El poema
como construcción
de un yo inexistente

Alberto Chessa,
En la radiografía apareció la piel,
Madrid, Huerga y Fierro Editores, 2013, 47 págs.

Hace dos años aparecía La osamenta, la primera entrega poética de Alberto Chessa (Murcia, 1976), que no era en modo alguno una obra primeriza, sino el resultado de diez años de escritura paciente y de maduración poética. Su mundo, cercano pero singularísimo, se nos revelaba modestamente a través de una dicción discreta en su sintaxis y en sus imágenes, pero de una armonía musical muy pausada, muy apta para escuchar algunas de sus muchas resonancias interiores.

Ahora Alberto Chessa nos ha entregado su segundo poemario, titulado en la radiografía apareció LA PIEL [sic], y en él sigue indagando en su identidad personal a través de la memoria de todo lo vivido. Si la osamenta, con toda su significación material e irracional, representaba el ser del hombre, en lo que el ser tiene de acto permanente y constitutivo, la memoria era el conocimiento (racional, afectivo, sensual y sensorial), esto es, la conciencia lúcida que el hombre posee de sí a través de sus innumerables y diversísimas experiencias. Y si en este segundo libro se mantiene la misma visión del mundo en sus trazos esenciales, ¿qué hay de nuevo y sorpresivo? Teóricamente, nada: ninguna idea nueva que sirva para definir al hombre y, sobre todo, al yo-poético. Pero la poesía no se hace sólo con ideas, y lo que aquí acontece es un ocultamiento de la osamenta, por considerarla opaca y nula para el conocimiento de sí, y un subrayado absoluto de la memoria, simbolizada ahora por la piel. Esto significa que en la identidad personal del poeta sólo cuenta su memoria existencial, con todas sus experiencias cambiantes y aun contradictorias. Pero se trata de una memoria que no radica en el cerebro, sino en la piel, es decir, en ese delicado estrato donde nuestro cuerpo, nuestro ser entero, entra en contacto con el otro y con los otros: al fin y al cabo, con el Mundo. La otredad, el roce suave o áspero con lo externo, se erige en dimensión constitutiva de la memoria (no hay memoria sin un ) y, por tanto, de la identidad personal.

La novedad está, pues, en el cambio de punto de vista: de la osamenta a la piel, del ser-en-sí al ser-para-el-otro. Y esto sí que es una gran novedad, a pesar de que racionalmente no se niegue ninguno de los principios de aquel libro primero (no primerizo) y tan logrado. Creo que estas observaciones pueden servir de guía de lectura para quien quiera conocer los antecedentes de este nuevo libro.

El hecho irrefutable, una vez adentrados en el libro actual, es que la memoria existencial, siempre cambiante, tornadiza y mortal, no se conforma con su constante y aun contradictoria mudanza. El yo-poético quiere algo más: un conocer y un ser que no se diluyan en las aguas corrientes del día a día; una trascendencia, en fin, que no se consigue alcanzar pero que palpita de continuo en los deseos del poeta. De esta manera nos encontramos ante un yo-poético muy actual, náufrago en la inmensa incertidumbre, pero que aspira a salir a flote, a alcanzar una orilla estable desde donde mirar y ser mirado, por más que no lo consiga. Poesía de hondo calado, pues. Por citar sus palabras, escuchemos cómo el poeta busca el yo que subsiste en todos los naufragios:

El mar es el espejo donde tu alma se mira,

Escribía Baudelaire. Hoy tiene el mar

La quilla hacia las nubes. Hoy el mar

Es pirámide. ¿Y mi alma? Lo profundo es la ola […] .

(p. 15)

Sí, lo profundo es la ola: lo que cambia, aunque permanezca insistiendo más allá de los cambios. ¿Y cómo termina el poema? Con los versos de una supuesta danza infernal que canta el coro antilitúrgico de todos los hombres naufragados en su paso a la eternidad, y que, total o parcialmente, se repite al final de cada poema de la primera sección: Baila la Danza del Diablo Verde./ Nadie gana, el Diablo nunca pierde./ Baila la Danza del Diablo Verde (p. 15). La vida se convierte así en una danza diabólica, pero lo curioso es que tal suerte no conduce al poeta al escepticismo ni al desengaño, sino a seguir buscando un camino de salida. Precisamente, una de las peculiaridades que más resaltan en esta poesía es que su visión del mundo no surge de una posición intelectual explicitada en uno o varios versos, sino que se nos revela poéticamente, una y otra vez, a través de las experiencias vividas, única verdad cierta para el hablante poemático.

Resumida en breves trazos la dinámica espiritual de todo el libro, lo importante es mostrar algunos de los momentos significativos de la íntima contradicción con que el yo-poético percibe su identidad, aun tratándose de asuntos, como el amor erótico, en los que uno se juega la felicidad entera. Apreciemos ahora el contraste entre el temblor elegíaco con que el poeta recuerda un amor pasado, de una parte, y, de otra, la mesura con que constata la pérdida de ese amor y, por tanto, la pérdida de su identidad:

[…] Sabemos que el amor es verdadero

Cuando se sobrevive a las fotografías.

¿Recuerdas qué era yo un segundo antes de tus manos?

Te lo escribo en susurros: soy de ti.

Tan de ti, que no soy.

[…]

(p. 25)

En el libro hay dos imágenes recurrentes, la piel y la casa, que representan el afuera y el adentro de la existencia. Por la piel el hombre se abre al otro y a los otros, y es esa relación la que constituye el anverso de su identidad. Pero el hombre no sólo tiene una meta hacia fuera, un destino, sino que parte de un origen, de un principio que él no se ha dado pero que también lo constituye. Este reverso de su identidad, este hacia dentro, simbolizado en la casa, es tan inaccesible como el hacia fuera, toda vez que la casa, el origen, no es un lugar estático, sino el camino de vuelta a través de todo lo vivido, pues sólo conociendo lo vivido podrá llegarse al origen de la existencia: He vuelto por la noche a casa de mi madre:/ Mi habitación, que ya no existe, se erigía de nuevo para mí… (p. 21).

Por medio de la piel llega el amor o, más concretamente, la persona amada, quien desde ese momento constituye la verdad más esencial del yo-poético. Sin embargo, si ese amor no sobrevive, como ocurre en distintos poemas del libro, ¿cómo podré saber quién soy?, ¿dónde habré de buscar mi identidad?:

[…] Quise vivir en carne propia tu vida entera, cuerda a cuerda, sin otra tiranía.

Mal hecho. Mis disculpas.

Detrás de dos amantes hay otros dos amantes esperando su turno.

…Es todo tan real que parece mentira.

«Baila la Danza del Diablo Verde… »(p. 29).

Esta comprensión tan frágil del amor, que no nace de ninguna convicción intelectual, sino de la experiencia vivida, determina la incertidumbre en la que transita la existencia y en la que resulta imposible conocer cualquier identidad propia.

La segunda sección del libro viene dada por un largo poema-río, que discurre a lo largo de siete apretadas páginas. El poema, como el río, no concluye, sino que transcurre hasta diluirse en el mar y perder así toda existencia singular. Tampoco concluye porque está escrito en el ahora de la vida, en medio de su constante transcurso. Todo lo demás, lo que pueda o deba venir al final, es un interrogante sin respuesta. ¿A dónde tiene que ir la existencia? ¿A dónde, entonces, el poema? Como consta en sus versos finales, el poema es el simulacro/ De todas mis verdades. La realidad de todos/ Mis inventos y sueños. ¡Oh vida sin herrumbre!/ ¡Oh lodazal sin muerte! Y así y por todo esto (p. 45). Así termina el extenso poema de la segunda parte y, prácticamente, todo el libro, pues sólo resta una «coda» que viene a explicitar la función del poema en la vida del autor: si éste no puede saber quién es, de dónde viene y a dónde va, al menos puede consignar su existencia fragmentaria en un poema que parezca empezar, transcurrir y concluir, aunque su final no pueda ser más abierto e inconcluso. Puesto que el yo es incognoscible, sólo podemos conocer ese yo ficticio construido por el poeta en su poema. Ni revelación pura del yo, ni eternización del instante, sino reflejo de la provisionalidad y de la radical contradicción de toda existencia humana. El poema es, sí, un intento de contar lo que es incontable porque, sencillamente, nunca ha existido como un ser unitario y coherente.

El poema como simulacro. De ahí que los versos se desarrollen según un ritmo armonioso y seductor, en cuanto que el poema es la construcción de unyo y de una vida que, en realidad, no existen como tales. Lo que cada poema y el libro, en su conjunto, nos ofrecen es un collage de experiencias inconexas contadas de un modo también inconexo, pues el yo-poético que les daría cohesión es una simple entelequia. En cualquier caso, el fragmentarismo de esta poesía nada tiene que ver con un experimentalismo rebelde, ya muy manido y nada rebelde; sino porque así, fragmentariamente, percibe la vida el yo-poético. La piel, el único testigo de todo lo que hemos acariciado o sufrido en contacto con el mundo, tampoco es una superficie tangible: sólo se ve en la penumbra artificial de una radiografía.

El sujeto posmoderno, como bien atestigua la poesía de Alberto Chessa, no siempre tiene que terminar en la carnavalada del absurdo; también puede dar lugar a un discurso de muy hondo calado.

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