Construir un buen final, sin escenas abruptas ni desenlaces excesivamente violentos, como quien llega a la última parada del tranvía o deja atrás los últimos peldaños de una escalera por la que no habrá de volver. Escribir el último fragmento de un relato, el último capítulo, la última página.

Escribir el episodio que cierra un ciclo como aquel que habrá de conducirnos hacia el siguiente.

Y esa manía de asomarnos demasiado a los desfiladeros.

Acabar de una vez con las cosas que nos asedian, con las obsesiones que nos ahogan y mordisquean la conciencia para dar paso a nuevas obsesiones.

El final de un buen café. Y el de una buena copa de vino. El último latido del corazón. El espasmo final de los músculos; la sacudida, tras el orgasmo o el éxtasis. Y en el sueño de la última noche, el último bocado en el paladar de una serpiente.

Je suis le frère d’un aveugle que je tiens par la main, il continue à marcher quand je m’arrête, il commencera à courir quand je m’endormirai, il battra des ailes quand on nous aura, lui et moi, oubliés.

[Joë Bousquet, Mystique]

La sensación, antes de cruzar el umbral de la puerta y bajar las escaleras, de que algo nos ha quedado por hacer, sin que sepamos exactamente de qué se trata. Como cuando olvidamos alguna cosa e intentamos recordarla desandando los pasos, uno a uno, haciendo los mismos movimientos, idénticos gestos; reproduciendo con exactitud lo último que hicimos con tal de que nos venga a la cabeza la imagen que buscamos.

Un buen final está siempre precedido de un buen desarrollo, pues para que haya desenlace tiene que haber una historia.

Del vendedor de instrucciones para quemar las naves.

Dibuje el final de una carretera que a ningún lugar conduce.

Luego dibuje la rama de un árbol que en ningún cielo reposa.

Al atravesar la calle escucho a un transeúnte hablando solo, cabizbajo, pronunciando palabras indescifrables. Solo acierto a entender la expresión «terminar de una vez por todas».

Vislumbrar en el final de un sendero el comienzo de otro oculto tras los matorrales.

El final no es un lugar desierto: es una puerta que se abre.

El cielo azul, radiante, incendiado por vivos colores el día de la muerte de Maurice Blanchot. Su silencio vuelto leves gotas de rocío, manchas de tinta sobre todas las cosas: la folie du jour.

El sentimiento de lo previsible marca el final del relato; no hay ficción sin sorpresa.

Un buen final siempre es bueno si se escribe a tiempo. Saber acabar lo que se empieza en el momento exacto; justo antes de que la pérdida sea irreparable, el extravío infinito e indefinible.

Decir, con voz grave y solemne «éste es el broche final», sin saber muy bien lo que se dice.

El final de un texto, el final de una carretera, el final de toda una vida en cuyo último segundo se agolpan cientos de imágenes. Llegar al final para comprender del todo, como quien alcanza el sentido de la lectura en la última página del libro.

Higos maduros en frágil equilibrio sobre las pencas: amarillo, naranja, rojo. Casi por verlos madurar merece la pena dejarlos caer al suelo. Fruta de espinas pasajeras, carnada para pájaros pícaros, bribones de lejanas haciendas; el higo madura a la luz del mediodía. Fruto solar por definición, si lo pruebas tomarás el sol con él, entre tus labios. Como en un bodegón del pintor Carlos Chevilly, el higo sobre la mesa, componiendo un concierto meditativo, metafísico.

El final de una caja de mazapanes. El desenlace de una columna de humo. El de una caja de cigarillos. El último aleteo de una golondrina de mar.

El último de la fila.

El pensamiento de un aviador antes de saltar al vacío con un falso paracaídas a sus espaldas.

El final de la merienda de un obrero.

Los finales redondos, los finales triangulares, los finales en forma de zig-zag, los finales trampolines, los finales rusos, los finales a la plancha, los finales lanzallamas, los finales al estilo compadre, los finales románticos y los dramáticos, los finales abiertos y los cerrados, los finales en forma de h.

Hábitos adquiridos a lo largo de los años: manías, caprichos, preferencias o gestos más o menos rituales que nos acompañan y que solo cada uno de nosotros sabe valorar en su justa medida porque forman parte de un código en cierto modo cerrado. Son, en sí mismos, una forma de lenguaje. La llegada de un nuevo ciclo motiva la realización de algunas de esas acciones, como si se tratase de un punto de inflexión desde el que proyectar nuestro deseo, prometiéndonos a nosotros mismos la hazaña de desempeñar tareas que acaso jamás cumpliremos.

Domingo por la tarde, veinte de diciembre de 2015. El desenlace de toda una vida consagrada a la escritura. El día de la muerte de Alain Jouffroy la palabra recobra su forma acabada, definitiva, abierta siempre a la revuelta y a la sorpresa: l’inconnu deviendra la plus grande source d’énergie.

Adornas la palma de tu mano con una X para no olvidarte de una tarea que debes recordar más tarde de forma inexcusable, pero olvidas luego para qué trazaste ese signo y cuál es su significado.

Acabemos ahora mismo y de una vez este fragmento sin sentido, este muñeco sin cabeza, este cadáver exquisito, este fragmento sin principio ni final. Acabemos y que al final, aparezcan, como por truco de magia, todos los finales del fin.

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