Nota introductoria
Los poemas que aquí se publican forman la quinta sección del libro, de inminente publicación, Para un dios diurno. Este poemario, que forma un amplísimo arco de escritura, se estructura alrededor de fuerzas lingüísticas encontradas y aun contendientes. De un lado aparece en el libro el ciclo de la celebración del mundo y su hermosura. De otro, el desconsuelo por la incapacidad del hombre para comprender y para decir. El dios diurno es el emblema del conocimiento que la palabra, a veces, es capaz de revelar por sí misma. El dios que surge en lo oscuro es el emisario de un mensaje incomprensible. Incluso de una ausencia de mensaje. La encarnación de una mueca burlona que el cosmos brinda al ser humano en la noche de la observación.
A. K.
Inicio en fuego
Cipreses en las altas almenas del día, llamaradas lanzadas contra el tiempo. Arden en los muros, se desangran, rompen las ramas y desde el interior de sus hojas rebosa un fuego negro que se alza hacia el suelo y busca las raíces de los árboles y el origen de la combustión. Arden en el húmedo vaivén del viento. Nadie lo trajo y ahora viene, por ese camino de oscuro fuego, el hombre al mundo, se incorpora a la visión, regresa. Nadie responde, el hombre continúa, avanza hacia los cipreses que arden, viste de negro, acerca sus manos y toca en el fuego, lleva una copa con él y bebe, en ese fuego, el conocimiento, el origen.
Rama de oro
Este niño —dice la mujer— no es mío. Este niño no es mío. Pertenece al pueblo del que yo soy parte, pero no como uno más, sino como el que, por estar destinado a defenderlo, es en realidad su prisionero. Todos lo observan, calculan sus movimientos y se entrenan para adivinar sus deseos y colmarlos. Le atribuyen poderes que en realidad no tiene, valores de los que aún no se siente partícipe, y aunque lo tratan con la deferencia propia de su rango, no dudarán en criticar sus actos o en hacerle daño en el momento en que perciban que duda o que no mantiene intactas las expectativas que para él se habían hecho. Sin embargo, para mí no es más que el niño que bebe la leche de mis senos de vieja, el niño que llora de frío o de hambre, el desvalido que a veces mira, durante horas, hacia un árbol o un animal que no le rehúye.
Notas para A. M.
Hace años escribimos unos poemas. Un hombre subía y bajaba por la calle y nosotros lo mirábamos desde la ventana. Las palabras fueron saliendo solas, a fuerza de contemplar al hombre que llevaba una bolsa de papel en la mano y a veces miraba hacia el cielo como si aguardase algo maravilloso y nuestro. Las palabras no significaban nada en especial porque surgían desde los pies del hombre, desde las manos, desde la bolsa de papel. Nosotros las anotábamos sólo cuando se lograba tomarlas entre las manos y conducirlas hacia la nariz o hacia la boca. Entonces respirábamos o masticábamos y todo fluía hacia la sangre y se levantaba como un árbol en el interior, en la concavidad secreta donde brillan los ritmos esenciales. Allí se convertían en palabras, en mudas sombras y escribíamos el poema con esos restos de pasos. Eso fue hace años. Ahora hemos abierto otra vez el cuaderno, cerrado desde entonces. La casa ya no es la misma, ni la ciudad, ni los árboles. Pero el cuaderno tampoco pretendió en ningún momento organizar la memoria. Abrimos las páginas de aquellos poemas. Las palabras apretadas sobre el papel. Y el hombre estaba allí, frente a la ventana, con su bolsa de papel y las palabras surgían desde sus pies y desde sus pasos. Aunque no era la ciudad, ni los árboles, ni el tiempo de estar. Y el hombre era sólo sus palabras.
Larga tarde de verano
larga tarde de verano. El calor pegado a la piel y vida en las terrazas. El aire que sube del mar huele a algas y a promesas. Pronto todos correremos hacia las aguas para el bautizo del hielo. Y habrá que decir, otra vez, como antaño, gracias, gracias, gracias buen dios, por las arenas, las orillas y las olas.
El dios surge en lo oscuro
Mensajes y ciframientos. Ahora no me atrevo a levantar la cabeza del suelo. No me detengo: me escondo. Y temo una llamada como temo a la noche. Poseo todo el temor, y adivino el terror de mi debilidad. Soy el traidor. Surco la calle. Me detengo. No es la hora aún. Debo salvarme.
Desvelo y desvelamiento
Subo a la terraza y escucho las campanadas de un reloj lejano cuyo sonido me regala el silencio de la noche: son las cuatro. Es una noche clara. Pero esto lo he dicho ya. Se contempla el cosmos, y se percibe la vía cruzando el firmamento en su península. Si la mirada se concentra, puede penetrar la noche y ver astros más allá de los astros. Las oscuridades que me declaran se hacen fiestas. El cuerpo entero está excitado y me descubro sonriendo a la noche como tomado por un entusiasmo angélico. ¡Aquí está el otro que te mira! ¡Estoy aquí! ¡Te veo! ¡Habla! ¡Háblame! Trato de evitar todo conocimiento, y no descubrir la Osa, el Can o buscar el lucero. De pronto cruza un fragmento celeste una estrella, luego otra, y luego, finalmente, una más, en un recorrido de un arco completo. Agradezco a los cielos el rumor de las esferas, la callada oscuridad, el serpenteo icónico, y el levísimo crepitar del tiempo en el espacio claro de la noche. Y me retiro, tranquilo, a las habitaciones, sabiendo que el otro contesta, que está allí, y que me he desvelado para él, que quizá me llamó en el sueño, me tomó en sus brazos transparentes y me condujo arriba para que contemplara la noche, el día de la noche, y todo el desvelamiento, todo lo que, en esta noche, tenía que decirme: una, dos, tres líneas sobre la superficie oscura, tras los instantáneos fulgores. No es poco para el otro. No es poco para fundar un reconocimiento.
Clos
Hay un muro de piedra que cierra el jardín de la casa. Hace sólo unos días, después de años —he tardado años—, que me he dado cuenta de que no tiene puertas, y de que, por lo tanto, no hay modo de salir. No sé qué me produce más desazón: si saber que no hay puertas, ni ventanas, que me permitan vislumbrar lo que hay del otro lado del jardín, o saber que he tardado años en darme cuenta de mi encierro.
Emisaria de qué
Subo a la terraza, una vez más, a compartir la noche. No hay luna, otra vez. La mano silenciosa y blanca que se posó en mi hombro, era una blanca lechuza. Al oído me dijo unas palabras y luego siguió sin ser oída, cruzó la terraza en un presentimiento. Sólo fue más potente que su blancura el silencio estremecedor que hacía imposible predecir su existencia. Se posó en el muro, frente a la casa, y se quedó mirando hacia mí como el que tiene algo que decir y ya lo ha dicho. Pasó en silencio, como esa palabra que apenas rozamos y presentimos que existe sin confirmarlo. Pero tenemos fe en ella y partimos en su búsqueda. A quien nos pregunta, nada podemos decirle, salvo que hemos desarrollado una extraña fe en su existencia. La lechuza pasó, como surgida de la noche, y sólo puede mirar en su silencio, y creer en él. Me miró largamente como diciendo: He cumplido. Estás avisado. ¿De qué era emisaria? Me bastó su belleza en la oscuridad. El resplandor. Me bastó su silencio. Me bastó su palabra, que no comprendí.
En la risa del dios
Abres los ojos de repente, y toda lectura del mundo se conjura. No queda apenas nada de lo que con esfuerzo has construido. No hay caminos para reanudar el viaje, y te sientes solo, incapaz y cansado, y no hay consuelo. Nada sirve. Nada que mirar. Es de noche y la oscuridad, y la fatiga, y el cuerpo que no sabe qué hacer. Todo adquiere un peso que no es suyo, que pertenece a la noche, que es de la noche que te mira con un único ojo encendido. La noche. Y eres un animal que fracasa, que no puede comprender, que no vencerá al cabo. El universo entero te mira con su enorme ojo blanco, tú, entre las sábanas, no eres capaz de sostener la mirada, de mirar lejos, de sanar. No hay mundo. Y alguna voz que parece provenir de altos rozamientos se burla de la pobre palabra de los hombres, del cúmulo de enormes mentiras de que se vale la vida para engañar, para continuar. Entonces, ebrio de sueño y de terror, te incorporas bruscamente, deambulas por la casa, y al fin subes por las escaleras que sabes a dónde te conducen. Sales a la intemperie y miras, en la oscuridad, al ojo que te observa y que se ríe de tu vano intento de comprender y de decir.