Alberto de Lacerda,
hijo ciego de Grecia

Alberto de Lacerda, El encantamiento. Antología poética,
Selección, versión y prólogo de Luis María Marina,
Olifante / Ediciones de poesía, Zaragoza, 2012.

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre la condición de «exiliado», que suele ir unida como atributo inherente, en demasiados casos, a la figura del poeta moderno. «Cualquier forma de exilio —escribió Stefan Zweig en sus Momentos estelares de la humanidad— se convierte para un hombre de espíritu en un estímulo para el recogimiento interior». El poeta que nos ocupa, Alberto de Lacerda, es también un exiliado —del mundo, a veces de sí mismo: «ser poeta es no pertenecerse / ni a sí», escribió en su poema «Ventana». Exiliado primeramente de la Ilha de Moçambique, donde nació en 1928, y luego de su país, Portugal, que abandonaría para afincarse en Londres, ciudad que lo acogió a principios de los cincuenta gracias a un trabajo como locutor de la BBC. Más tarde perdería ese trabajo, y se reconvirtió en una suerte de profesor itinerante de poética, sobre todo en universidades americanas. Sin embargo, durante sus últimos años, sumido en una gran pobreza, Lacerda malvivió en Londres y allí murió en agosto del año 2009.

Sus idas y venidas (Londres, Texas, Austin, Boston…) van a tener siempre a Lisboa, la ciudad blanca, como centro de imantación de su labor poética. Allí, su reputación como poeta ya estaba establecida, al menos dentro del espacio literario, desde 1951, cuando, todavía con veintitrés años, publica sus 77 poemas, libro que enseguida lo colocó al lado de poetas como Sophia de Mello Breyner Andresen, Jorge de Sena y António Ramos Rosa, y que, por cierto, sería traducido en Inglaterra muchos años después por el poeta y orientalista Arthur Waley.

Sin embargo, y tal vez a causa de esa condición misma de auto-exiliado, unida acaso a su homosexualidad, la obra poética de Lacerda no alcanzó en su momento la popularidad que merece ni fue editado como hoy desearíamos, tanto en su país como en el nuestro, donde ahora, de la mano de Luis María Marina y la editorial Olifante, se nos ofrece esta antología poética titulada El encantamiento.

Desde muy pronto, en 1950, Alberto de Lacerda participa del ambiente literario lisboeta fundando junto a Ruy Cinatti y David Mourão Ferreira la revista Távola Redonda, para la que escribe el editorial del primer número. En ese texto temprano Lacerda explica que Távola Redonda pretende contribuir a «la conquista de lo poético sin preconceptos de antiguo o de moderno, de temas y hasta de palabras, dentro de la libertad seminal ligada a la creación y a la vida de la obra de arte; la variedad de la forma, sabiendo, sobre todo, que existe; el deseo consciente de dominarla con la belleza; inquietud social sin disgusto estético; la revalorización del mito».

La desatención que ha rodeado su obra en estos últimos tiempos no ha impedido, sin embargo, que críticos prestigiosos como Adolfo Casais Monteiro, Jorge de Sena o João Gaspar Simões lo consideraran el mejor poeta de su generación: «[…] su poesía ―dice Casais Monteiro― no es posible encuadrarla en la de ninguna tendencia definida; no es social ni surrealista. Está, realmente, fuera del tiempo para quien la mide solamente por los relojes de la moda».

Lo curioso del caso Lacerda es que la alta estima que sus compañeros de generación siempre le profesaron no se ha visto reflejada en una mayor circulación de su obra. Nuestra experiencia personal por las librerías lisboetas en busca de algún libro suyo llegó a ser casi infructuosa si no hubiese sido por la confluencia de dos razones: en primer lugar, que se acababa de editar en Assírio & Alvim su libro O pajem formidável dos indícios (gracias a la difusión de su obra que ha emprendido su albacea y amigo Luís Amorim de Sousa); y, en segundo lugar, la mano siempre generosa del azar hizo que en nuestros paseos por Lisboa diera con la Livraria da Rua da Escola, de la Imprensa Nacional – Casa da Moeda. Fue ahí donde hallé otros libros originales del poeta: Oferenda I (que incluye entre otros los cuatro libros en los que el traductor de esta antología se centra:77 poemas, Palacio, Exilio Color azul), Oferenda II (que contiene los libros Opus 7, Ariel y la luz Mecánica celeste), Elegías de Londres Horizontes.

Muchos de los presupuestos poéticos expuestos en el editorial de Távola Redonda acabarían imantando también a gran parte de los poetas de su generación, como Jorge de Sena, Mario Cesariny, António Ramos Rosa o Herberto Helder. Pero creemos que será precisamente la última de esas ideas lacerdianas, «la revalorización del mito», la que constituirá su punto de encuentro y su mayor afinidad con la poeta a la que no por casualidad dedicará su primer libro, 77 poemas (1955): Sophia de Mello, amiga del poeta desde épocas juveniles.

En efecto, mucho tienen en común las miradas y las lecturas del mundo de Sophia de Mello y de Alberto de Lacerda. La autora de Livro sexto escribía en una de sus poéticas: «Si un poeta dice “oscuro”, “amplio”, “barco”, “piedra” es porque estas palabras nombran su visión del mundo, su unión con las cosas. No han sido palabras escogidas estéticamente por su belleza, sino por su realidad, por su necesidad, por su poder poético para establecer una alianza». También Lacerda se entrega a la palabra elemental, a la palabra más simple, vista como clave para invocar esa unión con el mito. Para Alberto de Lacerda el poema es una «arquitectura verbal» construida con elementos mínimos (dísticos en algunos casos, similares a los que abundan en la obra de Sophia de Mello):

A LOS DIOSES

(de un poema encallado)

Vosotros que nos abandonasteis

en el más lúgubre ribazo de la montaña más alta.

En su poema «Grito» escribe el poeta: «Mástil suspenso sin mar y sin navío». Estas palabras son para Alberto de Lacerda una buena definición de la poesía; la palabra etérea que sin olvidar sus lazos y su raigambre con el mundo, vive exenta, liberada de las ataduras físicas, pero consciente de su invisible hilo de unión con la realidad. Abundando en esta idea fundamental de su obra escribió el crítico Nuno de Sampaio: «Extraña poesía dividida entre la plenitud de los sentidos y la aridez del alma», para luego añadir: «su poesía y la de Sophia de Mello Breyner Andresen están muy próximas, aunque la de ésta sea de raíz trágica y la de Lacerda de fondo narcisista». Tal vez se pueda añadir a esta definición la idea, también cierta, de que la poesía de Sophia se halla dominada por la fuerza del canto, por la melopeia, mientras que en el caso de Lacerda, su poesía parece hundir sus raíces en lo reflexivo, en las potencias de lo logopeico.

En uno de los más hermosos poemas de su libro Mar nuevo, el titulado «En el poema», escribe Sophia de Melo:

En el poema ha quedado el fuego más secreto

El intenso fuego devorador de las cosas

Que siempre estuvo muy lejos y muy cerca

Alberto de Lacerda, en una especie de discusión dialéctica sobre la función de la poesía, parece contestar con los versos siguientes del poema «Ventana»:

Soy una ventana a la que asoman

Todas las cosas de la vida.

No sobre mí: sobre la vida

Que pasa por mi ser.

Y todo está lejos

Y aquí

Ser poeta es no pertenecerse

Ni a sí.

Al igual que le ocurriera a su poeta predilecta, Lacerda se siente inexorablemente unido a la vieja Grecia; su poesía se sustenta en el mito, en la palabra sagrada como sello de paso a una realidad más alta: «soy hermano de la crátera y de los vientos elíseos / conozco la esfera y el paralelepípedo // estoy preparado para todo / como si no existiese» («Todo»). Es esa «revalorización del mito» de la que Lacerda hablaba, la que le conduce por los senderos del mundo dudando entre el sí y el no, entre el pudor y el impudor, entre la risa y la lágrima, ciego, al fin, entre las dudas, en una encrucijada: «Soy, hermanos, el ciego auténtico, / demasiado ebrio de la luz de otros caminos». Diótima o Eleusis son nombres que le sirven de piedra de toque en su ensoñación, en su encantamiento. Ante la contemplación de un atleta, contempla también la inmanencia de la belleza, y Lacerda nos recuerda: «al verlo / nadie pregunta / cómo habrá sido su infancia / cómo será su muerte».

Ha obrado con perspicacia el antólogo y traductor al dar el título de El encantamiento a esta selección de la primera etapa de la obra del poeta portugués, teniendo en cuenta que en más de una ocasión usa el escritor ese leitmotiv en sus poemas: de «un desolado encantamiento» habla en el titulado «El eterno retorno de Diótima»; «Estoy justo ahora en el centro / de un círculo de encantamiento»: es así como da comienzo el poema «Triunfo» de su libro Exilio (1963).

Y justamente desde ese exilio perpetuo entona Lacerda su canto, su oda de amor por la lengua portuguesa, su lengua, como el lugar en el que radica su patria real y más profunda, fuente, a un tiempo, del reencuentro con la mítica Grecia:

Esta lengua que amo
con su bárbara hechura
su miel
su helénica sal […]
Esta ánfora
cantante.

Pero con el tiempo y desde su desarraigo, el poeta empieza finalmente a no ver todo como puro destierro, de modo que contempla el paisaje a través de sus ventanas de Chelsea, el barrio londinense que lo acogió durante tantos años («Ventanas de Chelsea»), desde otro punto de vista: las imágenes que le han acompañado desde países extraños aparecen ahora en los poemas como fieles amigas que pasan suavemente ante su ventana, por la lentitud del río:

Oigo cuanto he dejado de ser
De nada sirve morir
La noche prosigue
El día repiteImágenes truncas.

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