Juan Goytisolo
o el ardor de la palabra

Juan Goytisolo, Ardores, cenizas, desmemoria
Traducciones de Clara Curell, Ricardo Arregui Díaz de Heredia y Carina Rodrigues, Editorial Salto de Página, Colección Poesía, Madrid, 2012.

La voz a un tiempo libre y comprometida de Juan Goytisolo —apenas es necesario recordarlo— es hoy una referencia ineludible en la literatura de lengua castellana. Ya dijo él mismo en alguna ocasión que su único deseo como autor es devolver a los lectores una lengua distinta a la que tomó prestada como escritor, renovada frente a la herencia lingüística y creadora de la tradición. Como hicieron en su momento sus admirados Miguel de Cervantes, Fernando de Rojas o Rabelais, el autor de Makbara ha aspirado a subvertir la prosa narrativa para dotarla de una versatilidad y de una libertad que no hacen sino subrayar su dinamismo originario.

Ya en una obra como Las virtudes del pájaro solitario la escritura de Goytisolo se fundía en un crisol que tenía la palabra poética como incandescente cuenco transformador, como laboratorio de desafío para lectores exigentes, los que se inclinan hacia una literatura alejada de las corrientes más comerciales. En su proceso creador ha estado en todo momento latiendo, de un modo u otro, la palabra poética, y el autor al que muchos circunscribíamos al territorio de la prosa y del ensayo más combativos parecía estar simplemente a la espera (la palabra poética siempre es resultado de una espera; activa y atenta, pero espera, al fin y al cabo) de la llegada de una voz lírica. Una voz no extensa, como la de la prosa, sino intensa y precisa, la de la poesía, que acaba tomando la forma sustancial de lo que, en la conocida anécdota epistolar entre Ezra Pound y Basil Bunting, quedó acuñado como un famoso adagio: «Dichtung: condensare». En efecto, como condensación o como destilación de esa nueva voz poética in nuce, publica ahora Juan Goytisolo nueve poemas, nueve estrictamente, que bajo el título de Ardores, cenizas, desmemoria, son el resultado de haber sido «visitado sin invitación alguna» por la poesía, según confiesa el autor en la nota liminar al volumen. Creo sin embargo que la apreciación del autor no es del todo exacta, pues, como ya se ha destacado con suficiente insistencia por parte de algunos críticos, el autor de Paisajes después de la batalla ha consagrado toda una vida al reto y a la invitación a la palabra poética, desde «su quieta labor nocturna», con el conjunto de su obra.

Nueve poemas, así pues, que, acompañados en este librito por las traducciones al catalán, al euskera y al portugués (realizadas respectivamente por Clara Curell, Ricardo Arregui Díaz de Heredia y Carina Rodrigues), vienen a confirmarnos desde el ángulo de la poesía lo que ya muchos de sus lectores habíamos tenido ocasión de comprobar en la lectura de su prosa narrativa: Goytisolo pertenece a la estirpe de los que en el ámbito de la literatura y del arte optan por la indagación, de los que se adentran por territorios poco explorados y comercialmente casi yermos.

La serie está articulada en tres partes, ya anunciadas en el propio título del volumen, y son una reflexión en torno a la muerte amenazante y sus ineludibles celadas, en torno al «ardor de la consumación». Cercano en parte a las radicales e imprescindibles propuestas creadoras de un poeta como José Ángel Valente, en esta serie que el propio Goytisolo da ya por cerrada («son nueve y no añadiré uno más», apostilla el autor) gravita la constante reflexión en torno a la caducidad, la memoria y la desmemoria, la conciencia del fin como un desandar lo vivido:

Ovillado en sí mismo
asiste sin memoria
a su consumación.

Memoria, también, del eros, de los cuerpos que igualmente se vuelven ceniza y, al final, desmemoria. Queda sólo la lumbre de lo que ardió. El libro se cierra con un agudo epílogo —no podía ser de otro modo, viniendo de quien lo escribe— titulado «Belleza sin ley», que viene a ser la constatación programática condensada de la poética del autor de Campos de Níjar, y a la que ya hacíamos alusión más arriba: «los novelistas deberían leer poesía». Ese es el título de uno de los epígrafes de ese epílogo, y en él asimismo nos recuerda su autor que «prosa y poesía son cosas distintas, pero no incompatibles ni opuestas».

Ahora, en los bordes de la desmemoria y la ceniza, Goytisolo nos regala estas miniaturas de palabras destiladas en el ardor de la memoria y en la palabra del ardor. Es una buena ocasión para comprobar —ahora desde la poesía— la fidelidad de Juan Goytisolo a una precisa, creadora, inequívoca concepción de la palabra.

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