Manchas: malezas
(Fragmentos de diario, 2005)

El escritor Alejandro Krawietz ha publicado entre otros libros La mirada y las támaras (1996), Memoria de la luz (2001) y En la orilla del aire (2002). Es la primera vez que da a conocer fragmentos de su diario.

Siente un dolor inmenso por la tierra. Y un dolor inmenso por la naturaleza. Y un dolor inmenso por el hombre. Pero eso no le impide salir a pasear con sus hijos por la orilla de la playa y enseñarles, con entusiasmo, el mar, los cangrejos y los pescadores.

Mañana de domingo. Un pajarillo, un ave de la mañana, viene a cantar cada día a las antenas de la terraza. Hoy, en el alba, he estado observándolo cantar como ellos cantan. Para sacar ese trino agudísimo y potente desde un cuerpecillo que apenas debe pesar cincuenta o sesenta gramos, el alado debe enfrentarse a un esfuerzo extremo. Cantar con todo el cuerpo. En la antena lo veo: todo su cuerpo vibra en el ritmo esencial que sólo a él le pertenece. Así debe cantar el poeta, me digo, igual que este mínimo habitante del aire: con todo el cuerpo, en vibración. El pájaro nos enseña de este modo una hermosa poética: todo al servicio del canto. El canto es la voz y es las alas. Es el ojo y es la uña. Y es el aire.

Día en El Médano: agua y arena. Fiesta de la playa y del cuerpo. El viento golpeando sobre la tosca. La playa en su gobierno.

Me subo a la terraza, después de todo el día trabajando bajo el sol de julio, un plato de sandía y voy comiendo de la fruta mientras contemplo el atardecer y pienso en sin pensar en: un abandono sereno al día y a un lenguaje dulce. Pienso en mis cosas, en las cosas: en las semillas que han germinado, en las nubes que dulcemente posan sus sombras sobre el mar, en el libro que acabo de leer. Una cosa lleva a otra sin ningún sentido aparente, es el simple juego de la memoria que se entretiene mientras los ojos sobrevuelan por el pasaje de la tarde a la noche, de un mundo a otro, en el propio mundo. Me gustaría llenarme de polvo las manos y pensar que llueve. Un polvo muy claro que se posase bajo la lluvia y sobre las cosas, y que al salir el sol se secase sobre ellas como una huella invisible. Ésa es una buena metáfora para la memoria, cuando la memoria juega conmigo. Sin olvidar el frescor sonoro, dulce y rojo, de la fruta sobre el plato blanco.

Día domingo: barbacoa y limpieza de vehículos. He aquí la nueva misa, el nuevo oficio, de los tiempos que corren.

Hoy apenas si ha podido hacer alguna cosa. Inválido para la mente. Pero ha regado con esmero las semillas, el rosal, y ha transplantado un jazminero. Luego ha vuelto a subir a la terraza.

El tiempo no pasa. Desearía que el tiempo no pasara. Estas dos frases significan lo mismo. Aquí el lenguaje se confía al lugar.

Le quedan apenas unos amigos. Y cada vez los siente más lejos. Pero no porque ellos se aparten, se aparta él.

Cada día le interesan menos cosas, pero más profundamente. Y cuanto más profundiza en esas pocas cosas, éstas más se abren, y más mundo abarcan.

Cuando una reflexión o una imagen le sirven —al fin— comprende enseguida que también la puede aplicar a algo completamente distinto, a otra realidad. Ve en ello la prueba de que en el fondo todo —todo— es un problema de lenguaje. Que el lenguaje es la alta herramienta, la gran trampa.

No comprende ninguna imposición de fuerza, pero acepta las ideas cuando vienen y se imponen por su propio poder: las acaricia, las abraza, como una victoria.

Admira tanto al sabio en la cabaña del bosque como al que es capaz de traicionar: son dos formas de renuncia que no puede aceptar. Por cobardía.

Ve la luna sobre el mar y el sol sobre el mar. Pero no se los muestra la memoria. Aún así, no aparta su vista de ellos, y no lo lamenta.

No camina con los pies tocando el suelo. Como el sol, se esconde de la oscuridad. Regresa en la mañana.

No puede más porque no puede menos. Le vence el cansancio sobre el que desea una victoria. Le parece acabado todo intento de sobrevivir. Pero respira una y otra vez el aire, con placer.

¿A cuántos conozco que disimulan su pereza trabajando? ¿Soy uno de ellos? Hace tanto que no dispongo de tiempo para tratar de decidir que ya no lo sé.

Amanecer de sábado, tras largo insomnio. Estoy en la tumbona, pensando, a la espera de que crezca el día y pueda comenzar a leer. Y, de pronto, inesperada después de muchos días, fuera de hora y estación, completamente equivocada, la lluvia. No la veo. Sólo la escucho como un crujido del mundo. Y la huelo. De pronto, sí, la tierra completamente seca, las maderas de la terraza, las plantas, al contacto con el agua, han comenzado a arder en el fuego de los olores y los aromas. El regalo que la humedad ofrece es tan inesperado que despierta la magnanimidad de las cosas. Derroche de fragancias que todo habitante mudo de la tierra quiere otorgar para la aurora. El día es más ancho. Y más ancha la claridad.

La poesía quiere pensar, y entonces imagina. La filosofía quiere imaginar y entonces piensa. El encuentro es complejo sólo porque se establece de manera oblicua, pero no puede sino producirse.

Sus fracasos, los recuerda para siempre. Los logros, apenas si dejan rastro.

Un proyecto logrado no es en verdad otra cosa que un mal contrincante.

Lo que puede hacerse se trivializa. Sólo le sirve la obsesión por lo imposible.

¿Por qué no le gusta sentirse partícipe con la gente? No es lo suficientemente arrogante.

Desprecia cualquier forma de cobardía, por eso oscuramente se desprecia a sí mismo, aunque no deja de reconocer la enorme valentía que precisa para lograr ese acabado desprecio.

El dolor nunca se manifiesta como abstracción, por eso es prueba irrefutable de la realidad. Del mismo modo, la palabra jamás se manifiesta como concreción, y por eso es prueba irrefutable de realidad. ¿Acaso es menos real la palabra que el dolor? El dolor es una llamada de la naturaleza a la naturaleza. Dice: ¡Defiéndete!

Si mi vida se repite, que no se repita mi muerte.

Dale esplendor. Dale pensamiento.

Luchar contra la pereza. Me obligo a trabajar. A estas alturas debería vencer, o estar vencido ya. A mi alrededor, desde que me ocupo de aquellos ritmos secretos que antes nunca contemplaba, veo cómo la pereza no existe. No hay descanso en las plantas. Trabajan todo el tiempo, ocupadas en un único objetivo. La enredadera lanza sus tentáculos sobre el muro, gira, se enrolla, crece y crece, echa flores. Y lo mismo cabe decir de las hierbas: incluso el romero, el más lento, el más concentrado, va buscando lentamente el camino y se acerca poco a poco a su primer temblor. Aquella pequeña araña que con determinación anida en los rosales y los devora, se multiplica de un día para otro. Amenaza los capullos en legión, encaramada a las espinas. Si las elimino, como he hecho en dos ocasiones, a las pocas semanas las supervivientes han creado una nueva generación que vuelve a ocupar posiciones y a degradar las flores de las que se alimenta como si fueran una enfermedad interior. Cuando a comienzos de junio observé que las abejas se acercaban a curiosear en la mesa de madera, descubrí que en realidad su interés estaba en los agujeros que, con casi dos centímetros de profundidad, habían permitido la fijación del tablero a la estructura interior en la que se insertan las patas. Un día miré en el interior y vi que lo habían taponado con cera. En el intervalo de muy pocas semanas las abejas habían depositado sus larvas en cada uno de los diez agujeros. Tuve que agujerear los tapones oscuros, introducir veneno y sellar con silicona. Y aun durante algunos días venían las abejas a revolotear por la mesa sin comprender realmente lo sucedido. Vagaban y vagaban por el aire, buscando los nidos que allí habían quedado y ahora no estaban. Las plantas y los animales no se conceden tregua. Cada noche vienen los gatos a las basuras. Cada mañana buscan los vencejos en el aire. Y, sin embargo, yo lucho con la pereza, contra el deseo de simplemente contemplar y escribir estas notas, con el temor de no saber. Ah, si pudiera quitarme sólo ese temor. Tanto trabajo y quizá nada claro al final: un charquito de agua, una piedra de playa, un poco de arena. Pero mira. Mira a la falena en la luz: ¡trabaja para arder!

Yo no he buscado esta distancia con el mundo en el que viven mis contemporáneos, los occidentales de hoy. Mi desprecio, cada día mayor, hacia determinadas formas de vida, me ha sido dado, nunca lo busqué. Vino con otras cosas. Gracias a otras cosas. Soy inocente de mi diferencia. Sólo que cada vez soy más consciente del tiempo y de su paso, y cada vez estoy menos dispuesto a malgastar ni un solo segundo.

Me he perdido. Me he dado cuenta ayer mientras miraba, sin saber el porqué, hacia una mesa situada enfrente de la mía, en la terraza de un bar de pueblo, en una plaza. La conversación había perdido interés para mí, o el cansancio después de una caminata de varias horas muy intensas, me hicieron alejarme de ella unos instantes —enseguida la retomé, pero en aquellos pocos segundos de abstracción giró como un torbellino el tiempo pasado y comprendí que había perdido rumbo. Las materias del deseo se habían anulado en mí. ¡Qué vergüenza, Alejandro! ¡Estás perdido! Y luego seguí con la conversación. Se hablaba de educación y de escuela.

El dolor comienza en la nuca, primero es como una carga, un peso leve, que oprime como la mano de un niño, luego, esa mano se va transformando en la mano de un hombre, luego en una garra. Entonces asciende por las líneas parietales y se inicia el duro abordaje de las sienes. En ese momento actúa por espasmos, y subir una escalera, tomar un peso en las manos o cualquier otro tipo de emoción encadena un torpedeo que vibra en la nuca y relampaguea detrás de las orejas y sobre los ojos. Lentamente, como una onda, toma las sienes y vibran las venillas que las alimentan como si fueran fibras nerviosas conectadas con el cerebro. Por último, el dolor agudo, puntas de flecha, se instala de modo permanente bajo las cejas. Ya no se puede mirar hacia cualquier fuente de luz por leve que sea. Inválido, te sientas en alguna silla, en la butaca del coche, en una tumbona, en la cama, e inicias una plegaria para el buen dios que no existe con tal que no se oiga ningún ruido. Con tal que en el mundo nada se mueva. Hay que dejar que el dolor que te ha tomado siga su curso y salga, expulsado, por los ojos, camino de alguna oscura gruta abierta en la noche de la noche.

Es un cobarde. Lo sabe. Se enfrenta al mundo desde esa cobardía. Convive con el mundo. Lo toman por valiente, pero se muere de miedo a cada paso.

No practica la verdad como una moral, sino como un recurso. Incapaz de otra cosa admira —envidia— al que es capaz de servirse de la mentira como él se sirve de la verdad.

Escala un árbol hasta que las ramas son demasiado delgadas y ceden. Entonces cae. Y sabe que no puede ser aún más ligero.

Cuando no quiere maestros, es porque quiere diálogos.

Le cuesta creer en las paradojas. Prefiere los sistemas. Aunque sean paradójicos.

Contempla el pensamiento escéptico contemporáneo con escepticismo. No porque no pueda aceptarlo, sino porque no puede creérselo.

Le molesta que le digan haz esto o aquello. El sol sale por donde quiere por más que alguien se lo diga. No acepta orden alguna. Hace lo que quiere aunque coincida con lo que debe. Sabemos, sin embargo, por dónde tiene que salir.

Escribe un poema, y enseguida lo rompe: —Éste, para el anecdotario de la eternidad.

El anhelo no debe estar en ser un hombre sin dioses. El anhelo debe ser precisamente el contrario: ganar tales presencias. Esto equivale, simplemente —pero es tan difícil— a contemplar el mundo y la forma en que se constituye o lo percibimos de una manera abierta y por lo tanto no determinada. ¿Acaso el tiempo no es un error sin la ausencia de los dioses? Un hombre sin sus dioses es un hombre profundamente solo, es decir, sin posibilidad de compañía en el tiempo. Sin ellos, sin los dioses, la comunión con los otros se vuelve imposible, pues el otro se convierte en un extraño en la medida en que nosotros mismos nos convertimos, para nuestra mente, en un extraño. Desde esta perspectiva, el hombre —que desea saber— no puede tener otra compañía que el que sabe, el que acompaña con su conocimiento. La presencia que comparte y no fatiga. El que está en nosotros. Para mí el anhelo es poder creer, sentir la compañía. La vida me ha obsequiado con alguno de esos momentos en que tomamos conciencia de la profunda soledad del hombre —esa soledad ante la que los otros se vuelven irreductibles— y deseamos una figura que interceda por nosotros ante el aire y ante el tiempo. Ese momento en que nos toman las ansias de desear, independientemente del resultado, porque estamos solos y el mismo acto de pedir —de poder pedir— genera una forma de esperanza. Sobra decir que nunca he podido hacerlo: me siento ridículo, lejano, inválido. Y no dejo de decirme lo fácil que sería ser creyente y pensar en que realmente un deus ex machina aparecerá y salvará la situación por nosotros, simplemente porque la palabra ha obrado su milagro y el mundo ha obedecido. Pero estoy profundamente tomado por una dificultad mayor y mucho más pobre; incapacitado para creer en nada que no sea, que no se pueda constatar. Sólo el olvido momentáneo del poema me permite zafarme de ese nihilismo. Bien. Ahora todo es falso, y no basta con el deseo para creer. Lo único cierto es la soledad: nadie nos vela. ¿Por qué habrá de hacerlo? Un dios bueno, un creador habitado por la bondad, simplemente no crearía; haría de sí mismo —el bueno, el bondadoso— el objeto de su creación: en lugar de compartir su ser, nos habría habitado. Hubiera fundado un vacío. Una entrega a la eternidad, que es el frío. Dios es una cifra: menos 273 grados centígrados. Ahí está el buen dios. El grado cero.

Escuchado en el avión: «Un médico ha dicho que cuanto menos te mueves más posibilidades tienes de tener una depresión.» Y el de al lado dice «A menos que tengas enfermedad». Y la otra «No, lo que quiere decir es que cuanto más quieta estás más piensas». Y luego, como la que no quiere la cosa: «Y claro…»

Hay que pensar la creencia al revés. Pensemos en que hemos logrado hacer nacer una mente que cree. Hagamos esa prueba. Si lográsemos constituir a partir de la materia mental «existencia de dioses» una verdad, entonces, realmente ¿tendríamos —¿en este mundo?—necesidad alguna de adorar esa imagen? ¿Realmente podríamos creer en unos dioses cuyo logro mayor ha sido un mundo como éste? ¿Qué necesidad hay? Y, de otra parte, ¿qué tendría en todo esto que ver los propios dioses, ajenos a su creación? ¿Qué podemos querer de ellos, los pobres? ¿Por qué íbamos a querer algo? Si los dioses fueran posibles, si existieran realmente, ¡qué desilusión! En el caso de los dioses, la existencia es una frivolidad. Una grosería.

No me admiro a mí mismo con lo que hago. Últimamente diría más: me avergüenzo. No se quién soy, ni para qué. Y alrededor veo mundo y mundo destruido.

En realidad, lo que sucede es que he sido víctima de una emboscada: me ha perdido el anhelo, y sufro por ello. Me conmemoro. Ando por inercia. Actúo tomado por un miedo que no es más que un freno lanzado a todo motor. Me visto con la piel de un asno y camino y camino y camino. No hago paradas, y no sé adónde voy ni a qué me dedico.

La obsesión que me causa todo lo que dejo de hacer sólo es comparable con la desazón que me proporciona la mayor parte de lo que sí hago. Pero no deseo luchar contra ninguna de esas dos fuentes de desasosiego: una me lleva a la lucha por el entusiasmo y la esperanza, la otra a la disciplina. Una y otra son entrenamientos para la afirmación de la voluntad.

Un reloj para marcar el paso del tiempo. Un camino, no para andarlo, sino para mirar hacia él e imaginar.

No es lo mismo pereza que voluntad, aunque no sepa determinar si en estos días en que quisiera estar liberado de tanto trabajo padezco ésta o aquélla.

La reforma de una creencia no posee sentido en el espacio confesional: carece de coherencia. La confesión religiosa sólo puede trabajar a partir de un enunciado, de una afirmación. Deja de serlo en el momento en que se duda sobre su estamento o sobre su jerarquía. Es aquí donde las confesiones establecen su dimensión dramática. Pero una religiosidad verdadera, en cambio, no podrá sino afirmar su alegría ante la propia caída y transformación.

Hay un tiempo para la acción y en tiempo para la reflexión. A mí me toca ahora sentarme en el borde del camino y mirar hacia el campo. Acaso haga frío.

Soy un oscuro callejón sin salida, en el interior de una ciudad profusamente iluminada. Cuanto más me compadezco, más necesidad siento de insultarme. Me quedo en los bordes de todo y no estoy en nada. Y sin embargo, al cabo, algo creo saber: se puede configurar un pensamiento, se puede iniciar una búsqueda sin necesidad de acabar alguna vez el proceso. Ese quedarse en medio es también un destino exigente: la crueldad no es el encuentro, sino el tiempo que es preciso gastar para no encontrar mundo en el mundo. La materia huye. ¿Se puede vivir sin convicción?

Una filosofía no puede servir para sanar de los problemas —aunque así desee creerlo cierta cultura comercial de hoy. Puede aspirar a vencerlos —que no es lo mismo que sanarlos—, pero nunca podrá, en cambio, convivir con ellos. En muchos casos bastará con que sirva para reconocerlos.

He cometido un error al tratar de construir mi vida —lo he pretendido— como una forma adecuada y propiciatoria para la poesía. Es decir, traté de hacer de mis habitaciones para ella un lugar agradable. Por otra parte, he pretendido lo contrario: hacer de la poesía un soporte para la vida. Ahora creo que ambas soluciones no guardan el respeto debido a la unidad exigente de mundo, ser y palabra. Tengo el deber, exigido —y otorgado— por ese principio de unidad, de instalarme en la vida sin ninguna otra intención que la de establecer la existencia como un difícil —pero posible— equilibrio. Eso traerá consigo —pero el aprendizaje está por comenzar— la posibilidad de instalarse en el ser con equilibrio, y, por último, instalarse en la poesía con equilibrio. Porque una cosa y la otra son lo mismo. Entonces la poesía no tendrá que venir a instalarse en unas habitaciones confortables, sino que ella será la invitada, y las habitaciones, y su propia anfitriona.

A veces creo que no me conozco realmente, que me engaño, que vivo la vida de otro, como otro. El que no soy vive más intensamente. Pero tengo la esperanza de encontrarme algún día, es decir, de verme, tarde o temprano, en ese espejo fugaz que nos esquiva.

Nuevo —intenso— periodo de insomnio. Exposiciones sin montar, textos sin hacer, pasajes sin solicitar… Es madrugada. Lo menudo, que va devorando implacable lo fundamental. Estoy con los ojos abiertos, tendido, derrotado, devorado por la noche, y llega mi hijo más pequeño a la cama. Me dice que le duele mucho el pecho. Casi no lo oigo. Me levanto, voy con él hasta el baño, miro en el espejo ese rostro desconocido y pesado, acompaño al niño a su cama, deambulo por la casa, tropiezo con los muebles. El camino termina en la terraza. Miro a lo alto. Si lo pudiera aceptar finalmente, si lo pudiera pensar con fe, quizá el mundo ganase su sentido al fin, y yo podría suspenderme en él, acogerlo sin intermediaciones. Un aire extremo sopla, ligero sube por los corredores de la noche. Claro que no pretendo saberlo todo, y creo que no puede haber ninguna opción de que esos astros que veo arriba, noche tras noche, sin querer aprender sus nombres para no saber que los miro —pero qué saber es ése, qué conocimiento ofrecen las superposiciones de estrellas y constelaciones cartografiadas— me reconozcan de algún modo, sepan que hay una conciencia aquí, que las observa, que las admira, desde un conocimiento inválido. No puede saberme el mundo, ni yo puedo saberlo a él. Pero deseo tanto poder integrar una señal que me diga que estoy, que formo parte, una conciencia que de algún oscuro modo no fuera un derroche, o un accidente, una conciencia que pertenezca también al universo, al mundo. Y que ese pobre e inhábil pensamiento intermediado por el lenguaje tenga así su lugar, ocupe su lugar, y sea necesario para que todo sea hoy como en esta noche, ni bueno ni malo, simplemente como esta noche, así. Otro azar hará otro mundo, y el milagro es que no hubo otro azar, sino éste, y cualquier cambio hará otro azar y otra noche… Traducciones sin hacer, ensayos que no acaban de tomar cuerpo, un libro de poemas.

Miedo a pensar sin miedo. Uno de los males que más decisivamente ha atenazado el avance de la democracia española y, aún más que a ella a su cultura, ha sido la casi completa impermeabilidad entre sus pensadores —los pensadores españoles, que los ha habido— y aquéllos que en un alarde de prudencia «democrática» se determinó que debían representar el papel de intelectuales en este país. Estos últimos, meros divulgadores de tres al cuarto, no sólo han pedido permiso político cada vez que ha sido necesario determinar sobre qué se debía pensar en cada momento, sino que han sabido crear el sentimiento de que lo difícil es por definición reaccionario (por elitista). Los otros, por desgracia, confinados en universidades extranjeras o en países de segunda fila, o en ciudades de provincia, se han granjeado el derecho de ser completamente ignorados. Con ello se ha creado una situación errática según la cual no sólo unos pocos elegidos están llamados a crear, desde su incapacidad para algo menos que trasladar información desproblematizada, los estados de pensamiento, los estados de opinión pública —una opinión pública cada vez más acosada por la pérdida de capacidad para el análisis y desprovista de herramientas para emitir juicios complejos—, sino que además, y por si esto fuera poco, han convertido el espacio del pensamiento en España en una suerte de coto privado en el que no se debe entrar y para el que conviene encontrar herramientas de vigilancia, no sea que un lobo disfrazado de cordero se pueda colar en un gallinero indefenso. Se ha llegado incluso a amenazar las efemérides: María Zambrano ha encontrado su acomodo en la peripecia existencial de su feminidad, pero no en un pensamiento religioso iconoclasta, abonado por el misterio y la dificultad. Y en el olvido han caído Aranguren, Zubiri o Marías. Eugenio Trías o Emilio Lledó cumplen con sus papeles accesorios. Ha habido, hay, en España, un miedo a pensar sin miedo, y lo que es peor, miedo a que se pensara sin miedo, que ha dado al traste con la institución crítica. La cultura ha sido, así, la primera en resentirse, en ella han aparecido los primeros síntomas que reproducen los esquemas de barbarie de un estado totalitario: desideologización, autocomplacencia, sustitución de la institución crítica por la ley de mercado, hipertrofia del valor de lo cotidiano, asunción de un elitismo fraudulento según el cual el «productor» de cultura aspira al contentamiento del «consumidor» y no a la transformación de los sistemas de recepción… Todo ello ha conducido a un sistema de fascismo de baja radiación que inocula un esquema de «realismo» desprovisto de cualquier tipo de complejidad y animado por la chatura de sus propuestas. En poesía, el mal ha sido aún mayor; el mal es congénito —puesto que produce aun sin quererlo su propia supervivencia—: se alienta a los jóvenes para que no piensen, y aun más, se premia a aquellos que no lo hacen ensalzando su acción como un recurso valiente y contemporáneo, abrigado en una bienintencionada tolerancia muy de época. Los creadores, se les dice continuamente a los jóvenes desde los restos de la institución crítica, no deben aspirar a la dilucidación de su territorio, sino dejar que otros lo hagan por ellos en nombre de la ecuanimidad que se le supone al gallo en su gallinero. Y triste destino el de una poesía que nace ya pensada y sin otra sustancia que la marcada por críticos débiles, aquejados del miedo a pensar sin miedo. Y los juicios se fallan: todo lo que no complazca al público —al público estúpido y limitado que el crítico de turno se imagina que es su propio público— es decir, todo lo pensado sin miedo, debe quedar relegado en el cada vez más amplio mapa de lo invisible.

La estética no es una herramienta, sino un fin. A partir de él puede construirse otro y otro, sin límites. No es una definición, sino un ensamblaje determinado desde el comienzo. Se fija fuera del tiempo, y no es constatable. ¿Cuál es mi estética? Simplemente no existe en mí, sino a mi través: es aquello que permite que sea traspasado como si no existiera. Ahora bien, si no existiera, no podría traspasarse de ninguna manera. No creo que esté en mí una estética que ame lo superfluo, pero esa estética es incapaz de definir lo superfluo. Mi estética propende hacia la exactitud, pero no ofrece ninguna garantía sobre la exactitud de qué. En cuanto la analizo con parsimonia me mira a los ojos y desaparece. Y con esa memoria de la mirada tengo que sobrevivir para construirla. No cambia, ni evoluciona, pero hoy no es mejor que ayer. Al principio pensé que había que subir a la montaña, y que la incorporación era un ejercicio que amaba. Luego comprendí que había que olvidarlo casi todo, dejar que ella fuera el único monstruo que nos habita. Luego supe que se trataba de una ficción, y por lo tanto, que es ella la que decide a qué ámbito pertenece de acuerdo con sus preferencias. Pretende tomarme por conquista y yo simplemente la espero con las maletas hechas y el cuerpo evacuado y vacío. Quiere reinar, pero desentenderse luego de las responsabilidades de su tiranía. Es soberana, salvo si mira sus apellidos. Carece de padre y madre, pero se sienta en los bancos de su amplia plaza como si fuera su trono. Finalmente, es más valiente que yo, me conoce mejor que yo a ella y desconoce cualquier interés propio fuera de su particular reducción. No quiere ser importunada. Llamo a su puerta y es entonces cuando apaga la luz y finge que está dormida. Escruto sus sueños y los anoto. Por la mañana la veo curiosear entre los cuadernos. Siento que de algún modo sufre, porque es consciente de la perenne finitud de su imperio. No pide plegarias, pero acepta con generosidad las dádivas, malgasta lo recaudado y devora los cuerpos en los que se encarna. Aspira a la materia, y envidia lo cancelado. Preferiría ser un buen poema que este transcurso.

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