Karina Beltrán:
Leer la piel
o la intimidad de Penélope

Quienes se hayan acercado en alguna ocasión a la obra artística de Karina Beltrán (desde sus dibujos iniciales hasta su obra fotográfica) habrán sabido leer en cada una de sus piezas la irreprimible necesidad de atrapar en ellas un ignoto hálito de transparencia, de sutileza, de serenidad. Hay en su obra, en efecto, una búsqueda de vínculos invisibles entre las vivencias y los sucesos aparentemente más banales y un mundo otro, lleno de trascendencia y espiritualidad. Y su mediador no es otro que el misterio, esa suerte de tránsito entre la realidad y lo trascendente. Cuerdas, hilos, cometas, telas, banderines al viento, cortinas, ramajes, han venido a convertirse en su obra en los mensajeros de un mito que se atisba, si bien al mismo tiempo apenas logra quedar solo sugerido por la enunciación muda de cada imagen.

En su libro Fragmentos de un discurso amoroso, de 1977, Roland Barthes escribía: «El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo […]». El lenguaje es una piel, en efecto, y Karina Beltrán parece haber tenido presentes, en la paciente ejecución de cada una de las piezas que forma esta nueva serie, las conocidas palabras del autor de otra obra también emblemática: El placer del texto. Los dibujos son ahora para Karina Beltrán la formalización de una escritura que — como el amor, como el deseo— es muchas veces furtiva, la expresión oculta y silente de un lenguaje ágrafo que, aunque desprovisto de la palabra, se vale solo del trazo, de la huella, de la estela que el azar de los hilos dibuja en nuestro subconsciente. Estamos ahora ante dibujos y acuarelas que se alzan y se trenzan en la luz del papel para ser los mensajeros —mediante una caligrafía de lo invisible— de manifestaciones o de impulsos lejanos cuya naturaleza inefable hace que se resistan a ser expresados por la palabra ya burdamente trillada en la vil mercantilización de los vocablos. El mundo ha de ser leído entre líneas, nuestra mirada pasea entre una constelación de hilvanes para insinuarnos sólo los bordes, el impreciso equilibrio entre los límites del mundo. No todo puede ser expresado, no todo puede ser verbalizado y en el arte, en la poesía, cuando algo se verbaliza, ha de ser creando la trampa anonadante de un buen entramado. O para decirlo mejor con las palabras de Jorge Luis Borges en su poema «El remordimiento»:

[…] Mi mente
se aplicó las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Es especialmente hermoso el diálogo que Karina Beltrán establece con otras artistas de la modernidad. Nos parece ver ciertas analogías entre su propuesta y la de creadoras como Gertrud L. Goldschmidt, conocida como Gego (pienso en obras como «Reticulárea circular», acuarela y tinta sobre papel, de 1981), o la de la canadiense Agnes Martin, que dedicó su vida a la intensa y secreta entrega de llevar al lienzo, mediante el moroso trazado repetitivo de líneas, círculos y rectángulos, la transposición metafórica —recordados desde el lejano Taos, el pueblo de Nuevo México que la acogió— de los extensos campos de cultivo de su Saskatchewan natal. Acaso eso mismo es lo que viene a practicar Beltrán en su paciente entrega al papel pautado, al papel milimetrado que será tamiz y, al mismo tiempo, partitura del mundo. Pero particularmente intenso me parece el vínculo de algunas de estas piezas de Karina Beltrán con cierta obra de Louise Bourgeois; pienso, en concreto, en su libro Ode à l’oubli (2002), un cuaderno de páginas de tela en el que la artista dibuja, borda, pinta, entreteje en sus pequeños lienzos de tela y en el que escribe frases como esta: «I had a flashback of something that never existed». El olvido y la nostalgia dan la mano aquí al eros, a la lectura de una piel ansiada y fuente de un placer añorado. Nostalgia y repetición, reminiscencia y callada labor la de esta Penélope moderna que nos regala la marca, la huella repetida de un deseo que se vislumbra y que aún está por venir. Acuarelas que son globos, que son pétalos sutiles que desafían al mundo, globos o circunvoluciones que reverberan luminosas en sus bordes cosidos, en las terrazas repetidas de los aires.

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