que exigieron la colaboración de muchos críticos y lectores durante no pocos decenios. También ha sido largo el proceso de recuperación de los autores del siguiente ciclo histórico, es decir, el de la Vanguardia. González Sosa conoció y apoyó ese rescate de los vanguardistas insulares, iniciado desde la década de 1970 y llevado a cabo efectivamente en los decenios siguientes, pero ya no tuvo ocasión de participar tan directamente en esos esfuerzos realizados sobre todo por estudiosos y creadores de promociones más jóvenes.

Hoy vemos que el empeño de sucesivas generaciones contemporáneas en recuperar la creación cultural de Canarias de la primera mitad del siglo XX significaba la empresa colectiva de la comunidad insular por dar realidad y sentido a una tradición en la que poder reconocernos e insertarnos. Y entendemos hoy mejor estas cuestiones gracias a la obra poética y crítica de González Sosa y sus reflexiones, tales como las contenidas en un ensayo de 2010, el último escrito por el autor, titulado justamente «Sobre literatura y tradición». El poeta empieza por recordar en este ensayo que una tradición literaria «no se circunscribe a un fondo bibliográfico» sino que se muestra en su potencia fecundadora, en su capacidad de incitar a nuevas creaciones. A continuación González Sosa enfoca su reflexión en Canarias, para afirmar que aquí la creación literaria anterior al siglo XX no ha ejercido influencias de interés, pero a partir del Modernismo, «en esta segunda época que aún transcurre», la situación es bien diferente. Desde su constatada independencia de criterio, González Sosa se opone, así, a quienes hablan de una larga tradición cultural en las Islas. La tradición efectiva a la que se siente ligado, la que ha alimentado su poesía y sigue alimentando la creación literaria insular, es la moderna, la que empieza a principios del siglo XX.

M.M.

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