La artista italiana Laura Gherardi (Roma, 1969), afincada en Tenerife desde hace años, expone en la sala Artizar (La Laguna) su última producción hasta el momento, De estraperlo, que permanecerá abierta hasta el 25 de julio. Una muestra que, transmutando la fragmentación del pensamiento en una visión posible, y soñada, de la unidad original, indaga en los símbolos de la dicotomía vida-muerte.

Como si fuera cierto que no hay acceso posible al presente, la obra de Laura Gerardhi nos recuerda siempre que la estirpe de los territorios vedados al hombre sólo puede, en rigor, ser rodeada. El vuelo fallido del conocimiento, condenado a caer y a remontarse, construye un mundo de percepciones en el que, avanzando de transparencia en transparencia, la conciencia parece acercarse a la visión, pero únicamente para ser repelida por la incapacidad del pensamiento para detenerse en el fondo de su cauce. El vuelo del conocimiento es fallido porque está condenado a ser un vuelo del tiempo, un vuelo hecho de tiempo: un proceso que a su paso arroja sobre el mundo una miríada de huellas y de rastros, de objetos sin sujeto, de restos y de rictus.

Es entonces cuando el creador comienza a admirar la realidad empecinada en esconderse, velo tras velo, en ese resquicio que abre una vía en el muro, justo donde brilla, leve, el destello certero pero indescifrable de una verdad que está siempre a punto de no tener sentido, pero que nos sobrecoge y nos promete algo parecido al éxito en la próxima incursión. No puede decirse, así, que una exposición de Gerardhi sea la reunión de diferentes obras que circulan a través de lo vedado, ni que se trate de una sola obra que componga la imagen difícil del vuelo de un pensamiento hecho de tiempo. Ni una cosa, ni la otra, parecen estar al alcance del ser humano, que ve cómo sus papeles, sus bordados, sus débiles esculturas y sus transparencias son remedos incapaces de convertir la fugacidad en una piedra.

Por eso, el “círculo de lo vedado” se aparece como una solución posible: ni un conjunto de obras que rodean, ni una sola obra que apuntale. Gerardhi nos ofrece algo aún más sutil e irrealizable, pero a la vez algo que está hecho, que se ha constituido como materia y como forma, algo que existe a pesar, y a contracorriente, de las inercias del tiempo. De estraperlo es, así, la documentación del proceso de una de las múltiples formas del pensar, la documentación, a través de los objetos que lo sedimentan, de un pensamiento que aspira a circular por lo vedado, por lo prohibido, por lo que en rigor, no puede mirarse ni decirse. Por eso la sala, el espacio, se conciben como un lugar que no aspira al presente, sino al proceso, como única vía de decantación entre el sentimiento del tiempo y el lenguaje.

En ese espacio es en el que se suceden los indicios del vuelo de la mente: en un lado el movimiento, la caída irremediable hacia allá, hacia el ahí, hacia las puertas del tiempo. Los bustos de papel, esculpidos en la precariedad de la carne que huye, parecen dejar estelas, huellas de levedad en el andar del presente, suaves pendientes hacia el mar o hacia la respiración, fragmentos indeterminados que aparecen y parecen, también, a punto de desaparecer. De este lado, sí, está también el milagro de la materia.

Al otro lado, la lectura del proceso de cercar lo vedado nos sitúa fuera del movimiento: del lado de la muerte, allí donde el tiempo no es ya un vuelo del pensamiento sino un caer de la materia en el abismo de la disolución. En los nichos, los cuerpos se desmoronan, las miasmas los purifican, los sudarios aceptan la tarea de succionar los humores. Este es un territorio-fuera, inamovible, lejano, fuera del pensamiento, fuera del hombre, a la manera del arrière-pays de Bonnefoy. Algo así como el grado cero: allí donde el hombre deja de rodear lo vedado se convierte a sí mismo en sustancia de lo vedado.

Y en medio, sobre la mesa, quizá sobre el suelo, en el territorio del peso, en el cercado de la materialidad, quién sabe si como una ofrenda o como una acumulación de milagros, los órganos (las piedras) de ese espacio común que es la existencia, de esa luz dorada que es el comienzo. Hay algo infantil y por ello terrible (como una verdad) en esa colección de vísceras y formas que componen este tercer ámbito de la exposición: una monstruosidad coqueta, adornada, enjaezada, en la que se reconoce al cuerpo; la sierpe de una doble naturaleza entre la fugacidad y el presente. En el que se reconoce el deseo de la existencia y la sagrada tarea de circular lo vedado.

Otros artículos
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.