A dos voces. Apuntes sobre Julio Blancas y Carlos Nicanor

Isidro Hernández Gutiérrez (Santa Cruz de Tenerife, 1975) ha publicado varios libros de poesía, entre ellos El ciego del alba (Pre-textos, 2008) y el cuaderno de aforismos El aprendiz (2008). Textos suyos sobre arte y literatura pueden encontrarse en distintas revistas y catálogos de exposiciones de artes plásticas. Asimismo, textos de carácter aforístico o formas breves pueden encontrarse en su blog «El aprendiz: cuaderno de contradicciones».

Julio Blancas y Carlos Nicanor a dos voces. Juntos, contemplando al fin la aurora, a medio camino entre el asombro y el vértigo, entre la oscuridad y la luz.

Qué decir sobre los objetos imposibles de Carlos Nicanor: sobre su piano de una sola tecla, sobre sus paisajes totémicos, sobre su gran roseta de aeonium canariense, sobre su escroto de luna llena.

Y qué sobre las dunas negras de Julio Blancas; sobre los torbellinos y los pasadizos ciegos de sus grandes parabólicas, garabateadas de una escritura innumerable.

Carlos Nicanor ha ido muy lejos en la invención de artefactos y objetos de funcionamiento simbólico. Julio Blancas en la composición y descomposición del dibujo hasta su forma nuclear, hasta su nudo sin principio ni fin, sin final ni comienzo.

Las obras de Carlos Nicanor se nutren del lirismo salvaje de la imagen subversiva. Hay algo perverso en sus piezas últimas, en sus colmenas de paisajes totémicos, en sus pértigas; algo así como una tentativa del ojo por reventar en las cimas del vértigo, como quien asoma la mirada a los desfiladeros desde lo alto del nido de un cóndor.

Los nudos gordianos de Julio Blancas quieren mostrarnos el paisaje infinito. Hacia donde quiera que gires la cabeza sólo verás el destello de cien constelaciones.

Cuántas veces, frente a los dibujos de Julio Blancas, nuestra mirada ha sido conducida hacia una suerte de luz interior que brota hacia afuera como una flor de sílex negro.

Se ve a la materia pensándose luminosamente; se la ve hacerse mental sin dejar de ser materia . [Bernal Noël]

Ósmosis, sedimentos, vasos que se comunican: junto a las estalactitas totémicas de Carlos Nicanor, las estalagmitas vía lácteas de Julio Blancas.

Ramas últimas del asombro, Carlos Nicanor conduce nuestra mirada de la mano hacia otra realidad. Frente a lo déjà vu; lo nunca visto. Frente a lo consabido, lo inusitado.

Eros sale a jugar en las obras de Carlos Nicanor con la perversa inocencia de un niño impenitente, incorregible en su caprichoso estado de gracia.

El dibujo mineral de Julio Blancas posee el brillo del cuarzo y la opacidad del barro. Invítanos, Blancas, a buscar en tu dibujo el tercer cuerno de la jirafa.

Julio Blancas, calígrafo celeste; deslúmbranos con tus espejos nocturnos, con tus raíces cabelleras. Pero deslúmbranos también con la madeja fósil latente bajo la superficie de tus grandes telas dibujadas.

El color del vértigo, el no-color, el color de los espejos nocturnos; el color de la masa de color del color de una nebulosa. El color blancas.

Revisando mis cuadernos de notas encuentro algunos apuntes, aún hoy válidos, sobre el dibujo de Julio Blancas y sobre las instalaciones de Carlos Nicanor, escritos en mi blog el aprendiz – cuaderno de contradicciones, en julio de 2010 y en diciembre de 2012, respectivamente. Escribía, entonces, y subrayo ahora: “más que esculturas, las obras de Carlos Nicanor son artefactos, instalaciones que quiebran los límites habituales del lenguaje escultórico. El marco natural cede el espacio al marco fuera de sí, al derrame del objeto en el espacio, indómito a la mirada, inapresable, desbordado y desbordante. Frente a las obras mostradas tanto en Sinbiología como en Antinatura –sus anteriores exposiciones- asistimos, en efecto, a la formulación de un silogismo irresoluble o a un juego del que desconocemos casi todo, del que ignoramos sus normas”.

Los dibujos de Julio Blancas se inscriben en la tradición transgresora del capricho: grafismos que abren una ventana a la profundidad del movimiento a las ondulaciones del carbono azul que alimenta el flujo de las mareas.

El mismo gesto repetido cientos de veces en todas direcciones: frotamientos, incisiones, lineamientos contra la superficie del papel o del metal hasta que quiebre y reviente la punta del lápiz, como animal impetuoso, fecundante hasta el agotamiento.

Manchas por todas partes: en la pared, sobre la mesa, en los zapatos, sobre el cuerpo. Manchas color azabache sobre los párpados desnudos, sobre los pies desnudos, sobre la tierra desnuda. Manchas fósiles que hacen aparecer ante nuestros ojos imágenes de un tiempo sin edad. Espejismos, blasones, atlántidas.

Cabelleras entrelazadas, constelaciones en fuga; cabellos entrelazados color azabache, como fuegos artifiales imperceptibles en el cielo nocturno.

Vasos que se comunican. Cara y cruz de una misma moneda: frente a los soles nocturnos de Julio Blancas, las estrellas diurnas de Carlos Nicanor.

Son siete las apariciones de Carlos Nicanor sobre su piano de una sola tecla.

Música tocada sólo para ti, preso de imágenes obsesivas

Dibujo de arquitectura, el de Julio Blancas, exacto y replegado una y otra vez sobre mismo, huella sobre huella, paño sobre paño, construyendo figuras sólo entrevistas en los claros del bosque, y erigidas en pie sólo en la mirada de quien las contempla.

Si estás en una fiesta y ves entrar a Julio Blancas avanzando entre la multitud, echa a correr, cual Acis, el desdichado. Huye si puedes de la obsesión de sus nudos gordianos, de su cabellera titánica, de sus trapecios arrojadizos.

He visto a Julio Blancas dibujar cráneos de tortugas ciegas, cráneos de mastodontes, de leones marinos, de jirafas. Y lo he visto tomar cráneos en sus manos, con pose reflexiva, a la manera de un anacoreta en su estudio.

Ósmosis: Julio Blancas y Carlos Nicanor a dos voces. Juntos, contemplando al fin la aurora, a medio camino entre el asombro y el vértigo, entre la oscuridad y la luz.

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