Este texto fue parcialmente leído por su autor, Melchor López (Canarias, 1965), en el homenaje que organizó la Fundación César Manrique al artista Stipo Pranyko en la Sala José Saramago de Arrecife, poco antes de su definitiva marcha de Lanzarote, el día 24 de mayo de 2012.
Mi tarde de ayer ―para poder decir ante ustedes estas palabras de hoy― transcurrió entre recuerdos y divagaciones en torno a Stipo Pranyko y su obra. El primer recuerdo que afluyó a mi memoria fue una anédocta que me contó el artista de Jajce en una de las últimas conversaciones mantenidas en su casa de Tahíche, a la sombra del especiero de las palabras. En su juventud ―me contó Stipo, hablando en su particular lingua franca de nómada― tuvo que pasar varias semanas en la ciudad de Sarajevo alojándose, por necesidades económicas, en el interior de una cámara oscura, ofrecimiento de un amigo fotógrafo. Él, Stipo Pranyko, el reconocido pintor del blanco, vivió un tiempo en la conminatoria oscuridad de una habitación. Después de esa saturación de oscuridad, ¿cómo no acabar pintando el blanco en sus cuadros, buscando obsesivamente el blanco en sus cuadros? El blanco del hueso, el blanco de la venda, el blanco de la nada. Creo que Stipo pinta muchas veces buscando también un estado de pensamiento en blanco, el estado propicio para que el azar intervenga y haga su juego en contra de las severas manipulaciones del yo. Muchos de sus cuadros deberían ser rubricados a dúo por la mano del artista y la mano del azar, como una afortunada colaboración a dos manos. El espacio del lienzo es entonces un área de libertad, como quería su amigo Piero Manzoni, o como dice Umberto Eco, una «opera aperta».
El blanco de Stipo es también el blanco del sepulcro y el blanco de la harina, el blanco de la tumba y el blanco del cenotafio, el blanco del sudario y el blanco del beduino. Y para mí, sobre todo, el blanco de Lázaro, el resucitado que se despoja de sus vendas tras llegar del más allá. No es ―aclaremos― muchas veces un blanco puro, sino un blanco por el que ha transpirado el cuerpo de un hombre. Stipo es un resucitado que conoce la luz del otro mundo; es un nuevo Lázaro que vino a resucitar a esta isla; Stipo es ―lo diré con una obvia paranomasia― el Lázaro de Lanzarote. La luz de Lanzarote es posiblemente un trasunto de la luz que vio Stipo cuando estuvo al otro lado, una luz paleocristiana o palestina, una luz contemporánea de aquella que vieron los apóstoles de espíritu simple, los pescadores de Galilea.
Uno de los poderes de la obra de Stipo Pranyko es su poder sanatorio. Incluso en aquellas piezas signadas por el dolor, el espectador llega a experimentar un estado de paz, de paz última, de serena paz escatológica, como la deseable paz que nos gustaría sentir en el lecho de muerte, antes de emprender ―como decía Ernst Jünger― la mayor aventura, un estado de santidad, de beatitud como la que experimentó él mismo ―como nos cuenta en la película que le ha dedicado David Delgado San Ginés― el día antes de su muerte, de la que pudo ser su muerte. Les recomiendo que visiten la exposición de Stipo en el TEA para que comprueben ―in situ, en espíritu― esos poderes sanatorios de la obra de nuestro amigo.
Recordé ayer también el primer día que tuve la fortuna de visitar su casa de Tahíche. Recordé la impresión de misterio religioso que me sobrecogió ante la visión de sus cuadros-altares. Unos cuadros que emitían ese silencio rumoroso que suelen emitir las obras donde late, se esconde, se oculta ―mostrándose así― lo sagrado. El espectador debe acercar su oído a los cuadros de Stipo para oír ese rumor del numen, esa mallarmeana nada sonora.
Es ese otro de los valores que más estimo en su obra: su aura de misterio sagrado. En la obra de Stipo hasta el objeto más humilde, más pobre ―una cuchara, un trocito de madera― puede alcanzar la naturaleza de «reliquia», o la «parca fastuosidad de lo humilde» para emplear palabras de Jacques Esprit. A los que asisten a una exposición de Stipo Pranyko deberían entregarles a la entrada de la misma, una sencilla esterilla para que se arrodillaran a contemplar su obra. Creo que buena parte de la obra de Stipo debe ser colgada a una distancia del suelo que obligue al espectador a alzar la barbilla, a elevar la mirada, como se hace ante un altar, un altar consagrado a ningún dios conocido. Un altar donde hubiera un velo que ocultara el espacio vacío de la Nada. Hay obras de Stipo que son verdaderas elevaciones.
Recordé el truculento caso de su mano casi amputada en un accidente mientras trabajaba en la elaboración de una de sus obras. Esa mano casi amputada y milagrosamente recuperada. Esa mano sacrificial que aparecerá en una de sus piezas más estremecedoras como un guante que cuelga, un trágico exvoto. Y no pude evitar recordar al Aleijadinho, el «Lisiadito», el gran escultor de Brasil, con el cincel atado a sus muñones de leproso mientras tallaba los pliegues barrocos de sus iglesias. Los mismos pliegues barrocos que reconocí en algunas de las telas atadas de Stipo, como si fueran versiones simplificadas de los hábitos del San Serapio de Zurbarán.
Recordé también que en esa primera visita pude contemplar, desplegada, en uno de sus estudios una de las piezas que prefiero: «La caída de Ícaro», que reúne muchas de las características de su obra: obra blanca, portátil, libre, desplegable, permutable, infinita, abierta a los trabajos del azar. La aventura ―y empleo la palabra «aventura» intencionadamente― la aventura, digo, artística y personal de Stipo, pensé, tiene muchos puntos en común con la trágica ―y gloriosa― aventura icárica. Con ese vuelo de la hybris. Con ese afán. Con esa caída. Con ese irrenunciable llamado de la luz. Con ese vuelo alado hacia la luz de otro mundo. Hacia la inmersión en la sonora sobreiluminación de la nada. En realidad, en todo artista se encarna el mito icárico. En todo verdadero artista. No es de extrañar que la palabra «verdad» aparezca tantas veces cuando se habla de este hombre y de este artista.
Recordé también unas palabras suyas después del primer visionado de la película de David Delgado San Ginés, en un primer montaje: «Esta película», me dijo ―emocionado, emocionándome―, «es la mejor presentación posible para mi nueva etapa en Alemania». Esto lo decía un hombre de más de ochenta años. ¡Una nueva etapa con ochenta años! Una nueva resurrección. Porque Stipo es un experto en resurrecciones, como lo atestiguan las múltiples rupturas con su vida y su obra del pasado; es un fénix croata, como ya lo he llamado en alguna ocasión anterior. Y es un señor muy viejo, más viejo que el mundo, el mundo antes de que existieran las fronteras, el mundo del nómada, pero también es un niño, que sigue investigando con nuevas formas o en las cualidades de la línea, la línea que en realidad no existe, es el «puer senex» de los latinos, el niño viejo, el inocente y el sabio.
Y recordé también ―termino ya recordando― algo que decía el poeta y crítico José Miguel Ullán sobre el pintor mejicano Vicente Rojo: «No hay nada más triste en el mundo ―decía Ullán― que decirle adiós a Vicente Rojo». Lo mismo me ocurre cuando tengo que despedirme de Stipo Pranyko, la misma tristeza ―la que acude ahora, la de esta noche―, la tristeza de los adioses, como si nos despidiéramos, en mitad de un vasto desierto sin señales, definitivamente, de nosotros mismos.

