
Hoy fui por los bajíos, caminando, herido de locura. Me cegaban las piedras y me dejé mecer por las olas en nuestra gran iridiscencia salvaje, hasta que por fin, entre ensueño y fulgor, hallé un pasaje hacia el poema. Pensé que en este mar no hay muerte, que aquí ninguna flecha tronzó el tendón de los guerreros, ni hallaría jamás enterrada la espada roída en la leyenda. En este mar no hay muerte. Quién puede amar hasta la cima misma del ahogo, y tener las visiones, si nuestras piedras no son como las piedras famosas de tu patria, fulgurantes al sol como eternas y puras ideas. He pensado mucho en estas islas, las contemplo a menudo. Me pregunto quién ganará las islas en que vivo. Que cada día sueño, viva o no viva. Que sueño cada noche, odie o ame. Que toco en cada sueño, destruya o trabaje o me devoren las ménades. Quién ganará las islas. En este mar no hay muerte. En este mar el mar está tan solo, se siente tan perdido bajo el tridente del sol. Sol nuestro, pobre deidad que vaga descalza por las piedras, herido por la hybris. Venablo destrozado y astillas relucientes junto al cuerpo desnudo de una muchacha. Fulgor en la corona de sangre de sus senos, erizo negro sobre el pubis, obsidiana brillante de sus ojos, arracimadas algas de sus cabellos. Muchacha desnuda que se ofrece en la gran extensión, en la gran inconsciencia del confín. Toda esta naturaleza desnuda y vacía. Cuerpo ilegible, ciego cuerpo mudo y enloquecedor que se arquea de placer sobre la roca. Veo los mares y los magmas y los silencios de todo este mundo nuestro, perdido imperio ardiendo bajo la planta de mis pies, ahora que voy por los bajíos, cegado como un cíclope, ahora que me adentro, más allá de las costas, en busca de los dioses fabulosos. Pero no hay nada aquí, me siento solo en este reino de lavas detenidas, y sé que hasta las islas más hermosas tienen fin. Solamente las aguas y el bombeo solar y los cangrejos de fuego, con más de ciento cincuenta millones de años, quemándose en la roca como en el primer día. Ayer, entre ensueño y fulgor, hallé un pasaje hacia el poema. Todo era una gran vulva, virgen todavía —la muchacha llevaba un collar en su cuello—, abriéndose y cerrándose como un gran párpado desesperado hacía la inmensidad del tiempo y del espacio. Estamos ella y yo, a solas en la gran hendidura solar de los bajíos. Estamos esperando. Todos esperamos aquí la llegada potente de la historia, la fanfarria de los mirmidones, los puñales afilados que un día cercenarán nuestras gargantas, con gran placer de nuestras gargantas. Estamos esperando amar por algo, morir por algo, soñar por algo. Y nada adviene. Estamos esperando la llegada genitora de la historia. Porque un día seremos por ella penetrados, con la enorme violencia de sus siglos, y por fin concebiremos un fruto de locura. Y cuando llegue el tiempo, alguien gritará sobre la cima: «¡Trela, trela, to prejnidi tis trelas!», y seremos por fin los griegos ultragriegos, los afortunados, como en un sueño. Y habrá una buena muerte en estos mares. Y caeremos tranquilos, ahítos de esperanza y de deleite, degollados al borde de nuestras hermosas y puras piedras.


*Nota del autor: «El juego de la locura» pertenece a mi libro Heracles loco y otros poemas. Aunque no se aclara en esa edición (Ediciones La Palma, 2012), este poema en prosa fue escrito antes y después de un viaje ―una parte mentalmente―, con el vano propósito de concretar mi relación con un espacio mágico, o hierofánico, al menos para mí. Ese lugar es Teno, el cabo noroccidental de la isla de Tenerife. Fortuna ha querido finalmente, después de algunos años, que este poema haya encontrado un correlato plástico en las hermosas pinturas que Sema Castro nos ha ofrecido para despedir Piedra y Cielo.